Municipalidad Tres Arroyos

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FACUNDO MARTÍNEZ Y SU VUELTA A LA ANTARTIDA

Huellas en el hielo

“Cuando llegaste apenas me conocías. Cuando te vayas, me llevarás contigo”. Así puede describirse la experiencia transformadora del observador meteorológico y técnico geomagnetista tresarroyense Facundo Martínez en la Base Orcadas de la Antártida Argentina. Allí su tarea es crucial: medir y registrar las variaciones del campo magnético terrestre

Diciembre 2025
Facundo Martínez frente al rompehielos ARA Almirante Irizar, listo para iniciar su travesía rumbo a la Antártida Argentina

Facundo Martínez frente al rompehielos ARA Almirante Irizar, listo para iniciar su travesía rumbo a la Antártida Argentina

Desde el rincón más austral de Argentina y del planeta, el tresarroyense Facundo Martínez, observador meteorológico y técnico geomagnetista del Servicio Meteorológico Nacional, relata su segunda invernada en la Base Orcadas. Entre rutinas científicas, temperaturas extremas y aprendizajes cotidianos, comparte una vivencia profunda: “Lo que se vive acá, no se vive en ninguna otra parte del mundo”.

Un viaje al extremo
Todo comenzó el 30 de noviembre. La dotación antártica 2025 partía desde Buenos Aires a bordo del rompehielos ARA Almirante Irizar, rumbo al continente blanco. Entre ellos viajaba Facundo Martínez, con 30 años y una experiencia previa en otra base antártica, donde ya había invernado en 2022 y se desempeñó como observador meteorológico.
“Fue algo muy loco pisar el Irizar. Recorrer ese buque rompehielos fue una experiencia increíble. Ahí te das cuenta del esfuerzo que implica llevar gente, suministros, combustible… A lugares tan remotos”, cuenta Facundo con admiración.
En su recorrido, hicieron escala en Base Carlini, donde el pasado de Facundo lo esperaba como un viejo conocido. “Fue como volver al pasado. Me reencontré con un lugar que me marcó muchísimo”. También pasaron por Base Esperanza, donde compartieron las fiestas de fin de año con otras dotaciones. “Pasar Navidad y Año Nuevo en un lugar tan lejano te pone todo en perspectiva”.
Finalmente, el 12 de enero llegaron a su destino: la Base Conjunta Orcadas, ubicada en la isla Laurie del archipiélago de las Orcadas del Sur. Allí se iniciarían doce meses de trabajo, convivencia y transformación personal.
“La Base Orcadas es historia viva. Es la primera base antártica en la que Argentina tomó posesión, en 1904. Ser parte de eso es un privilegio, pero también una responsabilidad enorme”, afirma.

Un observatorio magnético en el fin del mundo
Facundo no viajó solo por la aventura. Como técnico geomagnetista, su tarea es crucial: medir y registrar las variaciones del campo magnético terrestre. Lo hace en uno de los observatorios más antiguos del planeta, con una rutina meticulosa que no admite errores.
“Todos los días, sin excepción, hago mediciones manuales a las 8, 12 y 16 horas. Los datos van al Servicio Meteorológico Nacional y a la Red Internacional Intermagnet, con sede en Edimburgo”, explica.
Con instrumentos como el teodolito magnético, magnetómetros y sensores térmicos, mide cinco componentes esenciales del campo magnético: inclinación, declinación, componente horizontal, vertical y la fuerza total.
“Estos datos se registran de forma continua durante los 365 días del año. Todo debe estar en condiciones térmicas óptimas, entre 15 y 20 grados, porque si no, se alteran los resultados. Controlamos todo con sensores e instrumentales”.
Además, su tarea incluye monitorear fenómenos espaciales que afectan el campo magnético: “Es un escudo que protege a la Tierra de partículas solares. Si ese campo cambia, cambia todo: desde las comunicaciones hasta la navegación aérea”, explica Facundo.
Trabajar en este lugar no es solo un reto técnico. Es, para él, un honor: “La Base Orcadas es uno de los primeros observatorios magnéticos del mundo. Poder formar parte de eso es un orgullo muy grande. Siempre estoy agradecido con el Servicio Meteorológico por la oportunidad que me ha dado”.

Una rutina sin pausas
En la Antártida no hay fines de semana ni feriados. La jornada de Facundo comienza todos los días a las 7.30.
“Primero voy al observatorio, hago la medición, anoto todo, y después me dirijo a la oficina principal, donde empiezo a procesar los datos del día anterior. De lunes a lunes. Así todo el año”, detalla.
En invierno, las temperaturas oscilan entre -5°C y -20ºC, pero con el viento —que puede superar los 120 km/h— la térmica desciende a -25°C, incluso hasta -40ºC. “A veces directamente no se puede salir. Hay que esperar. Acá no se improvisa: si el clima no lo permite, se suspende todo. Es una cuestión de salud y seguridad”.

La comunidad en el confín del mundo
La dotación de la Base Orcadas está integrada por 21 personas, con roles diversos: jefes de base, médicos, técnicos, guardaparques, meteorólogos, cocineros, carpinteros y personal de mantenimiento. La convivencia es tan importante como el trabajo científico.
“Somos un equipo. Acá no hay lugar para el individualismo. Nos cuidamos entre todos. Si alguien está mal, se nota. Y si uno se cae, lo levantan los demás”, afirma.
Aunque están aislados, tienen buena conectividad: “Podemos hablar con nuestras familias, hacer videollamadas, ver películas, jugar a la Play. Todo eso ayuda mucho emocionalmente”.
La base cuenta con espacios recreativos: juegos de mesa, metegol, ping pong. Pero las verdaderas tradiciones están en la cocina. “Los sábados son de pizza y cerveza; los domingos, de asado. Son momentos esperados por todos”.
“Extrañamos frutas y verduras frescas, claro. Pero se come muy bien, y eso es fundamental en un clima así. Las comidas son calóricas, pensadas para el frío”.

“Hacer agua”: lo que parece simple, allá no lo es
Una de las tareas cotidianas más insólitas para cualquier habitante del continente es la obtención del agua. En verano, pueden extraerla desde un pozo. Pero en invierno, cuando las cañerías se congelan, hay que derretir nieve.
“Le decimos ‘hacer agua’ porque literalmente eso hacemos. Llenamos tachos naranjas con nieve o hielo, los cargamos a un elevador y los llevamos al derretidor. Todos los días. Es parte de la rutina”.
Y reflexiona: “Ahí te das cuenta de lo simple que es abrir una canilla. Acá hay que ganarse cada litro de agua. Y eso te cambia la cabeza”.

Naturaleza, historia y emociones intensas
La naturaleza antártica ofrece momentos únicos, difíciles de describir: pingüinos, petreles, focas, silencio, nieve.
“Hay momentos donde ves cosas que te emocionan. Estás en silencio y aparecen los pingüinos caminando entre la nieve. Es mágico. No se compara con nada”.
Pero hay una experiencia que tocó su corazón de forma especial: al entrar en la antigua Casa Moneta, uno de los edificios históricos de la base, encontró una cocina a leña fabricada en su ciudad natal.
“No lo podía creer. Una cocina Istilart, fabricada en Tres Arroyos. En medio de la Antártida. Me conectó con mis raíces, con mi familia, con mi infancia. Fue muy fuerte”.

“Un año acá equivale a cinco”
Al mirar atrás, Facundo no duda. Lo que se vive en la Antártida no se olvida jamás.
“Uno dice: ‘es solo un año’. Pero lo que vivís acá equivale a cinco. Conocés gente nueva, aprendés de vos mismo, valorás todo. Hasta una ducha caliente”. Y agrega: “Cuando invernás por primera vez, todo es nuevo, confuso. En la segunda, ya sabés cómo funciona. Pero igual te sigue sorprendiendo. Esto no se naturaliza nunca”.
“Acá no hay recompensas sin sacrificio. Pero lo que te llevás no tiene precio. Son amistades, experiencias, aprendizajes que te cambian. Aprendés a ser mejor persona, tal vez más humano”.
La Antártida, ese lugar que deja huella
Facundo Martínez vive una experiencia de vida y ciencia en uno de los lugares más hostiles y fascinantes del planeta. Lo que empezó como una misión científica terminó siendo una transformación personal profunda. Lo resume con una frase que ya es un mantra entre quienes viven en el continente blanco: “Cuando llegaste apenas me conocías. Cuando te vayas, me llevarás contigo”.

Base Conjunta Antártica Orcadas

La Base Orcadas se encuentra en la isla Laurie, que forma parte del archipiélago de las Orcadas del Sur, en el sector oriental de la Península Antártica. Es la estación científica permanente más antigua de la Antártida. Su historia comienza en 1903, cuando la expedición escocesa liderada por William S. Bruce instaló un observatorio meteorológico en la isla Laurie. En 1904, la República Argentina se hizo cargo formalmente de las instalaciones, enviando una dotación para continuar con las observaciones científicas. Desde entonces, la base ha operado de manera ininterrumpida durante más de 120 años, siendo un símbolo del compromiso argentino con la presencia antártica.

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