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EL “HOTEL CLAROMECO”, QUE EN 2020 CUMPLE 100 AÑOS, MANTIENE VIVA SU FORMA TRADICIONAL DE RECIBIR AL TURISTA

Casa de familias

Fundado en 1920, el establecimiento hotelero de avenida 26 y calle 7 fue originalmente, además de un albergue para comerciantes y turistas pioneros, un polo de atracciones artísticas y entretenimiento para un pueblo que estaba naciendo. Fue además el primer edificio de dos plantas, y el lugar elegido por decenas de familias que por varias generaciones han seguido pasando sus vacaciones en sus históricas instalaciones. “Pirucha” Venecia, propietaria desde hace 28 años, contó a “El Periodista” cómo funciona hoy el centenario “Hotel Claromecó”. Exclusivo

Marzo 2020
El edificio del “Hotel Claromecó” tiene capacidad para albergar alrededor de 100 pasajeros, según la distribución de la demanda

El edificio del “Hotel Claromecó” tiene capacidad para albergar alrededor de 100 pasajeros, según la distribución de la demanda

Por su ubicación privilegiada, en la esquina de avenida 26 y calle 7, el Hotel Claromecó fue desde su apertura en 1920 -este año arriba a su centenario al igual que la localidad-, un lugar de encuentro para locales y visitantes. En sus inicios, con apenas 14 habitaciones y sólo dos baños, fue el albergue obligado de viajeros que se acercaban a la naciente villa sobre el mar por razones laborales, comerciales y, por qué no, algo de incipiente turismo. Décadas después, con la ampliación de sus instalaciones, vendría la posibilidad de alojar no sólo a una gran cantidad de personas sino también su consagración como espacio destinado al esparcimiento y también al arte y la cultura.
El primer hotelero de Claromecó, Antonio Fernández Molina, había fundado en 1901 un hospedaje aledaño a la casa de la familia Bellocq, con vista al mar y al arroyo, que en 1905 fue desarmado –era un galpón de madera y chapa con divisiones internas de yute- para construir uno de los mismos materiales pero con 22 habitaciones. Este espacio funcionó hasta 1914, cuando Fernández Molina se fue a Tres Arroyos con intenciones de continuar en el rubro hotelero en la ciudad cabecera.
Sin embargo, el pionero volvió al balneario en 1920 y compró a los Bellocq el lote de 26 y 7, donde el constructor Juan B. Oneto edificaría, ya con mampostería, un edificio con 12 habitaciones y un salón comedor. Iluminado primero con faroles y luego con un generador eléctrico, en el salón del hotel se podía tomar una copa e incluso jugar al billar, por lo que fue rápidamente punto de reunión para los flamantes residentes en un Claromecó que recién estaba naciendo y también para sus eventuales visitantes.
El comercio tendría posteriormente varios propietarios, entre ellos Angel Cabañas, hasta que en 1942 lo adquirió la familia Di Croce y lo amplió para dotarlo de las características que aún conserva. Fue en esa etapa que se construyó el sótano en el que se desplegarían espectáculos y diversas propuestas artísticas, generando junto con el tradicional comedor ubicado en la ochava un polo de atracciones para el turismo.
Elena Carmen Macellaro de Venecia, o “Pirucha” como todos la conocen en Claromecó, se hizo cargo del establecimiento en 1992. Con su familia solía pasar las vacaciones en la localidad, pero no tenía relación alguna con la actividad hotelera. “Soy de Buenos Aires, y solía venir desde mucho tiempo antes de comprar el hotel; conocí este lugar por mis tíos, que fueron pioneros, nos hicieron comprar la casa e incluso tenían propiedades para alquilar. Y una vez que volvíamos para comprar algo en la localidad, mi marido se enamoró del hotel, que la familia Di Croce tenía en venta, y lo adquirimos. Desde entonces lo manejamos con mi marido y mi hija”, contó a “El Periodista”.
“Es verdad que la vida nuestra cambió cuando nos hicimos cargo del hotel, porque era algo que no habíamos pensado antes. Pero nos decidimos en función de que tanto sus dueños de entonces como nosotros éramos una familia, de hecho ellos pretendían vendérselo a una familia, y fue así que lo compramos. Aun cuando nos decían que en Tres Arroyos se solían juntar y analizar que el Claromecó era un elefante blanco, que no valía la pena comprarlo porque costaba mucho mantenerlo y terminaba por no ser negocio. De todas maneras, y a pesar del esfuerzo grande que hemos hecho nosotros viviendo a 500 kilómetros y a través de tantos años, esto siguió funcionando en base sobre todo a más amor que negocio”, confió.
En cuanto a la infraestructura, “Pirucha” consideró que se trata de una construcción tan noble que se ha podido llevar adelante la empresa “sosteniéndola, con el mantenimiento necesario pero conservándola en sus características originales. Las instalaciones son muy buenas; incluso hay quienes piensan que gastamos una fortuna en atmosférico porque no saben, por poner un ejemplo, que en el hotel funcionan 30 pozos. Está realmente muy bien construido. Y tiene sus cositas, por supuesto, se podría mejorar, pero la gente misma nos pide que no le toquemos nada”, advirtió.

Histórico
El edificio tiene capacidad para albergar alrededor de 100 pasajeros, según la distribución de la demanda. Y la familia Venecia le ha realizado mejoras vinculadas fundamentalmente con su funcionalidad. “Cambiamos sobre todo las instalaciones internas, porque el cableado de luz era muy antiguo; se automatizó la caldera y la provisión de agua, son 30.000 litros de agua los que tiene el hotel en función, se fue dándole un toque más moderno a través de la pintura, entre otros detalles, algunos que se ven y otros muchos que no. Este es un lugar con mucha historia. Fue el primer edificio con primer piso de Claromecó”, destacó la propietaria.
“Pirucha” se enorgullece además de ser la responsable de un espacio con un peso simbólico tan fuerte para el devenir de Claromecó. “Fue la sodería del pueblo, la confitería en la que se reunían todos…Y ha despertado mucho cariño en la gente, que por allí vienen, los mayores, y me cuentan cosas que yo ni sabía sobre el hotel. Me comentan que había bailes a los que se asistía de largo, y que había botones para atender a los pasajeros porque era un hotel de lujo. Después con los años se fue quedando; cuando nosotros llegamos, los dueños estaban grandes, y nos pasa más o menos lo mismo hoy a nosotros. Nos une también el cariño a este lugar, no fue por ganar plata que lo compramos. Por eso permanecemos incluso en años complicados como han sido estos últimos”, admitió.
Como correlato de este rico camino que ha recorrido el establecimiento, hay generaciones de clientes que permanecen fieles al Claromecó a la hora de elegir dónde alojarse para sus vacaciones junto al mar. “Aquí llegan familias que fueron clientes de los propietarios anteriores y siguieron con nosotros, o sus hijos, o ya sus nietos. Este es un hotel muy familiar, diseñado incluso para ese uso, con habitaciones conectadas de a dos o tres para quienes tienen chicos. Nos hemos ido adaptando a la demanda de los turistas”, destacó.

Como el original
Abierto sólo en temporada, porque según admite la propia Elena, se trata de una construcción preparada únicamente para el verano, el Hotel Claromecó tiene más de 50 habitaciones a disposición del público, además de las comodidades de uso interno, y el comedor bien iluminado y tan característico. A esa distribución original prácticamente no se le hicieron modificaciones. Pero como valor agregado a la tradición vinculada al lugar, sus propietarios siguen manejándolo a la vieja usanza, con el libro de pasajeros, las llaves en mano y la conserjería tal como se la concibió antiguamente, para brindar un trato personalizado. “En eso sigo la misma enseñanza de la familia Di Croce; no uso computadora –salvo para la facturación que es obligatoria-, y me sigo manejando con las carpetitas como lo hacían ellos, sigo la tradición y me va bien. A los huéspedes los registro como se hacía antes, y en eso les hago honor a los antiguos dueños que eran muy estrictos. Pero lo fundamental es el cariño con el que lo conducimos”, finalizó “Pirucha”.

Un polo cultural y artístico

Desde las orquestas en vivo que tocaban durante la cena sobre un escenario montado en el comedor, allá por inicios de la década del ‘40, hasta el teatro semimontado o los unipersonales que Ricardo Listorti ofreció hasta no hace mucho tiempo en su subsuelo, el Hotel Claromecó fue, incluso antes de la creación de un espacio específico para el desarrollo de disciplinas artísticas, un polo cultural para el balneario.
Por mucho tiempo también se proyectó cine en las instalaciones del hotel, lo que en su momento constituía virtualmente la única opción de entretenimiento familiar en una localidad donde el fuerte turístico es el mar y el contacto con la naturaleza.
Además se realizaron exposiciones pictóricas, espectáculos de nivel nacional como la presencia del folclorista Horacio Guarany, entre otros, y propuestas que con el correr del tiempo quizá fueron desapareciendo no por falta de interés, sino por la aparición de otros espacios y para circunscribirse al tipo de demanda que el visitante fue planteando en torno a la dinámica de Claromecó.

Como correlato del rico camino que ha recorrido el establecimiento, hay generaciones de clientes que permanecen fieles al Claromecó a la hora de elegir dónde alojarse

Elena Carmen Macellaro de Venecia, o “Pirucha” como todos la conocen en Claromecó, se hizo cargo del establecimiento en 1992. Lo maneja con su marido e hija (foto), bien en familia

Fundado en 1920, el establecimiento hotelero de avenida 26 y calle 7 fue originalmente, además de un albergue para comerciantes y turistas pioneros, un polo de atracciones artísticas

El “Hotel Claromecó” cobijó orquestas en vivo, espectáculos teatrales, proyección de cine y recitales de artistas de renombre, como Horacio Guarany

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