EDUARDO DE LOS RIOS, OTRO COLOMBIANO AFINCADO EN TRES ARROYOS
Latinoamérica unida
Como ha ocurrido ya con varios de sus coterráneos, Eduardo De los Ríos dejó su Colombia natal para estudiar en Buenos Aires. Allí conoció a la tresarroyense Martina Correa, con quien formó una familia que integra su hija Simona, y decidió radicarse en Tres Arroyos. Ingeniero especialista en saneamiento ambiental, trabaja desde aquí para una empresa que opera en Santa Fe, y considera que en materia de política de aguas “hay mucho por hacer”. También como sus compatriotas, le costó adaptarse al mate. Su linda historia, mano a mano con “El Periodista”
Eduardo y Martina se conocieron en Buenos Aires, en una fiesta de extranjeros en la que ella era la única argentina. Hoy son los papás de Simona
Eduardo Andrés De los Ríos es colombiano, tiene 34 años y nació en la ciudad de Pasto, a tres horas de la frontera con Ecuador, cerca de Cali. En esa zona, el departamento de Nariño, la actividad económica básica es la agricultura. Toda su familia, sus padres y hermanos, siguen viviendo en Colombia. El, recibido de ingeniero sanitario ambiental en su tierra natal, conoció en Buenos Aires a la tresarroyense Martina Correa, y tiempo después ambos decidieron radicarse en esta ciudad. Aquí vive con su esposa y su hija, y trabaja para una empresa que opera en Santa Fe. Eduardo forma parte de la pequeña ‘oleada’ inmigratoria ‘cafetera’ que ha llegado en los últimos años a Tres Arroyos, y que incluye, por ejemplo, a la sommelier Tatiana Martínez Valencia.
¿Estudiaste en Colombia?
En Colombia hice mi pregrado como ingeniero sanitario ambiental, y una vez que terminé esos estudios, empecé a trabajar con la idea de ahorrar para estudiar afuera, en principio inglés. Tuve la oportunidad allí de trabajar en la minería del oro, en empresas auditoras, abrí mi propia consultora independiente y asesoré a distintas administraciones municipales en sistemas de tratamiento de agua, y el último proyecto del que participé fue de infraestructura vial en la zona de Barbacoa, Nariño, que es la primera cadena montañosa que se encuentra desde el Pacífico a la montaña, con un clima muy particular, de lluvia permanente, en medio de la selva e incluso con presencia guerrillera. Fue una experiencia dura pero interesante, que me permitió además ahorrar para poder irme a estudiar.
¿La zona de la que vos venís está comprometida desde el punto de vista de la presencia de la guerrilla?
Tanto en Pasto como en las grandes ciudades de Colombia, los problemas no son diferentes a lo que pasa en Buenos Aires con la inseguridad. Pero la guerrilla está presente en las zonas rurales, y particularmente en esa zona donde tuve la oportunidad de advertir esa realidad que nosotros lastimosamente vivimos. Una cosa era escuchar en las noticias qué pasaba, cómo se llevaban gente, y otra cosa es ver y vivir en un lugar donde ellos son amos y señores, donde no hay policía, ni ejército, ni Estado presente. Había gente muy humilde, de familias que siempre vivieron en la zona, que trataba de irse, de mandar a sus hijos a estudiar, y los que no podían trabajaban en algo de ganadería, de agricultura, pero en un medio ambiente tan particular que ni siquiera la tierra les producía. Así que la opción era trabajar con nosotros, que por primera vez llegábamos al lugar a tirar una carpeta asfáltica, a abrir una vía, o alguien que les ofreciera cargar químicos y llevarlos al monte para producir coca.
¿Cuándo y por qué decidiste venir a la Argentina?
Salí de Colombia para venir a Buenos Aires. Entre estudiar inglés y seguir una especialización, opté por una en Ingeniería Sanitaria y Ciencias del Ambiente en la UBA, donde mandé papeles y me aceptaron. Me resultaba más favorable esa posibilidad que irme a Sydney, Australia, a estudiar inglés. En la UBA estudié un año y medio, con posibilidad de continuar a la maestría, que es algo que tengo pendiente y que seguramente voy a concretar. Llegué solo, tenía algunos conocidos, una amiga colombiana, también pastuza, me recibió, y empecé a conocer gente, porque más del 50 por ciento de los asistentes a la especialización eran extranjeros, y 8 o 9 colombianos. Encontrarse con gente en esa situación en otro país hace que te agrupes, que te reúnas, así que hice muy buenos amigos, gente que ya se fue a su tierra, entre ellos el padrino de mi hija, que es venezolano.
¿Trabajabas durante ese posgrado?
Los primeros seis meses estuve dedicado al estudio; pero después de ver que el recurso se iba recortando e iba a necesitar sustentarme económicamente, la Universidad nos vinculó con una empresa que realizaba un estudio de caracterización de residuos sólidos urbanos para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fue interesante, empezamos con ese proyecto que duró unos meses, y luego continué con redes de distribución de agua potable, plantas de tratamiento de agua, cloacas, durante dos años en total. Luego trabajé en una empresa que se dedica a higiene y seguridad, y con una firma francesa que desarrolla proyectos de agua y saneamiento. Con ellos participé en una iniciativa de optimización de redes de agua para Cali, Colombia, y justamente esta empresa iba a hacer un trabajo en Haití cuando fue el terremoto, así que ellos decidieron cerrar su oficina aquí y se terminó mi tarea.
En términos de políticas de saneamiento, en Argentina parece que hay mucho por hacer. ¿Qué diferencia advertís con Colombia?
En los dos lugares hay mucho por hacer. Somos países en vías de desarrollo, y ojalá tuviéramos todos los recursos para aplicarlos a estos temas.
¿Pero es una cuestión de recursos o de decisión política?
Par y par. Hay muchas cosas que se deberían hacer, muchas experiencias para aplicar. Todo lo relacionado con agua y saneamiento requiere tanto de recursos como de decisión política, porque las obras, en definitiva, no se ven. No dan rédito político, no se pueden mostrar. Uno puede tener en las manos el proyecto de una red de agua para un barrio, y otro para un parque o una plaza, y seguramente este último va a ganar, porque las redes están enterradas, y no hay forma de ‘venderlas’ al público…
¿Dónde conociste a Martina?
En una fiesta de extranjeros en la que ella era la única argentina, así que era la foránea y la que más llamaba la atención (risas). En un momento salí a un balcón, hablaba una chica, y el shh del yo, y el vos, llamó mi atención y no nos despegamos más desde esa noche. Llevamos cinco años juntos, y tenemos una hija de dos años y nueve meses, Simona.
¿Por qué tomaron la decisión de venir a vivir a Tres Arroyos?
Eduardo: Por Simona, porque en un momento, llevarla al parque era su única actividad extra, además de estar con nosotros en el departamento. Veíamos que cada vez necesitaba más socializar; su juguete favorito en el parque era un nene, encontraba un nene y ya no quería dejarlo. Empezamos a pensar en que tenía que ir al jardín, averiguamos todo en Buenos Aires, y de repente nos dimos cuenta que tendríamos que pagar por eso, también por una niñera, y era mucho. Analizamos las posibilidades tanto de irnos a Colombia como de venir a Tres Arroyos, cómo sería nuestra vida diaria, y el contar con la familia, porque en Buenos Aires teníamos amigos, pero en definitiva estábamos los tres solos.
Martina: Ya no teníamos nada que nos ate a Buenos Aires. Los dos habíamos terminado la Universidad, así que podíamos cerrar ese ciclo Buenos Aires y empezar el ciclo de la familia, que demanda otras necesidades.
Eduardo: Buscamos darle una calidad de vida a Simona que, si no es mejor, se parezca a la que tuvimos nosotros, con la posibilidad de criarnos en la calle, salir con tranquilidad a pedalear en la vereda, que definitivamente en Buenos Aires no iba a tener. La familia nos ofreció un terreno, nos salió el crédito del ProCreAr, y cuando vimos que se nos estaban dando las cosas, nos decidimos.
¿Y cómo fue la inserción desde el punto de vista profesional?
En principio estuve buscando trabajo, me contacté con la Municipalidad, me entrevisté con el intendente Carlos Sánchez, dejé mi curriculum en el sector privado, esperando que surgiera algo. Martina y Simona vinieron a Tres Arroyos, y yo me quedé terminando mis cosas en el trabajo, durante unos tres meses, y justamente en ese momento salió un proyecto en el que se vio favorecida la empresa para la que estoy trabajando. Así que se renovó ese contrato y me pidieron que siguiera con ellos. Me cayó de mil maravillas, porque me interesaba tener trabajo mientras me terminaba de ubicar aquí. Ahora hago mi tarea online, realizo auditorías técnicas para ASA (Aguas Santafesinas) que lleva adelante todo lo que es agua potable y saneamiento en 15 distritos de la provincia de Santa Fe. Así que tomamos muestras y visitamos, cada trimestre, plantas de tratamiento de agua, depuradoras. Vengo acá con ese material, y trabajo desde aquí durante dos meses, para luego volver allí para hacer esas recorridas. Me ha costado, sobre todo, el proceso de trabajar en casa. No está tan bueno, porque antes yo me desconectaba, salía de casa, iba a la oficina y me ponía en pos de producir todo el día. En casa, hay tanto por hacer, tantos agentes de dispersión, que uno empieza varias cosas y después no termina nada como debería. El primer trimestre me costó, llegué con el tiempo justo con mi informe, pero lo logré.
¿Y a nivel personal? ¿Qué es lo que más te costó?
El frío, quizá. La comida no, porque ya llevo seis años en la Argentina.
¿Qué extrañás de Colombia, de lo cotidiano?
Los jugos de fruta, sobre todo. Además de toda la cantidad y variedad de frutas que están disponibles todo el año. Cuando fuimos allá, Martina estaba fascinada con eso, con lo dulces que son las frutas. La comida, como quiera que sea, es otro cuento. Pero lo que más me llama es la familia. La comida y los jugos se sustituyen, pero la familia nunca. Pero cuando nació Simona, sus abuelos vinieron a recibirla, llegaron tres días antes de su nacimiento y se quedaron dos meses. Además nosotros estuvimos en Colombia para Semana Santa, hace un año y medio, y nos quedamos un mes, así que les dimos el gusto y no hemos vuelto; ahora, si es posible para fin de año, organizaremos un viaje nuestro o quizá vengan ellos.
¿Qué te gusta de la Argentina, y de Tres Arroyos en particular?
De Tres Arroyos me gusta la dinámica de vida, eso que conserva de la tranquilidad, el relax con que todo el mundo se maneja. Uno entra al quiosco, o va a pagar algo, y la gente charla, no tiene la necesidad de deshacerse de vos para hacer rápido el trámite. Y siempre está la pregunta: ¿de dónde sos? Y uno termina, sin darse cuenta, contándole su historia de vida al señor del quiosco, y sale con una sonrisa. Eso me encanta.
¿Y una costumbre que te costó aceptar?
En su momento, el mate. Yo le decía a Martina: es feo, es amargo…Y Martina no lo toma todo el tiempo, pero llegan las amigas, hay un momento social, y está el mate. Por supuesto que ahora tomo, lo asumí, y le encuentro el gusto. Me lo ofrecen en las auditorías, con los jefes de distrito, la gente en las plantas. El fernet ya me gustó también (risas).
¿Tienen el proyecto de quedarse acá?
Sí, pero siempre decimos que tenemos un pie aquí y otro en Colombia. Nos pasa que por Skype nos motivan a plantearnos qué pasaría si estuviéramos allá. Ahora estamos bien, estamos construyendo, pero podríamos, en algún momento, tomar nuestras cosas y viajar a Colombia. La familia se extraña mucho, y siempre ha sido muy unida, todos los fines de semana nos recuerdan en sus reuniones, y nos piden que estemos allá. Quizá en algún momento eso haga efecto.
Además, campo de acción profesional vas a tener…
Sin duda, porque hay mucho por hacer en ese sentido, tanto acá como allá. Y en el ámbito en el que me muevo siempre se escucha de oportunidades laborales. Además, los ingenieros son muy requeridos en la Argentina. Y con respecto a Tres Arroyos, me he interiorizado acerca del tema del agua potable, y espero en alguna oportunidad poder hacer algo. Esto es lo que me gusta.


