Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

EN LA SECCION "PASAPORTE", LOS VIAJES DE JORGE TURIENZO

Viajar es compartir

Jorge Turienzo es un viajero permanente, de esos que disfruta desde la salida hasta el recorrido y se deja sorprender por cada destino elegido. Usuario y conocedor del sistema de Tiempo Compartido, que aprovechó en distintos lugares del país y del exterior, en esta entrevista con “El Periodista” cuenta sus viajes en familia y también aquellos que le gustaría materializar pero por ahora son deseos

Septiembre 2020
Turienzo en Castromudarra, España, el pueblo donde nació su abuelo

Turienzo en Castromudarra, España, el pueblo donde nació su abuelo

Una de las maneras de conocer el mundo es adoptada por quienes eligen el sistema de Tiempo Compartido o adherirse a un Club Vacacional. Es un modo cuyas experiencias iniciales se conocieron en la década del 60 y que ha ido creciendo al lograr que quienes lo adoptan se especialicen en optimizar su uso con estrategias personales evaluando costos, utilidad, comodidades y destinos.
A las empresas especializadas en este el armado y comercialización de complejos turísticos, se han sumado en los últimos tiempos conocidas cadenas hoteleras como por ejemplo Hilton y Marriot, que buscan redituar con el sistema en forma alternativa a sus establecimientos.
Uno de los tresarroyenses que más conoce del tema, por haberlo utilizado durante muchos años es el doctor Jorge Turienzo, conocido dermatólogo con quien abordamos este tema y otros relacionados a su casi permanente vida de viajero.
“Cuando éramos chicos siempre salíamos con nuestros padres por lo general a localidades de la zona y especialmente a Necochea donde mi padre había comprado un departamento y nos gustaba ir con frecuencia. Luego, ya estudiante en el Colegio Jesús Adolescente vivimos una hermosa etapa en la cual no hacíamos viaje de egresados, pero sobre todo cuando vino el padre Araza implementó el campamentismo que él conocía de Barcelona. En las vacaciones de invierno íbamos al norte y en el verano al sur. Se aplicaba un sistema donde la familia del alumno pagaba un monto determinado, llevábamos alimentos no perecederos y nos alojábamos en carpas compradas por el colegio, junto con mochilas e implementos sencillos para elaborar la gastronomía. Se hacía un viaje piloto en el Día del Estudiante a Tandil o Sierra de la Ventana para vivir la experiencia inicial y luego al llegar a cuarto y quinto año se hacían los viajes más largos. De esa manera me empezó a gustar mucho el tema de los viajes porque en esos la pasábamos genial con amigos como Roberto Rudski, Mario Gramisu, el Gato Parisi, Alberto Buzzi y varios más. Con el colegio estuve dos veces en Cataratas del Iguazú, en la segunda oportunidad extendiendo el trayecto con dos micros hasta Rio de Janeiro. Lo hicimos con la Empresa Polo allá por el año 70. Recuerdo que uno de los buses se perdió y llegó varias horas después por lo que lo esperamos durmiendo nada menos que en la playa de Copacabana, al aire libre. Después me fui a estudiar y cuando me casé, mi suegro -Potila Foulkes- tenía una casa en Claromecó donde íbamos mucho. Al tiempo él vendió y compró un departamento en Necochea, donde íbamos todos los veranos”.

Explorar otros destinos
Sin embargo esa rutina de turismo zonal despertaba otros intereses en los viajes y un día haciendo un asado en el Parque “Miguel Lillo” le propuso a su esposa Alejandra un viaje con los hijos pequeños hacia otros destinos.
“Justo en ese momento salió el autoturismo para socios del Automóvil Club Argentino, mediante el cual pagabas un paquete de viaje donde contratabas en Tres Arroyos los hoteles propios del sistema y hasta los vales de combustible si eras deseoso. El primer viaje lo hicimos en mi Dodge Polara en febrero de 1991 con mi esposa y nuestros hijos pequeños con destino a Puerto Madryn. Salimos de acá e hicimos noche en un hotel de Viedma, entrando en todos los pueblos que nos interesaban. Al día siguiente nos fuimos a la Lobería, Playa El Cóndor, San Antonio Oeste, Las Grutas donde hicimos picnic con la heladerita que llevábamos. Los chicos disfrutaban las paradas en los balnearios con una breve entrada al mar por lo que el viaje se les hacía mucho más divertido. A mí siempre me gustó viajar y conocer. Como en esa época no había Internet yo llevaba los planos o las guías de YPF y se las daba a los chicos para que ellos nos fueran contando por dónde íbamos. Llegamos al hotel de Madryn y a la mañana siguiente arrancamos por la Dirección de Turismo con la idea de ir a Península Valdés, Punta Norte, Caleta, la Isla de los Pájaros y Playa Larralde, esta última recomendada por Tony Pagniez, lugar de pesca que cuando baja la marea deja ver pulpitos que se pueden tomar con la mano. Después conocimos Punta Tombo y no me olvido más las caras de los chicos al estar a dos metros de los pingüinos. Comíamos donde nos parecía y con mis hijos recordamos siempre una parrilla llamada “Los Diablitos”, donde nos atendían muy bien. Esa fue nuestra primera experiencia tan grata que al año siguiente nos fuimos a Merlo”.
Roque Gres tenía una farmacia en la Avenida Moreno y hablando con Jorge al regreso le recomendó especialmente que conociera Merlo, por la paz, el paisaje y lugares típicos como ese bar de pueblo con el mostrador grande con el gato arriba y algún viejito tomando algo y leyendo un diario. Se entusiasmó y al año siguiente ese fue el destino elegido, otra vez en viaje en auto.
“Como nos gustaba, íbamos parando el trayecto. Hicimos noche en San Luis y a la mañana siguiente visitamos Los 7 Cajones, El Volcán, La Toma y otros lugares hasta llegar a Merlo. Paramos en el Hotel Casablanca, divino y bien a la entrada con una piscina y un parque estupendo. Por entonces, 1992, Merlo tenía algo así como 5 mil habitantes, de manera que en esa tranquilidad anduvimos a caballo, en sulky y recorrimos todo. Estuvimos una semana y fue inolvidable”.
¿Cómo comenzó la relación con el sistema de Tiempo Compartido?
Justamente cuando volví de Merlo. José Pequeño me manda a un vendedor de Buenos Aires que estaba ofreciendo Tiempo Compartido. Me explicó cómo era el sistema y me ofreció 4 semanas en Villa Gesell o Potrero de los Funes, por 1.000 pesos del año 92. Yo calculé entonces que una semana de hotel en Merlo, con desayuno para los 5 me había costado 1.000 pesos. Mientras que esas 4 semanas del club vacacional que eran por 99 años me salían 4.000 pesos. No tuve dudas y compré en Villa Gesell, que me quedaba más cerca. En ese momento justo tenía que ir a buscar un auto a Mar del Plata, así que aprovechamos a conocer el lugar. Era un complejo hermoso de departamentos completos con ropa de cama, vajilla completa, servicio de limpieza, o sea ideal y con todo resuelto para la familia, porque además había piscina, canchas para deportes, parque y parrillas. Caminábamos muy poco y bajábamos a una playa inmensa. Vos pagabas una membresía de 50 dólares por año y te daban un catálogo con los diversos destinos en los cuales podías hacer canje por tus semanas en Gesell. Optamos entonces por no usar inicialmente el lugar y hacer el intercambio por Bariloche. Llegamos al destino y quedaba frente al lago, en la Avenida Bustillo con un panorama realmente hermoso. En ese estudio que hacía del sistema, estando en Villa Gesell resuelvo bajar dos semanas y comprar dos en la misma ciudad balnearia pero en otra empresa de las similares características. Seguía viajando y utilizaba bien el sistema. Hacía lo que yo llamo “vacaciencias” porque iba a los congresos médicos y llevaba a mi familia. Por ejemplo una vez fui por ese motivo a Tucumán y pedí una semana en un complejo donde incluso había estado Menem jugando al golf, en las cercanías de la capital. Después estuve por intercambio en Villa Carlos Paz, La Falda, en el complejo “Pirayú” cercano a las Cataratas, al lado de la Triple Frontera. Al poco tiempo aparece en Necochea, yo estaba descansando, un gerente de “Solanas” con oficina en la primera cuadra de la 83. Era la época del 1 a 1 y como ya me gustaba mucho el sistema le terminé comprando en Punta del Este. El complejo era hermoso en el cual permanecí en 3 oportunidades. Esa empresa a la vez me regaló una semana que uní a otra de Villa Gesell y nos fuimos a y Orlando con la familia, al complejo The Enclave, un lugar bellísimo. Alquilamos una camioneta y además de disfrutar los parques de Disney nos fuimos a conocer Tampa, retornando por Cabo Cañaveral donde vimos la NASA y usamos la otra semana en Miami Beach, en la Avenida Collins al 16.000, en el complejo New Port, completo y hermoso al lado de la playa. Descubrimos muy cerca la parrilla “San Telmo” de unos argentinos, donde comimos muy bien, vimos fútbol por TV y dio la casualidad que al lado de nuestra mesa estaba cenando Mariana Nannis. Lo cierto es que pasamos una semana divina, en la que solo nos faltó ver un partido de la NBA. Después, en un cumpleaños de Alejandra le regalo el primer viaje solos, esta vez a Punta Cana alojados en el Hotel Meliá Bávaro.
Cambiaste en ese caso hotel por tiempo compartido.
Después, con el paso del tiempo llegó un momento en que los dos complejos empezaron a decaer por la mala administración y antes que cayera el de Puerto Encantado, entregué una semana y me quedé con otra en Aldea Andina en Bariloche, un lugar que usamos mucho con mi esposa y mis hijos. Hacíamos escapadas a los lagos Gutiérrez, Mascardi y otros, llegando incluso a Esquel y los pueblos aledaños. Cruzamos en un viaje hasta Puerto Madryn conociendo toda esa zona, hicimos noche y nos vinimos hasta Viedma. Anduvimos mucho por nuestro país. Nos faltó conocer La Quiaca, Ushuaia y el Perito Moreno. Por lo demás disfrutamos todo. Otros viajes que hicimos fueron nuevamente a Miami, Panamá, Cancún, Cuba y España donde estuve en tres oportunidades. Combinando en algunos casos con mis idas a congresos médicos. Es más, en España vive Roberto Rudski, a quien recordarán por su paso por el basquetbol de Huracán. Somos muy amigos desde que empezamos a estudiar juntos. Cada vez que piso el país si no voy a Marbella a verlo, se enoja. España siempre me gustó y la última estada fue en octubre de 2019. Alquilé un departamento en Madrid, a media cuadra de una de las entradas a la Plaza Mayor y lo pasé más que bien en esa ciudad que me encanta. Pero siempre hurgando y buscando también los lugares menos tradicionales. Una vez leí sobre la diferencia entre turista y viajero. El primero usa tours que te muestran un poco de todo a un ritmo intenso entre hoteles y traslado. Pero me gusta más el modo viajero, viendo los lugares no tradicionales y disponiendo el tiempo necesario para cada sitio. Cuando tomábamos una pequeña excursión me encantaba sentarme al lado del chofer y preguntarle todo. Aunque muchas veces las excursiones suelen ser caras y conviene más tomar un taxi con un chofer que te va contando todo lo que vas viendo a un costo menor. Nos pasó cuando fuimos a conocer desde el hotel, el Canal de Panamá. En Cuba estuvimos en Varadero con sus complejos hoteleros estupendos, pero no me quise perder un par de días en La Habana. Cuando cumplí los 60 nos fuimos una semana los 5 con la familia a Bayahibe. Aprovechamos las playas, pero también fuimos a conocer el Rio Chabón, un lugar selvático donde se filmaron películas como Apocalipse Now, Rambo y Anaconda, entre otras. Arriba en la montaña hay un pueblito medieval donde se casó Michael Jackson y fuimos. Ahí la excursión salía 500 dólares para el grupo y entonces optamos por alquilar un auto en 110 y nos salió mucho más barato. Muchas veces éramos varios y todo salía de un solo bolsillo, por lo que buscábamos maneras de utilizar mejor el dinero para disfrutar de más lugares. Recuerdo que en un momento compré en el complejo “Le Mirage” de Villa Carlos Paz, con piscina climatizada, todas las comodidades y en lo alto de un cerro. Ahora estoy solo y ya no me conviene tener un tiempo compartido para 6 personas, porque a la vez son más caros. Uno tiene que saber cómo funciona el sistema para ver si te conviene o no. En nuestro caso, cuando estábamos todos juntos lo disfrutamos muchísimo. Me contaron que el sistema fue inventado por dos franceses y lo perfeccionaron los estadounidenses. Después aparecieron Booking con la hotelería o Airbnb con el alquiler de los departamentos o habitaciones y se fue desvirtuando un poco el tiempo compartido, un sistema que aún tiene muchos adeptos.
Y para el futuro, ¿qué viene?
Uno de los sueños y deseos que tengo es ir en Navidad a Nueva York. Así pase mucho frío, no me importa porque quiero ver las inmensas decoraciones en los frentes y las vidrieras de los grandes comercios y en algunos barrios donde los vecinos compiten para ver quién decora mejor el parque de delante de sus casas con elementos y luces navideñas. En realidad yo querría haber ido al Meeting de la Academia, que es uno de los congresos más grandes del mundo que realiza la Sociedad Americana de Dermatología en Estados Unidos. Estuve a punto de ir a uno que se desarrolló en Nueva Orleans, pero no me fue posible por otros compromisos. Cuando estuvimos en Miami en 2013, la idea era escaparnos hasta Chicago y Boston aparte de Nueva York, pero era en febrero e íbamos a pasar del calor al frío intenso en unas pocas horas y desistimos. Pero me sigue encantando la idea de conocer Estados Unidos. Después me gustaría ir a la Europa no tradicional y también Tailandia, la India, Polinesia, Turquía y Grecia, pero siempre buscando también lo no tradicional. Mi hijo Matías estuvo 8 meses en Nueva Zelanda y desde allí se fue a la India, Singapur, Tailandia y toda esa región. Sigo varios programas de turismo por televisión para aprender todas las semanas un poco más. Y otro de los lugares que me encantaría es Machu Picchu, pero esta vez en estilo mochilero, porque si bien tengo mi edad, me acompaña el espíritu joven y el momento habrá que aprovecharlo pronto. Y ahora con la pandemia, aunque sea subir a la ruta con el auto a algún lugar cercano. Si me preguntás, ¿vamos a Sierra de la Ventana?, inmediatamente te respondo “vamos”. Eso me mejora el ánimo y me llena de expectativas.
Hay una frase que se puede adaptar muy bien a la vida de nuestro entrevistado. “El mundo es un libro y aquellos que no viajan, solo leen una página”.

Turienzo llama “vacaciencias” a los viajes en los que comparte congresos de dermatología, como en este caso el de la AAD en Miami, con recorridos destinados al placer y el descanso

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