Municipalidad Tres Arroyos

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LA CASA DE LA PLAYA, UN INMUEBLE QUE ES LEYENDA VIVA EN CLAROMECO

Sobreviviendo

Se construyó entre 1935 y 1940, según se estima, y fue la única de material que acompañó a la gran cantidad de construcciones de madera que por años poblaron la playa de Claromecó. Sus antecesoras sucumbieron al paso del tiempo y a llamativos incendios intencionales. Sin embargo, sobre fuertes pilotes y con el amor de la familia Florez como principal sostén, esta propiedad levantada por Grandes Almacenes El ABC sobrevivió y hoy es la única que tiene el privilegio de abrir sus ventanas frente al mar. La historia, en palabras de los hermanos Alejandro y Rolando Florez, cuarta generación de propietarios de la casita de la playa. Exclusivo de “El Periodista”

Enero 2014

El abuelo de Rolando y Alejandro Florez compró la casa junto a sus hermanos, para obsequiársela a su padre, fanático de la pesca

“Nadie tiene muy claro cómo empezaron a aparecer las primeras casas en la playa. Hubo una época, anterior incluso a la fundación de Claromecó, en la que empleados de los campos de Bellocq, que fuera de los tiempos de cosecha se dedicaban a la pesca, empezaron a acercarse a esta zona con permisos que el propio Bellocq, que era el dueño de todas estas tierras (21.000 hectáreas tenía), les daba para construir. Sin embargo, esta casa no pertenece a ese grupo, porque fue construida años después por El ABC. Por entonces, vecinos de Tres Arroyos como Arévalo, Dassis, entre otros, comenzaron también a levantar sus casas sobre pilotes aquí en la costa, reemplazando así a las de madera y cartón que había originalmente en la playa y protegiéndolas del avance de los médanos”, relató a “El Periodista” Rolando Florez, colaborador del Museo Aníbal Paz y miembro de la cuarta y quinta generaciones, junto a sus hermanos e hijos, de la familia propietaria de la vivienda. Sobre pilotes, y ubicada al lado de las instalaciones del balneario Nahuel Epú, es la única sobreviviente de una serie de propiedades que bordearon el agua del Atlántico en la villa, y que sucumbieron tanto a los fenómenos meteorológicos como a la audacia de alguna mente trasnochada que ya no quería verlas.

Justamente el Museo de Claromecó está haciendo un relevamiento para saber cuántas fueron las casas de la playa. “Una publicación en un diario habla de 52, pero quizá sea un número excesivo. Hemos encontrado fotos aéreas, que nos permiten ubicarlas, y también tenemos el relato de gente que las recuerda. Pero no tenemos, por ejemplo, una foto completa en la que se puedan ver todas o la mayoría”, aseguró Rolando.

Lo cierto es que a esta propiedad, específicamente, la construyó El ABC junto a otra en Tres Arroyos, y luego la sorteó a fin de año entre su clientela. “La ganó un hombre de apellido Forte. Una vez, de casualidad, me llevó en su auto un hijo de aquel dueño original, que me contó esa parte de la historia. Todo esto ocurrió, suponemos, entre 1935 y 1940, porque hay una foto del año 1928 en la que esta casa no está, pero después no hemos encontrado otra hasta el 40, así que es difícil especificar cuándo se construyó. Y tampoco figura ese dato en los papeles, que estuvimos revisando, ni tampoco en la revista mensual que publicaban los Grandes Almacenes El ABC, donde una vez conseguimos ubicar un planito pero no mucho más”, continuó.

“Charlando sobre el tema con Carmen, una prima de mi papá, me contó que la primera vez que vinieron a la casa la alquilaron a los Forte, y al año siguiente se la compraron. Porque precisamente uno de los Forte trabajaba en Florez Hermanos, que era el taller de mi abuelo y sus hermanos. Ellos compraron la casa para su padre, es decir mi bisabuelo, a quien le gustaba pescar”, apuntó Alejandro, hermano de Rolando residente en Mar del Plata.

“Luego Bellocq pierde el campo, ejecutado por el Banco Provincia mientras ayudaba económicamente a Francia durante la guerra y este país no le devuelve el dinero, y deja de tener control sobre esta zona, por lo que pueden aparecer disposiciones que prohíben la construcción de casas en la playa. De todas maneras, esta es la última que se hizo como vivienda y de eso no hay dudas. Todas las anteriores eran de madera, salvo la base del hotel Brisas. Y las primeras que fueron desapareciendo cayeron por el tiempo y el tipo de construcción”, consideró Rolando.

En este sentido, Alejandro recordó que “también estaba presente el miedo de que en algún momento la Municipalidad dispusiera que las casas no estuvieran más, por lo que quizá la gente no se ocupaba de su mantenimiento”. “Nosotros éramos chicos, y por entonces había quienes decían que por las casas se amontonaba la arena en la Costanera, que eran un desastre…Siempre hubo temor, y por eso quizá no se destinaban recursos a mantenerlas. De hecho, finalmente el Municipio terminó por tomar la decisión de prohibir las construcciones en la playa, quizá como resultado de que las viviendas ya no estaban”, completó su hermano.

Incendios y disposiciones

Aquella intolerancia no demasiado velada para con las construcciones en la playa cobró mayor virulencia con los incendios intencionales que, primero en la década del '80 y algo más tarde, terminaron con algunas de las casas. “La primera quema fue en los '80, y la segunda fue en los '90. Por entonces quedaba La Perlita, por la mitad, y la de Dassis. Y la nuestra se salvó porque era de material, pero en algunas oportunidades encontramos marcas de vandalismo, una puerta quemada…”, recordó Rolando. Un artículo periodístico de la época hablaba de un ‘anónimo incendiario que actuaba en las noches de fuertes tormentas’, que destruyó mediante el uso del fuego, en una noche de invierno, las dos últimas construcciones que quedaban, a excepción de la de la familia Florez, que logró sobrevivir al primer ataque. “Sabemos que en algún momento molestó, pero nunca pasó nada más allá de esos episodios aislados”, apuntó.

Tras aquellas situaciones amenazantes, el abuelo Florez decidió ceder la casa a la Municipalidad, trámite que se concretó en 1985/86. “Pero en 1991 mi papá puso una bicicletería junto a Daniel Loizaga, en la Terraza, y entonces, mientras pensaban en alquilar, decidieron recuperar la vivienda. De hecho, estaba completamente destruida, los cielorrasos rotos, la gente entraba, el Municipio no había hecho nada con la propiedad, lo que automáticamente daba derechos al propietario original para su restitución. Acomodaron un poco la cocina y el baño, taparon los huecos del cielorraso caído con telgopor, y estuvieron ese año hasta que la familia logró recobrarla. Entonces empezamos a trabajar en ponerla en condiciones, hasta que a mediados de los '90, la situación económica de mi padre lo obligó, porque no quería tener deudas, a cederla otra vez a la Municipalidad. En aquel momento la usaron los guardavidas”, recordó uno de los hermanos.

Nuevamente, al año siguiente, la cuarta generación de los Florez comenzó a recomponer la estructura de la casa con la intención de habitarla. “Todavía nos falta darle más solidez, pero lo cierto es que está completamente habitada. Ha quedado reconstruida diríamos en un 80 por ciento”, admitió Rolando.

Para Alejandro, es cierto que de alguna manera la propiedad es una suerte de patrimonio histórico de la villa balnearia. Sin embargo, nunca se les ocurrió gestionar alguna medida de protección, ni mucho menos recursos para conservarla. Lo hicieron todo a pulmón. “Es que la legislación necesaria no es suficiente, e incluso esos temas están cuestionados. Lo que decidimos es que, pase lo que pase, nosotros vamos a mantener la casa. Porque incluso vemos que no hay un interés, más allá del nuestro, en preservarla. Nos han sugerido cosas, alguna vez se pensó en un museo, pero entendemos que hay que destinarle recursos, porque si uno no le pone vida, se deteriora inmediatamente. Las ventanas y puertas abren porque tienen aceite, hacemos cosas para que se mantenga, tiene que estar habitada”, sostuvieron.

Al mismo tiempo, parece que la propia naturaleza se ha ocupado de mantenerla, porque apenas una vez el mar llegó hasta debajo de los pilotes, pero nunca estuvo en peligro. “Con viento del oeste tiembla un poco, pero nada más”, coincidieron.

El futuro

Lo cierto es que además de los hermanos Florez, sus propios hijos también han heredado el amor por la casita de la playa y han tomado conciencia de lo que significa. “Es la casa de Claromecó, donde han veraneado siempre, y nos han visto trabajar mucho en ella, así que ellos, que son la quinta generación que la disfruta, también quieren cuidarla. Alguno la pide para la Primavera, y todos estamos de acuerdo en preservarla como un lugar de reunión de la familia, como fue siempre”, dijeron.

En este aspecto, recordaron por ejemplo sus propias Navidades de chicos, cuando los regalos se arrojaban por la ventana a escondidas para que ellos creyeran que por la arena había pasado Papá Noel. “Mi abuelo tenía siete hermanos, así que había que repartir muy bien las quincenas para que todas las familias pudieran venir. El domingo era el día en que se inventariaba la vajilla, y la familia que llegaba almorzaba con la que se iba. Y hasta recuperamos cosas, como la mesa donde se amasaban los ravioles, el banco para sentarse, alguna cama. Mi abuelo venía y se iba a pescar acá enfrente, mientras mi abuela ponía el aceite y se comía la fritanga de lo pescado en el momento”, evocó Rolando, sobre el final, antes de compartir con su hermano Alejandro unas imágenes para “El Periodista” desde el deck anexado hace poco al ala que da al frente costero. Un paisaje privilegiado, un espacio con historia que va más allá de lo familiar y que recupera aquel viejo deseo de los pescadores de tener su hogar a orillas del mar infinito.

En estado de abandono tras haber sido cedida al Municipio, en la década del '80, la casa fue reconstruida por los Florez y recobrada como vivienda familiar. Ahora está habitada todo el año

Cuarta generación de propietarios de la vivienda, Rolando y Alejandro Florez la comparten con el resto de sus hermanos y sus hijos, manteniendo la tradición de la reunión familiar en torno a la mesa donde la abuela amasaba

Los Florez recordaron sus Navidades de chicos, cuando los regalos se arrojaban por la ventana a escondidas para que ellos creyeran que por la arena había pasado Papá Noel

La casa de la playa, única sobreviviente de una curiosa historia de quemas y desapariciones, fue construida por El ABC y sorteada entre sus clientes, probablemente entre fines de los años '30 y principios de los '40

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