Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

PASAPORTE - SANTIAGO PAZOS Y SU SORPRENDENTE PERIPLO EN LA FRAGATA “LIBERTAD”

Una escuela de vida a bordo

El tresarroyense participó del último viaje internacional de la nave insignia de la Armada Argentina. Visitó 15 puertos en 10 países diferentes, navegando alrededor de 17 mil millas náuticas. En esta crónica atrapante, el relato de sus impresiones en los paisajes contrastantes de América y Europa

Junio 2021
Santiago Pazos, nacido en Tres Arroyos hace 26 años, llegó hace unos meses del último periplo internacional del célebre buque insignia de la Armada

Santiago Pazos, nacido en Tres Arroyos hace 26 años, llegó hace unos meses del último periplo internacional del célebre buque insignia de la Armada

La Fragata “Libertad”, orgullo naval de nuestro país, barco de instrucción que recorrió a partir de 1963 los mares del mundo, fue diseñada por el tresarroyense Amelio D’ Arcángelo, el primer argentino que obtuvo el título de ingeniero naval y que en 1991 logró el premio 'William H. Web”. La historia lo une en esta nota con Santiago Pazos, también nacido en Tres Arroyos hace 26 años y llegado hace unos meses del último periplo internacional del célebre buque. Este joven, hijo del teniente de navío retirado Jesús Alberto Pazos, se formó en la Escuela Nacional de Náutica “Manuel Belgrano”, la única que genera marinos mercantes. La pandemia lo privó momentáneamente de recibirse de oficial, después de 5 años de estudio, ya que está a una sola materia de graduarse.
Después de cumplir en el Colegio Jesús Adolescente su etapa de formación en jardín de infantes, primaria, secundaria y un paso breve por la facultad de ingeniería, decidió cumplir con la afición heredada por los mayores de su familia e ingresar a la escuela náutica. En cuarto año de su carrera hizo las prácticas en un barco mercante y al alcanzar buenos promedios de estudio, Santiago y 4 compañeros fueron invitados a sumarse al viaje que la famosa fragata escuela inició por puertos del mundo el 17 de agosto de 2019 zarpando de Buenos Aires en su periplo de instrucción número 48.
Durante el recorrido -que se extendió por 5 meses y 25 días- visitaron 15 puertos en 10 países diferentes, navegando alrededor de 17 mil millas náuticas, con una dotación compuesta por 26 oficiales, 48 guardiamarinas en comisión y 191 suboficiales. Más allá de las cuestiones relacionadas a la Armada, nos interesó conocer también su experiencia en las ciudades que visitó en los tiempos libres y los recuerdos más presentes de aquella gira por el mundo.

El comienzo
Partieron con suma expectativa dejando el Río de la Plata y en breve competencia en una regata internacional en la que participaron barcos de distintos países del mundo, navegando exclusivamente a vela. Fueron varios días muy interesantes para una tripulación activa. El primer puerto al que arribaron fue el de Salvador de Bahía, Brasil, donde permanecieron 4 días y como es habitual en cada ingreso la banda de música interpretaba diferentes marchas del repertorio argentino, con toda la dotación formada en cubierta.
“Hay una figura que es el gaviero, o personal uniformado que se ubica parado en cada mástil a diferentes alturas y yo tuve la suerte de ocupar ese lugar en la llegada a todos los destinos, a 40 metros sobre el nivel de la cubierta para poder apreciar vistas hermosas. Una vez en puerto era habitual atender a las personas que se acercaban a conocer el barco y por turnos nos daban un tiempo para conocer cada lugar. Cuando nos tocaba salir veíamos la realidad de las zonas portuarias que no son lindas. En esa ciudad vimos mucha gente vendiendo cosas en la calle y sentimos cierta inseguridad en el lugar. De todos modos estábamos preparados, porque previo a cada descenso en un país nos daban una charla relacionada al gobierno, religión, costumbres y demás. Fuimos a conocer el famoso Pelourinho, que estaba muy cerca del lugar donde amarramos y el casco antiguo que realmente es muy interesante. Pero el clima no acompañaba porque era lluvioso. Entonces entramos a un museo y recorrimos otros lugares hasta volver al barco y prepararnos para continuar el viaje”.
Partieron de Salvador, ya con la misión de cruzar el Atlántico a través de 17 días de navegación con un mar que generalmente fue calmo y la posibilidad en el trayecto de seguir aprendiendo sobre los sistemas náuticos y tener momentos dedicados a practicar deportes en cubierta.

Ya en el Viejo Mundo
“Llegamos a Tenerife, ya muy cerca de Africa, con mucho calor y descubrimos una isla hermosa con playas de arena artificial porque la mayoría del terreno es de origen volcánico. Allí visitamos el Museo Naval donde nos contaron la historia del lugar y las batallas, nos mostraron los trofeos de guerra y luego nos llevaron a conocer la isla. Un grupo subió a un teleférico y el nuestro fue en un colectivo hasta una base y desde allí caminamos bastante para llegar al famoso volcán del lugar. El cónsul argentino organizó un partido de fútbol entre España y Argentina, para afirmar relaciones con los lugareños y también hicimos en la fragata una jura de la bandera para los muchos argentinos que viven allí. Hay un parque acuático en el lugar que también conocimos al igual que algunas playas de la isla”.
El viaje siguió en la fragata con el propósito de acercar el mensaje de paz, amistad y difundir Argentina en todos los puertos y llegaron a Cádiz, ya en territorio de España.
“En Cádiz fue todo más fácil porque hablábamos el mismo idioma y la integración fue inmediata porque a la llegada se hizo una fiesta en el barco, con invitados españoles. La ciudad es hermosa, con un casco antiguo y una parte moderna, donde están las playas. Yo venía extrañando la posibilidad de surfear y uno de los días alquilé una tabla y me pasé la tarde disfrutando de ese deporte. Otro día nos llevaron a conocer Sevilla y en las horas que estuvimos fuimos a la Plaza España, que es increíble al igual que algunas edificaciones históricas, Allí también hicimos una jura de la bandera para los argentinos residentes en esa zona”.
De Cádiz siguieron para Portugal, amarrando en el puerto de Lisboa, cuyo centro histórico es reconocido mundialmente. “Allí estuvimos solo 3 días y cuando nos dieron tiempo libre me fui hasta Nazareth, el lugar donde dicen están las olas más altas del mundo y es un paraíso para el surf. En la ciudad fuimos a la Torre de Belem, que es un monumento antiguo y servía de vigía para ver los barcos que salían y entraban. También estuvimos en el Museo Histórico que tenía arquitecturas, monumentos y objetos antiguos. Ahí ya se nos presentaban inconvenientes con el idioma del lugar así que nos valíamos un poco con el inglés. El relieve de la ciudad tiene subidas y bajadas. Se pasa mejor con el sistema de transporte que es muy bueno, pero alquilamos monopatines eléctricos y lo pasamos muy bien. Otra cosa que nos llamó la atención es que algunas drogas son legales y te las ofrecen en la calle”.
Dejaron la capital de Portugal y llegaron al puerto francés de Brest, que tuvo su apogeo con la revolución industrial y se convirtió en el principal puerto comercial de la región.
“Es una ciudad muy antigua que fue atacada por los alemanes en la guerra y cuando te acercabas con el buque se veían los acantilados donde apostaban los cañones que defendían el territorio. El clima que nos tocó no fue bueno, porque hubo mucha lluvia y no contribuyó a que nos guste el lugar. Había una torre vigía para los barcos, una plaza central con su iglesia y no mucho más. Lo bueno de la estada allí fue que nos llevaron en ómnibus hasta París. Allí llegamos al atardecer y fuimos hasta el Arco del Triunfo. El día siguiente fue muy activo, con visitas a la Torre Eiffel en sus distintos niveles, el Río Sena, los Jardines de Luxemburgo diseñados en 1620, vimos el Museo del Louvre desde afuera, la catedral de Notre Dame y otros lugares. Cuando terminó el recorrido nos quedamos en el centro para probar los famosos quesos y vinos parisinos. Cuando volvimos a Brest hicimos algunas actividades en el barco y luego nos llevaron a Normandía donde está la playa donde desembarcaron los marines canadienses y británicos en el famoso enfrentamiento con los alemanes. Estuvimos observando el lugar y después nos llevaron a Sainte Mère Eglise, un templo cercano a Normandía donde cayó un paracaidista norteamericano y quedó colgado del campanario, provocando una anécdota histórica hasta estos días. Retornamos a nuestro barco y nos aprestamos para zarpar”.
El próximo destino era el puerto de Amberes, en Bélgica, uno de los más importantes del continente europeo con más de 50 kilómetros de muelles. “Ese fue uno de los destinos más difíciles para comunicarnos porque no entendíamos nada del idioma de ellos y había muy poca gente que hablaba el inglés. Recorrimos la ciudad y vimos muchas iglesias de una arquitectura increíble, al igual que algunos edificios históricos. Otro día fuimos a conocer Brujas, una ciudad turística bellísima, plena de canales. Tomamos la cerveza típica del lugar que llegaba a las canillas por un entramado de grandes cañerías. Nos pareció fuerte por lo que tomamos un vaso y no quisimos más. Estuvimos una tarde allí y después nos trasladamos a Bruselas, la capital. Una ciudad turística con una especie de arco del triunfo, con construcciones muy buenas, en algunos casos con incrustaciones de oro. Allí quisimos alquilar bicicletas, pero no pudimos porque más allá del costo nos pidieron el pago de un seguro muy caro”.
Volvieron a la fragata y pusieron proa hacia Inglaterra para encontrarse con el puerto de la capital.
“Ya en Londres amarramos en un muelle rodeado de edificios y pasamos por un puente colgante para lo que hubo que mover los mástiles 45 grados para bajar la altura de nuestro barco. Todos los días fueron lluviosos y un guía turístico que contratamos nos llevó por distintos lugares atractivos prácticamente bajo el agua. Estuvimos en el London Bridge, que tenía los colores de Argentina porque siempre recuerdan de esa manera al último país con el que combatieron. Después en el Fuerte de Londres, con vestigios de la época romana y una historia muy interesante. Al día siguiente fuimos con unos amigos a conocer la peatonal famosa de la foto de los Beatles en las afueras del estudio Abbey Road donde grabaron sus discos. Luego aproveché y tomé un subte para llegar a Wimbledon, donde se hacen los torneos internacionales de tenis y compré una gorra de regalo para mi padre. No conocí al estadio porque la entrada era muy cara y quería guardar algo de dinero para Estados Unidos que es más barato. La idea que traje de Londres es la de una ciudad ordenada, limpia, aunque con un poco de descontrol a la noche y con algunas particularidades como los colectivos rojos de dos pisos y los autos con el volante a la derecha. Fue muy interesante también la visita que hicimos al Observatorio de Greenwich, a orillas del Rio Támesis”.
Dejaron Londres y siguieron para Irlanda, la tercera isla más grande de Europa rodeada de numerosos islotes y con un territorio actualmente bastante desforestado.
“Me encantó su capital Dublín. Me llamaron mucho la atención los bares con iluminación y decoración cálida, los vidrios empañados y los guitarristas interpretando la música del lugar. Probamos el típico café irlandés y recorrimos la ciudad. Un día nos llevaron a Foxford, un pueblo pequeño y tranquilo donde nació el almirante Guillermo Brown, nuestro padre de la patria en el mar. Allí participamos de una ceremonia y nos sorprendió que la gente estaba en las calles esperando nuestra llegada con banderas argentinas. Se hizo el acto oficial en el el lugar y después de una misa desfilamos por las calles y nos agasajaron con una comida típica. Antes de partir se hizo una ceremonia frente al monumento al almirante. Fue muy interesante participar en todo eso”.
Un temporal atrasó la zarpada de Dublín y se quedaron en puerto. Sin embargo, horas después atravesaron el mar con olas de 8 y 9 metros un barco muy movido y dificultades para conciliar el sueño. Hasta que después de casi 20 días de cruce llegaron a Estados Unidos.

Nuevamente en América
“Amarramos en el puerto de Boston ya con un clima muy frio y una ciudad que se preparaba con su decoración para la Navidad. El lugar es plenamente histórico, muy universitario y recorrimos un sendero que te guía por todos los lugares más destacados hasta terminar en una especie de obelisco ya en la noche. Boston es muy tranquilo y amigable, pero como estuvimos poco tiempo nos quedamos con ganas de conocer un poco más. Me llamó la atención la cantidad de ardillas que hay en los parques. En uno de los días libres que nos dieron aprovechamos y nos fuimos en ómnibus hasta Nueva York. Al salir de la terminal hicimos un trecho breve y llegamos a Times Square. Ahí me sentí que estaba en una película, con los edificios iguales a los que conocía del cine y me imaginaba allí al Hombre Araña, King Kong en el Rockefeller Center y demás. Estuvimos en el Bryant Park y patinamos sobre hielo en un escenario natural, fuimos al Puente de Brooklyn; llegamos a las piletas donde estaban las Torres Gemelas y de allí a Wall Street, donde nos sacamos la foto frente a al toro famoso. Subimos a un ferry gratuito y pasamos muy cerca de la Estatua de la Libertad, que imaginaba mucho más grande de lo que realmente es. A la noche entramos a un bar y estaban todas personas de color. Creímos que podríamos estar en un lugar no indicado y nos fuimos. Allí terminó el día y al día siguiente nos levantamos y volvimos a Boston. Nos gustó mucho Nueva York”.
Desde Boston embarcaron hacia Miami, una meca del turismo mundial donde permanecieron 4 días. “Allí la mayoría optó por ir a los shopping para comprar cosas convenientes y también fuimos a las playas. Visitamos el barrio latino y otro donde había muchos murales pintados en las paredes. De Miami nos fuimos con el buque a la Isla de Barbados, en las Antillas Menores. Muy lindas playas con temperatura del agua muy agradable, donde hicimos snorkel y llegamos a un barco hundido rodeado de peces de todos colores. Pero lamentablemente vimos mucha pobreza en los lugares donde viven los residentes, contrastando con los hoteles de lujo donde se alojan los turistas al lado de las playas”.

Acercándonos a casa
Desde Barbados volvieron al mar y cruzando el Ecuador llegaron a Brasil, ya acercándose a la Argentina. “Desembarcamos en Recife, un puerto comercial feo e inseguro, con calles sucias y edificios en malas condiciones. Además en las playas no podíamos entrar al agua porque había tiburones. Dentro de todo salvó el destino recibir el Año Nuevo con una fiesta enorme en la playa, llena de gente vestida de blanco con un gran escenario y en un ambiente muy animado. De allí nos fuimos a un lugar muy tranquilo, un pueblo turístico llamado Porto de Galinhas, a una hora y media de Recife con playas hermosas. Volvimos al barco en Recife y partimos hacia Río de Janeiro, ya con mucho calor en pleno enero. Vimos mucho turismo con numerosos argentinos, pero advertimos inseguridad y nos cuidamos mucho. A algunos de nuestros compañeros les robaron en la zona de Copacabana. Optamos entonces por ir a Leblon que es una playa un poco más alejada. Vimos los puntos clásicos como el Cristo Redentor, el Corcovado, el centro e hicimos una visita a la Escuela Naval. Seguimos la navegación y estuvimos dos días en Montevideo, con un casco antiguo que me hizo acordar mucho a Buenos Aires y un sector de Costanera muy bien armado y aprovechado”.

La llegada
Habían pasado más de 5 meses alejados de las familias y esperaban con interés el momento de fondear definitivamente, lo que se dio en el puerto de Mar del Plata.
“Se acercaron veleros a recibirnos y acompañarnos en la última media hora de navegación y en la costa había mucha gente esperando. Una banda de la Armada estaba tocando y la llegada se tornó muy emocionante. En general el viaje fue una experiencia maravillosa con demasiadas cosas en poco tiempo con ceremonias, recepciones a la gente de los distintos países en la fragata y en los momentos libres, visitar las ciudades”.
Santiago bajó de la fragata en enero de 2020 y debía procurar un barco de la marina mercante para completar los 5 meses de práctica para graduarse. Navegó de julio a diciembre en un buque petrolero desde Bahía Blanca a Comodoro Rivadavia y Ushuaia. Ya rindió exitosamente un examen final y solo le resta un curso que no pudo hacer por la pandemia para graduarse como Licenciado en Transportes Marítimos, que lo habilitará para trabajar en buques mercantes de cualquier tonelaje para trasladar cereales, petróleo, contenedores, automóviles y también en cruceros. Suponemos que la vida a bordo de un barco es una experiencia única e inolvidable, muy difícil de comparar con un trabajo en tierra. Santiago la disfrutó con amplitud. Aunque como nos comentó en un momento de la charla “en Brasil con el cambio éramos ricos y en Europa no nos alcanzaba para nada”. De todos modos será una experiencia que no olvidará por el resto de su vida.

La Fragata “Libertad”, orgullo naval de nuestro país, barco de instrucción que recorrió a partir de 1963 los mares del mundo, fue diseñada por el tresarroyense Amelio D’ Arcángelo

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Santiago, hijo del teniente de navío retirado Jesús Alberto Pazos, se formó en la Escuela Nacional de Náutica “Manuel Belgrano”, la única que genera marinos mercantes

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