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"CASA
CHEDRESE", QUIZA EL ULTIMO ALMACEN DE
RAMOS GENERALES DEL PARTIDO DE TRES ARROYOS
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De todo como en botica
Con casi 80 años, "Casa Chedrese"
es quizá el último almacén de ramos generales del
partido de Tres Arroyos. Emplazado en San Francisco de Bellocq, sobrevivió
al paso de los años adecuándose a los cambios. Es protagonista
del presente, y a su vez testigo privilegiado de un pasado de esplendor.
"El Periodista", en una producción exclusiva, invita
a visitarlo
Funciona apenas a unos metros de donde su creador la
fundó. Allí donde sobrevivió aggiornándose
a tiempos de profundos cambios, tanto en San Francisco de Bellocq como
en la zona, Chedrese Hermanos se erige como una de las últimas
tiendas de ramos generales de la provincia. Pedro Chedrese la recorre
con la mirada, y con el paso más lento pero igualmente seguro que
el de su juventud, pasea la vista desde los retratos de sus padres y la
bandera del Líbano hasta las remeras de moda y las últimas
novedades en accesorios y perfumería. Lo acompaña Gerardo,
su hijo y continuador en la administración del negocio. Dentro
del gran local que conserva su antiguo frente, muchas cosas han cambiado,
pero el espíritu de la tienda que nació para tenerlo todo
sigue vivo.
El comercio nació en 1930, en la esquina de su emplazamiento actual,
y estaba construido en chapa y madera. "Pasaron los años,
y como había necesidad de un hotel, mi padre y mis hermanos levantaron
este edificio, al que después trasladamos la tienda. Mi padre,
José, había llegado desde El Líbano a Buenos Aires,
de allí se fue a Tres Arroyos donde fundó la panadería
La Fortuna, en Alsina y Azcuénaga. La crisis, en 1929, lo hizo
empezar de nuevo, y tuvo que trabajar en el campo, hasta que llegó
a esta zona", relató Pedro Chedrese, con asombrosa memoria
a sus 85 años, a "El Periodista".
Tanto él como sus 11 hermanos llegaron a trabajar alguna vez en
la tienda, que comenzó su vida comercial como un verdadero almacén
de campo. "Por su salud, mi padre tuvo que irse a Buenos Aires, y
nosotros nos quedamos un poco en cada lado; mi hermano José en
Claromecó, y mi hermano Jorge -de sobrenombre Raúl-, fue
un poco el motor de este negocio", evocó Pedro.
Viejo almacén
San Francisco de Bellocq era entonces un pequeño pueblo rural,
pero el enorme potencial del almacén de los Chedrese estaba dado
por la gran cantidad de gente que movilizaba la producción agrícola
de la zona. Tanto chacareros como sus empleados se aprovisionaban de todo
lo necesario en el local. "En un momento pasaba la trocha angosta,
después dejó de hacerlo, y el pueblo fue mejorando de a
poco. Cuando empezaron a retirar las vías, las autoridades de ese
entonces hicieron un esfuerzo enorme para que no se demoliera la estación,
que por suerte todavía la tenemos", advirtió.
El fuerte comercial de los primeros años fue la venta de comestibles,
tienda y todo lo comprendido en los llamados "ramos generales".
Era posible encontrar variedad de productos que se adquirían tanto
en forma directa en Buenos Aires, donde viajaban en principio sus hermanos
mayores, luego el propio Pedro y más tarde su hijo Gerardo; como
a través de los viajantes, que por entonces abundaban y llegaban
a la localidad en tren. Por ese mismo medio de transporte se recibía
la mercadería, el diario y el correo, que llegaba sólo tres
veces por semana.
Los clientes, a diferencia de lo que ocurre en estos tiempos, llegaban
desde el campo donde residían familias enteras. "Hoy hay apenas
un sereno y nada más", reflexionó Chedrese. Hubo épocas,
entonces, en las que se compraban hasta mil pares de zapatillas por modelo
para que la peonada, sus mujeres e hijos tuvieran para elegir. Más
tarde, la zona rural comenzaría a despoblarse, con el avance de
la tecnificación y la migración a las ciudades, pero los
Chedrese siguieron avanzando. ¿El secreto? "Nos adaptamos
con nuestro propio trabajo. Pudimos seguir, después vinieron los
chicos que ya son grandes, de los cuales hoy me acompaña el más
chico, porque el mayor está en Canadá y mi hija vive cerca
Tengo
hijos, nietos y bisnietos", sostuvo Pedro.
El paso del tiempo fue cimentando una relación sólida entre
la familia y el pueblo, que incluso convirtió a Gerardo en delegado
municipal. "Estudié en Tres Arroyos, y cuando me casé,
a los 24 años, me vine a vivir con mi señora acá,
donde hoy también trabaja mi hijo", apuntó el menor
de los descendientes de Pedro. Juntos, varias generaciones han mantenido
viva esta tienda de ramos generales, que según refieren los viajantes
que -en un número cada vez más escaso-, recorren toda la
provincia y hasta el sur, es una de las pocas que quedan en su tipo en
territorio bonaerense, a las que se suman algunas dispersas por la Patagonia.
El hotel
Donde hoy los vecinos de San Francisco eligen desde un par de zapatillas
hasta una golosina, funcionó alguna vez un hotel que los Chedrese
construyeron para satisfacer la demanda de viajeros que llegaban a la
localidad. El área de ventas era entonces el salón de fiestas,
que contaba con un escenario donde se ofrecía al público
teatro y boxeo y hasta se hacían las fiestas de Carnaval. Tras
el local actual todavía están dispuestas, sorprendentemente
intactas, las nueve habitaciones que dan a un espectacular corredor y
a un jardín central. "Este lugar tiene una historia directamente
relacionada con la de San Francisco", señaló Gerardo
Chedrese, con indisimulable orgullo.
Cerrado el hotel, por razones de utilidad, el comercio fue diversificándose
especialmente por la cantidad de habitantes de la localidad. "Se
redujo la población, la gente que vive en el campo es cada vez
menos, y hasta las compras hoy se hacen de manera diferente. Hemos comprado,
en otras épocas, piezas de tela de hasta 25 metros, zapatillas
de a mil pares, se trabajaba directamente con las fábricas. Hoy
se compran menos cantidades, sin duda", explicó Gerardo.
"Cuando yo me hice cargo, siempre acompañado por mi señora,
hice muchos cambios, y a su vez Gerardo también hizo los suyos.
Hoy ya estoy retirado, pero todo lo que hemos hecho ha quedado aquí
en el negocio. En un momento llegamos a tener una sucursal en Martínez,
en Buenos Aires, donde comprábamos mercadería y mandábamos
para acá, y por supuesto, otro hermano estaba en Claromecó",
evocó Pedro. "El rubro fue siempre, básicamente, la
tienda. Y después fueron anexándose cosas. Comestibles,
en realidad, hace años que dejamos de vender", puntualizó
su hijo.
Otras épocas
Como no podía ser de otra manera, un vínculo tan estrecho
entre la tienda y la vida de la comunidad acuñó, a lo largo
del tiempo, algunas anécdotas y costumbres ya en desuso. "En
algún momento se vendieron armas y balas, y en épocas de
cosecha, se requería mucha mano de obra y llegaba al pueblo gente
desconocida. Un señor apareció y le pidió balas a
mi hermano. Cargó el revólver y, apuntándolo a él,
le preguntó: ¿Cuánto le debo? ¡Qué momento!
Fue la única vez que se enfrentó a una situación
así", recordó Pedro.
Asimismo, y como era habitual en un emprendimiento comercial del interior,
la casa -que recibió en su fundación el nombre de La Primavera-,
comercializaba talco y jabón con su marca propia, comprados en
Buenos Aires y fraccionados en la localidad en bolsas de papel y cartón
que eran armadas y pegadas también en el lugar. Tuvieron también
veterinaria, con un profesional a cargo, y farmacia.
De aquellos viejos tiempos, Pedro recordó los fuertes vientos,
casi ciclones, que azotaban la zona de Bellocq dos o tres veces al año
y hasta empujaba a los vagones de la trocha angosta sin la máquina.
"Después esos vientos desaparecieron, pero era un clásico
que todos los hermanos tuviéramos que sostener puertas y ventanas
para que el viento no entrara. En esa época nos calefaccionábamos
con braseros, y sin embargo vivíamos cómodamente, ahora
sin gas no podemos vivir", reflexionó. A su turno, Gerardo
destacó la llegada del gas por redes como un gran cambio y un importante
adelanto para Bellocq.
Algo similar ocurrió en la tienda con el advenimiento de la luz
eléctrica, que reemplazó al viejo motor usado durante 25
años y colocado en la parte trasera del edificio -que todavía
funciona y se utiliza en los cortes de energía-, y que terminó
por convertir a los antiguos faroles Petromás en un recuerdo.
Un recuerdo tan vivo como se lo ve al propio Pedro rememorar con emoción
las inclemencias de los vientos, la dureza del propio trabajo, los viajes
en tren, el campo que se despobló
La vida, en definitiva,
de todo un pueblo que pasó, día tras día, por lo
de Chedrese en busca de quién sabe cuántas cosas.
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