MICAELA FIGARO, ALLI DONDE EL ESTADO NO LLEGA
Medicina, fe y territorio
La médica tresarroyense, residente de Medicina Familiar y Salud Comunitaria, combina su formación profesional con una vocación evangelizadora que nació en la infancia. Desde los viajes al Chaco y Formosa junto a su familia hasta las brigadas médicas en distintos puntos del país y México, su historia cruza salud, desigualdad, espiritualidad y compromiso social
La especialidad que eligió Micaela no es casual. La Medicina Familiar y Comunitaria permite acompañar todos los ciclos de la vida
Micaela Fígaro habla con la serenidad de quien aprendió a mirar la realidad desde muy chica. Tenía apenas siete años cuando comenzó a viajar con su padre, Miguel Fígaro, al Chaco y a Formosa. En esos territorios, marcados por la pobreza, la distancia, la presencia de pueblos originarios y la falta de acceso a servicios básicos, empezó a tomar forma una vocación que más tarde se convertiría en profesión: la medicina.
Hoy es médica y transita la etapa final de su especialidad en Medicina Familiar y Salud Comunitaria. Estudió en la Universidad Nacional del Centro, en Olavarría, y realiza su residencia en Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca. Desde allí sostiene una mirada integral de la salud: no sólo biológica, sino también social, emocional y espiritual.
Una vocación familiar
“Mi vocación nace desde el hecho de compartir con otros el Evangelio. Y ahí es donde me encuentro con la medicina”, cuenta. En su caso, la misión no fue una decisión individual ni repentina: se fue construyendo en familia. Su madre, su padre y sus hermanos formaron parte de ese camino que comenzó en el norte argentino y que, con los años, se amplió a otros destinos.
Durante la infancia, los viajes eran todavía una experiencia de juego y descubrimiento. Pero en la adolescencia Micaela empezó a comprender la profundidad de lo que veía. El primer impacto, recuerda, fue encontrarse con niñas y adolescentes madres. “No podía entender que había madres de mi misma edad”, dice. Esa escena, leída desde el propio privilegio de tener familia, techo, comida y contención, fue una marca decisiva.
Para ella, ese choque no fue únicamente intercultural. También fue social. Lo que encontró en Chaco y Formosa podría aparecer, con otras formas, en barrios cercanos de cualquier ciudad. La desigualdad, insiste, no siempre está lejos: muchas veces alcanza con correrse unas cuadras del propio recorrido cotidiano para verla.
Medicina familiar: atender a la persona en su contexto
La especialidad que eligió no es casual. La Medicina Familiar y Comunitaria permite acompañar todos los ciclos de la vida: niños, adultos, embarazadas, personas mayores y familias completas. “Podemos ver a toda la familia en su contexto”, explica. Ese contexto incluye antecedentes biológicos, pero también condiciones sociales, vínculos, emociones y espiritualidad.
En Ingeniero White, donde se desempeña como residente, esa mirada se vuelve cotidiana. Las consultas no aparecen aisladas de la realidad económica. Muchas veces, dice, la dificultad no es sólo indicar un tratamiento, sino saber si la familia podrá comprar un medicamento, alimentarse adecuadamente o sostener los cuidados necesarios.
“Desde el consultorio nos cuesta un montón ayudar a los pacientes y muchas veces la ayuda es con nuestras propias viandas, con lo que nosotros tenemos”, resume. Para Micaela, la salud no puede separarse de la desigualdad ni de la presencia -o ausencia - del Estado.
Brigadas médicas: atención, escucha y continuidad
Después de recibirse, Micaela se vinculó con una fundación integrada por argentinos que viven en Estados Unidos. La convocaron para participar de brigadas médicas en distintos puntos del país. El primer viaje fue a El Bolsón; luego llegaron otras provincias y, más tarde, la experiencia internacional en México.
Las brigadas son jornadas intensivas de atención comunitaria. Generalmente se organizan durante dos o tres días en espacios que ofrecen infraestructura mínima, muchas veces iglesias: techo, agua, baños y lugar para recibir a la comunidad. Allí se confeccionan fichas, se registran antecedentes, se toman signos vitales y se realiza una primera clasificación de las consultas.
El dispositivo incluye medicina general, pediatría, enfermería, odontología, óptica y, en algunos casos, peluquería. También se comparte el Evangelio con quienes desean escucharlo. La propuesta, aclara Micaela, está abierta a cualquier persona de la comunidad, sin obligación de pertenecer a una iglesia.
El trabajo no termina cuando la brigada se retira. Una de las apuestas es que quede una red local: iglesias, referentes comunitarios y comedores para niños, con la intención de que, con el tiempo, puedan volverse autogestivos. “Uno no puede cubrir lo que el Estado debería estar haciendo”, advierte, pero sí puede acompañar, detectar necesidades y abrir caminos posibles.
Los diagnósticos del territorio
En cada viaje, la brigada encuentra realidades sanitarias distintas. En algunas provincias, la hipertensión aparece como una de las principales preocupaciones; en otras, la diabetes se vuelve central, asociada a una alimentación fuertemente basada en carbohidratos. En Chaco y Formosa, recuerda Micaela, también observaron complicaciones vinculadas al Chagas, especialmente cardíacas.
En la infancia, las enfermedades respiratorias y los problemas nutricionales son demandas frecuentes. Por eso, antes de cada viaje, el equipo prepara insumos de acuerdo con lo observado en experiencias anteriores: medicación para hipertensión, nebulizadores, elementos de atención pediátrica, anteojos prearmados o equipamiento odontológico.
México y el aprendizaje del choque cultural
El viaje a México significó un nuevo salto. Allí pudo conocer una comunidad maya y enfrentarse a realidades atravesadas por la violencia, el narcotráfico y las migraciones. Sin embargo, su experiencia previa con comunidades originarias del norte argentino le permitió llegar con una sensibilidad ya entrenada: escuchar antes de intervenir, mirar el contexto y evitar respuestas pensadas desde afuera.
“Estamos acostumbrados a transitar el monte con ellos, a comer lo que comen, a bañarnos donde se bañan”, cuenta sobre los viajes junto a su padre. Esa experiencia la ayudó a comprender que las problemáticas no siempre son nombradas del mismo modo por quienes las viven desde adentro. Lo que para alguien externo puede resultar extraordinario, para una comunidad puede formar parte de una cotidianeidad marcada por la supervivencia.
El futuro: volver o seguir viajando
A Micaela le falta alrededor de un año y medio para terminar su especialización. Cuando piensa en lo que viene, aparecen dos respuestas. La más sencilla, dice, sería volver a Tres Arroyos, una ciudad a la que se siente profundamente ligada. La más difícil es admitir que también la atrae el trabajo con la fundación, los viajes y la posibilidad de conocer otras realidades.
“Mi sueño y mis proyectos son otros”, reconoce. No lo plantea como una decisión cerrada, sino como una búsqueda. En esa tensión entre el regreso y el camino misionero, la medicina familiar aparece como puente: una herramienta para estar cerca, donde sea que toque estar.
Consumos problemáticos y una mirada más amplia
Sobre los consumos problemáticos en el ámbito médico, un tema que cobró protagonismo recientemente a partir de la investigación de robos de anestésicos y hasta la muerte de profesionales de la salud por su uso indebido, Micaela propone evitar las explicaciones simplistas. La residencia, describe, puede ser una etapa extrema: muchas horas de trabajo, poco descanso, alta exigencia y contacto permanente con situaciones límite. Pero el problema, advierte, excede a una profesión.
“Vivimos en un contexto extremo de violencia, donde la gente no encuentra salida a nada”, señala. En su práctica cotidiana ve madres que no pueden comprar medicamentos, familias con varios trabajos, niños con dificultades de aprendizaje y hogares donde la falta de alimentos adecuados condiciona todo el desarrollo posterior.
Por eso insiste en la reducción de riesgos y daños como enfoque necesario. Prohibir o juzgar, afirma, no alcanza. El consumo problemático atraviesa múltiples formas de la vida contemporánea: sustancias, redes sociales, compras compulsivas, jornadas laborales interminables y vacíos que se intentan llenar como se puede.
Una voz que une experiencia y compromiso
La historia de Micaela Fígaro no se reduce a la de una médica joven que viaja para atender pacientes. Es también la de una mujer que entiende la salud como una práctica situada, atravesada por la fe, la comunidad y la justicia social. En su recorrido, el Evangelio y la medicina no aparecen como caminos separados, sino como dos lenguajes para acercarse al sufrimiento ajeno.
Allí donde faltan servicios, medicamentos, alimentos o escucha, Micaela intenta estar. No con la pretensión de resolverlo todo, sino con la convicción de que cada gesto puede abrir una posibilidad. “El eje de todo es compartir el Evangelio”, dice. Y en su caso, también curar, acompañar y mirar de frente las heridas que la desigualdad deja en los cuerpos y en las comunidades.


