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ANTONIO "TITO" FRAILE, PERSONAJE DEL CENTRO,
EL GRAN VIDRIERISTA DE TRES ARROYOS
En la vidriera
Antonio Fraile es, sí los hay, un personaje del
centro de la ciudad. Durante años fue vidrierista de la emblemática
tienda "Gath y Chaves" y, paralelamente, decoró decenas
de comercios tresarroyenses. Su arte lo llevó incluso a Buenos
Aires, convocado por la mítica tienda Harrods, única sucursal
argentina de la casa inglesa. Ante "El Periodista", en un diálogo
exclusivo, recreó esos años de esplendor comercial que lo
tuvieron como protagonista. En las líneas siguientes, un artículo
que pone a "Tito" y su vida como principal atracción
de la vidriera. Pasen y vean
Hace poco tiempo Antonio Fraile volvió a dibujar.
Hacía décadas que no pintaba y temía que el don se
hubiese esfumado. Tomó sus viejos lápices de colores, acomodó
el tablero en el comedor de su casa frente al ventanal y trazó
delicados retratos de rostros humanos. Comprobó que esa inclinación
natural hacia el arte permanecía intacta y de ahí en más
siguió despuntando el vicio. Sus creaciones se exhiben en las paredes
del hogar, plagadas de retratos de sus hijos y nietos que heredaron su
misma sensibilidad. Uno confecciona maquetas de barcos y aviones, otro
restaura y fabrica muebles de manera artesanal y pinta retratos igual
que su padre.
"Tito" nació con talento de artista, el mismo que aplicaba
en las vidrieras que confeccionaba cuidando minuciosamente cada detalle.
De profesión vidrierista, durante más de treinta años
decoró la antesala de los negocios céntricos, enfocando
su trabajo en el punto de atracción, ese que provoca la irresistible
seducción y conquista las miradas de manera inevitable.
Vidrieras que cuentan
Se sabe que las vidrieras cuentan. En unos pocos metros en los que se
dispone luz, objetos, ideas creativas, la vidriera se presenta como una
"caja escénica", donde el producto se puede observar
en detalle para evaluarlo antes de decidir la compra. En muchas oportunidades
lo que en realidad seduce no es la mercadería, sino la forma en
que están dispuestos los objetos y la decoración e iluminación
en su conjunto dentro de ese espacio. Por eso las vidrieras cuentan, y
las de "Tito" contaban. Tanto, que la gente en la calle todavía
las rememora con añoranza. "La gente todavía me dice
´te acordás las vidrieras que hacías en Gath &
Chaves", mencionó "Tito" ante "El Periodista",
en la cocina de su casa, y en sus ojos se adivina cierta nostalgia por
épocas pasadas.
El oficio lo descubrió de adolescente por casualidad, aunque antes
incursionó en otros rubros. A los trece años obtuvo su primer
trabajo como cadete en la farmacia Gonzáles, un 13 de diciembre
de 1945, según recuerda con prodigiosa memoria. Le quedó
como anécdota el día que Rogelio Gonzáles, el propietario
de la farmacia, le permitió ir a la estación a presenciar
la llegada de Juan Domingo Perón, que estaba en plena campaña
por la presidencia. "Había venido en tren. En la estación
montaron un palco y Gonzáles nos dijo que el personal que quería
ir a ver a Perón podía hacerlo. Fuimos a la estación
y estaba el coche con Eva Perón y la madre. Me acerqué y
me dio dos fotos firmadas: una de ellas y una de Perón". Todavía
conserva esa foto como un preciado recuerdo, al igual que otras anécdotas
que atesora en la memoria.
Fue sin duda un personaje del centro. A los catorce años entró
a trabajar en el Café Tres Arroyos, una cafetería que estaba
en el actual Paseo Español y un año más tarde lo
hizo como ayudante de vidrierista en Casa Arteta, un oficio que no abandonaría
más desde el día que tuvo la oportunidad de aplicar su creatividad.
De ahí en más, decorar vidrieras se convirtió en
su pasión y el corazón de la ciudad, en su lugar de trabajo.
"La primera vidriera que hice solo fue en Arteta. Tenía dieciocho
años, el vidrierista se iba y me dijeron que me quede yo. Mi primera
vidriera fue con fondo negro y vestidos rosas de seda. A partir de ahí
me fue gustando y me fui perfeccionando".
A los veinte años tuvo un intervalo para hacer "la marina".
A bordo de un buque petrolero recorrió el mundo y recaló
en lugares para él impensados: estuvo en Francia, Inglaterra, Estados
Unidos y España, entre otros países. Como no podía
ser de otra manera, se dedicó a visitar museos y a mirar vidrieras
para conocer las últimas tendencias en el Primer Mundo. "Nosotros
éramos de una familia muy humilde, me la rebuscaba en el buque
limpiando los camarotes para los suboficiales y me daban algunos dólares
y con eso traje algunas cosas. Una vez fuimos tres días a París
y ahí fui derecho al museo de Louvre porque quería ver la
Mona Lisa. También estuve en las tiendas Harrods".
La tienda Gath & Chaves
Tras dos años en alta mar regresó a la ciudad. Se casó
con "Tita", su novia y amor de toda la vida, e ingresó
a trabajar en la tienda Blanco y Negro, en Chacabuco y 9 de Julio, para
luego partir un mes a General Pico, donde embelleció las vidrieras
de la ciudad pampeana.
Un día lo llamaron de las famosas tiendas Gath & Chaves, ubicada
en la esquina de Colón y 9 de Julio. En esa época, la firma
se distinguía por su prestigio y poder comercial a través
de sus múltiples filiales en todo el país. Era un comercio
asociado al buen vestir con el último dictado de la moda y amplia
variedad en artículos del hogar. La tienda abarcaba un total de
quince vidrieras que Tito se encargó de decorar durante veintiún
años. En ese tiempo, las grandes casas de indumentaria competían
para ver quién mostraba al público su mejor cara. "En
Gath & Chaves empecé a emplear el dibujo. La primera vez dibujé
un aviso de Harrods y después empecé a preparar dibujos
de gran tamaño. A mi me gustaba, nadie lo hacía y era innovador.
Preparaba el bastidor de madera, lo entelaba con lienzo bien tirante,
lo empapelaba, le daba una base y hacía los dibujos ahí.
Uno de los que más me gustó fue el de una modelo francesa,
Twigy, lo hice en 2.20m en crayones y lo puse en la vidriera con maniquís,
paraguas y pañuelos". Ese dibujo gigante y delicado fue la
atracción de las miradas del centro. Pero hubo una en particular
que le deparó una de las mayores satisfacciones que recuerda. "En
una oportunidad había puesto esa modelo en la vidriera de la esquina.
Yo trabajaba con los vidrios levantados mirando al público. Ahí
tuve una experiencia muy linda porque había un fotógrafo,
Cardinalli, que hacía unos retratos hermosísimos a lápiz.
Yo admiraba a ese hombre. Vi que se paraba en la vidriera de enfrente,
se quitó los lentes y se puso otros, cruzó la calle, se
paró en el cordón y empezó a mirar ese trabajo. Se
acercó a la vidriera, lo miró, caminó de un lado
para otro, en un momento dado apoyó las manos en el vidrio y miró
mi trabajo. Me sentí tan gratificado con eso, nunca hablé
con él pero me di cuenta que le había impactado".
Mientras estuvo en Gath & Chaves, fue rotando por distintas sucursales
de la tienda que importaba indumentaria londinense, y lo enviaron a hacer
vidrieras a Bahía Blanca, Azul, algunas temporadas en Mar del Plata,
una vez en Santa Fe y en Paraná, Entre Ríos.
En una oportunidad llegó a Tres Arroyos el gerente general de las
tiendas Harrods y Gath & Chaves de la casa central de Londres. Había
venido en un Torino negro con chofer y no era su costumbre hablar con
los empleados. Sin embargo, apenas bajó del auto, se sintió
atraído por las vidrieras de Tito. "El gerente de acá
era un muchacho Alvarez. Yo había hecho una vidriera, en la que
había puesto cortezas de pino, en el Parque Cabaña había
conseguido hojas de plátano muy lindas, cardos enormes y los había
pintado todos de rosa con un soplete. Después había conseguido
animales autóctonos y había una señora que era taxidermista
que hacía unas taxidermias fabulosas. Tenía un muchacho
amigo que hacía caza mayor y con las cabezas de animales hice esa
vidriera. El gerente me llamó porque el inglés quería
hablar conmigo. Me dijo que le gustaban mis vidrieras, que no tenía
que estar trabajando aquí sino en otro lugar. Estuvimos un rato
charlando y le comenté que había estado en Londres en Harrods
comprando un sombrero para un teniente. Antes de despedirse me pidió
que sacara fotos a las vidrieras y las enviara a Buenos Aires". Un
tiempo después, descubrió cuál había sido
el destino de aquellas imágenes. Fue cuando lo llamaron de la tienda
Harrods en Buenos Aires, la única sucursal en el país de
la tienda londinense, que se extendía en toda la manzana, con ambientaciones
que marcaron toda una época y que era definida como el imperio
de la elegancia. Lo recibió la jefa de vidrieras, una arquitecta
que, al principio, le tuvo cierta desconfianza. "Me preguntó
quién era y me dijo que aprenda a hacer vidrieras mirando fotos.
Me mandó a un escritorio y me dio unas fotos, cuando las vi me
di cuenta que eran las mías. Al principio me mandó a hacer
vidrieras en la calle San Martín, que no era tan transitada como
Florida. Me dijo en tono soberbio que si a ella no le gustaban, las iba
a tener que hacer todas las veces que ella quisiera. Le contesté
que las iba hacer una sola vez, y así hice. Le gustó tanto
que al día siguiente me mandó a Florida. Sin embargo no
me gustó el ambiente de Buenos Aires y volví enseguida".
Un personaje del centro
En su ciudad, "Tito" era el personaje del centro y en todos
los negocios lo conocían. Mientras trabajaba en Gath & Chaves,
en los ratos libres hacía las vidrieras de veinte casas comerciales
en el corazón de la ciudad, aplicando su buen gusto e ingenio para
atraer al público. Una de las que más recuerda fue la de
Navidad, con enormes botellas de champagne y copas colgando del techo
en distintos niveles que causó gran impacto.
Cuando ya Gath & Chaves estaba perdiendo su esplendor, en el '75 se
fue a trabajar a Sedería Latorre, donde fue vidrierista durante
diez años. "Cuando trabajaba en Gath & Chaves llegué
a tener más de veinte casas como vidrierista. De ahí me
fui a Latorre y le hice muchos años la vidriera a Mulazzi, que
era mi obsesión por las prendas que tenía. En Botolandia
hice la vidriera durante más de veinticinco años, en El
ABC, en Vinoteca Los Toneles. Siempre digo que al único que no
le hice vidriera fue a Cereijo", comenta risueño.
De a poco el oficio empezó a decaer y el trabajo mermó casi
hasta desaparecer. "El oficio comenzó a caer bastante. Antes
todo el mundo se esforzaba por tener una presentación distinta
y ahora la gente hace las cosas así nomás. En la vidriera
siempre tiene que haber un punto de atracción, algo que te distraiga,
llame la atención y te detengas a mirar", dice "Tito"
con la autoridad que le dieron décadas de profesión.
Ahora le apasiona más pintar. Sentarse en su sillón frente
al ventanal e improvisar retratos con lápices de colores, desplegando
el talento de artista que lleva en la sangre y que jamás se pierde.
Con 75 años, dejó atrás la etapa de decorar la antesala
de los comercios, aunque de vez en cuando despunta el vicio con la vidriera
de una librería, donde suelen llamarlo para que aporte buen gusto
y experiencia. Por las tardes, aun continúa trabajando en el corazón
de la ciudad, el mismo que embelleció con sus creaciones, conquistando
las miradas de ocasionales transeúntes que inevitablemente se rendían
ante el punto de atracción.
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