EL INGENIERO AGRONOMO RAMON GIGON Y SU VIÑEDO “LA CERRAJA”
Si el vino viene…
Nacido en Pringles y especialista en malezas, Ramón Gigón empezó a vender vinos tras la pandemia, impulsado por su hermana. Después abrió un atractivo local en Tres Arroyos, y más adelante surgió casi naturalmente la idea del viñedo, en un campito cercano. A pesar de la paciencia que requiere este tipo de cultivo, un camino que recién está empezando, aseguró a “El Periodista” que hasta la bodega no para
“¿Por qué se me ocurrió hacer un viñedo? Simplemente porque me gusta el vino”, responde Ramón Gigón a la pregunta sobre el proyecto de La Cerraja
La nota transcurre en tono amable, casi de relax y a ritmo lento. Como si ambos, periodista y entrevistado, estuvieran charlando de bueyes perdidos, degustando una imaginaria copa de vino de por medio. Una broma oportuna rompe el hielo: “¿Por qué se me ocurrió hacer un viñedo? Simplemente porque me gusta el vino. Si elegiste estudiar la carrera de ingeniero agrónomo, seguramente te gusta tomar vino y hacer asado”.
El autor de la frase es Ramón Gigón, un nativo de Coronel Pringles que reside en Tres Arroyos. Emprendió la aventura de intentar con la vitivinicultura en una zona en la que los emprendimientos de este tipo se cuentan con los dedos de una mano. Aunque los hay…
El viento a favor que Ramón necesitaba para arrancar se lo dio su hermana. Explica que “ella vivió durante 15 años en San Rafael, Mendoza. Allá decidió abrir un local, un bar tipo mexicano y una casa de té, porque se trata de una zona netamente turística. Pero llegó la pandemia y ambos proyectos se cayeron. Ahí surgió la propuesta en conjunto de comenzar a vender vinos”.
Refiere que “como la exportación estaba cerrada, las bodegas se veían en la necesidad de colocar sus productos en el mercado interno. Eso generó que comenzaran a circular etiquetas que anteriormente no se conseguían en Argentina. Aparecieron cosas distintas y nosotros, con este nuevo emprendimiento, empezamos a comprar”.
Gigón explica que “iniciamos la oferta de esos vinos primeramente por Instagram y otras redes sociales. Mi vinculación con la gente del agro, por mi profesión, facilitó la llegada de nuevos clientes. De esta manera comencé a entusiasmarme con la venta de vinos. Fue así que tiempo después apareció la posibilidad de abrir una vinoteca, en la esquina de Alsina y Azcuénaga, que actualmente sigue funcionando con buen suceso”.
El propio terruño
Hasta ese momento y paralelamente, Ramón cumplía funciones en la planta estable del INTA. Pero decidió continuar su camino laboral por otros rumbos. “Cuando me fui de allí compré un campito de 30 hectáreas, ubicado a la vera de la Ruta 85, a unos 7 kilómetros de Tres Arroyos, por la carretera que lleva a Pringles. Para ese entonces había planeado la idea de disponer de un lugar en el que pudiera hacer los ensayos de control de malezas, una de las especializaciones a la que más me dedico como ingeniero agrónomo. Buscando la situación justa para hacer ese trabajo, vimos que había quedado una parte del terreno no tan productiva como las demás (en el campo hacemos trigo, cebada, girasol y maíz). Son casi cuatro hectáreas, linderas a un obrador que en un momento había armado la firma Vial Agro, que podían llegar a funcionar bien para poner en marcha un viñedo”.
“En esa parte del campo -explica- la gente del obrador había desparramado tosca. Y recordé que, en San Rafael, los suelos calcáreos, ricos en tosca, le daban un muy buen tinte al vino.
Al comentar este proyecto, una colega que forma parte del staff de una firma a las que brindo consultoría en la parte de agronomía, me habló de un enólogo que venía asesorando a viñedos de la zona. Se trata de César Cárdenas. Me contacté con él (justo estaba de recorrida no muy lejos de Tres Arroyos) y me entusiasmó con la posibilidad de armar un proyecto”.
Escala dos
Luego llegó el tiempo de recabar toda la información necesaria para saber de qué manera avanzar con el “chiche nuevo”. “Cárdenas me pidió todo lo referido a cartas de suelo, precipitaciones, etcétera. Y con esa data el enólogo trabaja en base a una escala, la escala de Winkler, que coteja toda esa información agroclimática y luego muestra qué varietales se podrían producir en una determinada zona” describe el entrevistado.
“En nuestro caso-amplía- calificamos para la escala número dos, en la que entran un montón de cepas. En ese sentido, estamos aptos para producir todas las uvas blancas y una gran cantidad de las de tinto. Sin embargo, un paso fundamental en esto es el ensayo, la experimentación. En el viñedo hay mucho de prueba y error”.
Los primeros pasos en el armado del proyecto de las vides se dieron en el inicio del 2024, Al finalizar la época de heladas, en noviembre de ese año, se comenzó con las plantaciones de los cultivos. “Colocamos unas mil plantas, la primera tanda, que cubren aproximadamente media hectárea”.
“Como mi actividad profesional me lleva a disfrutar del trabajo de investigación, siempre intenté probar nuevas cosas. Así que luego de colocar esas mil, agregamos muchas cepas más. El año pasado, sumamos otras tres mil plantas de distintas variedades de uvas. Actualmente hay casi dos hectáreas ocupadas, de esas cuatro que mencionaba antes”.
Se hace camino al cultivar
Gigón comenta a “El Periodista” que la incursión en la vitivinicultura representó todo un aprendizaje. “Se trata de un cultivo intensivo, que requiere mucha mano de obra. Por eso hemos decidido asignar el cuidado del viñedo específicamente a una persona, dentro del mismo campo”.
El objetivo por ahora es mantener las plantaciones ya existentes, lograr hacer vino y posteriormente pensar en una potencial expansión de la propuesta. “Ya plantamos Sauvignon Blanc, Chardonnay, Viognier, que son tres uvas blancas. También agregamos
Garnacha, Cabernet Sauvignon, Merlot, Tannat y una variedad denominada Marselan, que resulta de un cruzamiento entre el Cabernet Sauvignon y el Garnacha. Intenté ubicar cepas de vinos que, en lo personal, me gustan. Respecto al crecimiento de las vides, ya estamos observando que la Sauvignon Blanc y la Garnacha morfológicamente vienen muy bien”.
A futuro, me interesaría sumar Pinot Noir y Cabernet Franc, que son dos varietales que me atraen”.
El ingeniero agrónomo explica que las plantas se consiguieron y se trajeron directamente de Mendoza; provienen de un vivero que es propiedad de la reconocida marca Mercier. “Supuestamente son las mejores. Ellos mandaron la planta a raíz desnuda y luego nosotros hicimos la primera plantación en noviembre del 2024, como decía, y recientemente la segunda en noviembre del 2025”, detalla.
Respecto a la tarea que le cabe al enólogo que asesora a Gigón en el proyecto, recorre el viñedo una vez por mes. También visita a una bodega de importantes dimensiones ubicada en Médanos, como a otros emprendimientos similares emplazados en Tandil y General Madariaga.
“Los antecedentes indican que se pueden esperar resultados favorables, en función de lo que sucede en la zona. Hay un italiano productor de kiwi, que está haciendo vinos buenos. También es interesante lo que han logrado, con el asesoramiento de este enólogo, en Médanos y en Tandil. Yo apunto a llegar a esas calidades”, se ilusiona.
Todo tiene su tiempo
¿Y la ansiedad, cómo se maneja? La pregunta tiene una respuesta concreta: “los enólogos recomiendan esperar cuatro años. Pero al tercero, que será para nosotros el 2027, podríamos empezar a hacer una pequeña producción de vino. Debo reconocer que la ansiedad te mata. Además, si uno se acostumbra a los cultivos de invierno (tal como sucede en nuestra zona), que en seis meses están listos, por supuesto que la cosa cambia. Por otra parte, la vid lleva trabajo, porque se enferma mucho. En Mendoza, al no haber humedad, no sucede tanto. También hay que estar atento a las hormigas, las malezas, no descuidar el aspecto de la poda… Es complejo”.
Sobre los factores climáticos que es preciso tener en cuenta al momento del desarrollo de un viñedo, Ramón comenta que “el viento, muy presente en nuestra zona, a la uva le vendría bien. Este tipo de plantas, mientras más estresadas estén, mejor concentración de azúcar dará y por ende, un vino más complejo. Está claro que en las zonas de desierto aparecen los mejores (por caso el sur de Francia o en Mendoza) donde llueven 200 o 300 milímetros por año. Acá el promedio anual es de 800. Igualmente, el periodo de producción necesita esos 200 o 300 milímetros en el verano y muchas veces en esta zona no llueve. Por eso, aunque parezca raro, hay que regar”.
Esa diferencia no implica una limitante. Según Ramón “se pueden lograr vinos muy buenos, aunque diferentes, porque es una cuestión de gusto. El hecho lo marca que
en zonas donde llueve mucho, por ejemplo en Uruguay, están haciendo productos muy buenos con registros de 1.500 a 2.000 milímetros al año. Seguramente van a salir variedades más tranquilas, pero tengamos en cuenta que la tendencia a nivel mundial ahora es producir vinos con menos alcohol”.
El conocimiento profesional, su formación como ingeniero agrónomo, le permite aportar una mirada experimental, tanto en el proceso como en el resultado final esperable en el terruño. El dilema es: ¿qué vino se desea obtener o qué vino dejará prosperar la zona? ¿Se pueden conciliar ambas situaciones?. La respuesta es clara: “vamos a tener que experimentar, no hay alternativa. Le dije al enólogo que quiero un vino que me guste a mí. No se pretende hacer algo por marketing ni nada por el estilo. El vino tiene que ser rico Después veremos”.
El problema del 2,4-D
Uno de los problemas más grandes que sufren los viñedos de la zona es el de la presencia de un herbicida particular conocido como 2,4-D. Ramón apela a su bagaje profesional y señala que “la vid es hipersensible a ese producto. Ocurre que estamos introduciendo un cultivo dentro de una zona con gran presencia de cultivo extensivo, en la que se usa mucho”.
Comenta al respecto que “se está armando una comisión para tratar de mitigar esta situación. Sucede que existe una formulación muy volátil del 2,4-D que provoca grandes daños. La idea sería buscar un momento de restricción de uso de ese producto (de octubre a marzo), justamente en los meses en donde la vid se desarrolla. Imagino yo que, en ese caso, habrá que hacer docencia con los productores en cuanto al manejo de los herbicidas”.
El sueño de la bodega
Tirando las líneas a largo plazo, Ramón admite que le gustaría conformar una especie de bodega boutique. “Sí, ese es un objetivo a futuro. En lo inmediato, contaríamos con la posibilidad de hacer nuestro vino en la bodega de Médanos, que es muy grande y tiene lugar para llevar la uva y trabajarla allá. Por otra parte, hay dos o tres enólogos dando vueltas por la provincia de Buenos Aires que no tienen instalaciones, pero compran la uva y hacen su vino en algún lugar. Pero a futuro queremos hacerla nosotros. Ya tengo el proyecto armado, con un sitio específico dentro del campo para construir la bodega” expresa.
Pensando concretamente en el paladar local, el entrevistado asegura que “históricamente, hace algunos años, se tomaba mucho blanco. Conversando con gente de 80 o 90 años se advierte que existía esa tendencia. Pero después varió a tomar tinto. Por otro lado, en los 90 surgió la moda de elegir vinos de guarda, amaderados. El prejuicio es que vos le ponés madera a un vino y parece bueno, pero no siempre es así”.
El proyecto de Ramón no es individual, sino que cuenta con un fuerte respaldo familiar.
“Mi señora está ahora a cargo en un ciento por ciento de la vinoteca. En un futuro la idea será vender el vino ahí. Pero también guarda bastante relación con el trabajo de mi empresa. Hacemos bastantes reuniones y jornadas en el campo, a las que concurre mucha gente. Ahora que está armado el viñedo cambia el paisaje, quieren ir a verlo. Habitualmente aprovechamos el lugar, hacemos un asado y de paso mostramos y contamos la iniciativa”.
Ramón remarca finalmente que, al margen de la ansiedad o la expectativa de que el proyecto logre un buen resultado, se disfruta todo el camino. “Cuando pusimos los palos, los alambres, viendo las plantitas crecer, todo eso genera una sensación agradable. Ahora estuvimos podando y es muy lindo ese trabajo físico de cortar o conducir la planta. Esto es un disfrute con otros tiempos, pero un disfrute al fin”.


