Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

LOS GOICOECHEA QUILLEAQUY CUMPLEN 100 AÑOS EN TRES ARROYOS

Una familia, muchas huellas

Familia, tradición, campo. Siete generaciones con raíz vasca. Llegaron cuando esta ciudad tenía apenas 34 años. Fueron parte del desarrollo cooperativo. Reunirse año a año es un compromiso con sus ancestros y significa la continuidad de lazos de sangre y valores de familia. María Goicoechea y Gabriel Sode, quinta generación, escribieron su historia para “El Periodista”

Por María Goicoechea y Gabriel Sode (*)

Noviembre 2018
La abuela Catalina, rodeada de sus doce hijos: Pedro, Pancha, Garuga, Otilia, Quico, Salvo, Quela, Toto, Queta, Otto, Abel y Cachi (presidiendo la foto del abuelo Francisco)

La abuela Catalina, rodeada de sus doce hijos: Pedro, Pancha, Garuga, Otilia, Quico, Salvo, Quela, Toto, Queta, Otto, Abel y Cachi (presidiendo la foto del abuelo Francisco)

Don Pedro Goicoechea no imaginó que su vida cambiaría repentinamente, cuando minutos después de abordar, junto a su hermano, dejando atrás su tierra natal, allá en la aldea de Gabiria en la provincia vasca de Gipuzcuoa, el barco que lo traería a este país, conoció a doña Dominga Huici, una joven que viajaba como niñera de los hijos de los propietarios de la fábrica de los cigarrillos León. Argentina florecía con el primer aporte inmigratorio, ya que Pedro y Dominga llegaron gracias a la Ley Avellaneda, sancionada en 1876. Traían alforjas llenas de sueños por cumplir, entre ellos los de formar una familia y trascender en este país que les abría las puertas. Nos gusta pensar que los 40 días de travesía para cruzar el Atlántico fueron suficientes para que se enamoraran, este vasco rudo, acostumbrado al trabajo de sol a sol y esta jovencita con ojos del color del mar. Acá se casaron, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Balvanera en Buenos Aires. En esa ceremonia empezó todo, nuestra familia.
Tuvieron siete hijos que fueron tomando distintos caminos, se diseminaron por el país para armar sus proyectos de vida. Dos de ellos llegaron a Tres Arroyos. Agustín, fue la punta de lanza, abrió un almacén de ramos generales y fue adquiriendo campo, en la zona conocida como Las Dos Anas, en el Cuartel 7mo. Así, sin herederos, decide ceder una importante extensión para que su hermano Francisco, casado con Catalina Quileauquy y con diez hijos, se embarcan en la aventura de trasladarse, en tren a Tres Arroyos, desde la localidad bonaerense de Las Heras, donde queda el resto de los hermanos, dedicados al tambo. Así llegan en noviembre del año 1918. Hace 100 años.
Entre todos levantaron la casa, comenzaron la explotación agropecuaria, tuvieron los primeros amigos: los Goizueta, ya instalados un par de años antes con 14 hijos, alambrado de por medio. Acá nacieron los más pequeños, Abel y Catalina, lo que hizo que este árbol se multiplicara a través de 12 ramas que se fusionaron con las familias Goizueta, Salcedo, Sode, Maciel, Oscariz, Debeain, Cagliani, Re y Legarreta.
Con el transcurso de los años, se fueron insertando en la vida de la ciudad que cuando arribaron tenía sólo 34 años era apenas un poblado de calles de tierra, participando activamente del desarrollo cooperativo, siendo Francisco uno de los socios fundadores de la Cooperativa Agraria, en el año 1932. Sus descendientes continuaron su legado, comprometiéndose con el movimiento agropecuario, destacándose su hijo mayor Pedro, quien llegó a presidir el Consejo de Administración de La Previsión, otro de sus hijos, Donato, vicepresidente de la Cooperativa Agraria, sus nietos Francisco, Aldo y Carlos, importantes dirigentes a nivel local, regional y nacional. Participaron activamente también de la Sociedad Rural y de la Fiesta Provincial del Trigo desde sus inicios. Con los años, las distintas generaciones, ya siete en este país, han estado y están involucrados con la vida profesional, cultural, artística, educativa y social de los distintos puntos del país en los que eligen vivir.
Desde la década del 70, con la idea de fortalecer los lazos que nacieron con el sueño de Pedro y Dominga, de ser una “familia grande” con respeto por las tradiciones y el amor por los lazos que nacen desde la sangre, se reúnen. Esos sentimientos se continuaron en Francisco y Catalina y se transmitieron a sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Así año a año, con el solo fin de compartir recuerdos, anécdotas, viejas fotografías, la mesa y el encuentro de familia, con abrazos que se multiplican entre los que asisten con la alegría del encuentro y el recuerdo de los abuelos. Nos gusta pensar que, seguramente ese día a la misma hora, están compartiendo también la mesa Pedro, Dominga, Francisco, Catalina y sus doce hijos.
Dice Gabriel García Marquez que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” y de eso se trata este relato, armado con las piezas de algún recuerdo o anécdota que provocan la risa y también la emoción que anuda el corazón. Así somos, así elegimos ser. Por encima de todo familia, como nos dice nuestro querido Tres Arroyos: “los Goico” o “los vascos”, que hacen huella con olor a lluvia de los montes del campo allá en Las Dos Anas.

(*) Quinta generación

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