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EL "HOTEL PLAZA", UN ESTABLECIMIENTO CUYA
HISTORIA SE ESCRIBE CON FINAS LETRAS DORADAS
Las mil y una noches
Hace poco menos de 80 años, el 4 de noviembre
de 1928, se inauguró en Tres Arroyos el "Hotel Plaza".
Un soberbio establecimiento que para unos era albergue de "cogotudos"
y para otros la máxima expresión del prestigio y el refinamiento.
Sus habitaciones cobijaron, entre otros, al príncipe Bernardo de
Holanda, la actriz Malvina Pastorino, el cantante Carlos Gardel y los
periodistas Luis y Elías Sojit. Hoy, tras años de desidia
que oscurecieron su señorial presencia pero no lograron opacarlo
totalmente, se ha encarado un proceso de paulatino reciclaje para devolverle
el brillo perdido. "El Periodista" recrea el tiempo de gloria
de un hospedaje cuyo nombre se escribe con finas letras doradas
El paso del tiempo fue dejando sus huellas en el Hotel
Plaza, que mantiene aun la belleza arquitectónica que marcó
sus años de esplendor. El antiguo y señorial edificio en
pleno centro de la ciudad, merece en sí el máximo respeto,
por su pasado de lujo y la historia que se cuela en cada rincón.
El hotel de la calle Chacabuco, durante varias décadas transitó
su época dorada. Para algunos sectores era el albergue de los "cogotudos",
para otros la máxima expresión del prestigio y el refinamiento.
Lo fundaron Amador y Venancio García, inmigrantes españoles
que habían llegado en los años 1908 y 1906, del pueblo de
Rivadeo, provincia de Lugo. Fueron primero propietarios de un modesto
hotel, el "Cuatro Naciones", que no tardó en hacerse
conocido entre la gente de la región, merced a la cálida
atención y el buen servicio. Con ese humilde emprendimiento fueron
extendiendo su fama entre los viajantes y consiguieron forjar un capital
que les permitiría lograr su máxima aspiración: instalar
un soberbio hotel en el centro de la ciudad, a pocas cuadras de la estación
de tren, siguiendo un sentido práctico y estético, con ornamentos
y decoraciones singulares y todas las comodidades para los viajantes.
El edificio, construido por la empresa Borchero-Rampoldi, fue inaugurado
el 4 de noviembre de 1928. Era una obra de lujo y una clara expresión
de belleza y armonía.
Aires de grandeza
Su nombre impreso en finas letras doradas en la puerta principal, invita
a pasar a descubrir el testimonio de su época de grandeza. Las
paredes del hall central donde alguna vez estuvo el bar, están
recubiertas de frisos tallados en madera laqueada, en armonía con
dos macetones dorados de estilo español que se alzan en la entrada.
Algunos sillones, una antigua salamandra de la fábrica Istilart
y una araña que cae en medio de los balcones enrejados del entrepiso,
completan el mobiliario. Desde el hall se accede al primer piso por una
escalera de mármol que alguna vez pisó Carlos Gardel.
Originariamente en las galerías interiores se emplazaban más
de 70 habitaciones, algunas con camas de bronce y baños compartidos.
Había un bar que era la cita obligada de los fines de semana y
un soberbio comedor principal que, hoy en plena refacción, perdura
como prueba del gusto refinado de sus fundadores. Es un salón suntuoso,
con espléndidas arañas, posado en cuatro columnas con terminaciones
en capiteles de madera caoba. El ambiente está enmarcado con un
gigantesco mural de trazos perfectos que exhibe abundante vegetación,
glorietas, puentes, estatuas figurativas y un balcón de estilo
español incrustado en la pared. Fue una obra del prestigioso artista
plástico italiano José Lanfranchi, exponente del Renacentismo,
que años más tarde fue restaurada por Néstor Villafañe
y persiste como legado del patrimonio cultural e histórico de la
ciudad.
Huéspedes famosos
Los memoriosos cuentan que en noviembre de 1938, se hospedaron en el Hotel
Plaza los hermanos Manuel y Luis Elías Sojit, dos prestigiosos
reporteros de la radio argentina seguidores de las campañas europeas
de los pilotos argentinos, que quedaron patentes en el recuerdo de los
seguidores de los fierros. Sobre todo Luis, a quien se rememora por su
estilo y su forma de hacer periodismo, que no pasó inadvertido
desde que impuso su famosa frase ¡Coche a la Vista!. Habían
llegado a Tres Arroyos siguiendo a Juan Manuel Fangio, que el 13 de noviembre
de ese año se había anotado para participar en los "400
kilómetros de Tres Arroyos", la carrera que pasó a
la historia como una de las más trágicas del automovilismo
nacional.
Ese mismo año, el hotel fue testigo de una visita de lujo: la de
Ignacio Corsini, uno de los intérpretes de la lírica criolla
y la música ciudadana, que en aquel entonces estaba en plena popularidad.
Había venido a desplegar su canto que mezclaba esa cosa simple
de pueblo y un estilo enraizado en el payador. Se lo conocía como
"El Caballero Cantor" o "El príncipe de la canción"
por su porte gallardo y su voz atenorada, delicada y sencilla.
Eran los años donde el radioteatro estaba en auge y las compañías
radioteatrales salían de gira por el país. Esta expresión
popular que era un auténtico suceso, también llegó
a nuestra ciudad en 1937, de la mano de la compañía de Atilano
Ortega Sanz, cuyos integrantes se hospedaron en el Plaza, como también
lo hizo la actriz y cantante Sabina Olmos. En el ´39, se alojaron
la mítica esposa de Luis Sandrini, Malvina Pastorino, que llegó
junto al actor Pedro Tocci, en una de sus habituales giras.
En 1948 estuvo en la ciudad Victorio Campolo y eligió el Plaza
para su estadía. El campeón argentino sudamericano de los
pesos pesados, contemporáneo de Angel Firpo, había venido
a la ciudad para participar de un desfile en el Día de la Tradición.
Años más tarde, en el '51, el Plaza albergó a un
huésped de la Realeza. Fue el 22 de abril cuando llegó el
príncipe Bernardo de los Países Bajos, padre de la actual
soberana de la Casa Real, con toda su comitiva para visitar la colonia
holandesa. El representante de la Familia Real alargó su estadía
durante varios días en los cuales tomó contacto con su comunidad
recorriendo el Colegio Holandés, la Iglesia Reformada, el Palacio
Municipal y la zona rural.
"El Zorzal Criollo"
El testigo y protagonista de la visita más ilustre de la época
de oro fue el balcón principal del Plaza Hotel. Por algo Ricardo
Argentieri lo bautizó como "la jaula de oro donde cantó
el zorzal". Quienes recuerdan la historia dicen con seguridad, que
la quinta y última vez que Carlos Gardel se presentó en
la ciudad, en mayo de 1933, dos años antes de su trágica
muerte, se hospedó en el hotel de la calle Chacabuco. Había
venido para cantar en el cine teatro bar Americano, que en minutos se
colmó de admiradores y muchos quedaron fuera. Era una costumbre
del mítico cantor argentino, mantener después de la función
improvisadas tertulias con los admiradores que iban a expresarle su cariño.
Esa noche el escenario elegido fue el balcón principal del Plaza,
desde donde "El Zorzal Criollo" desplegó su repertorio
de canciones que lo encumbraron para siempre en la gloria.
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El hotel hoy
Pese al paso del tiempo, el hotel mantiene hoy el ambiente de grandeza
legado en sus años de esplendor. El actual propietario, Eduardo
Neira, hace diecisiete años se hizo cargo del edificio que
hasta entonces pasó por varias manos y estaba semidestruido
por la desidia y el abandono.
"Cuando lo agarraron los nuevos dueños estaba terriblemente
destruido. El desastre que habían hecho acá fue una
picardía. El hotel tenía unas camas excepcionales
de bronce que se vendieron todas. En el salón principal,
donde después funcionó el bingo, había platería
y fuentes de alpaca, eso se perdió todo", contó
con tristeza el encargado del lugar, Omar Brea, que desde hace unos
años es partícipe de la recuperación.
Con su nuevo dueño el hotel volvió a cobrar vida y
de a poco se está reconstruyendo conservando la misma estructura.
Se bajaron los cielorrasos de las distintas galerías donde
se distribuyen los cuartos, remodelaron puertas y ventanas, edificaron
a nuevo la cochera y refaccionaron un espacio donde funciona el
restaurante en el que se ofrecen comidas artesanales
Hoy cuentan con 64 habitaciones para satisfacer las distintas necesidades
(simples, dobles, familiares, múltiples) con y sin baño
privado. En el hotel se hospedan en su mayoría viajantes
y es tal la demanda que cada mes se reconstruyen una o dos habitaciones
a nuevo.
El salón principal está en desuso, pero en pleno proceso
de remodelación. Se volvieron a pintar las columnas a las
que renovaron sus molduras y se colocarán plafones en cada
módulo del cielorraso. Con un trabajo paciente y a conciencia
se está recuperando el mural que embellece las paredes. La
intención es que ese histórico espacio se convierta
en un salón de fiestas y que renazca con todo su esplendor,
como en su época dorada.
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Una canción que merece ser cantada
Ricardo Fernández es el autor de una investigación
exhaustiva sobre la llegada de Carlos Gardel a nuestras tierras.
En su recopilación histórica, vierte innumerables
testimonios de tresarroyenses que tomaron contacto con la cálida
figura del mítico cantor popular. Entre ellas da cuenta de
las vivencias de Adolfo Rodera, quien fue testigo presencial de
la estadía de Carlos Gardel en el Hotel Plaza. A sus 14 años
cumplía funciones de cadete, acompañaba a los viajantes
cargando las valijas hacia sus habitaciones o atendía en
el bar. De aquellos días de mayo de 1933, recordó
que Gardel, a quienes los empleados del hotel llamaban "Don
Carlos", ocupaba solo una habitación al frente y sus
guitarristas se alojaban en una más grande al fondo. En el
hotel trabajaba una señora de apellido Caillava, cuya hija
Dora era ferviente admiradora de la máxima expresión
del tango argentino. Fue a buscar a su madre al trabajo el día
que "Don Carlos" estaba sentado en una mesa del bar. Quiso
conocerlo pero opacada por su figura no se animó a acercarse.
Entonces Rodera hizo de intermediario: "Don Carlos, esta señorita
amiga es admiradora suya", le dijo y esas palabras bastaron
para que el tanguero desplegara su habitual carisma, se acercara
a la mujer y le preguntara cuál era su canción preferida.
Ella balbuceó "Añoranzas" y Gardel la invitó
a sentarse a su mesa y a capella le cantó el tema de sus
sueños.
En la misma investigación, Fernández recoge el testimonio
de don Angel Balcarce que junto a su amigo José D´Ipolito,
que trabajaba de noche en el Plaza, fueron hasta el Bar Tortoni
a tomar un café. Al regresar al hotel encontraron a Gardel
sentado en una mesa del bar, rodeado de sus guitarristas y compartiendo
la velada con los miembros de la compañía José
A. Paonesa, que por entonces actuaban en el Politema. "El Zorzal"
los invitó a la mesa a brindar con sidra y vino blanco hasta
altas horas de la madrugada.
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