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NACIMIENTO, AUGE Y CAIDA DE GUILLAMON,
LA HISTORICA CONCESIONARIA FORD DE TRES ARROYOS
Una marca que marca
Hablar de Guillamón en Tres Arroyos es sinónimo
de Ford. Durante medio siglo, la familia portadora de ese apellido representó
a la automotriz del óvalo azul en esta ciudad, cobrando prestigio
nacional. En cincuenta años, la concesionaria iniciada por Don
Vicente Guillamón y continuada por su descendencia, vendió
diez mil automóviles nuevos y usados, fue reconocida como una verdadera
escuela de recursos humanos y la calidad de sus servicios no tuvo parangón.
"El Periodista", en un informe especial, reconstruyó
la historia de esta firma que padeció un triste final, pero que
sin embargo permanece viva en el recuerdo de los tresarroyenses
Vicente Guillamón estaba a punto de invertir en
la concesionaria Chevrolet de Necochea, cuando se enteró que en
Tres Arroyos la agencia Ford andaba en la búsqueda de un socio.
A los cincuenta años había aprendido todo lo que quería
saber sobre mecánica, automotores y manejo de negocios y una vez
más, sentía que estaba preparado para nuevos desafíos.
Se instaló en el Hotel City junto a su hijo Oscar, su mano derecha,
y durante una semana hicieron un minucioso estudio de mercado, evaluando
los antecedentes de los entonces propietarios. Tenía en claro lo
que deseaba y no era un improvisado a la hora de negociar. Cuando se sentó
junto a Villador y Beccaría les tiró su propuesta: pidió
que sumaran los activos de la empresa y él pondría el mismo
capital en efectivo para hacerse del 51 por ciento del capital. Los socios
accedieron, pero faltaba el aval de la compañía matriz.
La respuesta no se hizo esperar: no solo aceptaron, referencias mediante,
al flamante miembro sino que pidieron que ejerciera la gerencia de la
firma que por entonces, en 1946, funcionaba en el edificio de avenida
Moreno donde hoy se erige el club Costa Sud.
El pionero comenzó a escribir así una de las páginas
más importantes de una historia que conoció de privaciones
y lucha incansable por conquistar un futuro que le permitiera vivir dignamente.
Nacido en España en 1895, con tan solo doce años se había
embarcado junto a un hermano hacia nuestro país, desafiando un
destino incierto, sin más fortuna que la esperanza de hallar nuevos
horizontes. Fue empleado en la zona de Pigüé, se radicó
en La Dulce, donde formó su familia, e impulsado por su espíritu
inquieto y sus ganas de crecer trabajó para forjar un futuro promisorio:
tuvo máquinas trilladoras, aprendió de mecánica,
abrió su taller, progresó comercialmente en la venta de
cubiertas, implementos para el campo y logró convertirse en concesionario
de General Motors. En esos años, ni bien tuvo el dinero suficiente
trajo al resto de su familia natal que había dejado en la vieja
Europa. Había llegado sin nada y a los cuarenta años ya
tenía el capital suficiente para tomarse algunos años sabáticos.
Como durante la famosa depresión de los años '30, cuando
cerró el negocio y partió hacia Europa unos cuantos meses
a visitar al resto de los suyos que lo esperaban con los brazos abiertos.
Empresa de vanguardia
Ya en Tres Arroyos, la experiencia de esos años de trabajo la depositó
de lleno en su nuevo emprendimiento. La firma que lo tenía como
su nuevo socio y gerente, se trasladó en 1947 al edificio de 1810
y Sarmiento donde funcionó hasta el final. En ese lugar, la agencia
Vicente Guillamón persistió durante 50 años, con
décadas de gloria que la colocaron a la vanguardia en el mercado
de las automotrices, alcanzando un desarrollo inusitado hasta expandirse
en la provincia y ganar prestigio en todo el país. La combinación
de un fuerte liderazgo y una mentalidad cuya prioridad estaba puesta en
la empresa, guió a la firma en su proyección.
Desde sus inicios, supieron adaptarse a los tiempos que corrían.
Era época de posguerra, la importación de vehículos
se había cerrado, los repuestos no abundaban y la escasez de neumáticos
hacía que los vehículos adquirieran valor por el estado
de las cubiertas. "Durante los '50 y principios del '60 se rebuscaban
con autos usados o vendiendo cubiertas. Me contaba mi papá que
cada pinchadura se le hacía un remiendo que se llamaba criss cross.
Ponían cubiertas en una pila y todos tenían el mismo precio,
venía la gente y elegía. El primero elegía con un
remiendo hasta que quedaban las últimas con más remiendos,
pero la demanda era tal que hasta de las últimas el cliente elegía
e igual se la llevaban", cuenta sobre esos tiempos Marcelo, integrante
de la tercera generación de la familia Guillamón.
Por entonces Juan Manuel Fangio tenía la licencia para distribuir
cubiertas usadas en el país y este fue el nexo para que Vicente
estrechara un entrañable vínculo con la máxima estrella
del automovilismo que dio la Argentina. "Fangio corría con
Chevrolet y el abuelo Guillamón integraba la comisión de
Concesionarios Ford. En una de esas charlas, Fangio le comenta a mi abuelo
que si Ford le daba un vehículo él correría y a la
siguiente reunión mi abuelo le trasladó la inquietud al
resto. Pero el concesionario de Balcarce no lo quería mucho, se
negó totalmente diciendo que si le daban un Ford a Fangio para
correr se retiraba como concesionaria. Optaron por decirle que no".
Épocas doradas
Con Vicente al frente y su hijo Oscar de ladero, la concesionaria Ford
en Tres Arroyos transitó su época dorada. Su capacidad empresaria,
la firmeza en sus decisiones y su máxima inquebrantable de no retirar
las utilidades del negocio sino invertirlas para su desarrollo fue la
clave para cambiar el rumbo de la historia. El crecimiento llegó
en distintas etapas, donde fueron ampliando la estructura y agregando
servicios acorde a las necesidades del cliente.
En febrero de 1962 la Ford inauguró su planta de Pacheco y a fines
de ese año presentó oficialmente la primera unidad de Ford
Falcon armado, los primeros, y luego producidos íntegramente en
el país. Todas las previsiones afirmaban que sería un éxito
y fueron acertadas. Por su fortaleza, respondía muy bien a las
exigencias y creció su fama de duro y aguantador. Fue una nueva
concepción del automotor que marcó, junto a la robusta F-100,
el inicio del liderazgo de la Ford.
Para entonces, la empresa Guillamón estaba en plena transición
hacia un negocio familiar. Cuando fallecieron los antiguos propietarios,
sus herederos vendieron sus acciones a Vicente, quien en 1962 formó
una moderna sociedad anónima, íntegramente familiar. Su
hijo "Tito" se incorporó a la compañía
donde ya trabajaba su hermano Oscar. El hijo mayor Enrique había
estado unos años en la firma hasta que partió a emprender
nuevos desafíos por su cuenta y, con los años, llegó
a ser concesionario Ford en Mar del Plata.
La empresa estaba en su máximo esplendor: abundaba en capital,
el servicio de posventa era una prioridad, su taller era reconocido en
toda la zona y las exposiciones de los últimos automóviles
que salían al mercado eran la atracción de toda la ciudad.
Herencia familiar
En 1974 falleció el pionero y su hijo Oscar heredó la presidencia,
siguiendo el mismo criterio de su padre de reinvertir las utilidades a
favor de la empresa. Aquejado por enfermedades, no tuvo continuidad en
el cargo que ejerció solo por períodos intermitentes. En
esos años, buscando la continuidad de la empresa familiar, los
hermanos tomaron una decisión riesgosa que terminaría afectando
el capital de la firma. "Al fallecer mis abuelos las acciones se
repartieron entre siete hermanos y un octavo accionista, don Rafael Giner,
que era el contador de la empresa a quien mi abuelo le había dado
acciones. Los hermanos que no trabajaban en la empresa veían que
tenían capital importante que no les redituaba a fin de año,
entonces les propusieron a quienes estaban trabajando, Oscar y "Tito"
de vender la empresa. Ellos no querían porque era su modo de vida
y terminaron comprando las acciones a sus hermanos. Ese dinero salió
de la misma empresa. La operación se hizo en 1978 y, según
los dichos de mi tío, esa compra significó una erogación
de un millón de dólares de esa época", cuenta
Marcelo, quien con el título de contador bajo el brazo y por decisión
familiar recaló unos años en la concesionaria hasta que
se retiró por diferencias con su tío, quien era más
arriesgado que su padre en el manejo de la empresa y la compra de unidades.
Siguiendo la tradición familiar, en el '85 fue invitado a retornar
por su padre para participar en la empresa que iba recuperando su capital
y hasta gozaba de tiempos de bonanza, sobre todo en épocas inflacionarias
donde hacían la diferencia en la compra anticipada. "Ford
en esa época anunciaba con anticipación la fecha en que
se iban a producir aumentos y en que porcentaje. Con fondos propios y
con créditos al descubierto que otorgaba el Banco Comercial, retirábamos
la cantidad de autos que creíamos íbamos a vender en los
próximos días. Si anticipábamos esa compra, ganábamos
en la diferencia entre el aumento y el costo financiero".
En esos años, la gente adquiría automóviles por necesidad
y como amparo a la inflación. De la mano de "Tito" se
había logrado expandir la venta en el valle de Río Negro,
Neuquén, Bahía Blanca y la mitad sur de la provincia de
Buenos Aires.
La caída
Los temblores comenzaron a llegar a principios de los noventa cuando las
ventas se frenaron. La convertibilidad, en abril de 1991, sacó
a relucir los defectos de estructura que las viejas concesionarias Ford
tenían como empresa, sumado a un costo financiero altísimo
y una caída en el precio de los automóviles. Si bien su
organización administrativa no tenía parangón, se
había tornado muy exigente en cuanto a cantidad y jerarquía
de personal y la firma había adquirido una envergadura difícil
de sostener. La decisión de la Ford de fusionarse con Volkswagen
para formar Autolatina en la búsqueda de mayor volumen de mercado,
fue en detrimento del avance de las concesionarias. "Pasó
a haber 400 o 500 concesionarias en el país. De hecho acá
en Tres Arroyos tuvimos un competidor directo de la misma marca. Fue un
manejo poco profesionalizado y con decisiones insólitas. La fábrica
asignaba una cuota de autos y los concesionarios íbamos a Buenos
Aires y eso se transformaba en una feria persa, donde intercambiábamos
unidades con otros concesionarios y tratábamos de conseguir unidades
adicionales, las que "empaquetaban" con otras de difícil
venta. Fue un período nefasto hasta que deciden separarse",
menciona Marcelo, que por entonces estaba al frente de la concesionaria.
Los vaivenes económicos y los cambios en las reglas de juego marcaron
el retroceso de la compañía. La estabilidad y los costos
en dólares hacían difícil afrontar los gastos operativos
de una empresa cuya estructura era de tal magnitud que resultaba insostenible.
"Para pagar los sueldos en épocas de Alfonsín lo hacíamos
con pocas operaciones. Coincidentemente con Autolatina se produce una
baja en los márgenes de utilidad de los automotores por decisión
de las compañías. Diría que nos fundimos vendiendo
mucho y bien. Cuando quisimos acordar no contábamos con el capital
suficiente para reestructurar la empresa. Teníamos problemas para
operar, eran años que se habían incrementado las ventas
y se habían achicado los márgenes para cubrir los gastos
fijos. Fui organizando la empresa buscando vender más, pero ese
era el camino equivocado".
Entrado los noventa, la empresa se convirtió en un avión
que se estaba quedando sin combustible e iba perdiendo altura. Paradójicamente,
dos años antes de cerrar batieron el récord de ventas de
la historia de la concesionaria, comercializando más de cuatrocientas
unidades cero kilómetro en un año. Pero no fue suficiente.
Terminó de derrumbarse a principios de 1996, cuando las deudas
apretaban. Pese a los esfuerzos por salvar lo insalvable, la situación
financiera terminal fue el detonante para el drástico cambio de
destino que obligó a cerrar las puertas para siempre. Habían
pasado cincuenta años de aquel día en que Vicente decidió
apostar su capital de lleno a este emprendimiento. En ese medio siglo,
Vicente Guillamón S.A. vendió diez mil automóviles
nuevos y usados, fue reconocida como una verdadera escuela de recursos
humanos y la calidad de sus servicios no tuvo parangón. Los tresarroyenses
asistieron con pesar a su ocaso. Atrás, en el recuerdo imborrable
de generaciones quedaban los tiempos en que la empresa funcionaba a toda
máquina y el edificio se colmaba de gente que no quería
perderse la exhibición de los últimos automóviles
del mercado. Fue un triste final para una firma cuya historia había
sido escrita para otro destino.
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MARCELO GUILLAMON CERRO LAS PUERTAS
"Haber pasado por esto cambió
mi escala de valores"
A los 51 años, Marcelo Guillamón
confiesa haber vivido la experiencia que puede dar toda una vida.
Supo del éxito y de transitar tiempos de prosperidad. Pero
más conoció de caídas y lucha contra la adversidad.
El drástico final de la empresa que había forjado
su abuelo le cambió la vida para siempre. Dice que ya no
fue el mismo desde el momento que decidió ponerse al frente
de un barco que se hallaba sin rumbo. "Si bien mi padre y mi
tío no estaban acostumbrados a la adversidad, yo menos. Había
salido de un aula donde uno aprende algunas cosas teóricas
pero no te enseñan a afrontar adversidades. Realmente a mi
todo eso me produjo un gran stress, una enfermedad, una depresión
muy grande, no obstante eso permanecí siempre al frente y
busqué en todo momento evitarle problemas a mi padre o mi
tío. Yo me sentía responsable", asume desde la
distancia.
Mirando en retrospectiva cree que equivocó el camino, aunque
reconoce en su fuero íntimo que tampoco hubiese podido elegir
el que hoy le parece más acertado. "Para salvar esa
empresa quedaba un solo camino, yo vi dos pero el correcto era uno
solo. El correcto hubiera sido hacer una amplia reducción
de personal para reducir los costos, utilizando herramientas que
da la ley. Había gente de mucha antigüedad, tal vez
de esa manera pudo haberse salvado, sin embargo no sé si
lo hubiera hecho. Tomé el camino que con la personalidad
que tenía en ese momento era el menos traumático y
fue tratar de vender más".
Dice que agotó hasta la última instancia y que intentó
vender la empresa, pero el pasivo era demasiado grande. "Traté
de todas las maneras, salí en el diario a buscar inversores,
hice todo lo posible, no me importaba hacer un papelón buscando
salvar lo insalvable".
Las deudas de la compañía las asumió como propias
y arrastró ese compromiso durante años. "Cuando
vi que las cosas venían tan mal, cada vez que había
que firmar avales lo hacía en forma particular, buscando
que mi padre y mi tío pasaran sus últimos años
lo más tranquilos posible. Si se puede definir de alguna
manera diría que nos fundimos elegantemente porque no quedó
un solo auto sin entregar a quien lo había comprado, y eso
se logró gracias a mi madre Clemencia que vendió su
campo, lo sacrificó y me dio el dinero para que los autos
se entregaran".
El día que la empresa cerró los acreedores desfilaban
por su oficina y recuerda de memoria la promesa que repitió
tantas veces: "Desde este mismo escritorio a todos les dije
lo mismo: ´mire señor me podría poner de su
lado del escritorio y decir que macana se fundió la Ford,
a usted no le pagaron y yo me quedé sin trabajo y no recibí
indemnización (legalmente era empleado), o ponerme en el
lugar que creo me corresponde, que es el único de la familia
Guillamón que está en condiciones de ponerle el pecho
a la situación: entonces le digo que la deuda que tiene Vicente
Guillamón S.A. con usted, la tiene Marcelo Guillamón.
Que no tengo dinero para pagarle, que voy a trabajar y si gano plata
le voy a pagar. Sino no le voy a pagar pero le hago una promesa,
usted no me va a ver hacer ninguna manifestación de riqueza
si no le pagué a usted y a los demás´. En cierta
forma Dios me ayudó, me llevó nueve años pero
pude terminar con esas deudas que representaban el quíntuplo
del capital que disponía para comerciar".
La caída de la agencia le cambió la vida y aun hoy
convive con los rezagos de ese pasado. Por esos años perdió
la concesión de John Deere y el capital que había
podido generar. Por ese pasado tiene que salir a buscar nuevos horizontes
y arrancar nuevamente desde abajo. Hoy siente que le debe a su familia
prosperidad. Pero tiene la tranquilidad de conciencia de haber cumplido
con sus principios y haberse ganado el respeto de los demás.
Lo siente cuando sus ex empleados lo invitan a tomar mate y lo alientan
a seguir adelante. Lo sabe cuando analiza el aprendizaje que le
dio la experiencia de toda una vida. "Si todo esto mañana
terminara bien te diría que estaría agradecido de
haber pasado por todo esto: cambió mucho mi escala de valores,
fui comprendiendo como una misma situación se ve diferente
depende del ángulo que lo estés mirando. Es como si
la vida fuera una esfera, depende que estés mirando la cara
iluminada o la oscura. Ante una misma situación uno observa
las cosas diferentes. La vida es así, me dio la oportunidad
de volverme más modesto, más humilde, de dar mis opiniones
con relatividad, sin ser tan absoluto. Comprendí que el dinero
no es algo tan absoluto, se puede llegar a recuperar, pero hay cosas
que es difícil de modificar, como la honestidad o la manera
correcta de ser de una persona. Eso lleva toda la vida construirlo
y hoy el capital que tengo es ese: haberme ganado el respeto de
mí mismo".
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ANECDOTA SOBRE UN EMBLEMA
"Más duro que el perro de la
Ford"
En la ciudad se había extendido un dicho:
"más duro que el perro de la Ford". El perro instalado
en la agencia estaba hecho de material y era la atracción
de los chicos del barrio que se acercaban a jugar con él.
Cuando la concesionaria cerró, Marcelo Guillamón lo
destinó a la entrada de su negocio pero años más
tarde unos vándalos lo rompieron. Restaurado, hoy lo conserva
como recuerdo en su casa y dice que algún que otro nostálgico
todavía sigue preguntando por el perro de la Ford.
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PALABRA DE OSCAR ALFREDO GALVEZ
"En Tres Arroyos, lo de la familia
Guillamón era como mi casa"
Oscar Alfredo Gálvez escribió parte
de la historia del automovilismo argentino, como uno de sus máximos
ídolos. No se trataba de un corredor común. Podía
volar en su auto y no había ningún otro capaz de hacerlo.
El día que cumplía 70 años, la radio local
le hizo un reportaje exclusivo para destacar sus años de
trayectoria. En aquella oportunidad, el corredor más grande
de todos los tiempos hizo un racconto de los mejores recuerdos que
atesoraba de la ciudad. Y recordó especialmente el vínculo
que lo unió a la familia Guillamón. "De Tres
Arroyos tengo recuerdos hermosos, maravillosos. A veces me acuesto
y empiezo a recordar todo lo que fui haciendo en mi vida. (
)
De Tres Arroyos me acuerdo que iba a lo de la familia Guillamón
y era como si fuera mi casa. Tenía mi pieza, mi habitación,
mi acompañante. El papá, la mamá, "Tito",
el hermano Enrique, para mi era como si fueran mis hermanos".
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