Municipalidad Tres Arroyos

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LOS MUNDOS ENTRECRUZADOS DE UNA TRESARROYENSE EN CLAROMECO

Dos formas de contar

Silvina Beigbeder es contadora y también actriz. Vive su vida entre la dualidad de su profesión y la libertad que le da el arte. Actualmente protagoniza una de las obras de temporada de Claromecó, “300 millones”. En esta entrevista, cuenta cómo nació el amor por el teatro y cómo transita sus días entre la formalidad del trabajo y la espontaneidad de un nuevo mundo

Febrero 2026
 Silvina Beigbeder compartió con “El Periodista” sus dos mundos, el de la contadora y el de la actriz

Silvina Beigbeder compartió con “El Periodista” sus dos mundos, el de la contadora y el de la actriz

Ser actriz te da la libertad de imaginarte en mundos o vidas distintas, de jugar a ser alguien más. Quizás una condesa, una psicóloga, un pan de manteca, una sirvienta… O lo que pueda venir en el futuro. Así es la vida actual de la tresarroyense Silvina Beigbeder, a quien la pandemia la tomó por sorpresa de vacaciones en Claromecó y nunca más se pudo ir.
Contadora de base y artista de formación, Silvina vivió su vida entre dualidades. Por un lado, dedicó sus días a su formación profesional, a realizar estudios universitarios, maestrías, trabajar en empresas destacadas internacionalmente y a crecer en el ámbito laboral; y, por otro, buscó refugio en el arte, en el juego y en el teatro.
Hoy vive en Claromecó, su “lugar en el mundo”, trabajando de manera virtual como consultora de una importante empresa, y disfrutando de las oportunidades artísticas que le brinda el balneario. Protagoniza “300 millones”, la propuesta de Julia Czubaj para esta temporada en el QEA, todos los lunes a la medianoche.
Junto a “El Periodista”, reflexiona sobre las dualidades de la vida, sobre cómo ha logrado soltarse y dejarse llevar por el deseo y, sobre todo, por el corazón.
Tu profesión de base es contadora…
Yo me fui a Tandil, estudié Contador y de ahí me fui a Buenos Aires. Seguí haciendo cosas relacionadas con la carrera. Esa es mi profesión de base y es de lo que trabajo actualmente, con una consultora de Buenos Aires. Entonces, toda mi vida fui trabajando de mi profesión y, al margen de eso, iba haciendo otras cosas. Por ejemplo, hice un posgrado en negocios, cursos de tecnología y volví un poco a un viejo amor que tenía, que era el teatro. Hice teatro, hice clown, tenis, pilates, actualmente hago folklore, todas cosas que me sacan un poco de la profesión. La ciudad lo que tenía es que el trabajo te consumía muchas horas, no solamente por el trabajo en sí, sino también por las horas de ida y vuelta a la oficina, y sobre todo al principio porque estaba totalmente agotada. Pero una vez que te adaptás a Buenos Aires, tiene todo. Con la crisis del 2001, tuve la oportunidad de irme a Chile a vivir, y en Santiago descubrí otras cosas también, me empecé a involucrar con gente de teatro de allá, andaba mucho en lugares que no eran los profesionales. Allá no hice mucho porque también viajaba bastante por laburo, pero sí empecé a relacionarme con gente. Entonces ni bien volví a Argentina en el 2006, me metí en teatro.
¿Cómo fue esa experiencia?
Y ahí fue descubrir un mundo totalmente distinto. Al principio solamente tomaba una clase, después fueron dos clases, después fueron tres clases, después estaba completamente absorbida por eso. También empecé a tratarme con gente que hacía eso, de otras profesiones, con otras vidas, y eso te abre otro mundo. Empecé a estudiar arteterapia por ejemplo, en donde todas eran artistas, y yo era la única contadora. Pero eso me ayudó mucho para desenvolverme, para todo. Yo era muy tímida, aunque no parezca, y el teatro me abrió mucho la facilidad para hablar o para contactarme con la gente.

Volver al primer amor

¿Fue la primera vez que tuviste contacto con el teatro?
El primer taller de teatro que hice en realidad, que fue por este tema de la timidez, fue con Ricardo Listorti. Una locura fue. Yo tenía 15 años, fui un año nada más con él y no me gustó mucho. No me sentía cómoda porque claro, yo era tan tímida, que no podía. No sabía qué hacer, Ricardo me tenía como la nena, pero yo sentía que no hacía mucho. De hecho, no hice ninguna obra, nada, pero lo recuerdo un montón porque después de mucho tiempo mi mamá se lo cruzó un día y le dijo “qué lástima que no siguió con teatro, tenía condiciones”. Él algo vio en ese momento.
¿Dónde fue que te reencontraste con este amor en el 2006?
Me acuerdo que iba en el auto y vi un cartel del Centro Cultural Rojas, que había teatro. Entonces llegué a casa y le digo a mi mamá: "Mami, me voy a anotar en teatro", ella me respondió "vas a volver a tu primer amor". Yo ni lo asociaba con eso. Ella lo tenía más claro que yo.
¿Qué tipo de teatro empezaste a hacer?
Al principio es todo improvisación. El Centro Cultural Rojas es un lugar al que va un montón de gente porque es público y es más económico. Los grupos son muy eclécticos, por ahí van 30 personas, es un montón. Al principio es todo jugar, para empezar a soltarse. Después dejé ahí y me fui con una maestra, Alejandra, que fue mi maestra y fui cinco años con ella. Pero seguía sin lograr pasar el paso de actuar en público. Hasta que un día fui a otro lugar, a El Excéntrico, y ahí fue mi debut con una escena muy chiquitita. Nos hicimos también un grupo con amigos muy lindo, porque lo que tiene el teatro es que las amistades son muy fuertes. Vos estás desnudo, sos vos; si bien estás haciendo un personaje, son tus sentimientos, estás con el corazón abierto ahí adelante. Entonces los vínculos que se hacen son muy fuertes. Después entre nosotros contratamos a Martín Urbaneja, que es un actor muy bueno de Buenos Aires, y con él hicimos otro tipo de entrenamiento, más de cuerpo, de sacar mucho de adentro, muy visceral.
Y el teatro en Claromecó, ¿cómo lo encontraste?
Cuando vine a Claromecó, en el 2021 me convoca Julia Czubaj para ayudarlos a hacer algo para el 24 de Marzo, que fue muy bonito porque nosotros representábamos lo que decía una carta de hijos de desaparecidos. Ahí empecé a ir a su taller, que se me abrió otro mundo. Con Julia tengo una conexión muy buena porque ella es muy talentosa, la admiro mucho por su creatividad y porque a todo lo que hace le pone algo distinto. Después vino Berta Villanueva a vivir a Claromecó y me convocó para hacer su primera obra acá, que fue la primera vez que hice temporada con “Maté a un tipo”.
¿Qué personaje interpretabas en esa obra?
Yo era la psicóloga de la familia. Es un personaje que aparecía al final nada más, así que también era todo un desafío, porque desencadenaba el final. Nos salía bárbaro. Estábamos todos bien y la gente iba y se mataba de risa, un humor muy negro. Y esa fue la primera vez que tuvimos una continuidad porque era todos los martes de enero y de febrero a la medianoche. Después ese mismo año me llamó Andrea Pinto, la directora del Grupo de Teatro para Niños, que necesitaba una persona para hacer teatro para niños. Yo jamás había hecho teatro para niños.
Dicen que es el público más difícil de todos…
Híper difícil. Así que además de “Maté a un tipo”, hicimos “Te cuento una vaca”. Me encontré haciendo dos obras de temporada, una de niños, así que estuvo buenísimo. Yo hacía de La Manteca, que es un personaje que amo porque te hace salirte de tus moldes, de tus estructuras. Lo que más me voló la cabeza es que todo esto pasara en Claromecó.
Fue como encontrarse un libro abierto, ¿no?
Exacto. Ese año hicimos el cierre del taller de Julia con escenas cortitas de Federico García Lorca, hicimos temporada con “Maté a un tipo” y con “Te cuento una vaca”. En paralela, yo seguí trabajando de manera virtual de mi profesión. El verano pasado hicimos “Una noche con Alejandro Casona”, que nos fue muy bien y también fue otro personaje distinto, que es lo que a mí me gusta, variar, por eso me encanta La Manteca, porque es nada que ver.
¿Cómo es esta elección de los personajes? ¿Los elegís vos o te los sugieren?
Yo hago lo que sea. Yo siempre le digo a Julia que a mí me gustan los desafíos, me gustan hacer cosas diferentes. Por ejemplo, con la psicóloga me pasaba que me veía muy yo porque soy medio así, más seria, trajecito, no sé qué. Pero después también me gusta que me corran de ahí.

Protagonista

La propuesta de este año es “300 millones”. ¿Cómo te encontras en este nuevo desafío?
Es una es una locura esta obra, es muy onírica. Es un drama, pero tiene mucha parte de humor. Dice muchas cosas. Como ya habíamos empezado a hacerla hacía un tiempo, que después la tuvimos que dejar, Julia me propuso hacer de La Sirvienta y yo acepté. Es un personaje que no tiene una buena vida, trabaja para una casa, es muy humilde ella y un día sueña que recibe 300 millones de dólares.
Aceptaste el protagónico…
Yo digo que no hay protagónicos, ¿por qué? Porque en realidad todos los personajes giran alrededor de ella y crean el mundo para esta Sirvienta. Es un personaje hermoso porque es muy sufrido, pero todo sucede a través de los sueños. Entonces, puede ser lo más humilde, pero en otro momento puede ser lo más cruel y lo más malo que hay, y esa dualidad está muy buena.
Hablabas de que este personaje te ha tocado una fibra interna que te que te movilizó mucho, ¿por qué?
Porque el drama de esta mujer estaba alejado de mí. Como que, si bien lo que le pasa a esta mujer está muy alejado de mis realidades, hay algo en lo que a ella le va pasando internamente y en los sentimientos que ella va teniendo, que me podría llegar a pasar. Es muy auténtico, muy humano, y la forma de contar esta historia de Roberto Arlt es increíble. Me fue muy difícil hacerlo; cuando hacés un personaje tenés muchos prejuicios. Hay veces que no querés al personaje, o que empatizas demasiado que lo terminás cuidando, y en realidad no tenés que cuidarlo, tenés que mostrarlo como es. En mi caso, durante muchos años no me consideré actriz, entonces tenía otro profe que me decía, "ahí viene la no actriz". La actuación choca constantemente con mi profesión porque por un lado soy “el control”, y por el otro, me tengo que entregar, jugar y confiar.
¿Por qué elegiste venirte a vivir a Claromecó?
Como que se dio. Yo en un momento ya no quería vivir más en Buenos Aires. Es una ciudad hermosa cuando sos joven, pero después sentí que ya había cumplido un ciclo. Y a Claromecó yo vine toda mi vida, y seguía viniendo todos los veranos. Siempre me guardaba aunque sea una semana de mis vacaciones para venir. Casualmente, la pandemia a mí me agarró en Claromecó, después me fui a Tres Arroyos y no me pude ir más. Hay algo que agarró como la melancolía de mi niñez, una nostalgia que me hacía sentir cómoda. Tuve la ventaja también del trabajo online, que lo continúo de esa manera. Yo digo que es como que di toda la vuelta de un círculo, porque vengo acá desde que estaba en la panza de mi mamá, después me fui, y ahora volví; y me siento como en mi casa. Hoy no me imagino viviendo en otro lado.
Después de este repaso por tu vida, ¿qué reflexión final harías?
Siento que uno va cambiando con sus circunstancias, con la edad y con un montón de cosas, y hay que escuchar lo que tenés ganas de hacer en ese momento. Obviamente que siempre hay limitaciones de trabajo, de familia, pero hay que escuchar un poquito, y no asustarse, no prejuzgar. A veces ponemos mucho la razón arriba del corazón, y mira quién te lo dice, una contadora. Creo que hay que ser un poco osado y animarse a apostar por lo que a uno le hace feliz. Lo peor que te puede pasar es que te vaya mal y te tengas que volver sobre tus pasos, que tampoco es un error porque creo que lo peor es eso, no intentarlo. Me parece que un poco mi vida se ha regido por seguir un poco el corazón y darle para adelante; obviamente que uno entiende todas las limitaciones, pero hay veces que las limitaciones también me vienen un poco de la cabeza.

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