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CARRUAJES Y CABALLOS LUSTROSOS, EXPONENTES DE UNA EPOCA TRESARROYENSE
DONDE HASTA LA MUERTE SE VESTIA DE GALA
Pompa y circunstancia
Eran extraordinarios carruajes negros tirados por caballos
de igual color. La coupé más impactante, sin embargo, era
la blanca, utilizada para trasladar féretros de niños. Aunque
resulte contradictorio tratándose de la muerte, más de medio
siglo atrás los cortejos fúnebres en Tres Arroyos eran esplendorosos.
Hoy, desplazadas las carrozas y los equinos por los automóviles,
el tránsito glorioso hacia la morada final permanece en la memoria
de los más añosos como recuerdo de una época en que
hasta la parca se vestía de gala. "El Periodista" recrea,
basado en el testimonio de protagonistas, postales de un tiempo que ya
fue
El coche de penachos negros ya está en la
puerta, asistido por hombres vestidos impecablemente, que con su traje
de luto cumplen una tarea habitual y nada gratificante. Entran a la casa
silenciosamente a tomar el pesado cajón cerrado de antemano, para
luego acomodarlo metódicamente en la caja del vehículo fúnebre.
El conductor y el lacayo toman su puesto en la carroza y los familiares
se ubican en los coches que acompañan. La caravana emprende su
marcha por calles céntricas hacia la última morada y los
caballos ya habituados caminan mansos hacia el cementerio. Durante el
tránsito, caras curiosas asoman a las puertas de calle, inevitablemente
atraídas por aquella llamativa procesión. Porque el paso
de la muerte conlleva una particular y meticulosa preparación,
imposible de pasar desapercibida ante los ojos de los mortales.
Así fue, en Tres Arroyos, durante los primeros sesenta años
del siglo pasado. Los funerales y tradiciones se distinguían por
los peregrinajes pomposos de carrozas, coches y caballos que desfilaban
por las calles de la ciudad como un acontecimiento social del que nadie
podía estar ajeno. Con el correr del tiempo se perdió el
carisma de los viejos carruajes y el ritual para acompañar a la
muerte ha declinado los esplendores de antaño.
En aquella época funcionaban tres casas velatorias en nuestra ciudad:
Cereijo, que aun persiste; y las desaparecidas Llera, ubicada en 25 de
Mayo, que era elegida por la mayoría de los dinamarqueses, y la
cochería de los hermanos Vega que se emplazaba en calle Chacabuco.
Las casas mortuorias tenían una sola sala porque en esos tiempos
la costumbre era efectuar los velatorios en las viviendas particulares
y se respetaban a rajatabla las 24 horas que debían pasar indefectiblemente
para enterrar a la persona fallecida.
Una vez cumplido el ritual del velorio, los hombres de la cochería
vestidos como señores burgueses llegaban a buscar al difunto. Debían
hacer enormes esfuerzos para trasladar el féretro, que solía
pesar más de cien kilos, y ubicar al cuerpo con los pies para adelante
y la cabeza para atrás, en el interior de la caja tapizada de la
carroza, que esperaba para iniciar el cortejo.
El coche principal era grande y su lujo dependía del poder adquisitivo
de la familia del fallecido. En general era tirado por una yunta de caballos
negros lustrados, pero había ocasiones en que llegaban a ser ocho
animales los que impulsaban la negra carroza, haciendo más esplendoroso
el despliegue de aquel desfile que los más añosos todavía
tienen en mente. Y quizás el recuerdo más impactante es
cuando una coupé blanca cruzaba las calles de la ciudad. En ese
caso, todos sabían que se transportaba el féretro de un
niño.
La carroza era conducida por el cochero, ubicado en el pescante, vestido
con camisa y guantes blancos, pantalones, moño, galera negra y
levita, que era un saco largo que llegaba hasta las rodillas. A su lado
estaba el lacayo, cuya única función era de acompañante.
La casa mortuoria disponía de dos coches fúnebres, tirados
por una yunta de caballos negros que llevaban hasta seis dolientes cada
uno. El resto de los allegados en general recurrían a los mateos.
Cuentan que en un entierro donde había llovido mucho y los caminos
estaban casi intransitables, un hombre llegó hasta la plaza San
Martín y contrató diez mateos que se ubicaron religiosamente
atrás del coche fúnebre formando una peculiar procesión.
La caravana partía raudamente hacia la Iglesia para darle el responso
al finado. En los servicios de personas conocidas, donde abundaban las
flores, la procesión era encabezada por una carroza con coronas
colgando y las palmas que llenaban el habitáculo.
Tres cuadras antes, los caballos que tiraban el fúnebre aminoraban
el tranco cuando sentían las campanadas del templo. Y al llegar
los familiares debían tomar el ataúd con cuidado, porque
había que girarlo de modo que la cabeza quedara hacia delante,
y recibiera la bendición del párroco.
Al culminar la misa de cuerpo presente, se volvía a la peregrinación
que cruzaba la calle Colón hasta Buenos Aires. Los caballos iban
al tranco, pero una vez que pasaban las vías, solos soltaban el
trote hasta el destino final. Ya en el cementerio cada coche se ubicaba
en su lugar y los deudos se precipitaban hacia el fúnebre, donde
los cocheros extraían el ataúd y lo entregaban a las manos
de los familiares, encargados de conducirlo a la última morada.
Para concluir el servicio, los coches se retiraban a trote largo por la
avenida. Dejaban a los familiares en sus casas y huían del famoso
destino final al que forzosa e indefectiblemente deberían volver.
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Preparados para la ocasión
La preparación de los caballos que dirigían
el cortejo era todo un rito y los empleados siempre debían
llegar dos horas antes del servicio para lustrarlos y colocarle
las ornamentas de cuero y bronce, en las que no podían faltar
los corazones que colgaban prendidos de las pecheras.
Eran caballos negros que en el verano había que bañar
todos los días y en el invierno limpiarlos con rasqueta y
cepillo, además de peinar la cola y las crines para que quedaran
a punto. Después se pintaban oscuros los vasos, con una mezcla
de aceite quemado y un polvo llamado "negro humo".
En el fondo del edificio de Cereijo había diez caballerizas,
cada una con su pesebre para cuidar que el animal no estuviese a
la intemperie.
En el lugar sólo había tres empleados efectivos, y
el resto era contratado entre los que sabían conducir mateos,
para trabajar únicamente en los sepelios. Y debían
acostumbrarse a poner cara de luto, cuando salían de tomar
mate en la cocina, hacia el sitio donde esperaban los deudos.
La aparición de los automóviles cambió definitivamente
el ritual del cortejo fúnebre. No obstante, durante muchos
años convivieron los dos servicios, porque a la gente le
era imposible desprenderse de la majestuosidad que implicaba acompañar
la muerte con caballos y carruajes.
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