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UNA ENORME TRAYECTORIA Y UNA ESPECIALIDAD POCO FRECUENTE

Cuando migrar duele

Las emociones invisibles de quienes se van… Y de quienes se quedan. Las heridas de empezar de nuevo. El sueño de una nueva vida… Y el costo emocional que nadie cuenta. Licenciada en Psicología con 35 años de experiencia, Susana De Francesco se especializó en los últimos años en Migraciones, y tras convertirse en columnista de la prestigiosa revista Caras en su versión digital, escribió este artículo exclusivo para “El Periodista” Por Susana De Francesco *

Agosto 2026
Licenciada en Psicología, Susana De Francesco se especializó en los últimos años en Migraciones, y es flamante columnista de la prestigiosa revista Caras en su versión digital

Licenciada en Psicología, Susana De Francesco se especializó en los últimos años en Migraciones, y es flamante columnista de la prestigiosa revista Caras en su versión digital

¿Quién soy?
La partida de mis hijos no sólo transformó mi vida como madre. También transformó mi recorrido profesional.
Durante años acompañé a personas en sus procesos emocionales desde la clínica psicológica. Sin embargo, cuando la migración atravesó mi propia historia familiar, descubrí una dimensión del sufrimiento humano que hasta entonces había permanecido casi invisible para mí.
Soy Susana De Francesco, licenciada en Psicología formada en la Universidad Nacional de La Plata. Mi recorrido profesional incluye una formación de base en Clínica Psicoanalítica, una Maestría en Psicología Clínica y Salud Mental, y especializaciones en Psicología del Deporte, Violencia y Psicología de las Migraciones.
Mirando hacia atrás, puedo reconocer que mis hijos han sido el motor de cada etapa de transformación en mi vida profesional. Alguien me dijo una vez que tenía una gran capacidad para reinventarme, y esa frase me acompañó desde entonces porque describe con precisión mi camino.
Cuando mis hijos eran adolescentes viajaba a Buenos Aires para especializarme en Psicología del Deporte, un campo que por entonces era poco explorado. Más adelante, durante mi proceso de separación matrimonial, profundicé mi formación en violencia, impulsada por la necesidad de comprender con mayor profundidad determinadas problemáticas humanas y sociales.
Luego llegó la pandemia y, con ella, una nueva oportunidad de crecimiento. De manera virtual cursé en España la Maestría en Psicología Clínica y Salud Mental, ampliando mi mirada sobre el sufrimiento psíquico y los desafíos contemporáneos de la salud mental.
Pero fue la migración de personas muy queridas y, especialmente, la de mis hijos, la que marcó un antes y un después. Como madre experimenté emociones, preguntas y contradicciones que iban mucho más allá de la distancia geográfica. Como psicóloga advertí que existía un universo emocional profundamente humano, complejo y poco visibilizado.
Esa búsqueda me llevó a descubrir Mentes Migrantes, un proyecto internacional desarrollado en el marco del programa Erasmus Plus, integrado por la organización española Volvemos.org, la Universidad Internacional SDI de Múnich (Alemania) y la ONG Babele (Italia). Su objetivo es formar profesionales en Psicología de la Migración, una disciplina que surge como respuesta a la creciente necesidad de acompañar psicológicamente a quienes atraviesan procesos migratorios.
Comprendí entonces que migrar no significa únicamente cambiar de país. Implica atravesar duelos, reconstruir vínculos, redefinir la identidad y encontrar nuevas formas de pertenencia. También comprendí que el impacto emocional no afecta solamente a quien se va, sino también a quienes permanecen.
Después de 35 años de trabajo clínico, la experiencia profesional, la formación específica y mi propia historia personal convergieron en un mismo punto. Hoy acompaño a migrantes y a sus familias convencida de que cuidar la salud mental durante estos procesos puede marcar una diferencia profunda en la calidad de vida, la adaptación y el bienestar emocional.
Una vez más, fueron los movimientos de la vida y de los vínculos los que me llevaron a reinventarme.

La maleta más pesada no viaja en el avión
Lo que más pesa no se puede despachar. El migrante lleva consigo recuerdos, expectativas, miedos, mandatos familiares y una historia que no cabe en ninguna valija. Porque emigrar no es sólo cambiar de lugar. Es cambiar de vida.

El duelo migratorio: la pérdida de algo que sigue existiendo
Cuando pensamos en un duelo solemos asociarlo a la muerte de una persona. Sin embargo, existen pérdidas que también duelen profundamente, aunque aquello que extrañamos siga existiendo. Eso es, precisamente, lo que ocurre en el duelo migratorio.
Quien migra no sólo deja atrás un lugar geográfico. También se distancia de afectos, rutinas, paisajes, costumbres, olores, encuentros cotidianos y formas de pertenencia que ayudaron a construir su identidad. La familia seguimos allí, los amigos siguen allí, la casa sigue allí. Pero ya no están disponibles de la misma manera.
Por eso el duelo migratorio tiene una particularidad: se extraña algo que continúa existiendo, pero que ya no puede formar parte de la vida cotidiana.
Este proceso no afecta únicamente a quien se va. También atraviesa a quienes permanecen. Padres, hermanos, abuelos y amigos deben aprender a vincularse desde la distancia, construyendo nuevas formas de presencia donde antes existía la cercanía.
Sentir tristeza, nostalgia, enojo, culpa o incertidumbre forma parte de una reacción humana esperable. No son signos de debilidad ni de fracaso. Son emociones que acompañan toda transformación profunda.
El desafío no consiste en dejar de extrañar. El verdadero desafío es integrar la pérdida sin quedar atrapado en ella, construyendo nuevos vínculos, nuevos proyectos y nuevas formas de habitar el mundo sin renunciar a la propia historia.
Porque migrar no es solamente cambiar de país. Es aprender a vivir entre lo que quedó atrás y lo que todavía está por construirse.

La culpa del migrante feliz: Cuando estar bien también duele
Existe una emoción de la que se habla poco y que muchos migrantes viven en silencio: la culpa.
La culpa por estar construyendo una vida nueva mientras los afectos quedaron lejos. La culpa por disfrutar de oportunidades que otros no tienen. La culpa por sentirse bien cuando quienes aman los extrañan.
Paradójicamente, alcanzar los objetivos por los que se emigró no siempre trae sólo satisfacción. A veces también despierta preguntas difíciles: ¿Tengo derecho a ser feliz lejos de los míos? ¿Estoy traicionando mis raíces? ¿Vale la pena este bienestar si implica tanta distancia?
La culpa del migrante feliz nace del amor, del vínculo y del deseo de no herir a quienes quedaron atrás. Sin embargo, cuando se vuelve excesiva, puede impedir disfrutar los logros alcanzados y dificultar la adaptación.
Aceptar que el crecimiento personal no significa abandonar a quienes amamos es parte del proceso. Porque migrar no implica elegir entre una vida y otra, sino aprender a honrar los afectos del pasado mientras se construye un futuro propio.

No soy de aquí ni soy de allá
A veces el desarraigo no tiene geografía, tiene identidad. Uno de los desafíos más profundos de la migración no es aprender un nuevo idioma ni adaptarse a nuevas costumbres. Es responder a una pregunta mucho más íntima: ¿quién soy ahora? Con el tiempo, muchos migrantes descubren que ya no son exactamente los mismos que se fueron. Pero tampoco terminan de sentirse completamente parte del lugar al que llegaron. El país que dejaron cambió. Ellos también cambiaron.
Y en ese espacio entre dos mundos aparece una sensación difícil de explicar: la de no pertenecer del todo aquí, pero tampoco allá. Lejos de ser un problema, esta experiencia forma parte de una transformación profunda. La identidad deja de ser un lugar fijo para convertirse en un puente entre historias, culturas y afectos. Porque, a veces, el hogar deja de ser un lugar en el mapa y comienza a ser todo aquello que llevamos dentro.

Los padres que aprenden a extrañar
Hay despedidas que no terminan en un aeropuerto.
Cuando un hijo migra, no sólo comienza un proceso de adaptación para quien se va. También comienza una transformación para quienes se quedamos.
Madres y padres debemos aprender una forma distinta de amar. Una forma en la que ya no existen los encuentros espontáneos, los abrazos cotidianos ni la posibilidad de estar presentes ante cada alegría o dificultad. La distancia obliga a construir nuevas maneras de acompañar.
Muchas veces, una videollamada deja de ser una simple conversación para convertirse en un verdadero espacio de contención emocional. Un mensaje de voz, una foto o unos minutos compartidos frente a una pantalla pueden cambiar el día de ambos lados del océano. No reemplazan la presencia física, pero ayudan a sostener el vínculo y a reducir la sensación de distancia. El despertar (por la diferencia horaria) y encontrar algún mensaje de algunos de mis hijos, realmente cambia mi día.
Sin embargo, este proceso también nos despierta emociones complejas: tristeza, nostalgia, preocupación, impotencia e incluso culpa. Los padres extrañamos a nuestros hijos, pero al mismo tiempo deseamos que sean felices. Y los hijos, mientras intentan construir una nueva vida, suelen cargar con el dolor de saber que dejaron afectos importantes detrás.
Desde la Psicología de la Migración entendemos que este sufrimiento no es un signo de debilidad. Es la expresión natural de vínculos significativos que buscan adaptarse a una nueva realidad. Acompañar estos procesos implica ayudar a poner palabras a las emociones, comprender los duelos que aparecen en ambos lados de la distancia y encontrar formas saludables de sostener el amor sin que la ausencia ocupe todo el espacio. Buscar ayuda profesional también puede ser una herramienta valiosa. Muchas veces, compartir estas experiencias en un espacio terapéutico permite comprender lo que está sucediendo, aliviar el peso emocional de la distancia y desarrollar recursos para transitar el proceso de una manera más saludable. Pedir ayuda no significa que algo esté mal; significa reconocer que algunas transformaciones son demasiado profundas para atravesarlas en soledad.
El vínculo no desaparece. Se transforma. Y aprender a vivir esa transformación es, quizás, uno de los mayores desafíos emocionales que podemos atravesar como padres.
A veces, la distancia no se mide en kilómetros, sino en emociones que necesitan ser escuchadas.

Los afectos que cruzan fronteras
Los amigos y abuelos son los vínculos que sostienen el alma migrante.
En Julio celebramos dos vínculos profundamente significativos: la amistad y los abuelos. Dos relaciones que, en el contexto migratorio, adquieren un valor aún más especial.

Los amigos que se convierten en familia

Hay encuentros que ayudan a sobrevivir cuando todo es desconocido.
En la migración, los amigos no sólo acompañan la vida. Muchas veces sostienen la identidad mientras la persona intenta reconstruirse. Existen amistades que nacen en la infancia, otras en la universidad y algunas que atraviesan toda una vida. Pero también están las amistades que nacen de la migración. Esas tienen algo particular: aparecen cuando todo está cambiando. Se conocen entre trámites, búsquedas de trabajo, mudanzas, incertidumbres y nostalgias. Son quienes comparten cumpleaños lejos de casa, celebraciones improvisadas, mates, cafés y silencios. Son quienes comprenden, sin demasiadas explicaciones, lo que significa extrañar mientras se intenta construir una nueva vida. Muchas veces esos amigos terminan convirtiéndose en familia. En refugio. En red de sostén emocional. Y también enseñan una verdad difícil: no todos los vínculos que transforman nuestra vida están destinados a quedarse para siempre. Algunos cambian de ciudad. Otros encuentran oportunidades en otro país. Algunos regresan a su lugar de origen. Otros simplemente continúan su camino.
Sin embargo, la duración nunca define el valor de un vínculo. Hay personas que estuvieron poco tiempo y dejaron una huella permanente. Porque la importancia de una amistad no siempre se mide por los años compartidos, sino por quién estuvo a nuestro lado cuando más lejos nos encontrábamos de todo lo conocido.
Por eso, el Día del Amigo también es una oportunidad para agradecer a esas personas que la migración puso en nuestro camino. A quienes fueron refugio cuando todavía no existía la palabra hogar. A quienes escucharon, sostuvieron y acompañaron. A quienes lograron que un lugar desconocido se sintiera, aunque fuera por un tiempo, un poco más parecido a una casa.

Los abuelos de la distancia
Hay abrazos que aprenden a viajar por una pantalla. La distancia obliga a muchos de ellos a realizar un duelo silencioso: el duelo de la relación que imaginaron tener con sus nietos. Deben dejar ir la fantasía de compartir meriendas, actos escolares, cumpleaños espontáneos o visitas de fin de semana para construir una relación diferente, posible y adaptada a la distancia. Es un proceso profundamente doloroso, pero también profundamente humano.
Las videollamadas, los mensajes, las fotos y los audios se convierten en nuevas formas de presencia. No reemplazan el abrazo, pero permiten que el vínculo siga creciendo.
Y aunque la distancia cambie la manera de estar presentes, no modifica el lugar que los abuelos ocupan en la vida de sus nietos. Porque los nietos no sólo recuerdan momentos compartidos. También llevan consigo historias, valores, enseñanzas, tradiciones y gestos de amor que ayudan a construir quiénes son. La influencia de los abuelos trasciende la cercanía física. Forma parte de las raíces emocionales que acompañan a una persona durante toda su vida.

Cuando el amor es más fuerte
La migración pone a prueba los vínculos, pero también revela su fortaleza. Los amigos ayudan a construir pertenencia cuando todo parece extraño. Los abuelos ayudan a sostener la historia y las raíces cuando todo cambia. Unos representan la posibilidad de crear hogar. Los otros recuerdan de dónde venimos. Y ambos enseñan una misma verdad: hay afectos que no se miden en kilómetros. Se miden en huellas. Y las huellas que dejan los amigos verdaderos y los abuelos amorosos suelen acompañarnos para siempre.

Una reflexión final
Después de más de treinta y cinco años de trabajo clínico, y de haber atravesado personalmente experiencias migratorias dentro de mi propia familia, aprendí que migrar es mucho más que cambiar de país. Es una experiencia profundamente humana que moviliza emociones, vínculos, proyectos, pérdidas y transformaciones.
A lo largo de esta nota hemos hablado de amigos que se convierten en familia, de abuelos que aprenden a amar a la distancia, de padres que aprenden a extrañar y de personas que intentan reconstruir un sentido de pertenencia entre dos mundos. Detrás de cada una de estas historias hay algo en común: la necesidad de ser escuchados, comprendidos y acompañados.
Por mucho tiempo, estos procesos emocionales quedaron invisibilizados. Hoy sabemos que el impacto psicológico de la migración es real y que existen profesionales específicamente formados para acompañar tanto a quienes migran como a quienes permanecen en su lugar de origen.
Pedir ayuda no es un signo de fragilidad. Es una forma de cuidado. Así como planificamos aspectos laborales, económicos o legales de una migración, también es importante cuidar la salud emocional de quienes atraviesan este proceso.
Mi formación en Psicología de la Migración me permitió comprender que no hay una única manera de vivir estas experiencias. Cada historia es diferente, cada duelo es único y cada familia encuentra sus propios recursos para adaptarse. Pero también me confirmó algo fundamental: nadie debería sentirse solo frente a emociones tan profundas.
A quienes están pensando en migrar, a quienes ya lo hicieron y a quienes aman a alguien que se encuentra lejos, quisiera decirles que es posible atravesar estos cambios de una manera más saludable cuando contamos con herramientas, acompañamiento y espacios donde poner en palabras lo que sentimos.
Porque migrar transforma la vida. Y cuando las emociones encuentran un lugar donde ser escuchadas, esa transformación puede convertirse también en una oportunidad de crecimiento, de encuentro y de construcción de nuevos sentidos.

* Lic. en Psicología. Mat. 40045
Instagram lic.susanadefrancesco

El recorrido de la autora incluye una formación de base en Clínica Psicoanalítica, una Maestría en Psicología Clínica y Salud Mental, y especializaciones en Psicología del Deporte, Violencia y Psicología de las Migraciones

El recorrido de la autora incluye una formación de base en Clínica Psicoanalítica, una Maestría en Psicología Clínica y Salud Mental, y especializaciones en Psicología del Deporte, Violencia y Psicología de las Migraciones

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