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PARADA EN TRES ARROYOS: DESDE HACE CINCO AÑOS,
DOS HOLANDESES RECORREN EL MUNDO EN UN TODO TERRENO
El viaje sin fin
Vendieron todo, casa, auto, muebles,
y se compraron un Toyota Land Cruiser, modelo 84. Desde entonces, Coen
Wubbels y Karin Marijke Vis abandonaron su Holanda natal, y a bordo del
vehículo todo terreno, que se convirtió también en
hogar, se dedicaron a recorrer el mundo. En este tiempo han visitado Grecia,
Turquía, Irán, Pakistán, China, India, Bhutan, Bangladesh,
Malasia, Singapur, Camboya, Laos, Tailandia, China, Vietnam y América
del Sur. Este último camino, precisamente, los trajo a Tres Arroyos,
donde se enteraron estaba la colonia de holandeses más grande del
país. Y aquí los entrevistó "El Periodista",
ante quien narraron, en exclusiva, su increíble experiencia de
vida. Pasen y lean, disfruten de un pasaje gratuito a la aventura
Atravesaron junglas en Camboya,
presenciaron la puesta de sol sobre las colinas del desierto hindú,
descubrieron el mate en Malasia, probaron comidas exóticas en Pakistán,
fotografiaron niños vietnamitas, los sedujo la hospitalidad iraní,
pasaron la última Navidad frente al faro del fin del mundo y se
detuvieron dos días en Tres Arroyos para conocer de cerca lo que
les contaron de su colectividad. Coen Wubbels y Karin Marijke Vis, se
convirtieron en ciudadanos del mundo hace cinco años, cuando partieron
de Holanda sin miras de regresar. Desde entonces son viajeros impenitentes,
nómades, que viven al día y están abiertos a descubrir
lo que se presente en el trayecto. Su vehículo, un Toyota Land
Cruiser es su hogar y su destino es sólo el inicio de la próxima
partida.
El diario de viaje empezó hace cinco años. Atraídos
por lo desconocido, se propusieron achicar el mundo y develar misterios.
Querían atravesar paisajes, detenerse, explorar culturas y volver
al camino.
Se conocieron a fines de 2001 en Oldenzaal, una ciudad al este de Holanda,
casi al borde de la frontera alemana. Ella trabajaba en servicios de catering
y él tenía su propia empresa de diseño gráfico.
Mientras tanto soñaba con descubrir el mundo como habían
hecho sus padres. "Mis padres habían viajado mucho por el
mundo y de todos los lugares traían un souvenir. Mi casa, mi habitación
estaba llena de esos recuerdos. Entonces tenía esa semilla adentro
y quería disfrutar también de todo eso", cuenta Coen
a "El Periodista", mitad castellano, mitad en holandés,
en un alto en su camino. Karin no había viajado mucho ni estaba
en sus planes. Pero cuando él se lo propuso no lo dudó.
Sintió la necesidad de un cambio y ese cambio se convirtió
en recorrido. "Nunca había imaginado partir. Cuando él
me dijo que quería irse, me puse a pensar en descubrir el mundo,
salir de Holanda, donde hay demasiada gente, demasiado trabajo y entonces
dije ´por qué no, vender todo, dejar todo y salir a la deriva".
Bajarse del tren de las rutinas cotidianas para vivir despojados de cualquier
planificación se tornó en la misión. Seguirían
el orden de su propia sincronización. "Cuando partimos queríamos
la vida tranquila, sin reloj, disfrutar el momento. En Holanda tienes
que planear todo, es un país con mucha riqueza, mucho dinero y
muchos recursos, pero necesitás trabajar muy duro para poder vivir.
Entonces queríamos solamente partir, no para buscar algo en especial",
dice ella, y Coen avala. "Nuestros amigos planean todo y no pueden
disfrutar, no saben vivir el momento, ir a visitar a alguien sin pedir
entrevista. Tienes un plan y te dicen ´no, esta noche es imposible´.
Acá es totalmente lo contrario. Todo lugar es diferente en todo
el mundo. No es posible vivir en Holanda sin relojes, sin planear, sin
celular, son gente de agenda. Nosotros no queremos vivir con horarios
o con presión".
Hogar, dulce hogar
Pusieron en venta su auto, su casa y hasta los muebles seis meses antes
de partir. Con el dinero que recaudaron se sentaron a preparar el equipo,
las estrategias y las provisiones. No hablaban de destino a la hora de
salir. Tampoco sabían mucho de mecánica ni eran ricos. Les
bastaba la certeza que la vida es una sola y que querían dedicarla
a cumplir sus sueños.
Compraron una Toyota Landcruiser BJ4, modelo 84, todo terreno. Les habían
aconsejado un vehículo que no precisara mucho recambio y que, en
caso de ser necesario, los repuestos se encontraran con facilidad en todo
el mundo. Su auto sería su hogar y lo acondicionaron con lo indispensable.
Los asientos traseros se convirtieron en cama para los días que
hace mucho frío o para los sitios donde no es recomendable levantar
la carpa montada en la parte superior. Llevan una heladera, una pequeña
mesa desmontable, mosquiteros en las ventanas, algunos ventiladores, luz,
dos paneles solares y un calentador con dos mecheros que funciona a nafta.
En el vehículo duermen y cocinan: "es nuestra casa",
asegura ella mientras busca un abrigo en los compartimentos de su hogar,
plagado de souvenirs de todas partes del mundo junto a la bandera argentina.
Sin rumbo fijo
Cuando el auto estuvo listo, metieron todo lo que cabía en sus
maletas y el 30 mayo de 2003, partieron de Veessen en busca de aventuras.
Habían pensado viajar dos años y ya van cinco, cerca de
120 mil kilómetros recorridos, una centena de países que
dejaron atrás y otros muchos por descubrir. Aún no tienen
miras de regresar. "No sabíamos nada, ni el principio ni el
fin. Esto no se puede explicar en Holanda, no es posible, la gente no
puede entender que uno venda todo para partir. Por eso dijimos que nos
íbamos por dos años. Nos preguntábamos si al sur,
a Africa o al este y dijimos ´vamos al este".
Dejando atrás su casa, su familia y su trabajo, la Holanda se fue
achicando a medida que el Toyota Land Cruiser se alejaba por la ruta hasta
perderse de vista. Sin plan, sin reloj, sin itinerario, ni guía,
ni rutas definidas, los destinos irían abriéndose en el
camino. "Cuando nos gusta el lugar paramos, cuando no nos gusta el
lugar seguimos viaje. Es muy simple".
En mayo de 2003 llegaron a Grecia. Recorrieron la península durante
dos meses, como una especie de oasis: "queríamos vaciar la
cabeza, descansar, leer y nada más". Después seguirían
Turquía, Irán, Pakistán, China, India, Bhutan, Bangladesh,
Malasia, Singapur, Camboya, Laos, Tailandia, China, Vietnam y América
del Sur. En el trayecto aprendieron idiomas estudiando folletos turísticos:
saben inglés, francés, alemán y dominan bastante
el español. La mayor dificultad para comunicarse la tuvieron en
Asia. "Hay muchos países pequeños con diferentes idiomas,
dialectos y no puedes leer idiomas, son signos difíciles de entender
y muy difícil para estudiar".
A los dos años de viaje, con poco dinero y muchas ganas de seguir,
comenzaron a escribir artículos para revistas en los Países
Bajos y el exterior y venden fotografías postales de paisajes indescriptibles
y rostros exóticos que obtienen en el camino. Con eso y algunos
ahorros les es suficiente para avanzar desentrañando el mundo.
Anécdotas de viaje
Son tantas las vivencias de su "Land Cruising Adventure" que
a la hora de contar anécdotas no saben por donde empezar. Les impactó
la hospitalidad de los iraníes, algo que a priori no hubiesen previsto,
sobre todo por la imagen que los medios exponen de ese país. "Creo
que en general la gente tiene miedo de otra gente, otra cultura, otra
comida, pero necesita conocerlo, siempre hemos encontrado gente buena".
En Irán lo comprobaron en carne propia. "Son tan hospitalarios.
Nosotros estacionábamos en la calle y comenzábamos a preparar
comidas y la gente salía de sus casas, nos agarraban de las manos
para hacernos pasar y nos obligaban a quedarnos a comer y a dormir en
sus casas, no nos daban la posibilidad de elegir. Y ni siquiera podíamos
comunicarnos con ellos", cuenta él. Y ella ratifica. "Irán,
como Colombia, son dos países que en los medios se muestran como
muy negativos, muy peligrosos. Son dos países que generan temor,
pero cuando hablás con viajeros siempre hablan bien, no conozco
gente que tenga una imagen negativa habiendo estado ahí. La experiencia
personal con la gente es muy interesante. No es solo la historia nuestra,
todo viajero que va a Irán puede disfrutar de la hospitalidad de
la gente".
Cordialidad que confirmaron cuando rompieron el parabrisas de su vehículo.
No encontraron repuestos en Irán. Hasta que una persona, con una
camioneta similar, se detuvo para preguntarles que les había sucedido.
Cinco minutos después sacó el parabrisas de su propio vehículo
y lo colocó al de ellos sin cobrarles nada. Lo mismo sucedió
en Pakistán cuando Coen necesitó atención odontológica.
"Tuve un problema, se me quebró una parte de un diente. En
Pakistán es difícil, por ejemplo, conseguir médicos,
los dentistas trabajan en la calle y por temor no puedo visitar un dentista
en esas condiciones. Fui a una clínica, un lugar lujoso, con sillas
de cuero, aire acondicionado, muy moderno. Primero pregunté cuánto
iba a costar la reparación. La dentista me preguntó si el
jeep que estaba en la calle era mío y si trabajaba en Pakistán.
Cuando dije que era viajero me dijo que no pagaba nada, que era su invitado".
Fascinación por India
Dicen que durante los cinco años no corrieron riesgos en el viaje.
Solo en dos oportunidades les robaron algunas pertenencias y Karin contrajo
malaria en Laos, pero salió airosa de la enfermedad.
En la India estuvieron un año fascinados con la religión
y sus ritos. En el camino encontraron un gran parque, rodeado de montañas
donde la gente llega tras días de peregrinaje para ofrecer su ofrenda
al templo. "En ese lugar, al menos una vez en la vida, todos tienen
que hacer una ofrenda. Uno se pone en una hilera, le dan una hojita de
afeitar con un número y tiene que buscar el peluquero que tiene
ese número. Se pelan y donan el cabello al templo, que después
se vende a Japón para hacer pelucas", cuentan. En Deshnok,
India, conocieron el templo de Arn Mata, una reencarnación de la
diosa Durga. No es precisamente un lugar para aprensivos, porque en su
interior habitan miles de ratas, consideradas sagradas por la tradición
hindú. Dice la leyenda que esas ratas son la reencarnación
de los "contadores de historias" que iban por los pueblos. Los
peregrinos acuden para alimentarlas con bolas de azúcar y platos
de leche que los sacerdotes reparten con esmero. Es señal de buena
suerte para el visitante que una de las ratas corra por encima de sus
pies. "Es una creencia que tienen. Hay cerca de 20 mil ratas y puedes
entrar, darles de comer y necesitas buscar el ratón blanco porque
te da suerte. No lo encontramos. Es una experiencia que hace a la India
muy vibrante, tan diferente a lo que nosotros conocemos. Nos gusta mucho
porque en el momento que empiezas a aprender la religión es más
y más interesante. No nos interesa estar en ningún credo,
pero sí para entender la cultura. Porque cuando sales, todos los
templos son lo mismo, pero cuando comienzas a conocer sus dioses, entiendes
las diferencias, es más interesante, y comprendes porque la gente
hace tantos sacrificios. Es lo mismo en Tailandia y Vietnam con el budismo,
aunque son menos extremos".
Sudamérica, naturaleza
al extremo
Después de recorrer Vietnam, en la península Indochina se
encontraron ante una encrucijada. No podían ir más al este
y alrededor solo había mar. Se detuvieron a pensar por donde seguir.
Lo único que tenían claro es que ninguno quería volver
a Holanda. "Entonces nos embarcamos para Buenos Aires, llegamos aquí
en enero de 2007 y desde ese momento recorrimos Argentina, Uruguay, el
sur de Brasil, Paraguay, el sur de Bolivia, Chile y llegamos hasta Ushuaia".
El destino elegido no fue casual. Después de Asia querían
experimentar el extremo: necesitaban espacio, naturaleza, silencio y un
poco de soledad. Algo que la geografía Argentina podía darles.
Se deslumbraron al ver ballenas y delfines, caminaron entre los pingüinos,
se extasiaron con el Perito Moreno, se bañaron en las Cataratas,
tomaron agua de los ríos e hicieron infinitas caminatas sin encontrar
un alma en el camino. No había contraste más rotundo que
Sudamérica después de Asia. "No se puede comparar América
del Sur con Asia. Son vidas diferentes. Nos gusta mucho en Asia la vida
exterior, la gente, la vida religiosa. Pero es una vida caótica,
puedes estar muy cansado porque hay demasiada gente. No podíamos
comunicarnos porque no hablan inglés, entonces por eso quisimos
venir a América del Sur. Después de tres años y medio,
estuvimos muy cansados de tanta gente y elegimos un continente con mucha
naturaleza: el Perito Moreno, Iguazú, la Patagonia, La Pampa, Madryn.
Para la cultura no es muy interesante para nosotros porque es muy europeo.
Nos gusta mucho el espacio y la naturaleza, porque en Europa no hay tanto
espacio y no se puede acampar en algunas partes. Desde un año y
medio aquí yo tengo más convicción que me gustaría
ir más al norte para ver culturas diferentes: Bolivia, Perú,
que está más puesto el acento en lo cultural y no tanto
en la naturaleza", menciona Karin como su próximo destino.
Descubrir su historia
Mientras estaban en Buenos Aires, unos amigos les hablaron de Tres Arroyos.
Les dijeron que albergaba la colonia más importante de la comunidad
holandesa en el país. Marcaron en el mapa y tomaron la ruta 3.
Como en toda parada cumplieron el rito obligado: supermercado, estación
de servicio y por último la municipalidad. Esta vez no tuvieron
que encontrar un lugar para acampar porque la Cónsul de los Países
Bajos, Ida van Mastrigt, les ofreció su hogar. Por primera vez
en mucho tiempo, pudieron bañarse y comer en un restaurante.
"Nosotros no sabíamos que en Tres Arroyos, pero también
en Chile y en Brasil, hay colonias holandesas. No conocemos la historia,
porque en Holanda no nos contaron eso. Descubrimos algo de nuestro país
que no conocemos. Lo mismo en Chile, en un museo vimos placas y nos dijeron
que hay colonizadores holandeses allá. Son las pequeñas
sorpresas que vamos encontrando en el viaje y que hacen la vida interesante".
Después de dos días en Tres Arroyos viajaron a Buenos Aires
y de ahí en avión a Holanda. Son sus minivacaciones por
dos semanas, para visitar familiares. "Normalmente vamos durante
Navidad, aunque este año pasamos Navidad en Ushuaia. Para mi fue
demasiado tiempo dos años sin ir a Holanda". En julio regresan
a la Argentina, se reencuentran con su hogar rodante y saldrán
a recorrer Perú, Bolivia para ascender luego más al norte.
Después creen que volverán a India y por que no, a Pakistán,
hasta el momento, su lugar en el mundo. "Nosotros decimos de algunos
países que queremos volver para visitar a la gente. Pero Pakistán
podríamos volver a la misma región, la misma ruta. Es tan
bonito, una región montañosa, donde la religión musulmana
no es tan estricta y la gente se contenta con poco. Es hasta ahora, el
número uno", menciona Karin. "No hay tanto turismo en
Pakistán. A nosotros nos gusta mucho la tranquilidad. Visitar por
ejemplo Bariloche, no nos gusta, porque hay mucho turismo, mucho shopping,
muy caro. En Pakistán hay naturaleza pura, montañas de seis
mil metros, glaciares que puedes caminar, no hay autobuses con turistas
y la vida es pura", reafirma Coen.
¿Cuánto tiempo más seguirán viajando por el
mundo? No saben ni se lo plantean. Sólo se largaron a andar con
la misión de vivir el momento, abiertos a lo que presente un destino
que por ahora, no tiene fin. "No queremos parar, vivimos el hoy",
es una frase que repiten a dúo.
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Libro de aventuras
Mientras documentan el Land Cruising Adventure en una página
de Internet http://www.landcruising.nl/,
piensan en la posibilidad de escribir un libro. Leyeron el relato
de viajero de dos americanos que recorrieron el mundo por dos años
con un vehículo similar al de ellos. Buscaron al autor en
Tailandia y le escribieron. El norteamericano resultó ser
dueño de una editorial y les prometió publicar el
libro cuando lo escriban.
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