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HACE CASI CINCUENTA AÑOS APARECIO EN CLAROMECO
¿EL TIBURON PEREGRINO MAS GRANDE DEL MUNDO?
El gran pez
Midió "9 metros"
y pesó "entre 8,5 y 9 toneladas". Quizá sea "el
tiburón peregrino más grande aparecido en el mundo".
Fue obtenido en Claromecó, en 1960. A casi cincuenta años
de aquel hallazgo, Mario Ada, uno de los protagonistas de la escalofriante
aventura, accedió a contarle a "El Periodista" la increíble
experiencia. En exclusiva, un testimonio imperdible
"Arisqueo de contarlo, porque paso por mentiroso.
Y a mí me gusta la verdad". Así arrancó Mario
Ada, ante "El Periodista", la espectacular crónica de
la pesca de un tiburón peregrino, de "9 metros de largo"
y un peso estimado "entre 8,5 y 9 toneladas", y que quizá
sea "el más grande en su tipo aparecido en el mundo",
a juzgar por lo que se conoce. Apareció en Claromecó aproximadamente
en 1960, y el relato de su hallazgo es escalofriante. Por primera en un
medio gráfico, uno de los protagonistas de aquella aventura, accedió
a contarle a "El Periodista" una experiencia que lo marcó
a fuego. Casi cincuenta años después, no logra olvidar y
tiene tan vívidas las imágenes como si hubiese sido ayer.
Aquella jornada, cuya fecha exacta no se recuerda pero fue a comienzos
de los '60, un joven Mario Ada, que entonces tenía unos 25 años,
y que hoy acredita 73, se embarcó como marinero en la lancha "La
Chichí", de Robles y Di Croce. Capitaneaba la nave Ego Nielsen,
y completaban la tripulación Milanesi e Ignacio Echegaray. Salieron
al mar a recoger los trasmallos que prolijamente habían colocado
el día anterior, y que servían para la captura de tiburón.
Por entonces, explicó Ada, se pescaba distinto a hoy. "Ahora
la pesca comercial es comestible. En esos años era más industrial.
Se buscaba el tiburón porque se vendía el hígado
por un lado y, por otro, el bacalao se secaba mediante un proceso. Pescábamos
solo tiburón, el famoso cazón, el bacalao argentino".
Se hicieron al agua salada temprano, "tipo seis o siete de la mañana",
guiados por la pericia del capitán, y sin medio de comunicación
alguno. Así de precaria era la navegación. "No teníamos
radio, no teníamos nada. Y los capitanes eran marineros puros,
de raza, sabían lo que hacían. Eran vikingos con lanchas
lentas", definió Mario.
La víspera del día memorable, habían colocado prolijamente
"entre 8 y 10.000 metros de paño en el agua, redes de 200
a 250 metros". La red se calaba el día previo, y al siguiente
se procedía a su retiro. La lancha se introducía en el mar,
una hora de viaje hacia adentro, y cuando perdía la referencia
costera, se utilizaba una brújula para hallar el rumbo. Hasta llegar
a las banderas, puestas para identificar el lugar donde estaban los trasmallos.
Prontamente, según lo previsto, vieron flamear la primera. Esa
era fundamental, porque servía de indicador para ubicar al resto.
"Ahí es todo cielo y agua, no hay referencia alguna",
indicó.
Cotidianamente se hacían al mar entre 10 y 15 lanchas. Y la pesca
era tan abundante, que cada una de ellas lograba traer entre 180 y 300
tiburones. "Se hizo una gran depredación, por eso hay poco
pescado", precisó Mario. En promedio, un tiburón pesaba
entre 12 y 18 kilos, y la pieza tenía que dar la medida estándar:
1,35 metros. Ese era el requerido para la unidad de hígado.
Levantaron el primer paño, y todo transcurrió sin novedad.
Pero al llegar donde supuestamente debía que estar el segundo,
la bandera había desaparecido. Buscaron por un lado, y por el otro.
Más no la hallaron. "Yo era el más pibe y me cargaban,
que había medido mal la caloma -cabo de soga que va de la superficie
del mar al fondo-, que el trasmallo estaba fondeado. Yo estaba seguro
que había hecho bien el trabajo, pero la bandera no estaba".
Decidieron seguir hacia la siguiente, con la consigna de regresar cuando
el mar hubiera bajado, suponiendo que entonces sí afloraría
a la superficie. La tercera bandera estaba, y Mario Ada se envalentonó:
"Acá algo pasó, porque si me hubiera equivocado en
una bandera, me tendría que haber equivocado en todas", espetó
a sus compañeros, en defensa por las cargadas y por las cuales
había tomado cierta temperatura, ya que "era calentón".
Cumplida la rutina, retirados todos los paños, regresaron al sitio
donde debía estar la segunda bandera, la que permanecía
perdida. Seguía sin aparecer. "Tiramos un granpín para
rastrear, y nada". Ya era la tardecita, y el capitán sugirió
irse porque los iba a agarrar la noche. "Evaluamos dos opciones para
explicar lo sucedido. O que yo me había equivocado -y estaba seguro
que no-, o un barco de Mar del Plata o Necochea nos había pirateado,
lo que era común. Se llevaban los tiburones y hacían un
bollo con el trasmallo, tirándolo".
Estaban dando la vuelta cuando Mario creyó ver la bandera, en dirección
al Este. Fueron hacia allí, pero no estaba. Otra vez las cargadas.
Hasta que Echegaray también la divisó, y corroboró
la información. "Cuando venía el volumen de agua, la
bandera se iba abajo; cuando pasaba el agua, salía. Así
hasta que la pudimos manotear".
La manotearon, pero no consiguieron mover el paño. El capitán
tomó la decisión de amarrarla para tirarla con la máquina,
con el motor. "Cuando la tiramos con el motor de la lancha, zafó.
Ego dijo 'está todo abollado, abran la bodega y metan todo adentro'.
Empezamos a levantar, y llevábamos metidos como cincuenta metros
de paño con un ancla en la bodega, cuando apareció un manchón
negro, una cosa increíble, una enorme bestia que se nos venía
encima".
Enredado, el paño traía una sorpresa. Una descomunal mole,
como nunca habían visto. Emergió como un metro de la superficie,
de punta, y gracias a Dios cayó hacia atrás, en dirección
opuesta a la embarcación, porque sino quizá los marineros
no hubiesen vivido para contarla. "Si cae sobre la lancha, la parte
en dos", graficó Mario.
El espectáculo era dantesco. Una vez que cayó, el pez -"discutíamos
si era una ballena o si no, porque no tenía cara de ballena"-,
se hundió a tal velocidad que arrastró consigo todo el paño
que habían introducido en la bodega. Era tanta la fuerza, que las
boyas -que eran de vidrio-, pegaban en la baranda y reventaban. "Cuando
apareció este bicharraco nos pegamos un cagazo enorme. Aflojamos
todo. El paño con las boyas salió como un avión.
¿Qué hubiera pasado si se trancaba la boya? ¿Hubiera
volcado? ¿Y si agarra a alguno de nosotros enganchado en el paño?
Nada de eso pasó, gracias a Dios".
Estupefactos, sin salir del asombro, asustados pero persistentes, los
tripulantes de "La Chichí" decidieron esperar un rato
para reintentar recoger el paño, y salvar aunque sea el plomo y
las boyas sanas. Una hora y media después, cuando el día
se estaba extinguiendo, tantearon y había aflojado: "El bicho,
indudablemente, había muerto".
Recogieron. Cuando se dejó ver nuevamente en la superficie, la
bestia se dio vuelta panza arriba. Era el fin. "Estaba envuelto con
200 metros de paño en el cuerpo, atado como un matambre. El paño
había resultado una trampa mortal".
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Fríos números
Si, como afirman los especialistas, "el hígado puede
representar hasta el 20% del peso total del tiburón peregrino",
y según Mario Ada, dicho órgano ascendió a
"1400 kilos", el peso del ejemplar obtenido en la costa
local sería de 7000 kilos. No obstante, en esta área
no existe la matemática pura, y las variables pueden modificar
la ecuación en uno u otro sentido, con lo que no debe descartarse
la apreciación de quién originalmente estimó
el kilaje "entre 8,5 y 9 toneladas".
La bibliografía específica ubica en 7000 kilos el
tamaño máximo para un ejemplar de esta especie. Y
sea que haya sido ese el peso -teniendo en cuenta la fórmula
del hígado-, o incluso superior -como lo indicó el
entendido que lo vio in situ-, lo cierto es que Claromecó,
a partir de esta aventura -ahora hecha pública por "El
Periodista"-, está en condiciones de agregar un nuevo
hito a su ya rica historia turística y pesquera.
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