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El Periodista de Tres Arroyos

 

El Periodista



“Si dejo el paracaidismo me vas a encontrar volando, pero en la tierra no voy a estar”, dijo Martín durante el diálogo con “El Periodista”

 

 


MARTIN PEREZ ROO, PARACAIDISTA, UN TRESARROYENSE
CON LOS PIES EN LA TIERRA Y EL CORAZON EN EL AIRE

Me verás volar

Desde que recuerda, tuvo los pies en la tierra, pero el corazón en el aire. Piloto de avión y paracaidista, al tresarroyense Martín Pérez Roo, como dice la canción, lo verás volar. Ante "El Periodista", en un testimonio electrizante, contó las sensaciones que lo embriagan y marcó algunos hitos imperdibles de la vida aventurera, como cuando se lanzó desnudo, en una proeza que fue tapa de revistas norteamericanas y brasileras, y cuyo atrevimiento casi le costó la licencia

Cada experiencia es única. Saltar al vacío, sentir el viento despejando la cara y los pulmones hincharse de aire puro. El cuerpo disfruta la sensación de volar casi como si fuera un pájaro suspendido en esa libertad imposible de conseguir en tierra firme. Más allá, una vista aérea de paisajes indescriptibles dignos de una postal. La adrenalina motivadora de lo extremo y sentir la libertad de volar es lo que impulsa al tresarroyense Martín Pérez Roo al momento de lanzarse al vacío con la compañía fiel de su paracaídas.
Desde que recuerda tuvo los pies en la tierra, pero su corazón en el aire. Soñaba con ser piloto de avión y hasta pensó en la posibilidad de ingresar a la Fuerza Aérea. Su padre se opuso pero se desquitó en 1982, haciendo el curso de piloto privado en Necochea. Cuatro años más tarde, su afición por la fotografía lo acercó a su pasión definitiva: el paracaidismo. Vivía en Tandil cuando un amigo del Foto Club le comentó que había empezado un curso. Al otro fin de semana ya estaba haciendo su vuelo de bautismo. Fue la primera vez que se hermanó con el aire levantando el cuerpo para experimentar sensaciones antes exclusivas de las aves. Por entonces, el deporte implicaba más riesgos. Los paracaídas eran redondos, similares a los utilizados en la Segunda Guerra Mundial que dejaban poco margen de maniobra. Había que sumar treinta saltos para que un inspector de la Fuerza Aérea otorgara la licencia tras un examen exhaustivo. Las cosas cambiaron con el tiempo. "Los primeros paracaídas eran redondos, después le agregaron más gajos hasta que llegaron los rectangulares, que fue como pasar de un Ford T a un Fórmula Uno. Cuando empecé los equipos pesaban toneladas, con un paracaídas de emergencia adelante y el principal atrás. Hoy viene todo en el mismo empaque. Saltas con un paracaídas principal, uno de emergencia y a su vez el automático que se abre solo como un airbag y te salva la vida", contó Martín.
Ya acostumbrado a surcar los aires y atravesar nubes con los brazos abiertos, se mudó a Tres Arroyos e intentó armar una escuela de paracaidismo en el Aeroclub. Los profesores de Tandil lo acompañaron y se sumaron tres alumnos. Con el tiempo saltaban más en la ciudad serrana o Mar del Plata y el proyecto de la escuela terminó diluyéndose. Su pasión por el aire lo llevó a hacer el curso de planeador y alguna vez practicó parapente, pero nada comparable con la adrenalina del paracaidismo. Entonces empezó a practicar su hobbie en encuentros, festivales, campeonatos o cualquier lugar donde hubiese disponible un avión para saltar.

El primer salto
Desde sus inicios, el deporte ha ido cambiando. Hoy ya no es necesario ser un especialista para realizar el "salto de bautismo" que suele ser el primero de una larga serie de saltos al vacío. Bastará una charla de pocos minutos para subir al avión, despegar junto al instructor y vivir esa sensación única de libertad infinita que produce el saltar desde tanta altura. Además de tener ganas de hacerlo, no hace falta más. "Cuando empecé, saltaba solo con cuerda estática. Hacés saltos de 900 metros, salís y abre el paracaídas. Después hacías tres segundos de caída libre y abrías. De a poco se iba subiendo en altura hasta sumar los treinta saltos. El paracaidismo se inicia de esa manera. Hoy uno puede hacer su primer salto desde 3000 metros asistido por un instructor y ya adquirir la experiencia", afirma.
Gracias a la confiabilidad de los equipos y la incorporación de un seguro computarizado que abre automáticamente en caso de emergencia, el paracaidismo se tornó popular. Para desplazarse por el cielo se debe trabajar aerodinámicamente como lo hace un avión, y de esa forma se avanza, se pierde altura, se gira hacia un lado o se flota un poco más. La adrenalina está en descender en caída libre el mayor tiempo que se pueda. "Cada segundo que le agregues a la caída es inolvidable", asegura.

Anécdotas del aire
Con los años se fueron incorporando y perfeccionando distintas modalidades. Una de ellas es la formación de velamen, donde un paracaidista combina con el otro para efectuar figuras en el aire. En esa especialidad, Pérez Roo detenta uno de los récords argentinos. "Fue en el año '92, en Santa Rosa. Hicimos un seminario de trabajo relativo de velamen con el equipo francés de competición, que trajeron paracaídas especiales. En Mar del Plata hicimos una formación de doce y logramos el récord en Santa Rosa con quince paracaidistas". Como esa, tiene infinitas experiencias en al aire y las podría contar con lujos de detalles una por una. "Todas las experiencias son únicas e irrepetibles. Cierro los ojos y te cuento un salto, me acuerdo del primero hasta el que hice anteayer. Es como tener una filmación en la cabeza". Entre esos recuerdos, está el del momento que estuvieron a punto de quitarle la licencia. Fue en un encuentro en General Olmedo, Córdoba, en el año ´94, en un día de mucho calor. Después de una fiesta, con sus compañeros del aire decidieron sacarse el short arriba del avión para arrojarse desnudos al vacío y probar otras sensaciones. "Cuando íbamos a salir, el que organizaba nos dijo que no cayéramos donde había mucha gente, sino en la cabecera de la pista. La Fuerza Aérea nos estuvo por sacar la licencia, anduvieron averiguando quienes éramos, pero fuimos portada de una revista de paracaidismo de Estados Unidos y una brasilera. Después de eso, otros han saltado desnudos, pero nosotros nos dimos el gusto primero", cuenta Pérez Roo, quien también protagonizó otra hazaña que quedó en la historia. Después de saltar de aviones y helicópteros, le faltaba probar de un globo aerostático. No solo se dio el gusto, sino que rompió el récord de altura en Argentina, al saltar desde 3100 metros en Micaela Cascallares. Fue cuando llegó a nuestra ciudad, para una Fiesta del Trigo, Nic Brown, campeón de globo aerostático. "Le dije que me subía, pero que cuando estuviera arriba me tiraba. Tuve que insistirle. Estuvo tres días pensándolo, hasta que un día me dijo ´bueno, salimos´. Me subí con el paracaídas y de ahí me tiré. El salto es otra sensación, porque el globo va muy despacio dentro de la masa de aire y la aceleración es más lenta. En globo fue doble sensación, porque disfruté del vuelo y después me tiré".

Sensaciones nuevas
Experimentar sensaciones nuevas lo moviliza. El paracaidismo para él no es solo una aventura excitante que requiere de autocontrol y equilibrio emocional, sino también una actividad que hace valorar la libertad y fortalecer la autoestima. Allá arriba no hay sensación de altura, no se siente vértigo, a lo sumo el corazón movido por la emoción, late más fuerte. En los vuelos nocturnos el desafío se duplica. "Tengo tres saltos nocturnos, es difícil. Tenés que llevar una linterna especial y tener cuidado en la separación, en el escape para abrir lo más lejos posible del otro. Ves las luces de la ciudad, las calles o la ruta, pero el otro velamen que anda por ahí cerca no lo ves. Pero está todo estudiado, se sabe para que lado escapa cada uno y después nos vemos de acuerdo a las luces que llevemos".
Después de pasar por todas las modalidades, excepto el freefly, se propuso especializarse en la disciplina en pleno auge: el wingly, que permite disfrutar durante más tiempo de la caída libre, al verse reducida la velocidad del descenso gracias al diseño del traje de paracaidista. La apariencia es la de un hombre pájaro. El paracaidista sube a la avioneta que los transporta hasta los 3000 metros de altura. Ahí saltan con sus trajes alados y transforman los 200 km/h de la velocidad de caída normal de un paracaidista en 90. De esa forma, el traje les permite convertir la velocidad de la caída en desplazamiento horizontal, avanzando hacia adelante como si volaran a gran velocidad. Después, cerca de los 1000 metros, abren sus paracaídas y amortiguan la caída hasta llegar al suelo. "El traje es especial para volar en horizontal como un pájaro, el viento pega de otra manera. Duplicamos el tiempo que estamos en el aire volando. Uno vuela a la par del avión un tiempo. Cambia toda la sensación a lo que uno está acostumbrado. Uno se hace el ojo y el tiempo de caída a la práctica de lo que estás acostumbrado, esto es diferente porque volás como un cometa. En el país seremos veintipico que practicamos la disciplina", cuenta Pérez Roo, mientras exhibe fotografías de sus hazañas del aire. Su desafío en mente es batir el récord de wingly. Ya el año pasado en Villa Vista, Uruguay, lo lograron en el primer encuentro, con diez paracaidistas en el aire, alcanzando la mayor formación que se tenga noticias desde que se empezó a practicar esta disciplina. Ahora va por más y, con los "locos del aire", en diciembre de este año intentarán superar la marca con más de veinte paracaidistas volando como pájaros.
Mientras tanto, cada vez que se presenta la oportunidad, continúa volando impulsado por el viento y la dinámica del aire. Cada salto al vacío se transforma en una experiencia única donde domina una libertad imposible de conseguir en tierra firme y la adrenalina pura que lo impulsa a continuar. "Si dejo el paracaidismo me vas a encontrar volando, pero en la tierra no voy a estar", dice con sus pies en la tierra, pero su corazón en el aire.

 
 
El Periodista de Tres Arroyos
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina