Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

CLAROMECO TIENE NUEVO PARROCO

Los caminos de Dios

Juan Francisco Palacio llegó a la Parroquia María Auxiliadora tras años de recorrido pastoral. Su historia reúne los deseos de un joven universitario que eligió trabajar en la empresa familiar, pero que a los 28 eligió otro camino, el de Dios. Junto a “El Periodista” recordó sus inicios y contó cómo es su actualidad en Claromecó

Abril 2026
La capilla María Auxiliadora de Claromecó se había quedado sin responsable desde el fallecimiento del padre Miguel Zentner

La capilla María Auxiliadora de Claromecó se había quedado sin responsable desde el fallecimiento del padre Miguel Zentner

El ritmo cotidiano empieza a cambiar en Claromecó luego de la temporada. La intensidad afloja, las calles recuperan la identidad de pueblo y, de a poco, aparecen las caras de todo el año. En ese escenario se acomoda para transitar su próximo desafío el nuevo párroco de la Parroquia María Auxiliadora.
Se llama Juan Francisco Palacio. Viene de Bahía Blanca, de madre bahiense y padre sanjuanino, aunque su historia, como suele pasar con quienes eligen la vida religiosa, no es lineal ni previsible. Antes del seminario, antes de la sotana y de las comunidades, hubo otra vida: la de un joven universitario, hijo mayor, involucrado de lleno en una empresa familiar dedicada a la venta de vinos.
“Tuve una infancia, una juventud, una adolescencia como la de cualquier otro muchacho. Mi familia materna es de fe práctica, o sea que lo fui palpando desde la familia, desde chico uno va mamando eso y es algo que se hace muy natural”, cuenta al comienzo de la entrevista junto a “El Periodista”.
A los 28 años concretó el ingreso al seminario, pero antes estudió contador y se recibió de Técnico en Administración para dedicarse de lleno a la empresa familiar. “Siempre estuve trabajando ahí, desde chico”, asegura, con naturalidad. La vinoteca era parte de la identidad familiar, un espacio donde se aprendía el oficio, el trato con la gente, la lógica del esfuerzo cotidiano. La empresa estuvo en Tres Arroyos, que luego derivó en “El Buen Vino” con la familia Fernández.
Entre viajes a Mendoza, San Juan, Salta o Buenos Aires, y el contacto permanente con el mundo del vino, fue incorporando saberes que, aunque no lo convirtieron en sommelier, sí le dejaron una impronta.
La vida, hasta ese momento, seguía el curso esperable: universidad, trabajo, amigos, proyectos personales. Nada parecía indicar que el rumbo estaba a punto de cambiar. Pero la inquietud estaba. Había empezado mucho antes.
Una vocación insistente
La fe no le era ajena. Sin embargo, la vocación sacerdotal no apareció como una certeza temprana, sino como una pregunta persistente. “El llamado empezó más o menos a los 15 años”, recuerda. Fue en el colegio Don Bosco de Bahía Blanca, en una época en que la institución era exclusivamente de varones, donde ese primer indicio tomó forma. El contacto con sacerdotes, las actividades del ámbito educativo y el clima de comunidad dejaron una marca.
Aun así, no fue una decisión inmediata. “Terminando el secundario, se hizo un poquito más grande la inquietud, pero tomé la decisión de poder hacer un poquito más de otras cosas antes de indagar en profundidad en la vocación, poder hacer experiencia de la universidad, de salir con mis amigos, de viajar, por eso es que también lo fui dilatando”, recuerda.
El punto de quiebre llegó cerca de los 28 años, cuando estaba terminando su carrera universitaria y preparando la tesis. “Ahí surgió con más fuerza”, dice. Lo que antes era una duda, empezó a transformarse en una necesidad de respuesta. “Comencé a hacer un discernimiento más profundo y llegó el punto en el que tenía que tomar una decisión. Decidió entonces probar en el seminario a ver qué pasaba y me fui a La Plata”.

En paz
Juan Francisco a sus 28 años ingresó al seminario de La Plata, donde se formaban los candidatos al sacerdocio de la diócesis de Bahía Blanca. “La formación dura ocho años: cuatro de filosofía y cuatro de teología”, explica. Pero más allá de la estructura académica, lo que destaca es el proceso personal. “No entrás para salir sí o sí siendo cura. Entrás para ver qué pasa”.
Esa frase resume el espíritu de esos años: una búsqueda constante, una evaluación permanente de la propia vocación. En su caso, lo que encontró fue algo que se volvió determinante: paz. “Fue una etapa muy linda, que de hecho se me pasó muy rápido porque la disfruté mucho. Siempre guiado por la certeza de que iba por un camino correcto. Desde que tomé la decisión de irme al seminario tuve mucha paz interior. Y eso te va guiando”.
La experiencia fue intensa. Compartir la vida con otros jóvenes de distintas partes del país, conocer realidades diversas de la Iglesia y transitar juntos ese proceso dejó una huella profunda. “Siempre vincularte con otros que están ahí para lo mismo y conocer actividades de la iglesia, no solamente de tu ciudad o de tu diócesis, sino también de otras diócesis, es muy enriquecedor”, destaca.
Con el paso del tiempo, la certeza creció. Aquella inquietud juvenil se consolidó en una convicción.
En comunidad
Al finalizar la formación, llegaron las ordenaciones y, con ellas, los destinos pastorales. El primero lo trajo cerca: Tres Arroyos.
Entre 2010 y 2014, se desempeñó en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, primero como diácono y luego como sacerdote, acompañando al padre Guillermo Fanelli. Fue allí donde comenzó a tomar contacto con la dinámica del distrito y sus localidades, yendo a pueblos como Oriente, Copetonas, San Mayol, Orense, Claromecó.
“Guardo recuerdos hermosos de mi paso por Tres Arroyos”, asegura. La cercanía con la gente, los vínculos que se generaron y la calidez de la comunidad marcaron esa etapa. “Me han quedado amigos, ahijados, familias. Nunca se cortó ese vínculo porque se forjó y quedó. Tres Arroyos tiene una mística linda también porque es una ciudad muy acogedora, muy cálida. La gente me recibió muy bien y me trató muy bien. Hay una calidez especial, así que siempre agradecido a Dios de haber estado allí”.
Luego del 2014, llegó Guaminí, donde durante tres años atendió las seis localidades del distrito. Más tarde, una parroquia en Bahía Blanca, con seis capillas a su cargo. Un territorio más amplio, más exigente, donde incluso volvió a conectar con su formación en administración, colaborando también con aspectos económicos de las siete comunidades.
Para Juan Francisco la tarea de un sacerdote va mucho más allá de lo espiritual. “A veces se piensa que vivimos en una burbuja, pero no. Estamos en contacto con todo: la gente, los problemas, la administración, el mantenimiento, la vida cotidiana”, describe.

Volver a empezar
La llegada a Claromecó no fue casual. Se dio en un contexto particular: la parroquia María Auxiliadora llevaba tiempo sin un párroco estable tras el fallecimiento del padre Miguel Zentner. Durante ese período, sacerdotes de Tres Arroyos viajaban para cubrir las celebraciones tanto en el balneario como en San Francisco de Bellocq y Orense.
La propuesta surgió desde la diócesis y Palacio la aceptó como un desafío. “Me pareció interesante hacer una pausa del ritmo de ciudad y volcarme a una realidad más pequeña, más lejana del vértigo urbano”, explica. “Aunque laburo no falta en la Parroquia, al contrario, hay bastante; pero el entorno es más tranquilo, con un aire más natural, cerca de la playa, con bosques, arroyo, campo”.
También, en lo personal, significó un regreso simbólico. “Es como volver a los inicios”, dice, en referencia a su paso anterior por el distrito y por los pueblos de Guaminí. Volver a un territorio conocido, con gente que ya lo reconoce, le dio una base de confianza para encarar esta nueva etapa.
“La gente todavía me está conociendo”, admite. La figura del padre Miguel sigue presente en la memoria colectiva. Además, se suma la dinámica estacional del lugar: durante el verano, el movimiento está marcado por el turismo; ahora comienza el verdadero pulso comunitario.
El verano, de todos modos, fue una experiencia positiva. Las misas con alta concurrencia, la presencia de turistas de distintos puntos del país y el reencuentro con personas conocidas generaron un clima favorable.
“Fue un verano muy lindo. Las misas siempre han sido con mucha concurrencia, con un lindo espíritu. Lo hemos pasado muy bien. Muchos turistas también de Azul, Olavarría, Mar del Plata, La Rioja, Catamarca, San Juan, Mendoza, La Pampa… Ha habido una linda itinerancia de turistas”, resume.
En sus vacaciones, muchos continúan practicando la fe. “Muchos incluso se han venido a confesar. La gente que se quedó dos semanas venía los dos domingos o a veces también venía durante la semana”, asegura. Eso habla de la importancia de la fe en las personas. “No le dan vacaciones a Dios, al contrario, la persona que practica su fe, cuando está de vacaciones es cuando tiene más tiempo también para pensar un poquito más, para rezar un poquito más. Entonces también, de alguna manera, disfrutan más el rato de la misa”.
Lo interesante de estar en pueblos turísticos es ver cómo la fe no es sólo un “hobby”, es parte de la vida de las personas. “Es un amuleto, es parte de la vida. La gente lo necesita porque le hace bien y por eso es que va a encontrarse con Jesús”.

La fe en tiempos de individualismo
Consultado sobre el lugar de la fe en la sociedad actual, Palacio reconoce las tensiones propias de la época. “Es una sociedad que apunta mucho al individualismo, a la indiferencia, pero creo que responde a un tiempo de la historia”, observa. Sin embargo, evita una mirada pesimista. “Si bien hay mucha gente que vive así, también hay mucha gente que se acerca, jóvenes que participan en la misa, que piensan en su futuro”.
Frente a la sobreinformación, las redes sociales y la multiplicidad de discursos, sostiene que la fe sigue encontrando su lugar, a veces de manera silenciosa. “Siempre miro el vaso medio lleno”, afirma. “La fe es necesaria para la vida de la persona. En algún momento te vas a interrogar. Esa fe en tu vida, lo que te dejó tu familia o lo que te dejó algún amigo, pero siempre por algún lado surge la inquietud. Dios se vale de muchos caminos para llevarnos a él”.
En su experiencia, las personas llegan a la Iglesia por distintos caminos: la tradición familiar, una crisis, una enfermedad, un retiro espiritual. Pero en todos los casos hay algo en común: una búsqueda. “En algún momento, la fe aparece como una pregunta. Simplemente hay que tener el corazón abierto”.

Una comunidad que se construye
Tras la vorágine de la temporada, a Juan Francisco este abril vive la Semana Santa, sumando a las tradicionales celebraciones del pueblo como el Via Crucis viviente y la representación de la última cena. “Queremos vivir la parroquia con sentido de familia”, expresa.
La invitación es abierta: a los vecinos, a quienes llegan de otras localidades, a los turistas. La idea, dice, es que todos se sientan parte, sin prejuicios, sin distancias. “La Iglesia no es mía, es la casa de Dios. Y venimos como hijos”.
En esa definición simple, pero cargada de sentido, se ve también su manera de entender el rol que le toca ocupar, no como una autoridad distante, sino como alguien que acompaña, que escucha, que se integra en su comunidad. Como si en el fondo se tratara siempre de encontrar un lugar en el mundo donde levantarse cada día tenga sentido. Y, en ese camino, invitar a otros a hacer lo mismo.

El nuevo párroco de Claromecó se llama Juan Francisco Palacio. Viene de Bahía Blanca, de madre bahiense y padre sanjuanino

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La capilla María Auxiliadora, en pleno centro claromequense, un templo de fe para los locales y también para los turistas

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