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LA FASCINANTE HISTORIA DEL CHEVROLET IMPALA DE ROBERTO ZIJLSTRA

Auto biografía

Perteneció a Ernesto Malaccorto, un reconocido tresarroyense que lo compró en Estados Unidos cuando cumplía funciones para la OEA. Tras permanecer guardado por décadas en custodia de familiares, lo compró el mecánico Roberto Zijlstra, para darse un gusto personal y correr regularidad, de lo que finalmente desistió. El Chevrolet Impala modelo 1964 es una joya única, que encierra historias fascinantes, reveladas en exclusivo por “El Periodista”

Marzo 2016
El Chevrolet Impala modelo 1964, impecablemente mantenido por la familia Zijlstra, perteneció al reconocido tresarroyense Ernesto Malaccorto

El Chevrolet Impala modelo 1964, impecablemente mantenido por la familia Zijlstra, perteneció al reconocido tresarroyense Ernesto Malaccorto

“El Periodista” no pudo resistir la tentación, y pidió dar una vuelta en él. Se trata de un Chevrolet Impala modelo 1964, impecablemente mantenido por la familia Zijlstra, cuyo primer dueño fue un reconocido tresarroyense, el doctor Ernesto Malaccorto, que lo compró (mientras cumplía funciones políticas) en Estados Unidos. Su hija lo heredó y luego lo vendió. Roberto Zijlstra, mecánico de profesión, lo compró y lo puso a nombre de su hijo Jorge. Con humor, grafica que “así como los caballos de raza tienen `petisero’, yo vengo a ser algo parecido con este auto”. A continuación, los jugosos detalles de la entrevista con este periódico, cargada de matices.

¿Cómo se enteraron de la existencia del Impala?
Estábamos empezando a correr las carreras de regularidad, hace unos catorce años aproximadamente, y nos movimos en busca de un auto antiguo para poder hacerlo. Nos pusimos en contacto con Carlos Castelli, y en una de esas charlas me mencionó que había un vehículo muy lindo, de grandes dimensiones (como a mí me gustan) y con una historia muy rica.
Me enteré que se trataba de un Chevrolet Impala modelo 64, cuya propietaria era Marta Malaccorto, profesora de inglés de nuestra ciudad y organista de la Iglesia del Carmen, casada con un amigo mío, Carlos Correa. Su tío, el doctor Ernesto Malaccorto, lo compró en Estados Unidos cuando trabajaba allí. El papá de Marta (Emilio Malaccorto, propietario de una desaparecida casa de repuestos agrícolas en nuestro medio) recibió este auto como donación de parte de su hermano. Al fallecer, por herencia, Marta se constituyó en su poseedora, y en un momento surgió la chance de adquirirlo, hablando con ella. Finalmente, concretamos la transacción. El dueño del Impala es mi hijo, Jorge.
¿Dónde se encontraba guardado?
Lo encontramos sin uso, guardado en una cochera del antiguo edificio Malaccorto, en la primera cuadra de calle 1810, donde hoy funciona una casa de electrodomésticos. Atrás del todo, en donde hace un tiempo existía un lavadero, estaba depositado el Impala. Ahí lo fuimos a ver antes de comprarlo. Se lo veía entero, hace casi diez años que estaba parado, pero había que realizarle varias mejoras.
¿Cómo adquirió Malaccorto el auto en Estados Unidos?
El doctor Malaccorto estaba radicado allí porque cumplía funciones en la Organización de Estados Americanos (OEA), después de haber dejado su cargo en la Secretaría de Agricultura, cuando era presidente Arturo Frondizi. Trabajó en el programa Alianza para el Progreso, y en ese intermedio laboral que cumplió en el país del norte compró el auto, un 30 de diciembre de 1963. Supongo que vivió de manera especial ese año trágico para Estados Unidos, en el que mataron al presidente John Fitzgerald Kennedy. Por haberlo comprado a fin de año, el vehículo fue patentado como modelo 64.
¿Qué utilización le daba?
Mientras residía en Estados Unidos, Malaccorto utilizó el Impala para sus actividades particulares; lo adquirió cero kilómetro, y cuando por cuestiones de la política debió regresar a la Argentina, lo trajo consigo, por supuesto. En mi poder figuran las fotocopias de todos los papeles: el trámite que tuvo que hacer en la Aduana para ingresarlo a nuestro país, la factura de compra (lo pagó 3600 dólares), cuándo llegó al puerto de Buenos Aires, qué barco lo trajo y otros documentos importantes del vehículo.
¿Marta Malaccorto usó alguna vez el vehículo?
No creo, pero sí me contaron una anécdota de una de las visitas de Ernesto Malaccorto a Tres Arroyos, ya que frecuentemente regresaba a su ciudad de origen. El esposo de Marta, Carlos Correa, utilizó el Impala por pedido de su dueño para ir a buscar el diario a “Los Porteños”; bajó a comprar lo que le encargaron, pero cuando volvió el auto ya no estaba. Había dejado mal puesto el cambio (tiene caja automática), y comenzó a rodar calle abajo por Colón hasta que a la altura de las vías se detuvo. Por suerte no se cruzó ningún otro automóvil en su marcha (risas).
¿Cuánto tiempo trabajaron en la restauración del Impala?
Más o menos tres años. Primeramente lo desarmamos, le sacamos el motor y lo llevamos a remolque a Tandil. Allí tenía un taller chapista un primo hermano mío, que corría en autos, y se lo llevé para que le mejore la carrocería (porque había sufrido un choque importante en la parte trasera, mientras estaba en Buenos Aires, que no fue reparado de la mejor manera). Empezó el arreglo, pero no pudo continuarlo, porque lamentablemente se le presentaron serios problemas de salud, y luego falleció.
Dejamos pasar el tiempo, y unos meses después de la desaparición de mi primo fuimos a buscar el Impala. Lo trajimos de vuelta a Tres Arroyos, con la colaboración de un gran amigo, Sergio Montoya, que lo manejaba mientras lo llevábamos a remolque.
La reparación continuó en Tres Arroyos, entonces…
La restauración de la chapa y la pintura se la encargamos a Daniel Gamba, quien junto con otra persona de su confianza la llevó a cabo; quedó impecable. En este tiempo hay que destacar la supervisión de los trabajos que ejerció Oscar Uzcudún, un fanático del vehículo, que se prendió con entusiasmo a la tarea.
Luego de todo este trajín, el auto lo tuvimos listo en el 2004, y a partir de allí funciona perfectamente. En el 2006 una de las hijas de su antigua dueña, Marta Malaccorto, se casaba, y nos pidió el favor de que lo pusiéramos a disposición para llevarla a la iglesia, porque recordaba haber viajado en él cuando era pequeña. Accedimos, por supuesto.
¿Cómo anduvo el auto en las pruebas de regularidad?
Lo presentamos en algunas carreras, pero a partir del año pasado desistimos de hacerlo. Preferimos usarlo para pasear con la familia, y si surge la chance de exhibirlo en algún encuentro de autos de época, allí estamos. No nos interesa agregarle demasiados kilómetros, sino más bien conservarlo.
No existen muchos autos como este en Argentina…
Verdaderamente no, porque el modelo que nosotros poseemos no se comercializó en el país a través de las agencias. Sí se pueden ver varios Impala del año '59, los famosos “cola de ballena”, pero del '64 deben existir muy pocos. Su motor cuenta con una potencia formidable de 250 HP, y su cilindrada es más grande que la de una Ford F-100. Claro está que consume mucho, se detiene solo delante del surtidor (risas). Dispone de solo dos cambios (primera y segunda, con caja automática) y desarrolla más de 200 kilómetros por hora de velocidad, con un tanque de reserva de combustible que supera los 70 litros. La dirección es hidráulica, lo que permite que, a pesar de ser un vehículo de más de 5 metros de largo, se lo pueda maniobrar cómodamente.
¿Se lo quisieron comprar?
Varios han preguntado, pero vale mucho dinero. Hablamos de un vehículo que tiene rica historia, y a quienes disfrutamos de los autos antiguos, nos seduce la idea de cuidar joyas como ésta. No es cuestión de que desaparezca, de hoy para mañana.

LA BIOGRAFIA DEL PRIMER DUEÑO

¿Quién fue Ernesto Malaccorto?

El tresarroyense Ernesto Malaccorto tuvo una dilatada trayectoria pública y privada en distintos estamentos. Especialista en temas económicos, y de ideas liberales, cumplió funciones en el Banco Nación en 1926. Poco tiempo después, fue la mano derecha del renombrado Raúl Prebisch, cuando se organizó la Oficina de Investigaciones Económicas, en 1928 dentro de esa entidad crediticia, en la que más tarde quedó designado como director interino.
Tras un intermedio por lo privado, de regreso a la función pública en 1931 fue designado por el Gobierno nacional como organizador de la Dirección General del Impuesto a los Réditos, cuya titularidad ejerció hasta 1942. Ese año lo nombraron subsecretario de Hacienda, cargo que ostentó hasta los primeros meses de 1943.
Tras un trayecto prolongado en la actividad privada, volvió al ámbito gubernamental en 1959, y por espacio de casi dos años comandó la Secretaría de Agricultura, en el mandato presidencial de Arturo Frondizi. En ese período, organizó la campaña de erradicación de la fiebre aftosa e hizo obligatoria la vacunación cada cuatro meses. Simultáneamente, varias veces ocupó el interinato de la Secretaría de Hacienda. Al poco tiempo, fue designado como director del Banco Central, en donde estuvo hasta 1962.
En el plano internacional, formó parte de la llamada “nómina de los nueve” de la Alianza para el Progreso, con sede en Washington. Allí permaneció hasta 1966, momento en que renunció, junto con los demás integrantes del cuerpo. De regreso a la Argentina, Malaccorto fue destacado nuevamente como director del Banco Central, y luego ascendió a la vicepresidencia del organismo. Permaneció allí hasta 1970, para desempeñarse después como consultor e integrante de consejos directivos de instituciones relacionadas con la actividad económica. Falleció en 1991, a los 88 años. Algunas de sus principales publicaciones sobre temas económicos figuran en las bibliotecas de la Universidad de Harvard y de las Naciones Unidas.

“Así como los caballos de raza tienen `petisero’, yo vengo a ser algo parecido con este auto”, confió Roberto Zijlstra

“Este es un vehículo que tiene rica historia, y a quienes disfrutamos de los autos antiguos, nos seduce la idea de cuidar joyas como ésta”, aseguró el propietario del Impala

Mientras residía en Estados Unidos, Malaccorto utilizó el Impala para sus actividades particulares; lo adquirió cero kilómetro y lo pagó 3600 dólares

Zijlstra encontró al Impala guardado en una cochera del antiguo edificio Malaccorto, en la primera cuadra de calle 1810, donde hoy funciona una casa de electrodomésticos

La restauración del Impala demandó alrededor de tres años, según estimó su propietario, Roberto Zijlstra, quien guarda registro fotográfico del proceso. “El auto lo tuvimos listo en el 2004, y desde entonces funciona perfectamente”, dijo orgulloso

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