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LO QUE
DEJO LA VISITA DE LA PRESIDENTA
CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER A TRES ARROYOS
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Historia de dos ciudades
El paso de la primera mandataria
nacional por la ciudad reveló que hay dos Tres Arroyos: el de los
productores que reclaman y la Cámara Económica que pide
incluir al comercio y la industria en la emergencia, y el de quienes celebraron
con algarabía militante la llegada de Cristina Fernández
y su promesa de obra pública. Crónica de un día histórico,
signado por la tensión, que "El Periodista" siguió
minuto a minuto
"Aunque viva mil años, nunca olvidaré
el recibimiento que me dio este querido pueblo de Tres Arroyos",
dijo Cristina Fernández de Kirchner en el acto que, el pasado 26
de febrero, cerró su visita a la ciudad. "Este es uno de los
días más felices de mi vida", repitió, con el
sonido de bombos y cánticos invadiendo hasta el último rincón
de Costa Sud. Hacía calor, eran cerca de las nueve de la noche
y en la calle, sobre la avenida Moreno y detrás de un vallado difícil
de franquear, quedaban grupos de vecinos siguiendo las alternativas del
discurso presidencial. Apenas unos minutos después la desconcentración
fue rápida. Antes de eso, el centro parecía un desierto
surcado por uniformes azules, gestos adustos y enormes micros con carteles
de General Lamadrid, Coronel Dorrego, Benito Juárez. Luego fue
todo una breve algarabía seguida por el silencio.
Cuando el helicóptero que trasladó a la mandataria desde
Huracán -hasta donde llegó desde Costa Sud en combi-, cruzó
el cielo sobre Tres Arroyos, el clima en cercanías del aeródromo
era exactamente el opuesto. El calor era aún más intenso:
había llamas. Fuego encendido por quienes protestaban desde muy
temprano en las rutas 3 y 85, y que con el correr de la tarde se habían
ido acercando cada vez más, todo lo que la cerrada guardia de Gendarmería
les había permitido. A esa altura los productores agropecuarios
eran menos, pero los ánimos eran más calientes. A todos
les pesaba el día largo, extenuante.
La jornada había comenzado exactamente 12 horas antes, cuando a
las 9, productores autoconvocados y dirigentes ruralistas locales y de
distritos vecinos como Adolfo Gonzales Chaves, Coronel Pringles, Benito
Juárez, y algunos más lejanos, como Bahía Blanca,
comenzaron a llegar al cruce de las rutas 3 y 85. A la misma hora, decenas
de móviles policiales de todo tipo y dependencias se movilizaban
en dos direcciones desde el Escuadrón de Caballería, que
recién en ese momento justificaría su actual ubicación
estratégica. A la ruta, por un lado, y al centro por el otro. En
minutos, los vecinos asistieron no sin asombro a la llegada de camiones
cargados de vallas y al cierre de Moreno y sus perpendiculares cuando
recién comenzaba a desperezarse la actividad comercial. Se esgrimían
razones de seguridad, las mismas que en determinado momento impidieron
todo acceso al gimnasio del Oriverde y obligaron hasta a la gente que
trabaja cotidianamente en el club a restringir sus tareas. Adentro, un
camarín acondicionado con sillones con detalles de rattan, una
alfombra y un espejo enmarcado en madera oscura preanunciaban un cambio
de ropa de la presidenta que nunca ocurrió.
La tarde pasó abrasadora en la ruta y en las calles. Cuando llegaron
los productores de Chaves y San Cayetano, alrededor de las 15, el asfalto
cobró más temperatura. Hacía rato ya que ondeaban
las banderas negras y también las argentinas. Y se sumaban camionetas,
y sombreros para paliar el ardor del sol. Del otro lado de la barrera
verde impuesta por los gendarmes y su despliegue vehicular -micros, combis,
equipos-, comenzaban a ubicarse algunas delegaciones que darían
la bienvenida a Cristina. Separados por el conflicto, el calor y la sed
los unían a todos en un mismo padecimiento. Pero el aguante se
imponía.
En el centro, el panorama se asemejaba sólo en la temperatura.
Allí reinaba la alegría de poder ver a la presidenta cara
a cara, de lograr un beso, un apretón de manos. Eso esperaban los
militantes que, identificados con el Movimiento Eva Perón, la Agrupación
del mismo nombre, el Partido Justicialista y otras insignias llegadas
desde distintos lugares de la zona, comenzaron a ubicarse en un gimnasio
donde las banderas argentinas eran dueñas del espacio y apenas
quedaba libre el lugar destinado a las autoridades e instituciones invitadas.
No faltó el fútbol, con los mencionados aficionados quilmeños
y una sonora representación de la hinchada de Olimpo. Las otras
manifestaciones, quizá más espontáneas, quedaron
reducidas a un rápido contacto visual y algún beso robado
a Cristina cuando llegó apurada a ubicarse en el escenario bajo,
preparado tal como lo había pedido.
¡El avión, el avión!
En el primer avión llegó el gobernador Daniel Scioli y su
comitiva. Pasó sobre las cabezas de los productores y llovieron
los improperios. No era Cristina, pero para la gente del campo tampoco
la presencia del Gobernador era bienvenida. Más o menos al mismo
tiempo ocurriría un episodio de innecesaria tensión: acompañado
de una especie de guardia de corps formada por conocidos hinchas de Quilmes
que suelen frecuentar mitines políticos, el senador Roberto Fernández
se acercó al lugar donde esperaban los productores, a unos 200
metros de la entrada al aeródromo. Los increpó por no cumplir
con su promesa de manifestarse en el cruce donde se habían reunido,
y después comenzó a señalar a algunos y a decirles
"vos no sos productor, este no es productor". Le llovieron insultos.
Le arrojaron un huevo. Terminó retirándolo de un brazo un
gendarme, al que previamente le había dicho "si me quieren
matar, que me maten".
Apenas una media hora después, una aeronave de menor porte descendió
sobre la pista y los cánticos no se hicieron esperar. En su interior,
Cristina Fernández, Florencio Randazzo, Julio de Vido y algún
acompañante más disipaban la duda que al parecer habían
mantenido hasta momentos antes. En la ruta todo estaba bajo control y
en el aeródromo había dos planes: un helicóptero
que acortaría y modificaría sensiblemente el recorrido a
Costa Sud, trabando cualquier posibilidad de contacto con la gente; o
el que finalmente se siguió, la combi, en cuyo asiento delantero
se ubicó la presidenta tras los saludos de rigor. "Compañera,
compañera
", la recibieron fuera del predio militantes
de la Agrupación Eva Perón de Dorrego, integrantes de UOCRA
y del Sindicato de Camioneros de Tres Arroyos, todos ellos preparados
para estas lides y tomados de los brazos entrecruzados formando un cordón
alrededor del camino.
Cuando la jefa de Estado partió raudamente con destino al Parque
Industrial, las banderas negras quedaron a sus espaldas.
Valor agregado
Ya en Agroprimus, la flamante planta de procesamiento de maíz pisingallo
y girasol confitero, la presidenta le dio un mensaje al campo. "Este
es el modelo que queremos: el de agregar valor a la producción",
advirtió. Nicolás Ambrosius, uno de los 8 productores agropecuarios
miembros del directorio de la firma, explicó a la mandataria el
funcionamiento de la planta y hubo fotos con los empleados.
Después vendría la caravana por el camino de cintura, donde
comenzaron a verse las primeras manifestaciones de afecto mezclado con
curiosidad de algunos vecinos. Eran otros los tiempos políticos
y económicos que atravesaba Néstor Kirchner en agosto de
2005, cuando Cristina lo acompañó a Tres Arroyos y una gran
cantidad de gente los obligó a interrumpir una y otra vez su recorrido
por la avenida Caseros. Esta vez, en el camino de Cintura, la afluencia
de público hizo notar esa diferencia.
Legítimas muestras de gratitud recibió la presidenta en
la zona de Chacras de López. Allí, al parecer, Cristina
Fernández ingresó a una vivienda del Plan Federal que no
era la pactada, y dejó a la anfitriona previamente elegida haciendo
señas y lamentándose por no haber concretado tan esperada
visita. "Disculpe el desorden", dijo en cambio la favorecida
por el acontecimiento. Allí hubo más fotos, besos y expresiones
de cariño.
Apenas unos pocos minutos después la mandataria continuaba viaje
al centro, no sin antes detenerse unos segundos para saludar a la gente
del Sindicato Luz y Fuerza.
Nada decía el diario de
hoy
Dentro del gimnasio esperaban a la presidenta numerosos grupos de militantes
y por supuesto todas las autoridades invitadas, locales y de la zona.
Ni siquiera faltó el gesto que por estos días impera tanto
en la Provincia como en la Nación y que es un síntoma del
malestar de los respectivos gobiernos con cualquier cosa que remita al
radicalismo. Así, el intendente juarense Pedro Gamaleri, que al
parecer tenía un lugar asignado entre los invitados especiales,
se tuvo que conformar con una silla entre el público.
Antes de subir al estrado, Cristina Fernández se entrevistó
con Guillermo Torremare, coautor del libro "22, los tresarroyenses
desaparecidos", editado por "El Periodista", quien le presentó
a varios familiares de desaparecidos tresarroyenses. También recibió
un petitorio de la Cámara Económica.
Y quizá el tiempo no alcanzó para el cambio de ropa preanunciado
por sus colaboradores, y ataviada con la misma blusa verde y azul con
estampados búlgaros, con una sencilla remera de algodón
por debajo y pantalones azules -un look mucho más simple que el
que suele usar en sus presentaciones públicas, por cierto-, Cristina
volvió a criticar a la prensa en su discurso y advirtió
que ni la felicidad de los "arroyeños" (sic) que la recibieron
ni la importancia de las obras aparecerían en los diarios del día
siguiente. "Solo van a estar los productores que protestan, pero
no ustedes que son la mayoría", sostuvo.
Al campo volvió a recalcarle que seguirá trabajando por
la redistribución del ingreso y que pondrá "la otra
mejilla" a quienes la agreden y descalifican. Y anunció las
obras prometidas, por unos 201 millones de pesos.
Anochecer de un día agitado
Volvieron a sonar con insistencia los cánticos y bombos y la presidenta
se retiró, pasadas ya las 21, de Costa Sud rumbo a Huracán,
donde la esperaba el helicóptero elegido para reducir cualquier
probabilidad de inconvenientes en un traslado nocturno.
Fuera del aeródromo, la situación era mucho más tensa
que en la tarde por el efecto de su discurso. Algunos productores se habían
acercado todavía más al perímetro del predio, encendiendo
fuego y arreciando con sus consignas.
Ya era irremediablemente tarde cuando los aviones partieron con su mecánica
indiferencia. Tras ellos, dejaron una certeza que hasta entonces los tresarroyenses
no acertábamos a definir en su verdadera dimensión: hay
dos pueblos.
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