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AL MENOS
TRES HIJOS DE VICTIMAS DE LA DICTADURA NACIERON EN CAUTIVERIO Y
AUN HOY DESCONOCEN SU IDENTIDAD
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Vidas robadas
Al menos tres hijos de víctimas
tresarroyenses de la dictadura nacieron en cautiverio y aún hoy,
33 años después, desconocen su verdadera identidad. "El
Periodista" y un artículo estremecedor sobre "los otros
desaparecidos"
Por Guillermo Torremare (*)
Encabezado por las Fuerzas Armadas, con el apoyo de los
sectores económicos más poderosos, el silencio de la iglesia
católica y la indiferencia de la mayoría, hace treinta y
tres años comenzó el gobierno del Estado Terrorista.
Decían que iban a implantar la decencia, pero acentuaron la corrupción.
Afirmaban que traían la paz, pero generalizaron la muerte. Reivindicaban
la propiedad, pero robaban todo lo que aparecía en el camino. Decían
pertenecer a Occidente, pero anularon la libertad y los derechos. Fundaron
la patria torturadora, cara oculta de la patria financiera que también
fundaron.
Treinta mil secuestrados -algunos asesinados y muchos desaparecidos-,
fue el saldo final en vidas humanas perdidas. Quinientos niños,
hijos de esos secuestrados, nacidos en el mismo lugar en que atormentaban
a sus madres, fueron -junto a inmuebles, lavarropas, televisores y anillos-,
el botín de guerra. Algunos regalados como cachorros y otros vendidos
como objetos de arte, todos desprovistos de identidad, historia y familia.
Cuatrocientos, sin saberlo, aún conviven con los delincuentes que
los anotaron como propios o los fraudulentos que los adoptaron tergiversando
su origen. Seguramente no son pocos los que se criaron con los mismos
que los arrancaron del pecho materno. Curiosa paradoja la de reconocer
como padre a quien fue verdugo del padre verdadero.
Siguiendo una secuencia lógica de hechos, tres hijos de tresarroyenses
desaparecidos deben haber nacido en cautiverio, no conociéndose
nada de ellos. A continuación, como tributo a la verdad y la memoria,
las historias de Olga Graciela Barcala, Domingo Menna, Alicia Silvia Chuburu
y sus hijos robados.
Primera historia
Según la denuncia que en 1983 realizara ante la justicia federal
tucumana el abogado David Arnaldo Leiva, su hermano Adán Rodolfo,
cuatro integrantes de la familia Abregú y Olga Graciela Barcala,
fueron secuestrados por fuerzas de seguridad entre el 23 y 26 de septiembre
de 1975. Alrededor de veinte encapuchados, apoyados por personal de la
policía provincial, asaltaron la casa ubicada en la calle San Martín
151 de San Miguel, llevándose a todos sus moradores.
El letrado, luego de identificar claramente a Olga Graciela Barcala -sobre
quien agrega que era "de la provincia de Buenos Aires"-, afirma
sin hesitación que "se encontraba en estado de avanzada gravidez".
El expediente originado en aquella denuncia se perdió y actualmente
está siendo reconstruido.
Al momento de desaparecer, Olga contaba con veinte años de edad.
Su hija o hijo hoy debe tener alrededor de treinta y tres.
Luciano Benjamín Menéndez, condenado tardíamente
a prisión perpetua, era el máximo jefe militar en la zona
por aquellos tiempos. Seguramente, como era habitual en esos casos, haya
recibido algún dinero proveniente de la venta de este y otros niños.
De nada le sirve ahora que espera la muerte en una cárcel común.
Segunda historia
En 1973, sin anuncios previos, Domingo Menna se casó con la abogada
riojana Ana María Lanzillotto. En abril del año siguiente
llegó Ramiro, primer hijo de la pareja. El nacimiento del segundo
estaba previsto para septiembre de 1976 pero dos meses antes -en el mismo
operativo en que cayó Mario Roberto Santucho-, ambos fueron secuestrados.
Se cree que la mujer embarazada fue llevada al centro clandestino de detención
llamado "El Campito", ubicado dentro de la guarnición
militar de Campo de Mayo. En el lugar, el mismo en que a ese tiempo -mientras
ejercía la presidencia de la Nación-, vivía el dictador
Jorge Rafael Videla, habría dado a luz.
Diversos testimonios ubicaron a Menna, engrillado y torturado, en el mismo
lugar. Su esposa, luego del parto, habría sido trasladada al campo
de concentración llamado "El Vesubio". De allí
en más nada se supo de ellos.
La hermana de Ana María, Alba Lanzilloto, hoy secretaria de la
Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, ha sido una incansable rastreadora
de datos tendientes a dar con su sobrino, no habiendo conseguido aún
resultados positivos.
Tercera historia
Poca y desprovista de significación fue la información que
en un primer momento se logró obtener de Alicia Silvia Chuburu.
Su anciana madre, que solo habló sobre su hija desaparecida en
el final de sus días, afirmó desconocer que ésta
viviera en pareja y que tuviera actividad política.
Pero la verdad era otra. En 1976 la tresarroyense había unido su
vida a la de Horacio Paz, con quien permaneció hasta el 15 de mayo
de 1977. Ese día salió de su casa en Castelar con rumbo
al taller textil ubicado en Vicente López. En el trayecto fue secuestrada
y nunca se supo más de ella. Le faltaban quince días para
el nacimiento de su primer hijo.
Paz, militante -a igual que Silvia-, de la organización guerrillera
Ejército Revolucionario del Pueblo, debió abandonar el país
y nada pudo hacer para averiguar el destino de su compañera y su
hijo. La mamá de ésta se impuso un férreo silencio,
respetado implacablemente por el resto de la familia. Jamás existió
denuncia sobre su destino y por ello tampoco testimonio que, al menos,
la ubique detenida en algún centro clandestino.
El tiempo transcurrido y la falta de otros datos concretos tornaron imposible
cualquier investigación que pudiera dar con el joven que hace casi
32 años naciera en cautiverio.
Los otros hijos
Porque a los militares no les gustaban los niños ya crecidos, otros
hijos de desaparecidos tuvieron mejor suerte. Algunos fueron entregados
a la familia y otros, dejados en lugares públicos, pudieron ser
recuperados por sus abuelos. Fue lo que sucedió con Ramiro, hijo
de Domingo Menna y Ana María Lanzillotto; Josefina y Pancho, hijos
de Vibel Cazalás y Carlos Giglio; con Laura, hija de Leticia Di
Paolo y José Ricardo San Martín; con Diego y Josefina, hijos
de Carlos Rivada y María Beatriz Loperena; con Isabel y Victoria,
hijas de Armando Prigione y Dora Cristina Greco y con Lucía, hija
de Arturo Bonasorte. Este mejor destino no los priva de dolor.
Seguramente todos están de acuerdo con lo que Josefina Giglio expresó
para "Ni el Flaco Perdón del Dios", el libro sobre hijos
de desaparecidos del poeta Juan Gelman: "Quiero la verdad, justicia
y por siempre memoria. Pero no para andar llevándonos los fantasmas
por delante todo el tiempo. No para cargar con las coronas fúnebres
y los crespones. Para saber que no me trajo la cigüeña de
París, y que mientras mis padres estuvieron vivos y libres, me
quisieron con ellos".
(*) Abogado. Autor, junto al licenciado
Andrés Vergnano, del libro "22, los tresarroyenses desaparecidos"
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