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de Tres Arroyos

 

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La familia de Pablo Soumoulou se multiplicó de golpe, el 27 de mayo de 1997, cuando Esteban, Candela, Hernán y Marcos llegaron al mundo y fueron los primeros cuatrillizos tresarroyenses

 

 


DOS SENTIDAS HISTORIAS
PARA HOMENAJEAR A LOS PAPAS EN SU DIA

Padre Coraje

Pablo Soumoulou es el papá de Esteban, Candela, Hernán y Marcos, los primeros cuatrillizos tresarroyenses. Jorge Daddario lo es de Agostina, su hija biológica y de Milagros y Micaela, las mellizas adoptadas. Ambos estrenaron su rol con familia múltiple. Contar sus historias es el mejor modo que encontró "El Periodista" de homenajear a los padres en su día. ¡Felicidades!

PABLO SOUMOULOU,
PAPA DE LOS PRIMEROS CUATRILLIZOS TRESARROYENSES

Cuatro son multitud

Dicen los que conocen, que la vida cambia radicalmente con la llegada del primer hijo. Y algo sabe de esto Pablo Soumoulou, que cuando le tocó estrenar su rol de padre lo hizo nada menos que con cuatro a la vez. Es que la familia se multiplicó de golpe, un 27 de mayo de 1997, cuando Esteban, Candela, Hernán y Marcos llegaron al mundo y fueron los primeros cuatrillizos de la ciudad. El sueño vigente en muchos años de espera se transformó, de un día para otro, en realidades palpitantes y miradas inocentes de quienes recién comenzaban a descubrir el mundo.
Tras infinitos tratamientos, finalmente llegó la noticia de que Mariana y Pablo iban a ser padres. Y la primera ecografía mostró a sus tres pequeños hijos que empezaban a crecer en el vientre de su madre. El día del nacimiento estaba todo preparado y trataron de no dejar nada librado al azar: los tres moisés y los seis nombres, tres por si eran varones y otros tantos para mujeres. Pero lo previsible siempre tiene un lugar para la sorpresa y los tres esperados se convirtieron en cuatro.
"En ese momento tener tres o cuatro no nos modificaba en nada. Sabíamos que eran tres y media hora antes de la cesárea nos enteramos de que venía uno más. No conocíamos de qué sexo eran, así que teníamos muchos nombres pensados y el de los varones los alcanzamos a cubrir."
A poco de su debut, por vocación o por obligación, durante todo el día o a la vuelta del trabajo, con habilidad o todo lo contrario, Pablo comenzó a descubrir el universo de ser padre. Para esto las pruebas requirieron concentración: aprender el significado de cada llanto para saber cuál era el que quería comer, el que tenía sueño o el que le dolía la panza.
Los primeros años no fueron nada fáciles, sobre todo a la noche, cuando el horario habitual de descanso se tornaba una verdadera odisea de llantos, pañales, mamaderas e insomnio. "Los turnos de comida se nos juntaban. Estábamos con Mariana media hora con cada uno y se te iban dos. A las tres horas empezaban otra vez, así que nos quedaba una hora para descansar porque empezaban de vuelta. Fue bravo, agarrábamos uno cada uno y le dábamos la mamadera mientras los otros dos estaban llorando en el moisés porque los habían despertado", recuerda Pablo, que en esta vertiginosa tarea tenían que detenerse a pensar para no caer en el ensayo y error. "Es que había dos que en su momento eran parecidos y llegaba un tiempo en que nos preguntábamos a ver a quiénes les habíamos dado la mamadera y a quien no. Siempre decimos que si a nosotros el sistema nervioso nos resistió eso nos puede resistir cualquier cosa", dice con la satisfacción de haber superado airoso la prueba, una experiencia que hasta lo obligó en esas noches a mudarse a la pieza de los moisés ya que era la única forma en que podía oír a los bebés mientras dormía.
En los primeros tiempos, salir a la calle se convertía en una verdadera aventura agotadora que muchas veces terminaban descartando a poco de empezar con los preparativos. "Mi mujer el primer año no salió de casa, aparte era un despelote tener que salir con ellos, porque teníamos dos carros y necesitábamos a alguien que nos acompañara. Además, podés ir a visitar a alguien con un bebé, con dos, pero con cuatro... Cuando no caminaban había que cargar las sillitas en el auto, atrás iban tres y cuando preparábamos todo se te iban las ganas de hacer nada".
Más allá de que tuvieron que dejar a un lado las costumbres que eran habituales en la pareja, Pablo reconoce que fue una linda etapa, aunque hubiese querido tener más tiempo para disfrutar a los bebés de a uno. "Es una época linda, te olvidás de un montón de cosas porque estábamos dedicados a ellos. No teníamos tiempo, lo único que deseábamos era dormir y descansar. Cuando teníamos un rato libre estábamos agotados y no veíamos la hora de ponerlos en la cuna", admite Pablo, quien encontraba en su trabajo el remanso que necesitaba tras largas noches en vela.
Quizás en aquellos meses de demandas urgentes y dedicación absoluta, los Soumoulou deseaban acelerar el tiempo y llegar al día en que sus hijos pudieran adquirir cierta independencia. Ahora que llegó el momento de mayor serenidad se atisban sentimientos contradictorios y ganas de que el tiempo no transcurra tan apresurado. "Es una etapa linda, más descansada, donde son dóciles y uno todavía sigue siendo el centro para ellos. Pero me da lástima que crezcan tan rápido.", acepta Pablo, quien disfruta de ver a sus hijos alrededor de la mesa, o al oírlos cuando se pelean a la hora de ver televisión.
A ocho años de estrenar familia múltiple, Pablo se convirtió en un experto padre que no alcanza a sentir la diferencia con aquellos que tuvieron sus hijos de a uno. "No sé lo que es ser padre de a uno, porque estamos acostumbrados a esto. Mis compañeros de trabajo están en una etapa que van teniendo de a uno y todo es un mundo y yo siempre les digo de qué se quejan. Aunque si hubiésemos tenido de a uno seguramente nos hubiésemos hecho un mar de mala sangre". Es que las incertidumbres y los temores están presentes en cada padre y en esto, la cantidad de hijos no hace la diferencia. "Ahora que son chicos tienen problemas chicos, los problemas graves vienen después cuando se te vuelven más incontrolables. Hoy sé que a las 21.30 se van a dormir y cuando empiecen a salir las preocupaciones serán otras. Siempre tenés temores. Uno piensa que va a tratar de hacer lo mejor y cuando actuás crees que estás haciendo lo mejor, pero de última será el tiempo el que dirá cómo lo hizo uno".

JORGE DADDARIO,
PAPA BIOLOGICO DE AGOSTINA Y ADOPTIVO DE MICAELA Y MILAGROS

No hay dos sin tres

Las mellizas Micaela y Milagros cuando sienten el auto de su padre que estaciona frente a la casa, abandonan los juguetes y corren hacia la puerta a abrazarlo, mientras de fondo se escucha el llanto suave de la pequeña Agostina.
Hasta hace no mucho tiempo, esa escena familiar sólo se pergeñaba en la imaginación de Jorge Daddario y Silvia Di Croce. Y hoy ya casi ni recuerdan aquellos días de llegar a casa y encontrar cada adorno en su lugar y tener que poner música para ahogar el silencio.
Aquella suerte de búsqueda ansiosa y espera expectante durante siete años se diluyó de la mañana a la noche. Fue el día que a Jorge y a Silvia les cambió la vida para siempre. Después de agotar las posibilidades de tener hijos biológicos, de tres fecundaciones asistidas y una in vitro, el matrimonio decidió asumir el desafío de la adopción. Y no fue una determinación fácil. "Es una decisión elaborada en la pareja. Siempre lo charlábamos, pero queríamos agotar las posibilidades de tener hijos biológicos. Nos conectamos con un matrimonio que tenía hijos adoptados y cuando fuimos a la casa nos hablaron ellos y sentían orgullo de haber sido adoptados. Salimos de ahí y dijimos ´vamos a anotarnos ya´. Es que uno tiene miedos intrínsecos, el mayor temor nuestro era como preservarlos a ellos para la sociedad y para que no sufran", recuerda Jorge.
La noticia de que iban a ser padres los sorprendió a los ocho meses de ingresar al registro de adoptantes. Y fue hace menos de dos años, un lunes a las 8 de la mañana, cuando los llamaron desde Misiones para anunciarles el nacimiento de las mellis. "Me dijeron que estaban haciendo lo imposible por no separarlas y me preguntaron si me haría cargo. Yo no lo dudé, y ahí me dijeron ´véngase ya, porque nacieron ayer´ ¨. No hubo tiempo para los temores, que se diluyeron ante el vertiginoso viaje que iniciaron ese mismo día a las cuatro de la tarde. "Hicimos 1800 kilómetros, nos acompañó un amigo. Cuando llegamos, al momento de conocerlas estaban desnutridas las dos. Entramos a la habitación y mi amigo Alfredo alzó a Mica. Yo estaba duro. Cuando salí de ahí me largué a llorar, no sabía que me pasaba", dice Jorge, quien sintió lo que era ser padre por primera vez a las horas de haberlas conocido. "Es que el momento inicial fue un shock, pero cuando llegué a Tres Arroyos estuve media hora en el banco y ya las extrañaba. Después quedamos los dos muy sensibles con Silvia, veíamos bebés y se nos caían las lágrimas enseguida".
La llegada de las mellis iluminó el hogar y los convirtió en una verdadera familia. Pero la vida les deparaba una nueva sorpresa. Porque a los ocho meses Silvia descubre que venía otro bebé en camino. "Mili y Mica cubrieron el lugar que uno necesita de ser padre o madre y cuando Silvia se relajó quedó embarazada. Hasta ese momento todo había sido psicológico, pero nosotros decimos que si no venía era por algo, y eso era porque las mellis tenían que estar con nosotros", dice Jorge, quien este año festejará rodeado de sus mujeres el segundo Día del padre.
"Fue de nada a tres, todas seguidas, las tres con pañales y las tres mujeres. Me encanta. Es agotador, pero llegar a tu casa y tener el abrazo de las mellis, y verla a Agostina durmiendo en la cuna, es impagable", confiesa el padre emocionado, mientras Mili y Mica pelean para ver quien trepa primero a su falda. "Es que son muy pegotas del padre, lo esperan en la ventana, se le tiran encima, lo agarran, lo vuelven loco", acota su mujer.
Cada día Jorge se plantea sus metas a la hora de ejercer el rol de padre. "Quiero tratar de apoyarlas y orientarlas y otra cosa que me gustaría es que se sientan amigas de su papá. Yo con mi padre fui muy amigo, si necesitaba un consejo siempre estaba mi viejo, y me gustaría que a ellas les pase lo mismo", dice, aunque no logra imaginar aún como será el día en que ellas lleguen con su primer novio a casa. "Siempre digo, hasta los siete años que vengan amiguitos, después no van a poder entrar", cuenta con la sonrisa inevitable de un padre celoso.
Muchas cosas han quedado atrás en aquel hogar. Dormir las noches completas, encontrar cada cosa en su lugar, llegar a casa y tirarse a mirar tranquilos una película o pedir una pizza para dos cuando no tenían ganas de cocinar. Pero no cambian lo que están viviendo por nada del mundo.
"Nosotros decimos que estuvimos siete años de luna de miel. Ahora no podemos hacer nada de lo que hacíamos antes. A mí me gusta cocinar y lo hago cuando las nenas se acuestan. La otra noche, yo estaba haciendo morrones en aceite y Agostina se largó a llorar a las tres de la mañana y terminé cocinando con la nena a upa. Las mellis están en la etapa en que se despiertan con miedo y no se quieren quedar en la cuna así que traigo una a la cama grande, la duermo, la llevo y traigo a la otra. Pero eso es impagable. Por eso, si puedo dar un consejo para aquel que no pueda tener familia, es que adopten porque es hermoso, que no se queden sin hijos", concluye Jorge y en su mirada de felicidad y emoción indescriptible no deja lugar a dudas de que sus hijas son el mejor regalo que le ha dado la vida.


 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina