Nuestros Libros



 

Ir a la Página Principal



Esquina de Sarmiento y 1810, el local que ocupó Guillamón la mayor parte de su existencia
Febrero de 1979: Cincuenta unidades en exposición
El interior de la agencia, siempre con las últimas novedades
El Falcon 66 se convirtió en la unidad vendida
número 1000

 

 


NACIMIENTO, AUGE Y CAIDA DE GUILLAMON,
LA HISTORICA CONCESIONARIA FORD DE TRES ARROYOS

Una marca que marca

Hablar de Guillamón en Tres Arroyos es sinónimo de Ford. Durante medio siglo, la familia portadora de ese apellido representó a la automotriz del óvalo azul en esta ciudad, cobrando prestigio nacional. En cincuenta años, la concesionaria iniciada por Don Vicente Guillamón y continuada por su descendencia, vendió diez mil automóviles nuevos y usados, fue reconocida como una verdadera escuela de recursos humanos y la calidad de sus servicios no tuvo parangón. "El Periodista", en un informe especial, reconstruyó la historia de esta firma que padeció un triste final, pero que sin embargo permanece viva en el recuerdo de los tresarroyenses

Vicente Guillamón estaba a punto de invertir en la concesionaria Chevrolet de Necochea, cuando se enteró que en Tres Arroyos la agencia Ford andaba en la búsqueda de un socio. A los cincuenta años había aprendido todo lo que quería saber sobre mecánica, automotores y manejo de negocios y una vez más, sentía que estaba preparado para nuevos desafíos. Se instaló en el Hotel City junto a su hijo Oscar, su mano derecha, y durante una semana hicieron un minucioso estudio de mercado, evaluando los antecedentes de los entonces propietarios. Tenía en claro lo que deseaba y no era un improvisado a la hora de negociar. Cuando se sentó junto a Villador y Beccaría les tiró su propuesta: pidió que sumaran los activos de la empresa y él pondría el mismo capital en efectivo para hacerse del 51 por ciento del capital. Los socios accedieron, pero faltaba el aval de la compañía matriz. La respuesta no se hizo esperar: no solo aceptaron, referencias mediante, al flamante miembro sino que pidieron que ejerciera la gerencia de la firma que por entonces, en 1946, funcionaba en el edificio de avenida Moreno donde hoy se erige el club Costa Sud.
El pionero comenzó a escribir así una de las páginas más importantes de una historia que conoció de privaciones y lucha incansable por conquistar un futuro que le permitiera vivir dignamente. Nacido en España en 1895, con tan solo doce años se había embarcado junto a un hermano hacia nuestro país, desafiando un destino incierto, sin más fortuna que la esperanza de hallar nuevos horizontes. Fue empleado en la zona de Pigüé, se radicó en La Dulce, donde formó su familia, e impulsado por su espíritu inquieto y sus ganas de crecer trabajó para forjar un futuro promisorio: tuvo máquinas trilladoras, aprendió de mecánica, abrió su taller, progresó comercialmente en la venta de cubiertas, implementos para el campo y logró convertirse en concesionario de General Motors. En esos años, ni bien tuvo el dinero suficiente trajo al resto de su familia natal que había dejado en la vieja Europa. Había llegado sin nada y a los cuarenta años ya tenía el capital suficiente para tomarse algunos años sabáticos. Como durante la famosa depresión de los años '30, cuando cerró el negocio y partió hacia Europa unos cuantos meses a visitar al resto de los suyos que lo esperaban con los brazos abiertos.

Empresa de vanguardia
Ya en Tres Arroyos, la experiencia de esos años de trabajo la depositó de lleno en su nuevo emprendimiento. La firma que lo tenía como su nuevo socio y gerente, se trasladó en 1947 al edificio de 1810 y Sarmiento donde funcionó hasta el final. En ese lugar, la agencia Vicente Guillamón persistió durante 50 años, con décadas de gloria que la colocaron a la vanguardia en el mercado de las automotrices, alcanzando un desarrollo inusitado hasta expandirse en la provincia y ganar prestigio en todo el país. La combinación de un fuerte liderazgo y una mentalidad cuya prioridad estaba puesta en la empresa, guió a la firma en su proyección.
Desde sus inicios, supieron adaptarse a los tiempos que corrían. Era época de posguerra, la importación de vehículos se había cerrado, los repuestos no abundaban y la escasez de neumáticos hacía que los vehículos adquirieran valor por el estado de las cubiertas. "Durante los '50 y principios del '60 se rebuscaban con autos usados o vendiendo cubiertas. Me contaba mi papá que cada pinchadura se le hacía un remiendo que se llamaba criss cross. Ponían cubiertas en una pila y todos tenían el mismo precio, venía la gente y elegía. El primero elegía con un remiendo hasta que quedaban las últimas con más remiendos, pero la demanda era tal que hasta de las últimas el cliente elegía e igual se la llevaban", cuenta sobre esos tiempos Marcelo, integrante de la tercera generación de la familia Guillamón.
Por entonces Juan Manuel Fangio tenía la licencia para distribuir cubiertas usadas en el país y este fue el nexo para que Vicente estrechara un entrañable vínculo con la máxima estrella del automovilismo que dio la Argentina. "Fangio corría con Chevrolet y el abuelo Guillamón integraba la comisión de Concesionarios Ford. En una de esas charlas, Fangio le comenta a mi abuelo que si Ford le daba un vehículo él correría y a la siguiente reunión mi abuelo le trasladó la inquietud al resto. Pero el concesionario de Balcarce no lo quería mucho, se negó totalmente diciendo que si le daban un Ford a Fangio para correr se retiraba como concesionaria. Optaron por decirle que no".

Épocas doradas
Con Vicente al frente y su hijo Oscar de ladero, la concesionaria Ford en Tres Arroyos transitó su época dorada. Su capacidad empresaria, la firmeza en sus decisiones y su máxima inquebrantable de no retirar las utilidades del negocio sino invertirlas para su desarrollo fue la clave para cambiar el rumbo de la historia. El crecimiento llegó en distintas etapas, donde fueron ampliando la estructura y agregando servicios acorde a las necesidades del cliente.
En febrero de 1962 la Ford inauguró su planta de Pacheco y a fines de ese año presentó oficialmente la primera unidad de Ford Falcon armado, los primeros, y luego producidos íntegramente en el país. Todas las previsiones afirmaban que sería un éxito y fueron acertadas. Por su fortaleza, respondía muy bien a las exigencias y creció su fama de duro y aguantador. Fue una nueva concepción del automotor que marcó, junto a la robusta F-100, el inicio del liderazgo de la Ford.
Para entonces, la empresa Guillamón estaba en plena transición hacia un negocio familiar. Cuando fallecieron los antiguos propietarios, sus herederos vendieron sus acciones a Vicente, quien en 1962 formó una moderna sociedad anónima, íntegramente familiar. Su hijo "Tito" se incorporó a la compañía donde ya trabajaba su hermano Oscar. El hijo mayor Enrique había estado unos años en la firma hasta que partió a emprender nuevos desafíos por su cuenta y, con los años, llegó a ser concesionario Ford en Mar del Plata.
La empresa estaba en su máximo esplendor: abundaba en capital, el servicio de posventa era una prioridad, su taller era reconocido en toda la zona y las exposiciones de los últimos automóviles que salían al mercado eran la atracción de toda la ciudad.

Herencia familiar
En 1974 falleció el pionero y su hijo Oscar heredó la presidencia, siguiendo el mismo criterio de su padre de reinvertir las utilidades a favor de la empresa. Aquejado por enfermedades, no tuvo continuidad en el cargo que ejerció solo por períodos intermitentes. En esos años, buscando la continuidad de la empresa familiar, los hermanos tomaron una decisión riesgosa que terminaría afectando el capital de la firma. "Al fallecer mis abuelos las acciones se repartieron entre siete hermanos y un octavo accionista, don Rafael Giner, que era el contador de la empresa a quien mi abuelo le había dado acciones. Los hermanos que no trabajaban en la empresa veían que tenían capital importante que no les redituaba a fin de año, entonces les propusieron a quienes estaban trabajando, Oscar y "Tito" de vender la empresa. Ellos no querían porque era su modo de vida y terminaron comprando las acciones a sus hermanos. Ese dinero salió de la misma empresa. La operación se hizo en 1978 y, según los dichos de mi tío, esa compra significó una erogación de un millón de dólares de esa época", cuenta Marcelo, quien con el título de contador bajo el brazo y por decisión familiar recaló unos años en la concesionaria hasta que se retiró por diferencias con su tío, quien era más arriesgado que su padre en el manejo de la empresa y la compra de unidades.
Siguiendo la tradición familiar, en el '85 fue invitado a retornar por su padre para participar en la empresa que iba recuperando su capital y hasta gozaba de tiempos de bonanza, sobre todo en épocas inflacionarias donde hacían la diferencia en la compra anticipada. "Ford en esa época anunciaba con anticipación la fecha en que se iban a producir aumentos y en que porcentaje. Con fondos propios y con créditos al descubierto que otorgaba el Banco Comercial, retirábamos la cantidad de autos que creíamos íbamos a vender en los próximos días. Si anticipábamos esa compra, ganábamos en la diferencia entre el aumento y el costo financiero".
En esos años, la gente adquiría automóviles por necesidad y como amparo a la inflación. De la mano de "Tito" se había logrado expandir la venta en el valle de Río Negro, Neuquén, Bahía Blanca y la mitad sur de la provincia de Buenos Aires.

La caída
Los temblores comenzaron a llegar a principios de los noventa cuando las ventas se frenaron. La convertibilidad, en abril de 1991, sacó a relucir los defectos de estructura que las viejas concesionarias Ford tenían como empresa, sumado a un costo financiero altísimo y una caída en el precio de los automóviles. Si bien su organización administrativa no tenía parangón, se había tornado muy exigente en cuanto a cantidad y jerarquía de personal y la firma había adquirido una envergadura difícil de sostener. La decisión de la Ford de fusionarse con Volkswagen para formar Autolatina en la búsqueda de mayor volumen de mercado, fue en detrimento del avance de las concesionarias. "Pasó a haber 400 o 500 concesionarias en el país. De hecho acá en Tres Arroyos tuvimos un competidor directo de la misma marca. Fue un manejo poco profesionalizado y con decisiones insólitas. La fábrica asignaba una cuota de autos y los concesionarios íbamos a Buenos Aires y eso se transformaba en una feria persa, donde intercambiábamos unidades con otros concesionarios y tratábamos de conseguir unidades adicionales, las que "empaquetaban" con otras de difícil venta. Fue un período nefasto hasta que deciden separarse", menciona Marcelo, que por entonces estaba al frente de la concesionaria.
Los vaivenes económicos y los cambios en las reglas de juego marcaron el retroceso de la compañía. La estabilidad y los costos en dólares hacían difícil afrontar los gastos operativos de una empresa cuya estructura era de tal magnitud que resultaba insostenible. "Para pagar los sueldos en épocas de Alfonsín lo hacíamos con pocas operaciones. Coincidentemente con Autolatina se produce una baja en los márgenes de utilidad de los automotores por decisión de las compañías. Diría que nos fundimos vendiendo mucho y bien. Cuando quisimos acordar no contábamos con el capital suficiente para reestructurar la empresa. Teníamos problemas para operar, eran años que se habían incrementado las ventas y se habían achicado los márgenes para cubrir los gastos fijos. Fui organizando la empresa buscando vender más, pero ese era el camino equivocado".
Entrado los noventa, la empresa se convirtió en un avión que se estaba quedando sin combustible e iba perdiendo altura. Paradójicamente, dos años antes de cerrar batieron el récord de ventas de la historia de la concesionaria, comercializando más de cuatrocientas unidades cero kilómetro en un año. Pero no fue suficiente. Terminó de derrumbarse a principios de 1996, cuando las deudas apretaban. Pese a los esfuerzos por salvar lo insalvable, la situación financiera terminal fue el detonante para el drástico cambio de destino que obligó a cerrar las puertas para siempre. Habían pasado cincuenta años de aquel día en que Vicente decidió apostar su capital de lleno a este emprendimiento. En ese medio siglo, Vicente Guillamón S.A. vendió diez mil automóviles nuevos y usados, fue reconocida como una verdadera escuela de recursos humanos y la calidad de sus servicios no tuvo parangón. Los tresarroyenses asistieron con pesar a su ocaso. Atrás, en el recuerdo imborrable de generaciones quedaban los tiempos en que la empresa funcionaba a toda máquina y el edificio se colmaba de gente que no quería perderse la exhibición de los últimos automóviles del mercado. Fue un triste final para una firma cuya historia había sido escrita para otro destino.

MARCELO GUILLAMON CERRO LAS PUERTAS

"Haber pasado por esto cambió mi escala de valores"

A los 51 años, Marcelo Guillamón confiesa haber vivido la experiencia que puede dar toda una vida. Supo del éxito y de transitar tiempos de prosperidad. Pero más conoció de caídas y lucha contra la adversidad. El drástico final de la empresa que había forjado su abuelo le cambió la vida para siempre. Dice que ya no fue el mismo desde el momento que decidió ponerse al frente de un barco que se hallaba sin rumbo. "Si bien mi padre y mi tío no estaban acostumbrados a la adversidad, yo menos. Había salido de un aula donde uno aprende algunas cosas teóricas pero no te enseñan a afrontar adversidades. Realmente a mi todo eso me produjo un gran stress, una enfermedad, una depresión muy grande, no obstante eso permanecí siempre al frente y busqué en todo momento evitarle problemas a mi padre o mi tío. Yo me sentía responsable", asume desde la distancia.
Mirando en retrospectiva cree que equivocó el camino, aunque reconoce en su fuero íntimo que tampoco hubiese podido elegir el que hoy le parece más acertado. "Para salvar esa empresa quedaba un solo camino, yo vi dos pero el correcto era uno solo. El correcto hubiera sido hacer una amplia reducción de personal para reducir los costos, utilizando herramientas que da la ley. Había gente de mucha antigüedad, tal vez de esa manera pudo haberse salvado, sin embargo no sé si lo hubiera hecho. Tomé el camino que con la personalidad que tenía en ese momento era el menos traumático y fue tratar de vender más".
Dice que agotó hasta la última instancia y que intentó vender la empresa, pero el pasivo era demasiado grande. "Traté de todas las maneras, salí en el diario a buscar inversores, hice todo lo posible, no me importaba hacer un papelón buscando salvar lo insalvable".
Las deudas de la compañía las asumió como propias y arrastró ese compromiso durante años. "Cuando vi que las cosas venían tan mal, cada vez que había que firmar avales lo hacía en forma particular, buscando que mi padre y mi tío pasaran sus últimos años lo más tranquilos posible. Si se puede definir de alguna manera diría que nos fundimos elegantemente porque no quedó un solo auto sin entregar a quien lo había comprado, y eso se logró gracias a mi madre Clemencia que vendió su campo, lo sacrificó y me dio el dinero para que los autos se entregaran".
El día que la empresa cerró los acreedores desfilaban por su oficina y recuerda de memoria la promesa que repitió tantas veces: "Desde este mismo escritorio a todos les dije lo mismo: ´mire señor me podría poner de su lado del escritorio y decir que macana se fundió la Ford, a usted no le pagaron y yo me quedé sin trabajo y no recibí indemnización (legalmente era empleado), o ponerme en el lugar que creo me corresponde, que es el único de la familia Guillamón que está en condiciones de ponerle el pecho a la situación: entonces le digo que la deuda que tiene Vicente Guillamón S.A. con usted, la tiene Marcelo Guillamón. Que no tengo dinero para pagarle, que voy a trabajar y si gano plata le voy a pagar. Sino no le voy a pagar pero le hago una promesa, usted no me va a ver hacer ninguna manifestación de riqueza si no le pagué a usted y a los demás´. En cierta forma Dios me ayudó, me llevó nueve años pero pude terminar con esas deudas que representaban el quíntuplo del capital que disponía para comerciar".
La caída de la agencia le cambió la vida y aun hoy convive con los rezagos de ese pasado. Por esos años perdió la concesión de John Deere y el capital que había podido generar. Por ese pasado tiene que salir a buscar nuevos horizontes y arrancar nuevamente desde abajo. Hoy siente que le debe a su familia prosperidad. Pero tiene la tranquilidad de conciencia de haber cumplido con sus principios y haberse ganado el respeto de los demás. Lo siente cuando sus ex empleados lo invitan a tomar mate y lo alientan a seguir adelante. Lo sabe cuando analiza el aprendizaje que le dio la experiencia de toda una vida. "Si todo esto mañana terminara bien te diría que estaría agradecido de haber pasado por todo esto: cambió mucho mi escala de valores, fui comprendiendo como una misma situación se ve diferente depende del ángulo que lo estés mirando. Es como si la vida fuera una esfera, depende que estés mirando la cara iluminada o la oscura. Ante una misma situación uno observa las cosas diferentes. La vida es así, me dio la oportunidad de volverme más modesto, más humilde, de dar mis opiniones con relatividad, sin ser tan absoluto. Comprendí que el dinero no es algo tan absoluto, se puede llegar a recuperar, pero hay cosas que es difícil de modificar, como la honestidad o la manera correcta de ser de una persona. Eso lleva toda la vida construirlo y hoy el capital que tengo es ese: haberme ganado el respeto de mí mismo".


ANECDOTA SOBRE UN EMBLEMA

"Más duro que el perro de la Ford"

En la ciudad se había extendido un dicho: "más duro que el perro de la Ford". El perro instalado en la agencia estaba hecho de material y era la atracción de los chicos del barrio que se acercaban a jugar con él. Cuando la concesionaria cerró, Marcelo Guillamón lo destinó a la entrada de su negocio pero años más tarde unos vándalos lo rompieron. Restaurado, hoy lo conserva como recuerdo en su casa y dice que algún que otro nostálgico todavía sigue preguntando por el perro de la Ford.


PALABRA DE OSCAR ALFREDO GALVEZ

"En Tres Arroyos, lo de la familia
Guillamón era como mi casa"

Oscar Alfredo Gálvez escribió parte de la historia del automovilismo argentino, como uno de sus máximos ídolos. No se trataba de un corredor común. Podía volar en su auto y no había ningún otro capaz de hacerlo. El día que cumplía 70 años, la radio local le hizo un reportaje exclusivo para destacar sus años de trayectoria. En aquella oportunidad, el corredor más grande de todos los tiempos hizo un racconto de los mejores recuerdos que atesoraba de la ciudad. Y recordó especialmente el vínculo que lo unió a la familia Guillamón. "De Tres Arroyos tengo recuerdos hermosos, maravillosos. A veces me acuesto y empiezo a recordar todo lo que fui haciendo en mi vida. (…) De Tres Arroyos me acuerdo que iba a lo de la familia Guillamón y era como si fuera mi casa. Tenía mi pieza, mi habitación, mi acompañante. El papá, la mamá, "Tito", el hermano Enrique, para mi era como si fueran mis hermanos".


 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina