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JUAN CARLOS GARCIA Y SUS RECUERDOS DE 25 AÑOS DE TRABAJO EN EL CINE TORTONI

Años de película

Venía de trabajar como mensual en el campo cuando se le presentó la oportunidad de ingresar al cine Tortoni para hacer la limpieza. Tiempo después se enfrentó al desafío de cortar entradas y controlar, linterna en mano, a los díscolos que hacían ruido o a las parejas demasiado cariñosas. Una vida de película, la de Juan Carlos García, contada en primera persona a “El Periodista”

Abril 2015
“Voy a cumplir 79 años, y esa fue una época muy buena de mi vida. Para mí el cine fue lo mejor que pude vivir”, confió el recordado acomodador del Tortoni

“Voy a cumplir 79 años, y esa fue una época muy buena de mi vida. Para mí el cine fue lo mejor que pude vivir”, confió el recordado acomodador del Tortoni

Generaciones de tresarroyenses lo recuerdan parado en la puerta del Tortoni, cortando las localidades y hasta blandiendo la linterna para “ordenar” algún bochinche, aunque siempre con gesto benévolo. Juan Carlos García venía de trabajar como peón rural cuando tuvo la oportunidad de trabajar en el cine, por lo que la suya, sin duda, es una vida de película. Entrevistado por “El Periodista”, todavía conserva en sus manos un recibo de sueldo de cuando ingresó a trabajar en el cine. Y recuerda la posibilidad única que tuvo de conocer a grandes artistas que usaron la sala de la calle Colón como escenario para sus presentaciones.

¿Cómo se dio la oportunidad de trabajar en el Tortoni? ¿Qué hacía usted antes, Juan Carlos?
Yo venía de trabajar con mi señora de matrimonio en el campo, pero ella se enfermó y nos vinimos. Había pedido trabajo en la fábrica Vizzolini, no se dio y a través de un amigo me presenté, un poco amargado porque no conseguía cómo mantener a mi familia, en el cine. Me llevó al Tortoni, y en ese entonces, el dueño, que ahora no recuerdo cómo se llamaba, necesitaba hacer una especie de “limpieza”. Era un hombre muy recto, al que no le gustaba que los empleados de entonces salieran a piropear a las chicas que pasaban. Me preguntó si quería trabajar, le contesté que estaba disponible para cualquier tarea, que venía de ser mensual, con las ovejas y las vacas, en el campo. Me dijo si me animaba a mantener siempre bien limpios los pisos, “no como esos vagos que en cuanto pasa una chica dejan todo para salir a mirarla”, y le contesté que sí. Así empecé, asegurándole que cumpliría con lo que me pedían. Conocía a Olivetto, a Toraya, otros empleados, que me recomendaron para que me quedara. A las 8 menos cuarto, menos diez, llegaba en bicicleta a limpiar esos pisos de madera que tenían una capa enorme de tierra, a la que le pasaban un líquido y quedaba todo pegado. Le pedí al dueño que me dejara comprar los productos que necesitaba, y arranqué de atrás para adelante, sin guantes porque no estaba acostumbrado, dándole viruta con la mano. El primer día hice quince filas. “Eh, que va embalado”, me dijo el dueño, y fue suficiente para que trajera el cepillo y empezara a barrer. ¿Le gusta como queda?, le pregunté. Nunca más me dijo nada.
Pero de la limpieza pasó después a otras tareas…
Después se hicieron cargo Hermes Rodríguez y Juan Berretti. A Hermes le pedí que me dejara efectivo, y me dijo que por el momento no era posible. Pero un día me pidió que subiera a la oficina, donde estaba su propietario original, y me dijo: “vos vas a trabajar conmigo”. Me corrió algo por el cuerpo. No sabía si reírme o llorar. El equipo era bárbaro, estaba el proyectista Tolosa, otro señor que falleció, Tito Casado, Toraya y Olivetto. Y después se incorporó Martín Amestoy. Por entonces ya empecé a hacer de portero. Me pagaban un palo y medio, mucha plata. Venía la gente con la entrada y yo no sabía cómo cortarlas.
Claro, porque hasta ese momento no tenía ninguna relación con el cine más allá de ver alguna película.31
Es cierto, pero me encantaba. Toda la vida me gustó el cine. Y es el día de hoy que miro muchas películas, y estoy en contra de los canales que repiten siempre las mismas. Nosotros, en los 25 años que estuve en el cine, proyectamos más de 4000 películas. Estaban las que se daban y las que no, entre la cartelera que se veía siempre en la sala. A las personas que conocía y que venían a preguntar qué íbamos a dar, como vos (dice, en relación a la cronista de “El Periodista” que efectuó la entrevista) yo les anticipaba esta sí, aquella no. Incluso los que me tenían confianza me preguntaban ¿cuándo van a dar algo como la gente? Y me caía mal, me lo tomaba como algo personal. Cuando llegaban las latitas con las colas, los avances, yo miraba, les sacaba los defectos, y las recomendaba a quienes venían. ‘Mirá, venite la semana que viene que esta te va a gustar’, les aseguraba. Y todo el mundo salía conforme.
Le tocó vivir además una época de cine lleno de público, muy linda…
¡Qué te parece! Lleno total. Cuando dimos Titanic, por ejemplo, estuvo un mes y medio en cartel, y entraron más de 13.000 personas a verla. Trabajaba con nosotros Fabián Del Grande. Y por ese entonces nos pedían por teléfono entradas desde la zona, desde Coronel Pringles, y él las reservaba. Pasaba lo mismo con gente de Dorrego, Marisol, Oriente, Copetonas, Chaves, San Francisco, Claromecó. Gente que venía en combis que estacionaban en la vereda del cine. Además no se puede comparar la posibilidad de ver una película en el cine que en televisión, donde además se las corta. Yo me doy cuenta de todos los cortes, y se los marco a mi señora.
¿Veía todas las películas?
La primera entrada, la función de estreno, que era los viernes a los 17, generalmente no la veía. Pero cuando empezaba la segunda película, en la época en que se daban dos, la miraba. Por eso podía recomendarlas después. Incluso yo les sacaba los defectos. Encontraba, por ejemplo, que en tal escena había un papel, y en la siguiente ya no estaba. Me fijaba en todo, en la cartera, en el velador, que aparecía en un momento y después ya no.
¿Y cuáles eran sus favoritas?
Las de acción, las de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger. Las románticas no tanto, pero eran las favoritas de las chicas, y cuando me preguntaban cómo era, yo podía decirles ‘para vos va a andar, para vos no’. Recuerdo, incluso, que en la oportunidad en que dieron una película con un caso de corrupción policial, reconocí entre el público a un comisario. Nunca lo había visto en persona pero me di cuenta que era él. Le pregunté: ¿qué tal jefe, le gustó la primera? La que viene es un tema de ustedes… Cuando terminó, me dijo ‘qué linda, tenías razón’. Y yo opiné sobre cómo se daba la corrupción y en qué ambientes, lo dejé sorprendido. Es que cuando yo tenía 15 años había hecho un curso para pesquisa, otro tema que me apasiona. Era capaz de recordar caras, personas, por cómo venían vestidas, peinadas. Pero lo dejé por el Servicio Militar.
¿Cuáles fueron las cosas más curiosas que le ocurrieron trabajando en el cine?
Cuando venían los grupos de música, a mí que me gustaba que estuviera todo en orden, sufría. Una vez me levantaron seis butacas, y fue tremendo. Pero lo más lindo era quedarme cuando llegaban compañías de teatro. Porque Hermes Rodríguez me pedía que recorriera todo y revisara que estuviera en orden. Era un peligro, por ejemplo, que alguien dejara un cigarrillo mal apagado en un camarín y produjera un incendio. Era muchísimo el trabajo, llegaba a terminar a las 3 de la mañana aunque la función finalizara a medianoche. Incluso venía mi señora a ayudarme a limpiar, porque después de un día de matinée, ronda y noche, quedaban pilas de papeles. Llegué a encontrar, por ejemplo, una cartera completa con documentos de toda la familia de un empleado de una institución, que cuando vino a buscarla me prometió una botella de aperitivo que todavía estoy esperando (risas).
Pero le habrá tocado conocer a artistas importantes, como contrapartida…
¡Sí, claro! Me he sacado fotos con Horacio Guarany, por ejemplo, que tiene el apellido Rodríguez como yo, al que le traía vasos de “coloradito” desde El Quijote. Y cualquier cantidad de orquestas, que son un poco las responsables de la pérdida casi total que sufrí de la audición en uno de mis oídos.
¿Hizo pasar gratis a alguien alguna vez?
Sí, y me descubrió don Juan Berretti, que me llamó la atención. Le pedí perdón, pero la verdad era que la nena quería ver la película y no tenía plata. Muchos ‘vaguitos’ me pedían entrar, pero no se podía.
¿Y cómo se las arreglaba con los que hacían lío?
Una vez saqué a una pareja que estaba arriba, imagínense por qué… ‘Esto no es lo que ustedes ya saben’, les dije. Y a los que hacían ruido, casi siempre me bastaba con alumbrarlos con la linterna y listo. Pero eran otros tiempos. Si estuviera ahora, quizá me tendría que pelear con cuatro o cinco. Todo ha ido evolucionando, lamentablemente no para bien.
¿Cuáles eran las favoritas de la gente? ¿Cuáles hacían desbordar el Tortoni?
Las del ‘gordo’ Porcel y Olmedo, las de Luis Sandrini, y por supuesto las de Stallone y Schwarzenegger.
¿Y una que no gustó?
Una francesa, “Me pesqué la coqueluche” (N. de la R: una comedia con Pierre Richard). Terminaba con un gallo cantando…La gente salió disconforme. Película más mala que esa, nunca vi. Las francesas, en general, no estaban en el gusto del público, era todo más lento, de hablar más pausado.
¿Y el cine argentino le gustaba?
No mucho.
Usted trabajó en plena dictadura militar, con controles, con censura. ¿Cómo fue?
Me acuerdo de un muchacho alto, al que siempre cruzaba en la plaza San Martín, y al que yo había visto en la Municipalidad. Era un subteniente. Un día que lo saludé me paró y me preguntó de dónde lo conocía. Me había alcanzado con verlo para saber qué hacía. Pero en aquel momento no había controles directos en el cine; dos por tres, a lo sumo, aparecía alguien de civil, con el pelo bien cortito, que miraba la película pero a nosotros no nos decía nada.
¿Alguna situación de conflicto seria?
En algún recital, con muchachitos que se exaltaban con la música y saltaban. Pero nada grave.
¿Y qué cambió desde la época en que ingresó a trabajar en el Tortoni hasta que se retiró, 25 años después?
Iba mucha menos gente. Y después de que el cine se alquiló a otros operadores, la situación cambió bastante. Llegamos a dar una película para un solo espectador. En mis tiempos era la obligación ir al cine, después a cenar o a El Quijote, o a algún boliche. Todo eso se terminó.
¿Volvió a la sala actual?
Me mostraron cómo quedó, pero nunca volví a ver una película.
¿Le gustaba el cine a su señora?
No. Pero a mí sí, me encantó siempre. Para mí fue una alegría enorme poder entrar a trabajar en el Tortoni.
¿Fue una buena experiencia, Juan Carlos?
Sin duda. Voy a cumplir 79 años, y esa fue una época muy buena de mi vida. Para mí el cine fue lo mejor que pude vivir. Y todavía encuentro a Hermes Rodríguez, a su hijo José Luis, con los que siempre tuve una muy buena relación. Alguna vez pudo haber salido algo como yo no quería, pero era cuestión de cambiarle las pilas a la linterna y darle para adelante.

“Toda la vida me gustó el cine. Y es el día de hoy que miro muchas películas, y estoy en contra de los canales que repiten siempre las mismas”, admitió Juan Carlos García

“Una vez saqué a una pareja que estaba arriba, imagínense por qué… Y a los que hacían ruido, casi siempre me bastaba con alumbrarlos con la linterna y listo”, contó García

Las películas del ‘gordo’ Porcel y Olmedo, las de Luis Sandrini, y por supuesto las de Stallone y Schwarzenegger, eran las favoritas del público que llenaba el cine en la década del '80

“Venía mi señora a ayudarme a limpiar, porque después de un día de matinée, ronda y noche, quedaban pilas de papeles”, recordó García

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