Municipalidad Tres Arroyos

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EL TRESARROYENSE ARTURO LARRABURE ES CHEF Y CREO SU MARCA PROPIA DE DULCES Y CONSERVAS

Las pequeñas cosas

Cuando tenía 15 años recibía a sus amigos con pizzas caseras y hasta se compró su propio horno. Sabía que lo suyo era lo creativo, pero intentó exorcizarlo estudiando derecho y economía. Cuando se rindió ante la cocina, apareció la idea de fabricar conservas y dulces, ‘robó’ una receta materna y sacrificó un árbol de pelones del patio de su casa. Así nació “Las pequeñas cosas”, la marca propia del chef tresarroyense Arturo Larrabure que ya puede comprarse en locales gastronómicos y supermercados. “El Periodista” la probó en exclusivo, y la recomienda a sus lectores  

Febrero 2015
Arturo Larrabure se formó en el Instituto Argentino de Gastronomía que dirige Ariel Rodríguez Palacios, quien lo acompaña en la fotografía

Arturo Larrabure se formó en el Instituto Argentino de Gastronomía que dirige Ariel Rodríguez Palacios, quien lo acompaña en la fotografía

Pasó por el derecho y la economía, pero se dio cuenta rápidamente que no era lo suyo. Es que desde la adolescencia le gustaba recibir a sus amigos con comida casera, preparada por él mismo, y tenía poco más de 15 años cuando se compró ¡un horno pizzero! Así, entre libros y apuntes de la universidad, se decidió por la gastronomía y empezó a formarse como chef. Pero sufría demasiado la presión de las cocinas. Mientras tanto, un buen día surgió la idea de tener su propio emprendimiento y, como contó a “El Periodista”, empezó a “cocinar los frascos”. Así nació “Las pequeñas cosas”, habilitada recientemente como marca de dulces y conservas que ya se venden en los principales locales gastronómicos de Tres Arroyos y Claromecó, y hasta en supermercados.
Tiene apenas 25 años, y su vocación por la cocina apareció ligada a la costumbre familiar de disfrutar de una buena mesa. “Ya cocinaba para mis amigos a los 15, pasaba bastante tiempo haciendo pizzas en el horno que compré y lo que buscaba, entonces, era ocupar mi tiempo, tenía mucha inquietud en mi interior que necesitaba canalizar de alguna manera. Y mi familia disfruta mucho de la comida, tiene mucho ritual, mucha congregación en la mesa, esa tradición del vermouth bien italiana, así que creo que viene por ahí, siempre el momento de la comida era el de unión, el de ritual”, aseguró.
Se fue no bien terminó la secundaria a Buenos Aires, y esa inquietud lo llevó a abandonar a los dos meses la carrera de contador público para trabajar como camarero en un bar de Recoleta. “Era un bar irlandés donde trabajé con gente argentina, extranjera, donde pude manejar el inglés, y darme cuenta de que había distinto tipo de negocios y no era todo tan estructurado. Me empezó a gustar, pero también advertí que era más sacrificado de lo que comúnmente se piensa. Pero quería trabajar con las manos, con la creatividad, ensuciarme las manos en el buen sentido”, admitió Arturo,
Fue entonces cuando decidió empezar a estudiar en el IAG (Instituto Argentino de Gastronomía) donde tras cursar un año, mientras trabajaba en restaurantes y servicios de catering –ya había logrado ‘meterse en la cocina aunque me interesaba más y pagaban menos-, se dio cuenta, especialmente después de una temporada en una cocina de Claromecó, que las exigencias en cuanto a tiempos y presión impuestas por la preparación de comidas no eran, tampoco, para él. “Trabajé, a los 20 años, 40 días sin franco y en doble turno. Entonces decidí cambiar otra vez el rumbo, me dije ‘esto no es para mí’ y me propuse hacer algo ‘más de sillón’. Me fui a estudiar derecho a la UBA, estuve dos años, y mientras lidiaba con esos libros pesados, en un momento decidí abandonar, tuve como una revelación y me dije que no podía seguir traicionándome a mí mismo. Lo mío era, claramente, lo creativo”, relató.

Con los últimos 100 pesos
Tras lo que definió como “varias decisiones apresuradas”, Arturo decidió tomarse un tiempo para “irme lejos y pensar, sin que nadie se interpusiera en mis ideas”. Pero tenía que mantenerse, entonces empezó a “cocinar los frascos’. Hasta ese momento había laburado prácticamente como peón de cocina, con muchas exigencias, y quise iniciar algo por mi cuenta. No me imaginaba otra vez con un patrón, así que cuando me pregunté qué hacer, busqué un producto que pudiera desarrollar y al mismo tiempo no me exigiera estar todo el tiempo ahí. Surgió enseguida algo en frasco, una conserva, un dulce, y ahí empecé a hacer berenjenas en escabeche, con una receta que le ‘robé’ a mi mamá, aunque la modifiqué un poco. Y me fui a la feria de los artesanos de Claromecó y puse una mesita en una esquina, esperando ver si me decían algo, si me echaban. Como no pasó nada, me quedé y vendí…Ese día tenía 100 pesos en el bolsillo y nada más. Saqué todos los frascos de condimento que había en mi casa, los sinteticé en pocos envases, y el resto los llené todos de berenjenas. Habré hecho unos 20. Y cuando los vendí, hice más, me fui a preparar otros a Tres Arroyos y, como había un árbol de pelones en casa, seguí con el dulce de pelones. Empecé a juntar frascos en casa, los esterilizaba y los llenaba de dulce de pelón, que era lo único que tenía. Iba a la feria, compraba galletitas, le convidaba a la gente y me compraban. Y ese verano, en el 2012, pasé de tener esos 100 pesos a irme con un dinero, y me dije: esto funciona”, evocó el joven cocinero.

Por otras cocinas
La idea era experimentar, y el camino fue sembrándose con la venta de los productos a la familia, los amigos, hasta que se impuso la necesidad de terminar la carrera de cocina de la que ya había cursado un año. Volvió al IAG, terminó de formarse y después decidió, luego de trabajar un tiempo con los reconocidos chef Christian y Roberto Petersen, cruzar el charco. “Pedí un dinero, me fui a España, y me encontré con una realidad muy distinta a la que me habían prometido en el trabajo que me esperaba. Tenía un jefe en el restaurante que era un rumano muy agresivo, así que me fui a trabajar a otro, y en definitiva pasé dos meses muy inestables en Cataluña hasta que me sumé a la cosecha de uvas en Francia. Allí sí la pasé mejor, me trataron bastante bien, tuve la oportunidad de acampar en los Pirineos y de disfrutar de buenos vinos en Perpignan, en Burdeos. Con gente que conocí en Francia viajé después, también para trabajar, a Londres, pero la verdad es que rondaba siempre entre trabajos muy explotados, entonces decidí volver a Buenos Aires”, confió.
Allí apareció otro mundo ante sus ojos, porque aunque sólo aceptó el trabajo en una escuela de tango del barrio de Almagro para pensar cuáles serían sus próximos pasos, finalmente se quedó un año allí, aprendió a bailar y hasta se anotó en Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Pero volvieron a aparecer los frascos, y la cocina le ganó la pulseada a la milonga. “Me alié con un amigo que estudió marketing, Patricio Christensen, para que me ayudara con el tema de la venta de los productos. Yo ya tenía la marca registrada, y a los tres meses de empezar a laburar juntos ya estábamos en los locales gastronómicos más importantes de Tres Arroyos, como Capriata, Polipez, Treláctea, El Buen Vino…El paso fundamental, que logramos, fue la habilitación municipal, provincial y nacional de la marca, así que atravesamos el proceso de ‘legalidad’”, aseguró Larrabure.

Día a día
Así, “Las pequeñas cosas” fue tomando forma, y con el aporte del diseñador gráfico Juan Ignacio Bayúgar, la marca tuvo su imagen propia y las etiquetas adecuadas para los envases de los productos, que ahora también pueden comprarse en los supermercados Planeta y Oasis de Claromecó. “Habilitar tuvo su costo, fue muy caro, porque tuvimos que hacer refacciones en mi casa, donde sigo cocinando, en Azcuénaga 65, pero era el paso que necesitábamos”, consideró el chef.
Hasta el momento, advirtió, el emprendimiento no genera resultados importantes en lo económico, pero consolidó la amistad de sus responsables y va creciendo día a día. “Vamos logrando la confianza en la gente que compra el producto, en los comercios que aceptan venderlo, y recibimos muy buenos comentarios. Ahora hay que reinvertir para que crezca”, sostuvo Arturo.
Precisamente por eso lo llamó “Las pequeñas cosas”, porque según confió a “El Periodista”, “este es un proyecto en el que tal vez la meta está lejos, pero se hace día a día. El emprendimiento es una idea, y como tal no se puede tocar, pero haciendo pequeñas cosas diarias es que se hace realidad. Un emprendimiento, considero, es algo que no debe despreciarse en la economía de un país. Hay mucho capital extranjero interesado en distintas actividades, y está dentro de la lógica, es fácil, que a un pequeño emprendedor lo compren. Pero él es quien da valor agregado a lo que se produce en su zona, como en mi caso por ejemplo, y aporta una forma de mantener nuestra soberanía de pensamiento, al generar algo con sus propias manos. Agregando valor a lo nuestro somos mucho más independientes”, consideró.

Delicias
Ya con las conservas en las góndolas, Arturo logró interesar a su compañero Patricio de tal manera que, además de la cuestión técnica vinculada a la comercialización, decidió hacer un curso de manipulación de alimentos. Hoy, con la ayuda de amigos y el apoyo decidido de la familia, Larrabure elabora sus clásicas berenjenas en escabeche, a las que ha sumado dulce de duraznos (reemplazó al primigenio de pelones), de ciruelas y de naranjas, y un delicioso chutney (‘la receta es hindú, pero los ingleses se la robaron y lo incorporaron como un clásico de su cocina’, apuntó) que acompaña muy bien los platos de cerdo.
“Queremos llevar la producción a unos 500 frascos por mes, pero estamos abocados al trámite de un subsidio por parte del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, para adquirir equipamiento como cacerolas y otros elementos que, si bien no son caros, para un emprendedor que está empezando a crecer no son tan fáciles de adquirir”, admitió. Los próximos pasos, en tanto, apuntan a generar un conocimiento de la marca en toda la zona y llegar, de ser posible, hasta Bahía Blanca. Así que es cuestión, para los lectores de “El Periodista”, de buscar “Las pequeñas cosas” y meter la cuchara…

Con la ayuda de amigos y el apoyo decidido de la familia, Larrabure elabora sus clásicas berenjenas en escabeche, a las que ha sumado dulces

El diseño de las etiquetas, otro de los pasos fundamentales para la marca, es de Juan Ignacio Bayúgar, que también se sumó al emprendimiento

Los productos ya pueden comprarse en los principales locales gastronómicos de Tres Arroyos y Claromecó, y también en los supermercados Planeta y Oasis

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