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El Periodista de Tres Arroyos

 

El Periodista

 

“Pienso que voy a descansar un tiempo, no pensar que el lunes tempranito tengo que estar acá como hasta ahora. Espero superarlo, es difícil, pero también estoy cansado”, señaló Saúl Fichman

 

 


TRAS SETENTA AÑOS DE TRAYECTORIA, CERRO SUS PUERTAS
"SAUL FICHMAN", TRADICIONAL COMERCIO TRESARROYENSE

De todo un poco

Setenta años después de su fundación, a fines de octubre cerró sus puertas "Saúl Fichman", el tradicional establecimiento tresarroyense dedicado a la venta de golosinas y novedades. El cambio de escenario comercial, con la aparición de supermercados y otro tipo de negocios, que cambió por completo el desarrollo de la actividad, forzó a una triste pero inevitable decisión. "El Periodista", que visitó el lugar durante los últimos días de labor, recreó con nostalgia, junto al titular y su esposa, la vida de un local con historia

Las maderas añosas del piso crujen a cada paso. Las estanterías que rodean el salón principal exhiben algunos pocos productos y en el suelo hay cajas desordenadas y apiladas entre sí. "Estamos preparando la mercadería para rematarla", se encarga de explicar Saúl Fichman, el último sucesor familiar de un negocio tradicional de la ciudad. Desde la caja, su mujer Emilia indica a uno de los colaboradores donde están las linternas a pilas que solicita un cliente y se dispone a preparar el infaltable mate de la tarde. Mientras un perro se pasea con andar cansino por entre las cajas, dos clientas husmean buscando artículos de mercería. En plena actividad, son los últimos días de un comercio que supo transitar épocas de esplendor.
En el amplio salón donde alguna vez funcionó el Bar Marin, el tiempo tuvo la delicadeza de detenerse para poder contemplar una historia que se mantuvo intacta. La fachada se conservó igual, con persianas que supieron lucir un marrón intenso hasta que los años hicieron mella para mitigar su color. Un almanaque cuelga en la pared destacando la variedad de productos del comercio: bazar, librería, galletitas, dulces, especies, regalos, plásticos, mercería, juguetería, novedades. Una especie de bazar donde se podía encontrar de todo y más: desde delantales hasta agujas de máquinas de coser, desde cotillón hasta linternas y las insustituibles golosinas.

Jaime, el pionero
Saúl heredó el oficio de su padre Jaime. Desde que tiene recuerdos, estuvo vinculado al negocio familiar acompañando a su padre quien le enseñó los secretos, que nunca se terminan de aprender del todo. A los doce años, después de recibirse como tenedor de libros en la Academia Clerch, empezó a trabajar en Casa Altieri y en la oficina de Rentas como ayudante del jefe, mientras colaboraba con Jaime en el negocio.
El precursor había llegado al país a comienzos del siglo XX huyendo como tantos otros inmigrantes de la guerra. Nacido en Rusia, estuvo cuatro años en el servicio militar hasta que desertó del ejército del zar en 1910, en plena época de la revolución. Tenía que huir de un fusilamiento asegurado y por eso, con documentos falsos, escapó a Brasil siguiendo los pasos de su esposa que lo había antecedido en el viaje. "Mi papá se casó a los 19 y mi mamá a los 16. Tengo una hermana rusa. Mi papá vivió un tiempo en Brasil, primero vino mi mamá, después él con documentos falsos porque si lo agarraban lo fusilaban. Era la época de los zares, cuando estaban preparando la revolución", recuerda Saúl que le contaba su padre.
De Brasil vinieron a la Argentina y comenzaron un periplo de viajeros. Recorrieron distintas ciudades del país buscando un mejor horizonte para su familia que se iba extendiendo. Tuvieron ocho hijos, la mayor nacida en Rusia, otro en Buenos Aires, uno en Bahía Blanca, otro en Patagones y el menor Saúl en Lincoln. Dedicándose al ramo de las golosinas fueron recalando de ciudad en ciudad, procurando siempre mejores perspectivas. Antes de radicarse en Tres Arroyos habían instalado en Carmen de Patagones la tienda "El Gaucho", y después vivieron en Balcarce donde sostuvieron un comercio poco tiempo. Cuando Saúl cumplió siete años se trasladaron definitivamente a Tres Arroyos. El primer comercio lo iniciaron en Betolaza 856. Con sus propias manos confeccionaron las estanterías y las rellenaron con cajas vacías para aparentar que había más mercadería de la que poseían. La firma Jaime Fichman e hijos fue creciendo despacio hasta ganarse su clientela. Después se trasladaron a la calle 25 de Mayo, estuvieron en Belgrano 116, luego en Hipólito Yrigoyen 148, justo a la vuelta del lugar donde se instalaron finalmente, en la tercera cuadra de calle Chacabuco.
El comercio primero funcionaba exclusivamente en el salón donde estaba el bar Marin. Con la idea de ampliarlo, compraron la casa lindera que, años después, supieron que había pertenecido a Sebastián Costa. "Hace unos años vino una descendiente de él, pidió entrar y había un vitreaux con las iniciales SC. Ahí nos enteramos que la casa había pertenecido a Sebastián Costa. Son casas muy antiguas y tratamos de conservarla lo mejor posible", asegura el propietario.

Saúl, el sucesor
Un día Jaime decidió dejar la firma que heredaron sus hijos, y se formó Fichman hermanos, mientras él se radicó en Buenos Aires donde falleció poco después de cumplir cien años. En el 79´, cuando muere joven uno de sus hermanos, Saúl se hizo cargo del negocio. "Los primeros tiempos fueron buenos, era una época mucho mejor que esta, era más fácil trabajar, no había tanta competencia, salíamos con los camiones a vender a los pueblos y me paraban a ver lo que vendía. En el negocio familiar trabajábamos todos, funcionaba bien e íbamos incorporando más cosas aparte de las golosinas: librería, mercería, novedades. Siempre tuvimos continuidad, por ahí cerrábamos un mes para irnos de vacaciones, en los tiempos de las vacas gordas. Incluso llegamos a tener una sucursal en Necochea, hace como treinta años", rememoró con cierta añoranza. Cuenta que solo cerró las puertas para tomarse vacaciones, pero no lo hizo ni en las peores circunstancias y sobrevivió a más de una crisis. "Hemos tenido que sortear crisis, el corralito y demás, pero felizmente fuimos superando todo. La gente nos ha apoyado mucho y aún hoy nos siguen apoyando".
A su mujer Emilia la conoció hace cincuenta y dos años, cuando ella vino a pasear a la casa de sus primos, que casualmente eran amigos de Saúl. El mismo año que se conocieron se casaron, y cuando los hijos crecieron y tomaron su propio rumbo, Emilia se sumó al negocio para acompañarlo. Juntos transitaron las buenas épocas y sortearon algunos obstáculos. "Un día de nuestra vida normal es yo preparando el mate a la mañana, a la tarde y estando presente, acompañando a mi marido. Si tengo que recordar, tengo más apego y más recuerdo de los primeros tiempos, cuando hacíamos fiestas con todo el personal, participaban de torneos de fútbol, ahora en los últimos tiempos es otra cosa", menciona Emilia con un dejo de nostalgia.
Durante años, el comercio de ramos generales fue punto de encuentro de los tresarroyenses que podían encontrar variedades en un solo lugar. Incluso de descendientes de los primeros clientes de su padre, que llegaban atraídos por las novedades. "Veíamos lo que había posibilidad de vender y traíamos. Los clientes nos apoyaron mucho y aún hoy muchas clientas se lamentan y nos dicen ´donde vamos a ir a buscar cosas raras´, porque hay cierta mercadería que la teníamos solo nosotros: cintas, agujas, máquinas de coser, cosas que no se consiguen en un mismo lugar, sino que hay que buscarlas en distintos negocios".

Tiempos difíciles
Casi setenta años después de abrir sus puertas, la realidad se mostró un tanto cruel: el tiempo se fue tragando paciente e implacable aquel establecimiento tradicional de golosinas y novedades. Los últimos años fueron difíciles hasta que llegó el momento de decidir dejar la actividad. Como sea, Saúl Fichman resistió para mantener en pie durante cuarenta años el negocio que había iniciado su padre treinta años antes, pero aún así no pudo escapar de la crisis de un país de economía incierta. "La actividad se fue reduciendo, aparecieron los supermercados y otro tipo de negocios. En los últimos años se hizo más difícil, tuve la oportunidad de vender el local, y entonces dejamos la actividad", se lamenta Saúl, aunque no pudo dejar de destacar que disfrutó las mieles de los tiempos en que no había competencia en la ciudad. "El negocio era todo para mi, pero supe discernir, hemos aprovechado, viajado muchísimo, recorrimos gran parte del mundo con mi señora y mis hijos. No tengo propiedades, no tengo mucho, pero si la felicidad de haber conocido y recorrido". Esos fueron los frutos que le dejaron años de actividad perseverante y por eso ahora quieren disfrutar del descanso que merecen luego de una vida dedicada al trabajo. "Pienso que voy a descansar un tiempo, no pensar que el lunes tempranito tengo que estar acá como hasta ahora. Espero superarlo, es difícil, pero también estoy cansado", admite.
Las antiguas persianas se cerraron por última vez a fines del mes pasado. Y a mediados de este mes será la subasta de la mercadería que quedó sin colocar. Extrañarán el trajinar diario de negociar con proveedores, atender clientes y viajar a Buenos Aires en busca de productos innovadores. Pero quedarán en la historia como precursores de uno de los comercios más emblemáticos de la ciudad. "Quedo agradecido a toda la gente que nos ha ayudado y al personal que colaboró con nosotros y a la ciudad de Tres Arroyos. Quiero mucho a la ciudad. Aunque tuviera la oportunidad y la capacidad monetaria de irme a otra parte, este es mi lugar", afirma Saúl, y se prepara para seguir embalando las últimas cajas.

 
 
El Periodista de Tres Arroyos
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina