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LA HISTORIA DE "EL ABC", UN
EMPORIO COMERCIAL QUE FUE POTENCIA
Grandes almacenes
Días atrás, como consecuencia del proceso
de quiebra, se subastaron los bienes que pertenecieran a los Grandes Almacenes
"El ABC". Así, los impresionantes edificios que alguna
vez albergaron un emporio comercial tresarroyense que fue potencia provincial,
encontraron triste final, y seguramente tendrán nuevo destino.
"El Periodista", en una producción especial que recrea
la historia de la mítica firma, invita a reflexionar sobre un Tres
Arroyos pasado que todavía proyecta sus luces y sombras sobre el
presente
La quiebra de una gran empresa es, en cierto modo, una
derrota. Y como se sabe, la historia la escriben los que ganan. Probablemente,
el último capítulo de la vida de los Grandes Almacenes El
ABC se escriba una vez resuelto un tortuoso camino judicial. Aunque se
puede aventurar un final: quizá todos hayamos, de alguna manera,
perdido. Por eso, la idea de esta producción de "El Periodista"
es reconstruir al menos parte de la historia de El ABC antes de su cierre.
El camino es difícil, porque tanto para los protagonistas de su
larga trayectoria comercial como para un cronista, es prácticamente
imposible sustraerse a lo ocurrido en los quince años que pasaron
desde que la firma cerró sus puertas. Los recuerdos conviven con
los edificios cerrados, rematados, pertenecientes algunos al patrimonio
de la ciudad y al mismo tiempo al centro de una polémica por cuestiones
del mercado.
Pero siempre detrás de un gran emprendimiento que encuentra un
final poco feliz hay una trama jugosa, con detalles que algunos quieren
recordar y otros pretenden sepultar tras las persianas clausuradas (todo
un símbolo: la rotura del mecanismo impide hoy por hoy abrir las
cortinas metálicas de la casa central). Por ese motivo, en esta
reconstrucción hecha a base de publicaciones, referencias, viejos
boletines contables y la prodigiosa memoria de algunos de sus empleados
-parte de los cuales han elegido reserva de identidad, lo que sin duda
preanuncia detalles quizá no muy conocidos y tal vez polémicos-,
no hay una pretensión documental, sino más bien un deseo
de promover la reflexión acerca de un Tres Arroyos pasado que todavía
proyecta sus luces y sombras sobre el presente.
Los inicios
Dice el Boletín Contable que editaban los contadores públicos
Joaquín Raúl y Jorge Seoane, quienes a la fecha de publicación
del Nº 3, en enero de 1941, tenían sus oficinas en Tacuarí
119 de Buenos Aires: "Con el breve nombre de El ABC se abrió
para el público de Tres Arroyos y su extensa zona tributaria, un
modernísimo negocio de materiales de construcción, en marzo
del año 1916. Su fundador, don Jesús L. Cabañas,
buen conocedor del ramo y del medio comercial en que actuaba, puso todo
su juvenil empeño en hacer de su pequeño establecimiento,
un verdadero emporio comercial. Para ello, asoció a su hermano
Angel que hasta entonces vivía dedicado a las actividades de la
ganadería en el territorio del Chubut".
Según un artículo publicado en 1934, en aquellos tiempos
fundacionales el comercio se restringía a la venta minorista de
ferretería y corralón. Sin embargo, de acuerdo a esa misma
fuente, "por mérito de un esfuerzo extraordinario, de una
rara capacidad para los negocios, en pocos años los hermanos Cabañas
lograron convertir el modesto negocio de otrora, en un emporio comercial
que atiende las necesidades de más de 10.000 clientes, diseminados
en los partidos de Tres Arroyos, Gonzáles Chaves, Coronel Dorrego,
Juárez y Necochea".
Tal fue el impacto del emprendimiento en la zona que, algunos años
después de su fundación, El ABC tuvo su primer edificio
propio. Las crónicas de la época lo describían así:
"El sobrio y hermoso edificio ocupa una superficie de 2600 metros
cuadrados dando frente a las calles 25 de Mayo, Maipú y Chacabuco.
El proyecto de edificación fue trazado por el arquitecto Enrique
G. Quinke, y consta, sobre las calles 25 de Mayo y Maipú, de un
gran sótano de 40 metros de largo por 25 metros de ancho y 4 metros
de altura, destinado al almacenamiento de mercaderías, dotado de
montacargas en comunicación con la sala de acceso de mercaderías
y embalaje. Gran salón de exposición y ventas en la planta,
ocupando una superficie de 1000 metros cuadrados, con instalación
de calefacción a vapor, bocas de agua con mangueras de incendio,
amplia luz y ventilación natural". La casa central tenía
además un primer piso alto con sala de escritorios de 200 metros
cuadrados, dotada de un tesoro para guardar caudales de 2 x 2 metros;
y con acceso a una amplia terraza destinada a jardín y plaza de
ejercicios físicos para los empleados. En forma separada, pero
siempre en el primer piso, se construyeron dos departamentos, y la misma
cantidad se hizo en el segundo piso alto. El tercero, en tanto, estaba
destinado a lavaderos, habitaciones de servicio y un amplio tanque de
40.000 litros de agua. Todo el predio poseía cloacas y agua corriente,
todo un adelanto para la época.
Además de este señorial palacio, la firma ya contaba a inicios
de la década del '30 con un edificio en Maipú y Dorrego,
sobre un terreno de 30 x 50, con salón exposición, sótano,
escritorios y galpones para el almacenaje de madera y hierro; y otra construcción
en Dorrego 351, protegida contra la combustión según se
señalaba en la prensa, utilizada para el depósito de maquinaria
agrícola y automóviles, entre otros elementos.
La crisis que no fue
Al parecer, ni la crisis del '30 logró frenar las aspiraciones
de los propietarios de El ABC, que en plena debacle internacional, en
1931, anexaron la sección almacén. La crónica de
aquellos tiempos lo recuerda, con su pomposo estilo: "Cuando la razón
social implantó esta nueva sección, la crisis económica
estaba latente
En medio de la general angustia de la depresión,
correspondiendo al favor del público, empleando en su ayuda y justa
correspondencia la experiencia comercial y la sólida organización
sobre las que seguro y estable permaneció El ABC, a pesar de que
confiado y liberal había entregado casi todo su capital al colono,
al hacendado y a todo industrial que reclamara merecido crédito
en tiempos mejores
"
En 1934, la empresa comercializaba una amplia variedad de rubros, que
incluían almacén, corralón de maderas y hierros,
talabartería, ferretería, armería, bazar, menaje,
maquinaria agrícola e industrial, repuestos, radiotelefonía,
electricidad, lubricantes y combustibles y productos para la sanidad animal.
Trabajaban en sus diferentes dependencias unos 60 empleados; el reparto
y despacho de la mercadería se efectuaba en 6 auto-camiones y 9
carros de reparto, mientras que 6 líneas telefónicas externas
y 12 internas funcionaban constantemente recibiendo y formulando pedidos.
Una alta competitividad en los precios, favorecida por ventajosos acuerdos
económicos con fabricantes e importadores, hacía de los
Grandes Almacenes una firma fuerte, que en aquel momento y a pesar de
la situación que atravesaran el país y buena parte del mundo,
logró convertirse en una de las casas comerciales más importantes
de la provincia de Buenos Aires.
Por entonces, y con su hermano Jesús residiendo en España,
donde había partido obligado por circunstancias familiares dolorosas,
era don Angel Cabañas el encargado de conducir los destinos de
los Grandes Almacenes y, tal como se lo recuerda, quizá fue el
verdadero artífice de su impactante progreso.
Frente a frente
En aquellos prósperos tiempos, Angel Cabañas era descripto
como un creativo, "un espíritu siempre optimista" y un
"experto piloto" para conducir los negocios de la empresa. A
principios de la década del '30, dispuso de 25 hectáreas
de tierra de su propiedad para crear el parque que lleva su nombre, en
lo que constituyó una iniciativa muy elogiada. Y al mismo tiempo,
el único hotel con que contaba Claromecó en ese momento
también era propiedad de la firma Cabañas Hermanos.
En una coyuntura compleja para la provisión de cubiertas para las
unidades de transporte de mercaderías, El ABC resolvió el
problema creando una serie de sucursales en las localidades vecinas, a
las que los productos podían llegar incluso mediante tracción
a sangre. Se llamaron Maratón (Cascallares), Tritón (Orense),
Mercurio (San Francisco de Bellocq), Saturno (Gonzáles Chaves)
Olimpo (Coronel Dorrego) y Urano (De la Garma).
Tanta prosperidad enmascaraba, sin embargo, y según recuerdan algunos
ex colaboradores, un solapado enfrentamiento entre los dos hermanos que
se cristalizó cuando, al parecer luego de no recibir algún
pago de sus utilidades de la empresa en España, Jesús Cabañas
decidió regresar a la Argentina y ver qué estaba pasando
en El ABC.
Hay quienes dicen que sólo encontró las previsibles consecuencias
de una crisis económica que azotaba a todo el país. Lo cierto
es que decidió quedarse y tomar el control de la firma, de tal
manera que hasta habría prescindido de su hermano, lo que generó
una herida que nunca volvería a cerrarse. Los enfrentaban, sobre
todo, dos personalidades diferentes. Jesús era calificado como
un buen administrador y un hombre de gran formación, devenida de
su paso por el Seminario en épocas en que había abrazado,
sin concretarla finalmente, la vocación sacerdotal. Angel, por
el contrario, era un gran creativo, como ya se dijo, pero su fama de picaflor
era muy conocida, como su gusto por las mejores vedettes de la época.
Desde aquel momento, y aún viviendo en uno de los departamentos
del edificio principal, según se recuerda, Angel casi no volvió
a pisar la sede de la firma que había contribuido a cimentar.
En 1938, Cabañas Hermanos dejó paso a la conformación
de una Sociedad Anónima, de cuyo directorio también pasaron
a formar parte quienes habían ingresado a la empresa como colaboradores.
Expansión
Una personalidad destacada entre quienes contribuyeron a engrandecer El
ABC fue el gerente Enrique Candas. Los hermanos Cabañas lo habían
conocido en un almacén para el que trabajaba, y lo incorporaron
a la firma desde su creación. Con el tiempo tuvo alguna parte de
las acciones, pero el verdadero reconocimiento de quienes compartieron
actividades con él es el recuerdo de que dejó su vida en
la empresa. Antiguos colaboradores le atribuyen haber sido el precursor
de que los Grandes Almacenes fueran una escuela de responsabilidad, calidad
de atención y negocios para muchos trabajadores que luego emprendieron
sus propios proyectos.
En 1952, la compañía llegó a tener 160 empleados.
Fue necesaria una reformulación administrativa, y con la automatización
de la actividad contable, se prescindió de varios de los trabajadores.
Ya en la década del '60, aunque con menos personal, la firma volvería
a cobrar un importante auge. En 1965 ocupaba una posición comercial
dominante en territorio provincial, especialmente en toda su zona de influencia.
Sus productos se comercializaban en una importante región que incluía
hasta Huanguelén por ruta, Necochea por la costa, Chillar por la
ruta 3 y Bahía Blanca por el sur. Paradójicamente, una plaza
tan cercana al mercado bahiense como lo es Punta Alta, por poner un ejemplo,
era uno de los fuertes comerciales de la empresa local.
Comenzó su expansión mayorista en la sección almacén,
luego hizo lo propio en materiales eléctricos y ferretería
hasta llegar a ser uno de los comercializadores más importantes
de lámparas bonaerense, al punto que Duperial convocaba a representantes
de la firma cuando formulaba sus planes de producción.
Por aquel entonces la liquidez de la empresa era muy importante, y eso
le acarreaba grandes beneficios en la adquisición de mercaderías.
Además, recuerdan quienes formaban parte de la administración,
facilitaba esa liquidez a varias empresas locales, previo canje por cheques
sobre Buenos Aires, por cantidades "muy fuertes".
En ese tiempo, muchos de los encargados de sección comenzaron a
promocionarse, y en ese legítimo afán de crecimiento personal
reimpulsaron a la compañía. Entre ellos, se destacaron Figini,
Espinosa, Durante, Bianculli, Errozarena, gente que consagró su
vida al trabajo en aquel lugar.
Así lo recuerda Hugo Azmat, nacido en 1934, y que comenzó
su actividad en la firma cuando tenía 26. Tras un breve paso por
el área de reparto, Azmat comenzó a prestar servicios en
la carpintería que, dentro de la diversificada estructura comercial,
fabricaba implementos para el campo, tranqueras, postes, y también
preparaba enormes cantidades de madera para obras en una incansable actividad.
"Seríamos unos 100 empleados, y las relaciones entre todos
eran muy buenas. Se hicieron grandes amistades, gente con la que todavía
tenemos trato, se formaron familias. Y era muy importante el movimiento
comercial, la mercadería que se vendía en todas las secciones,
la gran cantidad de gente que circulaba por la ferretería, el bazar,
el corralón, el almacén mayorista. En aquel momento, los
edificios más importantes de Tres Arroyos se hicieron con buena
parte del material que vendía El ABC, porque allí era posible
encontrar todo lo que se necesitaba para una construcción desde
el principio hasta el fin de la obra", evocó.
Azmat llegó a trabajar 33 años, y estaba en su puesto cuando
llegó la fatídica noticia del cierre. Hasta ese momento,
aún recuerda con precisión las jornadas laborales compartidas
y cómo, a períodos de gran bonanza, sucedieron otros donde
la incertidumbre iba calando hondo en el poderío de los almacenes.
La caída
En algún momento, se pensó en abrir una sucursal en Bahía
Blanca, que abarcara algunos de los rubros, y que pertenecería
a los herederos de Jesús L. Cabañas. Después del
fallecimiento de Candas, y sobre fines de los '80, el principio del fin
fue el cierre del almacén porque había quienes estimaban
que las utilidades que dejaba no eran suficientes. Esa decisión
fue cuestionada por quienes aún a sabiendas de que ese sector no
era el más rentable, entendían que era el mayor proveedor
de liquidez de la mega empresa.
Allí habría comenzado la decadencia del gran imperio fundado
por los hermanos Cabañas. Sus herederos se desprendieron de las
acciones, al parecer en un momento en que era fundamental aumentar el
capital, y se abortó el proyecto de construcción del hipermercado.
Fue indispensable acudir a la financiación bancaria, las ventas
cayeron -la aparición de competencia, la falta de evolución-,
y se precipitó el cierre originado en una controvertida quiebra.
Un par de años antes del final, se cayó el techo del edificio
donde El ABC había tenido su emplazamiento original, en Chacabuco
y Maipú. Fue como una premonición. El resto, es historia
conocida.
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