Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

PASAPORTE - LA EXPERIENCIA DE VIDA DE CONSTANZA DEL GRANDE EN EUROPA

Tres maletas de oportunidades

Joven y en el momento justo para hacerlo, “Coti” tomó la decisión, en 2019, de irse a vivir a Europa. Trabajó en Marbella y en San Remo, en un restaurante de tresarroyenses. Sumó anécdotas y, sobre todo, por la oportunidad de comprar cosas lindas, exceso de equipaje. Sin embargo, un viaje de sus padres a Italia y el anuncio del nacimiento de un sobrino la hicieron volver a su país. Hoy, su vida cambió rotundamente y así lo contó a “El Periodista”

Marzo 2021
Constanza, en plena tarea en el Ristorante Amadora de San Remo, propiedad de tresarroyenses

Constanza, en plena tarea en el Ristorante Amadora de San Remo, propiedad de tresarroyenses

Se dijo alguna vez que todo lo que deseas se encuentra al otro lado del miedo. Y que el éxito y el fracaso absoluto no existen.
Constanza Del Grande es una joven mujer tresarroyense, que en una excelente edad para elegir qué hacer con su vida decidió en 2019 salir de su zona de confort y rodar por el mundo para experimentar el gran aprendizaje de vivir y trabajar en otro continente. Sabía que perdía estabilidades y ciertas cosas que duelen, pero era el momento oportuno de dar el salto y crecer. Y nos contó los detalles de 10 meses que serán inolvidables en su vida, por los lugares que conoció y las vivencias acumuladas.
“No fue una decisión espontánea, si bien durante un tiempo fui alimentando la idea de buscar otro camino porque ya no me gustaba la rutina de casa al trabajo y viceversa, con una remuneración que no alcanzaba. Empecé a comentarlo y mis padres me incentivaron, hasta que recibiendo un Año Nuevo en Claromecó mi papá me ofreció el regalo del pasaje si me decidía en esas horas. Yo había estado hablando con Ignacio Parisi, un amigo que estaba radicado en Marbella y que era un compañero de colegio al que no veía desde hace años pero estaba en las redes. Quería saber si se conseguía trabajo, qué tiempo lleva ese proceso, cómo son los sueldos y otros detalles. Mi temor era llegar y cómo seguir, una vez que estás en el aeropuerto con tu equipaje siendo una mujer sola. Pero tomé la decisión porque él me asesoró previamente y me ofreció su casa. Llegué y me hospedó 3 semanas en Marbella. Siguiendo sus consejos presenté mis papeles y logré en muy poco tiempo el Número de Identidad de Ciudadanía (NIE), que no es fácil conseguir. Recuerdo que tuve que ir a esa oficina más de diez veces y volvía llorando en el ómnibus contándole a mi mamá que no me lo iban a dar y me tendría que volver a Argentina, hasta que un día lo tuve en mis manos. Yo sabía que iba sin trabajo, pero que lo iba a lograr porque al ser un lugar muy turístico la demanda es importante. Marbella tiene 8 meses de calor estable al año y eso garantiza que visitantes de todo el mundo lleguen a sus playas permanentemente por lo que la gastronomía y la hotelería siempre tienen plazas disponibles para trabajar”.
Y allí estaba Constanza, recién llegada a ese paraíso que disfruta 320 días de sol al año, con más de 30 kilómetros de playa, lugares de paseo y la frondosa cultura malagueña. Y la historia nos lleva a su primer puesto de trabajo.
“Conseguí colaborar en un bar de unos franceses que no trataban bien al personal, pero estaba entusiasmada porque era mi primer trabajo en Marbella y me estaban pagando en euros. La clientela era en su mayoría inglesa por lo que tuve que rescatar mi inglés básico, que además me servía para hacerme entender con los árabes que llegaban. A Marbella no van a veranear españoles porque es un destino caro. Al día siguiente me llamaron para que siga en el lugar como camarera, pero les dije que había conseguido otro empleo, porque no me gustó la manera que tenían de comportarse con los colaboradores. Tenían muy mala onda. Con el paso de las horas fui descubriendo la cantidad de argentinos radicados allí. Me encontré con un grupo de chicos de Villa Gesell que van todos los años a hacer la temporada y luego vuelven para el verano a Argentina. Ya los conocen y los están esperando, por lo que van, trabajan y se vuelven con euros ahorrados. Pasó como una semana y mientras seguía tramitando el INE conocí unos argentinos de Necochea que tenían un pequeño restaurante de carnes, con pocas mesas pero mucha demanda. Los ingleses iban a cenar a partir de las 6 de la tarde y pedían cortes de carne demasiado jugosos para nuestro gusto. Un lugar muy bonito donde reanudé mi actividad laboral, pero estaba medio día como un refuerzo para los horarios más activos, de 19 a 23 por ejemplo. Al ser de esa manera era un paliativo pero no me rendía. Hasta que llegué a otro argentino que tiene un restaurante orgánico que se llama “The Farm”, que traducido es la granja. En ese lugar todo muy bien porque trabajaba todo el día, con una jornada libre por semana y allí me hice amiga de Jorgelina Gregat, una chica de Lomas de Zamora que hace 11 años que está en Marbella. Después de un tiempo me fui en un viaje breve a Austria para visitar unos amigos argentinos y cuando volví alquilé un cuarto en la casa de una familia ucraniana, donde hablaban medio español y vivían dos chicas más. Luego Jorgelina me invitó a vivir con ella que estaba establecida desde hace años y acepté muy contenta, porque era un logro superador”.
Primeros pasos
Atrás habían quedado las primeras noches en la que Constanza lloraba y se preguntaba qué hacía allí sola y para qué había venido. Las cosas se iban acomodando, estaba viviendo cómoda con Jorgelina y tenía un trabajo estable que mantuvo desde mayo hasta setiembre.
¿Cómo fue la experiencia inicial de una chica que siempre trabajó en oficinas para luego llevar bandejas en un restaurante?
En Tres Arroyos estuve mucho tiempo en el CAS Fortín Machado y nos dedicábamos bastante a tareas de gastronomía para recaudar fondos y ayudar a las escuelas carenciadas. Ahí aprendí un poco de todo eso. Me ayudó mucho también que los argentinos somos muy dados y simpáticos, comparados con los mozos que llegan de otros países y se muestran más serios o estructurados. Tuve compañeros rusos que hablaban el idioma de su país, el inglés y nada de español, por lo que por ahí yo tenía alguna ventaja. Servíamos mucho pescado, pulpo a la parrilla, paella y demás. Lo bueno es que los restaurantes tienen cartas sencillas, con una página o dos de comidas y otra de bebidas. Entonces aprendés los detalles enseguida para resolver las preguntas de la gente. También vas conociendo las preferencias de los árabes y además los de la India, que no comen carne por lo de las vacas sagradas, pero hay otros que la consumen en los restaurantes que tienen los certificados “Hallal”, que garantiza que el animal no sufrió al momento de morir. No tenía ni idea de eso y me enteré allá, al igual que todo lo relacionado a los alérgicos a los maníes, las nueces, los intolerantes a la lactosa y demás, que tenés que conocer al momento de atenderlos. Ese turismo internacional suele dar propinas que nos ayudan mucho. Siempre se suma ese dinero y se distribuye entre el personal. Te llevabas cada semana unos 150 euros de propinas muy útiles si tenés en cuenta que vas al supermercado y llenás el carrito con 20. En el súper casi todo anda entre 1 y 2 euros. Lo más caro es la perfumería. El champú se va a unos 5. Si tenés en cuenta que en los lugares donde trabajás tenés la comida sin cargo, se puede ahorrar dinero.
Y habrá anécdotas de todo tipo.
Siiii. Pero la que más recuerdo es una que precisamente no es graciosa. En “The Farm” la gente podía comer en la terraza que teníamos adelante o en las mesas de un patio interno muy lindo, donde también hacíamos catering para fiestas privadas y casamientos. Es una casa antigua adaptada para restaurante, pero con escaleras en todos los sectores. La cocina estaba abajo y en uno de esos trayectos tropecé, caí con la bandeja, se desparramaron las cosas, se rompió todo, me di la cabeza contra una maceta y la pasé bastante mal.
En Italia extrañaba el mate y me fui a dos pueblos de distancia a un Carrefour para comprar yerba, conseguí la “Taragui” del paquete rojo. Cuando me veían ponerla en el mate ponían cara fea porque suponían que era droga.
Eran muchas horas de trabajo. De 12 a 16 y de 18 hasta el cierre, pero había tiempo para que Constanza tuviera su descanso a las mañanas en la playa, aprovechando que vivía a unos 150 metros del mar. En la charla nos contaba que el contraste inicial fue sorprendente porque iba con la idea de que las aguas del Mediterráneo eran cálidas, pero ello ocurre solamente en agosto y setiembre. En otros momentos del año son frías y hay que tener cuidado porque el piso tiene algunos sectores con piedra.
“Está lleno de chiringuitos y tienen esas tumbonas para alquilar, buen servicio de bar y hasta música en vivo. Me gustaba particularmente la Playa El Cable, que tiene un frente de 400 metros con mucha arena, mar abierto, oleaje moderado y sin mucho público. Al lado está Puerto Banús que es la más sofisticada de la Costa del Sol, donde van muchos artistas internacionales y los árabes con sus autos de lujo impresionantes”.
¿Experiencias a transmitir a los que quieran intentar algo parecido?
Mi primer error fue llevar una valija grande y una más pequeña llenas de ropa. Demasiada para una zona que vive con temperaturas cálidas casi todo el año y donde comprar indumentaria es barato. Se usa muy poco la ropa de abrigo. Cada cosa que sumaba ya no entraba en las maletas y cuando quería viajar tenía que pagar extra por el equipaje, porque me tuve que comprar una valija más. Y otro consejo en lo posible es que hagan breves escapadas para conocer otros lugares, porque en Europa nada queda muy lejos. Yo estuve en Austria, pero también fui, en España, a Cádiz y Málaga. A Niza, muy cercano a Marbella pero ya en territorio de Francia. Y también con una amiga fuimos a Portugal durante 4 días que pertenecían a mis vacaciones. Estuvimos en Faro, un lugar con playas muy lindas y aguas cálidas. También viajé a Milán, una ciudad italiana que merece conocerse, por el Duomo, la Galería Vittorio Emanuele y las casas de moda de primer nivel.
A Italia
Trabajó en “The Farm” hasta setiembre, cuando ya disminuye la temporada y algunos negocios cierran total o parcialmente hasta febrero que es cuando comienza a llegar el grueso de los turistas. En ese afán de continuar con la actividad y conocer otros lugares, aceptó el consejo de su mamá que le consiguió un contacto en Italia con Elio Paccella, hijo de una familia tresaroyense muy conocida y radicado en San Remo, con un par de emprendimientos gastronómicos.
“Un poco del idioma había aprendido en la Sociedad Italiana de Tres Arroyos y también algo había escuchado en mi casa por mi abuelo llegado desde aquel país. Así fue que le escribí mencionando que era de Tres Arroyos y me llamó al toque. En un estado de nervios y entusiasmo me decidí y fui. Ya viajé con mis 3 valijas a Málaga para volar a Madrid y luego hacer la conexión a Niza, donde me fueron a recibir en el aeropuerto Elio y Francisco Olocco. De allí en un trayecto corto de automóvil se llega a San Remo, donde ellos tienen un restaurante y otro en Ventimiglia. Una vez en el lugar me presentaron a dos chicos que estaban trabajando con ellos, un boliviano y un chileno, con quienes compartí el alojamiento en una casa que la hicimos tipo hostel, cada cual en un ambiente. Trabajábamos muchas horas en un lugar de mucha comida rápida, con un público jóven, con mucha música latina. Me sentí muy bien recibida por ellos y por Chiara, una italiana que era la encargada del restaurante, aunque exigente para el trabajo. Me fueron enseñando frases armadas en italiano, clásicas para un restaurante. La pasé muy bien porque soy naturalmente divertida y distinta a los italianos que son más serios en el trabajo. Como tengo pasaporte italiano fue más fácil conseguir los papeles y el código fiscal que es como un CUIL, para estar regularizada en el restaurante. Lo gracioso es que yo entendía bien el idioma de ellos, pero ninguno de mis compañeros de allí sabía alguna palabra en español, por lo que las situaciones eran jocosas cuando yo les hablaba en español y no pescaban nada. También les parecía muy extraño que una argentina tuviera pasaporte italiano y no entendían por qué. En un momento tuve la satisfacción de recibir a mis padres que fueron a visitarme a Italia con mi hermanito más pequeño. Trabajé dos semanas sin franco y me fui 3 días a encontrarme con ellos. Compartimos un paseo por Viareggio, Positano y Florencia, donde viven familiares nuestros. Ellos se fueron, el tiempo fue pasando y se acercaba la temporada baja, así que empecé a evaluar la posibilidad de volverme a la Argentina porque estaba extrañando a mis padres y mis amigos. Había días que cerrábamos a las 12 de la noche y volvíamos a trabajar a las 6 de la mañana, si bien ya me habían advertido que el trabajo era duro. Cuando les avisé que dejaba me dijeron que me tomara la semana de vacaciones que me correspondía y me fui otra vez a Austria, a la casa de mis amigos que están en un lugar muy bonito en la frontera con Suiza. De San Remo me iba a Zurich, ya en Suiza y de allí me tomaba un tren para pasar por bellísimos paisajes. También estuve en Alemania para conocer Constanz, una ciudad que lleva mi nombre y ese país me encantó por la fraternidad de la gente. Fui muy feliz esos días. Después volví a Italia para preparar mis cosas y emprender el regreso a la Argentina. Tenía el pasaje de vuelta para el 16 de enero, con el propósito de pasar las vacaciones con mis padres en Claromecó y ver si me quedaba o volvía a Europa”.
El regreso y la sorpresa
Y empezó a sentir el ansia entendible de querer volver para abrazar a sus afectos, por lo que los días se hacían interminables. Eso la llevó a adelantar todo. Sin embargo en un llamado su hermano apuró más las cosas. Le comentaba que el 28 de diciembre iba a nacer su hijo y entonces Constanza se propuso llegar para el nacimiento de su sobrino.
“Me fui entonces a Marbella para estar con Jorgelina y mis amigas y cambié el pasaje para el 29. En eso se entera que estaba allí el dueño de “The Farm” y me propone trabajar el 24 y 25 de diciembre. Acepté porque estaba entre mis amigos y la pasé muy lindo, con una cena show y el patio decorado por nosotros. Como los comensales eran extranjeros pude ver la tradición que usan los ingleses para las fiestas, todos vestidos de verde y rojo, tanto los mayores como los niños. Y las mujeres árabes, tapadas según su usanza, pero te “matan” al ver las carteras, los zapatos y la bijouterie que llevan. Y en la contracara en la calle veías otra inmigración como los muchachos que conocí de Bangladesh que me contaban las penurias que tuvieron para llegar en balsas por el medio del océano a España, esperando en el agua el momento más propicio para bajar a alguna playa sin ser vistos por la prefectura. Con testimonios desgarradores como la oportunidad en que se les murió un compañero en la embarcación y tuvieron que abrirlo y tirarlo para que no flote. Pero también hay que ver de dónde vienen y cómo vivían. Es una inmigración por necesidad imperiosa para sobrevivir y no como la nuestra que es totalmente distinta”.
Después de todo eso y una despedida muy afectuosa con sus amigas viajó a Madrid. Pagó exceso de equipaje por sus tres valijas y diferencia en euros por el adelantamiento de los pasajes, pero feliz porque se acercaban los abrazos con su gente. Los únicos que sabían de su regreso a la Argentina eran su hermano mayor y su tío que la iba a buscar a Ezeiza. Su hermano cumplía años el día 30 y lo deseaba celebrar en familia por lo que invitó a sus padres a que se vinieran de Claromecó para el festejo. La respuesta fue sorprendente: “¿Estuvimos juntos en Nochebuena y Navidad; volvimos el 28 a conocer a tu hijo recién nacido y pretendés que viajemos nuevamente el 30 para tu cumpleaños, con tu esposa que dio a luz hace apenas unas horas?”. La insistencia del hermano logró su propósito. El tío la trajo desde el aeropuerto de Ezeiza y Constanza venía hablando en la ruta por teléfono con sus padres como si estuviera en Europa.
“Llegué a Tres Arroyos y cuando estaban todos reunidos me aparecí ante toda la familia en el cumpleaños de mi hermano. Mi mamá me miraba y repetía “que parecida es a mi hija”. Fue tan emocionante como gracioso. Después de algunos sufrimientos allá y el deseo de quedarme para lograr nuevos objetivos, estaba en casa. En Europa trabajé mucho, viví bastante bien y siempre tuve dinero para darme gustos, así que quedé muy agradecida de las oportunidades y la amistad que me dieron. La experiencia fue muy interesante. Cuando volví aquí extrañaba mucho a mis amigas de allá, con las que sigo en contacto. Pero ya llevo meses en Tres Arroyos, adaptada a nuestra vida”.
“Coti”, como mejor la conocen sus amigos, volverá a Europa pero probablemente como turista. La pandemia hizo lo suyo para que no retorne a trabajar a Marbella. En mayo conoció a Mauri, se enamoró y está muy feliz; ahora tiene dos lugares de trabajo. Le da una mano administrativa a su padre en el taller y volvió a la empresa donde estaba antes de irse.
De todos modos, nunca olvidará la decisión que tomó. Buscó nuevas oportunidades, viajó, trabajó, le pagaron para aprender, se desempeñó con otros idiomas, siguió viajando, nunca dejó de contactarse con su familia, tiene amigos de todos colores y nacionalidades. Una bendición tras otra. Su cuenta en el banco en Europa no estaría llena pero nunca le faltó un plato de comida ni un techo, ni euros para comprarse indumentaria. Y todo generado por su esfuerzo propio. Aunque seguramente le ha faltado espacio en su cámara y su teléfono para guardar fotos de tantos buenos recuerdos.

Juego de nombres: Constanza en Konstanz, Alemania, un país en el que disfrutó de la fraternidad de su gente

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La tresarroyense y sus compañeros en el restaurante “The Farm”, en el que trabajó varios meses

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