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LA HISTORIA DE LA PROSTITUCION EN TRES ARROYOS:
DE LA ZWI MIGDAL AL MENSAJE DE TEXTO
Historias difíciles
de chicas fáciles
Desde el burdel de las castigadas de la Zwi Migdal, la
organización de trata de blancas más grande del continente,
hasta los actuales contactos vía celular entre prestadora y cliente,
pasó un siglo de comercio sexual en Tres Arroyos. Los "firulos",
las casas donde debutaron miles de adolescentes, los conocidos proxenetas
que cimentaron un próspero negocio y las desesperadas transacciones
producto de la crisis del 2001, son parte del largo camino que la prostitución
ha recorrido hasta nuestros días. "El Periodista", en
un revelador informe especial, ofrece la aproximación a una historia
que no está escrita en ningún libro
Dicen que es el oficio más viejo del mundo. Será
por eso que se puede rastrear el origen del ejercicio de la prostitución
en Tres Arroyos casi en paralelo con los albores de aquella población
rural que hoy, ciudad pujante, ha evolucionado incluso hasta en su oferta
de sexo.
Oficio marginal, la prostitución local ha transitado por distintos
matices a lo largo de su historia. Desde zonas oscuras, como el burdel
de las castigadas polacas de principios del siglo XX o el atentado que
sufriera la jueza que investigaba el comercio carnal con menores, un hecho
reciente; hasta formar parte sin mayores prejuicios de una noche bulliciosa
y eterna que Tres Arroyos disfrutó hasta llegadas las tinieblas
de la última dictadura militar.
Como cambian los vínculos y las costumbres sociales, también
este "trabajo" se fue modificando. De la mano de vaivenes económicos
(en definitiva, también es un intercambio comercial) y de profundos
cambios incluso en la forma de vivir su sexualidad las personas, la prostitución
fue registrando con el paso del tiempo variaciones sustanciales. Fue transitando
por distintos escenarios, desde los viejos burdeles regenteados por madamas
o cafishios, hasta las casas particulares o la "changa callejera".
Desahogo sexual de los pobladores rurales que pasaban largo tiempo sin
venir al pueblo, pero también de los niños ricos o de clase
media urbana, de novia intocable. Diversión en una despedida de
solteros o festejo de un divorcio complicado. Búsqueda de una forma
de encuentro pasajera, rápida y sin consecuencias. Y sobre todo,
angustioso y temerario debut de generaciones de tresarroyenses que hoy
recuerdan con una sonrisa aquella costumbre perdida.
Para recorrer este camino, que por razones obvias no suele formar parte
de la historia documentada de la ciudad y sus alrededores, "El Periodista"
recurrió a algunas publicaciones, pero sobre todo contó
con el registro que muchos vecinos llevan en sus memorias de aquel "firulo",
una determinada "mina", tal o cual proxeneta, este o el otro
boliche. Como todo ejercicio de la memoria, el recorrido puede tener sus
alteraciones. Pero el propósito es acercar la mirada al desarrollo
de un oficio que, no por oculto o soslayado, dejó de tener su presencia
en la vida de la comunidad.
La otra inmigración
A poco de indagar en los orígenes de la prostitución en
Tres Arroyos, se tropieza con un nombre que aún un siglo después
da escalofríos: la Zwi Migdal, la organización de trata
de blancas más importante de la historia del continente americano
y sin duda una de las formas de esclavitud moderna que sólo es
comparable, aunque sin duda no por su magnitud (llegó a regentear
varios miles de mujeres, con las bandas investigadas por secuestrar jóvenes
para prostituirlas en algunas provincias del norte argentino.
Sin duda, antes de que los brazos poderosos de aquella "mutual"
creada por un polaco arribado a la Argentina en 1906 llegaran a Tres Arroyos,
quizá ya había mujeres que cobraban por sexo en el poblado.
Pero la trama de aquella terrible historia de jóvenes judías
que llegaban al país desde Rumania, Polonia, Hungría y Rusia,
en su mayoría oriundas de aldeas donde reinaba la miseria y el
hambre hacía estragos, y eran vendidas como esclavas para el comercio
sexual, es por sus características un significativo punto de partida
para este relato.
Noé Trauman llegó a Buenos Aires con documentos falsos,
prófugo de la policía secreta del zar Nicolás II
y dejando atrás un pasado de reconocido anarquista, celebrado por
sus debates públicos con Bakunín y con el ideólogo
del marxismo ruso Pléjanov. Trauman sabía de la existencia
de compatriotas suyos que desde 1870 explotaban mujeres en Brasil. Convocó
a varios inmigrantes polacos y conformó la Sociedad Israelita de
Socorros Mutuos "Varsovia". Con sede propia, la entidad consiguió
personería jurídica y se "disfrazó" de
asociación mutualista aunque su fin era otro: importar jóvenes
polacas hacia la Argentina y obligarlas a prostituirse.
Reconocida por las autoridades sanitarias del país, y con miembros
activos desde el punto de vista político y social, la Varsovia
generaba enormes dividendos y "colaboraba" con la policía
y la justicia, sentando así un precedente que favorecería
el desarrollo del comercio carnal a lo largo y a lo ancho del país,
sin que su carácter reñido con la ley fuera impedimento.
Las mujeres reclutadas en el exterior eran traídas a Buenos Aires,
y para evitar mayores inconvenientes se las casaba en una sinagoga porteña
con integrantes de la organización, para luego ser rematadas por
lotes en libras esterlinas, y trasladadas a los burdeles para "amortizar"
rápidamente su costo.
La Varsovia estaba extendida por varias zonas del país, y el asentamiento
de las mujeres dependía especialmente de su comportamiento. En
los lotes que se vendían podían convivir chicas recién
llegadas con "rebeldes" que iban de prostíbulo en prostíbulo
por su "mala conducta". Las que no eran compradas, generalmente
iban a parar a casas de citas del interior bonaerense o de la Patagonia.
Y aquí es donde aparece Tres Arroyos en la historia de la Varsovia:
en este poblado funcionaba el burdel de las castigadas, donde unas veinte
jóvenes "purgaban" con la esclavitud sexual y el confinamiento
"delitos" tales como la desobediencia a los cafishios, el hurto
o la amenaza de denunciar a la organización.
El interior de la provincia de Buenos Aires era territorio de los miembros
más importantes de la "mutual" de Trauman. Entre ellos
se destacaba Kloter Leille, comerciante cercano al creador de la Varsovia
y a su tesorero, Achiel Moustowsky. Leille era propietario de veinte prostíbulos
esparcidos en Benito Juárez, Adolfo Gonzáles Chaves, Olavarría,
Bahía Blanca y, por supuesto, el promisorio Tres Arroyos.
En 1927, con el crecimiento del fascismo en Europa, la aparición
de un fuerte antisemitismo entre las fuerzas de seguridad que se contagió
a América y una decidida intervención de la Policía
Federal al mando del comisario Julio Alzogaray contra este tipo de actividades,
se da un contexto poco favorable para la prostitución y Noé
Trauman cambia el nombre de la Varsovia (presionado incluso por la Cancillería
polaca) por el de "Zwi Migdal". Pero el cambio se circunscribió
sólo al nombre, ya que el negocio siguió por algunos años
más generando jugosas ganancias con alrededor de 30.000 mujeres
distribuidas en unos 2000 prostíbulos.
El 31 de diciembre de 1930, Raquel Liberman, una prostituta judía
retirada de la Zwi Migdal por su edad, denunció a la organización
en una comisaría y dio lugar a una investigación que se
llevó a cabo mediante varios cientos de allanamientos y terminó
con 108 rufianes polacos presos. Noé Trauman escapó a Uruguay,
donde murió en forma natural en 1933.
Los burdeles de polacas desaparecieron de Tres Arroyos y la zona, dejando
en el recuerdo de quienes los frecuentaron aquellas pieles infinitamente
blancas y el idioma incomprensible.
Por los bares
La desaparición de la Zwi Migdal en la región no frenó
el desarrollo de la prostitución en casas de citas y sobre todo,
como cuentan tresarroyenses que transitaban la adolescencia en aquel entonces,
en bares donde era posible tomar una copa o apurar alguna partida de truco
o mus y, tal vez con una urgencia mal disimulada, "pasar" a
las habitaciones de atrás donde atendían las mujeres. La
proliferación de bares con al menos una o dos prostitutas que changaban
se extendió hasta la década del 60.
Los propietarios de esos reductos eran abastecidos por proxenetas que
compraban jóvenes en las grandes ciudades -apareció entonces
también el comercio de centroamericanas, que volvería a
hacerse popular en los '90-, y se las dejaban, a veces previo pago de
una suma relativamente importante, o a veces como una simple "consignación"
a cambio del suministro de una recaudación regular.
De la década del '50 es conocida la historia de Macario De Luca,
que en su bar de la calle Larrea al 500 disparó contra un comisario.
Se dice que en este local había mujeres que ejercían la
prostitución, y que ese fue uno de los motivos de la presencia
del uniformado y de la forma en que el dueño de casa decidió
repelerlo.
Conocidos proxenetas comenzarían más tarde el desarrollo
de sus prósperas actividades, viajando incluso al exterior con
mujeres argentinas y trayendo extranjeras a los piringundines (nunca propios)
de la ciudad y la zona. Descubierto en infracción con una menor
de edad que pretendía hacer trabajar, uno de ellos tuvo que casarse
con su pupila como lo hacían otrora los polacos de la Zwi Migdal.
Este negocio, junto con la quiniela clandestina y hasta en algunos casos
la solapada presencia de la droga, alimentó a varias familias cuyos
descendientes aún viven en Tres Arroyos, y quedó instalado
en el imaginario popular que siempre recuerda esos apellidos cuando se
habla de prostitución.
Casas y "firulos"
Generaciones enteras de hombres tresarroyenses tuvieron su primera relación
sexual en casas donde trabajaban prostitutas. A la más conocida,
que aún sobrevive, se sumaban en la década del '60 la casa
de la "Gorda", en la calle Balcarce, lo de "Lucha",
conocido como "El Chiche", en Magallanes al 90 aproximadamente,
y quién sabe cuántos más. Aunque sin duda no todos
los lugares eran iguales, tenían como características comunes
un estar donde era común encontrar grupitos de adolescentes que
acudían a su debut todos juntos, el inconfundible olor del cloroxilenol
que llenaba las palanganas donde el cliente debía higienizarse
y los pasillos que llevaban al "paraíso", donde reinaban
mujeres no siempre demasiado agraciadas y que pocas veces salían
de esos lugares para hacer una vida "normal".
En aquellos tiempos, una primera vez o un vínculo sexual con la
novia era impensable, y los "firulos" eran un destino habitual
de los jóvenes de todas las clases sociales que acudían
a tomar una copa con los amigos y en busca de compañía femenina.
Esa costumbre, hoy circunscripta a una minoría o a algún
acontecimiento especial, estaba en los '60 y '70 tan extendida que formaba
parte de las propuestas de una noche tresarroyense que, recuerdan los
jóvenes de entonces, "no terminaba nunca y era de lunes a
lunes". También hubo cabarets, a la usanza de los clubes nocturnos
porteños, donde había espectáculos artísticos
y strip tease (El Aljibe, El Lago Azul). Allí quizá había
"levante", pero no se facilitaba el espacio donde "concretar".
El contacto sexual se podía llevar a cabo en hoteles céntricos,
algunos de los cuales trabajaban con esta clientela de manera habitual,
mientras otros sólo les daban habitaciones a conocidos.
"Había tantos boliches donde trabajaban mujeres que es imposible
recordarlos a todos. Pero nadie se quejaba. Todo el mundo sabía
lo que pasaba ahí, y si bien en algunos podía haber algún
episodio con algún borracho o la aparición de alguien armado
haciendo bochinche, en general el ambiente era de joda, y eso estaba 'legalizado'",
recuerda una de las fuentes consultadas por "El Periodista".
Entre los "firulos" más recordados, aunque quizá
no todos fueron contemporáneos, los memoriosos citan lo de Pepe,
en la calle Vélez Sársfield; lo de Coco, en Güemes
y Betolaza; El Corazón de la Bruja y El Corchito, sobre la ruta
3; El Farolito, en Rodríguez Peña y Bolívar; El Gardelito,
en 9 de Julio y Castelli; y otros ubicados en Saavedra y Betolaza, calle
1810 y ruta 228; ruta 3 y Vélez Sársfield; Bernardo de Irigoyen
y Quintana
En pleno centro de la ciudad funcionaban whiskerías, donde era
habitual encontrar mujeres dispuestas al intercambio de sexo por dinero,
y muchos "yiros" callejeros, que trabajaban con algún
hotel y hasta tenían sus propios taxistas.
Muchos de estos locales fueron escenario de la diversión y el encuentro
sexual sin compromiso de los jóvenes y hombres de mediana edad
tresarroyenses, que disfrutaron de una vida nocturna que, quienes hoy
rondan los 60 años, definen como inolvidable. Todo eso desapareció
con la llegada de otra larga noche: el golpe del '76.
Solos y solas
Ya en los '80 y '90, a la supervivencia del firulo en su versión
rutera y de alguna que otra casa de citas, se le sumó la prostitución
callejera pero con una oferta velada, distinta a la que se puede advertir
en las grandes ciudades. Las sucesivas crisis económicas y un crecimiento
de la marginalidad empujaron al comercio sexual a jóvenes de bajos
recursos, inclusive menores de edad a veces impulsadas por sus propias
familias, con el objetivo de ayudar a mantener la casa o incluso alimentar
o comprar pañales a un hijo nacido en los límites entre
la infancia y la adolescencia.
La crisis del 2001 encontró a mujeres volcadas al comercio sexual
por cifras ínfimas, o a cambio de mercadería o cigarrillos.
Solitarias o en pequeños grupos de amigas dedicadas a lo mismo,
estas prostitutas se promocionaban a través del boca a boca, usaban
tarjetitas o bien se hacían recomendar por algunos remiseros, conocedores
de todo lo que pasa en la calle. Aparecieron incluso los travestis, como
una variante en el intercambio sexual callejero.
Una investigación de la entonces titular del Tribunal de Menores
Nº3, Mirta Guarino, acerca de la prostitución de adolescentes,
le costó un atentado. En medio de un viaje de los que realizaba
habitualmente con su camioneta 4x4, descubrió que alguien le había
aflojado una de las ruedas. El caso llegó a los medios nacionales.
Mientras tanto, hubo sonadas causas judiciales y con distintos resultados.
Desde su creación, el Tribunal Oral Criminal juzgó y hasta
condenó a proxenetas por explotación sexual de chicas, en
algunos casos, sus propias hijas.
Hoy, quien quiere vincularse con una prostituta sabe cómo y dónde
hacerlo. El auge de la telefonía celular, dicen los que conocen
el ambiente, ha simplificado como nunca los contactos. Y, como en cualquier
transacción comercial que se precie, mientras exista la demanda,
habrá una oferta destinada a satisfacerla.
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