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“EL PERIODISTA” Y LA ESCALOFRIANTE HISTORIA DEL COPETONENSE BLAS FERNANDEZ, SOBREVIVIENTE DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO

Relato de un náufrago

Nacido en Copetonas, donde es objeto de diversos homenajes, hijo de un récord mundial en pesca de corvina negra y marinero de vocación desde la adolescencia, Blas Fernández, o Blasito como lo conocen todos, sobrevivió a la tragedia naval más terrible de la historia argentina: el hundimiento del Crucero General Belgrano, en pleno conflicto por Malvinas. Mojado sobre una balsa, rodeado de imágenes terroríficas de sus compañeros muertos, vio sumergirse en el mar al barco que había navegado durante 3 años pero siguió adelante. Fundó una Asociación y hoy recorre escuelas porque, dijo a “El Periodista”, “hay que contar la verdad”. Exclusivo

Septiembre 2018
Blas Fernández en los actos por el 35° aniversario del hundimiento del ARA General Belgrano

Blas Fernández en los actos por el 35° aniversario del hundimiento del ARA General Belgrano

Sobrevivió en una balsa, a merced de las corrientes marinas, prácticamente sin ropas y con el gélido viento del sur soplando sin piedad durante unas 34 horas. Pero si había visto al Crucero General Belgrano desaparecer de la superficie del agua en medio de gritos desgarradores y muerte, después de pertenecer orgullosamente a su tripulación durante unos tres años, es porque la vida lo estaba preparando para todo. Blas Fernández nació en Copetonas, hoy está retirado como militar y reside en Villa Arias, una localidad cercana a Punta Alta, lo apasiona la pesca deportiva -como a su padre, también Blas, recordado récord mundial de pesca de una corvina negra de 48,100 kg, que extrajo en Dunamar en 1971-, y no se pierde concurso entre Mar del Plata y Viedma. Pero lo que realmente impacta es su relato acerca de aquellos acontecimientos que costaron la vida de 323 compañeros suyos, de los 1093 que constituían la tripulación del Belgrano.
“Después de lo que pasó en 1982 -dice, refiriéndose al hundimiento-, seguí navegando, hasta que cumplí 50 años de edad y pasé a la Reserva Naval. Hace 11 años que me retiré”, cuenta. Había decidido ser marinero, lo que es un motivo de orgullo para él y lo remarca, a los 15 años.
“Mi padre era mecánico y mi madre era ama de casa. Terminé la primaria, y como buen pibe renegado, no quería estudiar. ‘Entonces vas a tener que laburar’, me dijo mi padre. Tenía 13 años. Trabajé entonces de molinero, de panadero, de peón de albañil, verdulero, hasta que ví una propaganda, me gustó y dije ‘quiero entrar a Marina’. Conseguí los papeles, rendí el examen y con 15 años y medio, sin conocer Buenos Aires, me fui a la hermosa y amada Escuela de Mecánica de la Armada, en avenida del Libertador, que nos forjó con valores que hoy, desgraciadamente, no tienen los chicos”, recuerda.
Ingresó en enero de 1974, hizo su primer año, y como marinero de primera, en 1975 se embarcó en el portaviones ARA 25 de Mayo. “No sabía lo que era un barco -se ríe- pero me encantó. Por entonces navegábamos 35 días, 28, 30, y cuando volvíamos teníamos 15 días de vacaciones. Hasta que en el año 1976 vuelvo, ya como cabo segundo, a la Escuela de Mecánica de la Armada para cursar por un ascenso. Me tocó estar en los tres conflictos; primero en el golpe de Estado, haciendo guardia en Buenos Aires. Después vuelvo a Puerto Belgrano, y navegando en el Piedrabuena me toca el conflicto por el Beagle, estando incluso del lado de Chile hasta que el Papa calmó las aguas. Y luego, de vuelta en la Escuela para hacer más cursos, hasta que en el 79, 80 me destinan al glorioso Crucero General Belgrano”, describe.
De los diversos exámenes que atravesó para ingresar a la Marina surgió su afinidad, vinculada por cierto con el oficio de su padre, con la mecánica y motores de máquinas navales, “cosa que amo, me gusta investigar y leer mucho sobre el tema”, cuenta.
Ya a bordo del Belgrano, como en cualquier buque de la Marina de Guerra, Blas participaba de navegaciones de instrucción y de control y cuidado de la soberanía argentina en el mar. “Ya había entonces, y seguimos teniendo, un lío tremendo con la pesca clandestina. Me acuerdo una vez que, en el Piedrabuena, antes del diferendo con Chile y en medio de un temporal impresionante, nos encontramos a las 200 millas con una verdadera ciudad flotante, con barcos rusos, noruegos… Logramos agarrar a cuatro, cinco, fue tremendo, pero era lo que yo amaba y amo. En el Crucero hacíamos lo mismo, además de viajes con cadetes navales, con cadetes de Perú, Bolivia, Brasil”, recuerda Fernández.

Ultimo viaje
En enero de 1982, el Crucero General Belgrano haría su último viaje antes de Malvinas. Fue de Puerto Belgrano a Madryn, Ushuaia, Puerto Belgrano, Montevideo y nuevamente Puerto Belgrano, donde entró a dique seco para una reparación general en la que el barco era desarmado por completo. “Justo se desencadenó el conflicto. Me había casado hacía 25 días, cuando me mandan a llamar para decirme que había que armar urgente el Crucero. Hacíamos turnos de 8x3, en pocos días se armó todo y cuando la prueba de máquinas salió bien, un martes 13 –las abuelas dicen no te cases ni te embarques-, zarpamos de Puerto Belgrano con una lluvia tan intensa que, recuerdo porque mi señora viajaba a Tres Arroyos, se había cortado la ruta 3. Pero tuvimos un par de problemas, y hubo que volver a solucionarlos. Se hicieron las reparaciones, trabajando día y noche, hasta que a las 10.15 se vio por última vez al Crucero salir de Puerto Belgrano”, explica Blas.
Cuando navegaban frente a Golfo Nuevo, el comandante les comunicó a los marineros que iban a Malvinas. “El conflicto ya estaba declarado, a nosotros nos faltaba solamente la orden oficial”, advierte Fernández, que tiene además una opinión muy crítica acerca de cómo la prensa trató aquellos acontecimientos, e incluso su propia supervivencia. “Se llegó a decir que yo había llegado a una estancia en Comodoro Rivadavia y había hablado por radioaficionado para decir que estaba sano y salvo, cuando yo había pasado 34 horas en una balsa con ropa de Grafa”, señala.

“Me salvaron cuatro mates”
Tras cargar combustible en Ushuaia, donde se llenaron todos los tanques, el General Belgrano partió hacia el estrecho San Carlos. “Es una zona de baja profundidad, así que por más que lo atacaran, el Crucero iba a mantener todas sus bocas de fuego afuera del agua. Los cañones grandes tenían un alcance de 23 km, que es la línea detrás del horizonte. Cuando llegamos a la Isla de los Estados, ya estaba el límite de las 200 millas hecho por los ingleses. Con un buque de YPF argentino, al otro día, nos bombearon combustible con una manguera de barco a barco, navegando a 10, 12 nudos, y en ese momento se nos pegó el submarino abajo del Crucero. Y no nos dimos cuenta porque nosotros no teníamos sonar, los que sí lo tenían eran los dos destroyer (barcos más pequeños) que nos escoltaban. En la madrugada del 1° de mayo se hizo una excursión cerca de las 200 millas pero volvimos porque había un temporal muy fuerte, y a eso de las 5 de la mañana pusimos rumbo al continente. Hacia la parte de babor, a 3000 metros de donde estábamos navegando había un gran banco de piedra, y detrás estaba escondido el submarino inglés. Desde allí, a las 16, nos tiró dos ‘cuetazos’. Uno entra donde termina la coraza, en Sala de Máquinas de popa, donde murieron 65 compañeros, y el otro a 33 metros, en la proa. El Crucero venía navegando a 12 nudos y quedó quieto, nulo, en medio de todo el fuego, humo, petróleo, llamaradas rojizas”, evoca.
A Blas Fernández, que tenía que tomar la guardia de 16 a 20, lo salvó un mate. “Habíamos comido tallarines con tuco y me tiré en la cama después del almuerzo pero no podía dormir. Me fui al lugar donde tomaba la guardia a las 15.15 y le digo a mi compañero, ‘Fatiga’ Romero, cordobés, que tenía sueño, pero tenía que hacer un traspaso de combustible de la popa, donde va la hélice, a las calderas principales. A mí me llamaban Copetona, porque cuando me preguntaron, en el ingreso a la Marina, de dónde era, y dije Copetonas, nadie sabía dónde quedaba eso, y me quedó Copetona de nombre al punto que nadie me conocía por Blas Fernández. Cuando llegué al cuarto para hacer el traspaso, otro compañero me ofrece tomar unos mates. Me tomé cuatro. Cuando me estaba tomando el último, fueron las explosiones. Soy católico pero realista. Si no me quedaba a tomar esos mates, hoy no estaba charlando”, advierte.

Peor que en las películas
Ubicado bajo la línea de flotación, el copetonense conocía al General Belgrano con los ojos cerrados y por eso logró salir. “Cuando salgo a cubierta, el barco estaba escorado ya hacia babor. Miro las chimeneas y el puente, que estaba intacto. Pero lo que se observaba era un horror, un caos. Todo prendido fuego, una cabeza por acá, un brazo, una pierna. Todo lo que uno puede imaginarse que pasa en una guerra, que es mucho más que lo que se ve en las películas. Cuando fui a la popa y me asignaron la balsa -andaba como siempre con un cuchillo encima, porque normalmente se come un choripán o una hamburguesa en la sala de Máquinas-, la tiro al agua y no se infló. Al Gringo, otro compañero mío que también vive acá en Punta Alta, le pido que me ayude a cortar las sogas con las que las habían atado a las torres de los cañones a último momento, cuando aumentó la tripulación a bordo, y tiramos dos balsas que cayeron al revés. Decidimos tirarnos al agua, las dimos vuelta y ahí quedamos todos mojados. El agua ya estaba en ese momento en la cubierta, arriba del barco, y el viento del lado de la Antártida empujaba las balsas hacia la proa, donde faltaba directamente un pedazo de la punta del barco, y entre los fierros retorcidos, cuando pegaban ahí se rajaban y se hundían, con la gente adentro”, relata Fernández.
A pesar del horror que lo circundaba, Blas logró seguir a flote con su balsa gracias a una ola que lo sacó del peligro de rotura, y navegó en dirección del viento cuando pudo contemplar una imagen que seguramente nunca hubiera querido ver: “en 50 minutos, el glorioso Crucero desapareció del mar. Y yo, que siempre fui un tipo re calentón, en ese momento tuve sangre de pato. Desaparece el Crucero y había que sobrevivir. Sobre la balsa éramos 21, y por suerte ninguno estaba quemado. En otras venían quemados, con morfina, heridos, con falta de miembros. Pero había que salvarse. Llegó la noche, olas de 14 metros, y cuando rompían nos llenaban las balsas de agua. Y se hacía cargo el más capaz, no se cumplía con la jerarquía. Agarré la manija con otro compañero, nos orinamos y nos defecamos encima, y apelamos a todo lo que habíamos aprendido en los cursos que nos habían dado de pichones, para darnos calor. Porque había que sobrevivir, sobre todo al frío, que funciona igual que en la muerte blanca de los andinistas: dejás de sentirlo, te da sueño, y donde te dormís, te morís. Muchos que venían en balsas de 3, 4 personas, murieron así”.
El temporal fue separando las balsas, que estaban equipadas con botiquín, agua, elementos de primeros auxilios, caramelos de glucosa, bengalas. “Yo comí solamente caramelos. Estábamos todos mojados, la balsa se movía, vimos un avión que pasó varias veces y nos quedamos tranquilos, pero éramos muchos para rescatar. Habían pasado 32, 34 horas, cuando vimos los palos de un barco, el aviso Gurruchaga, un barco chiquito que fue el que más rescates hizo en la historia de la Marina: 380 náufragos. Después nos enteramos que, por las corrientes marinas, habíamos navegado unas 100 millas en dirección a la Antártida. Cuando llegamos a Ushuaia nos dieron abrigo y una especie de chocolatada, y no sentíamos siquiera si era caliente o no. Nos embarcamos en los Fokker y ahí tuve el ‘cagazo’ más grande de mi vida, recién ahí, a pesar de todo lo que había vivido, porque pensé si no nos bajarían los ingleses o los yanquis. Llegamos a Espora y ahí nos llevaron al Hospital Naval en Puerto Belgrano para revisarnos”, recuerda Blas.

Desaparecido
La cosa estaba tan complicada con una tragedia de tales dimensiones, que las listas de sobrevivientes se habían hecho como se podía. Blas Fernández estaba desaparecido, no figuraba en las nóminas, mientras su mujer y sus padres, llegados de Copetonas, lo buscaban con desesperación. Me encontraron porque un compañero dijo “a Copetona lo están revisando ahí adentro”, porque por Fernández no me conocía nadie. Me junté con mi familia, porque cuando me revisaron no tenía nada, y me volví al pueblo, me hicieron reportajes, pero mi humor no era el mejor. Después, por las agencias de noticias, Telam, ANSA, mis declaraciones recorrieron el mundo, hasta aparecieron en una revista que mi amigo Nico Aldaya recibía desde Toronto. Pasado el tiempo, me presenté otra vez en Puerto Belgrano, me asignaron un destino, y más tarde me entero de que uno de los pilotos de un avión de exploración que había intervenido en la zona era José Alberto “Kuki” Andersen, un amigo del pueblo. El papá era el patrón de mi viejo, y cuando yo entré en la Escuela de Mecánica, él ingresó en la Escuela Naval. ¡Lo que es la historia!”, cuenta.

Copetonas y después
Fue para el centenario de Copetonas, el pueblo natal de ambos, que “Blasito” Fernández y “Kuki” Andersen, gracias a Jorge “Cococho” González, pudieron fundirse en el abrazo que necesitaban darse desde aquellos días tan terribles. En la localidad, le hicieron justicia al sobreviviente de la tragedia del Belgrano homenajeándolo en vida. “Al pueblo le debo todo. Una escultora de Copetonas radicada en Mar del Plata hizo, con unos durmientes y una bala de los cañones del Crucero, con una placa que el delegado actual hizo ahora de bronce, algo muy lindo. Y la plaza tiene un cartel que dice “Plaza José Andersen y Blas Fernández”, y es algo lindo no porque me lo hayan hecho a mí, sino porque es un lindo gesto de la gente, porque lo normal es ponerle el nombre de alguna calle a alguien que se murió”. Además, Fernández donó al Museo Histórico de Copetonas, de reciente conformación, una pieza de madera que perteneció al Crucero General Belgrano.
Por otra parte, y también con la obligación de erigirse junto a algunos compañeros en testimonio vivo del conflicto y del hundimiento de aquella nave señera de la Marina argentina, Fernández fundó, tras retirarse, la Asociación Ultima Tripulación del Crucero Belgrano. “Se formó con el fin de mantener viva la memoria de los 323 que quedaron en el glorioso crucero a más de 4200 metros de profundidad, y dar charlas y contar la verdad sobre lo que pasó, informar sobre lo que es navegar y lo que pasamos nosotros. No cobramos un mango; si vamos muy lejos, porque hemos llegado a Tucumán, Salta, Santiago del Estero, pedimos una comida y un alojamiento. Y nos dirigimos a chicos de la escuela primaria, secundaria, terciaria y a la comunidad toda. Porque vos decís Crucero Belgrano y pega, y esto no es estar en contra del Ejército ni de la Fuerza Aérea, pero las cinco fotos de la guerra que recorrieron el mundo son todas del Ejército, cuando a Malvinas las tomaron comandos amigos míos de la Infantería de Marina. En el Batallón de Infantería de Marina BIM 5, que está en Río Grande, había mayoría de colimbas, de 18 años, y los comandos ingleses no sólo no los pudieron agarrar sino que hasta sufrieron bajas por ellos. No pasaron frío, no les faltó munición, no les faltaba logística, y a su jefe lo adoraban. Los hacía dormir de día y entrenaban de noche. Por eso no estoy en contra de otras fuerzas, pero llevar el Ejército a las Malvinas fue un error. Cuando fue la rendición, estos colimbas entraron desfilando a Puerto Argentino y recién ahí tiraron las armas. Lo de los ‘chicos de la guerra’ es cuento. Los soldados que cruzaron los Andes con San Martín tenían 16 años. Y hay un porqué. Son fuertes, toman decisiones al toque. En el Crucero también murieron marineros de 16 años. La prensa dijo muchas cosas que no fueron ciertas”, sostiene Fernández.
Estar juntos, entre los que atravesaron el dramático momento del hundimiento, ha sido para algunos una tabla de salvación, y en su fortaleza, Blas lo sabe aunque aquel episodio no dejó grandes consecuencias en su vida. “Nos pasó con un compañero, con atención psiquiátrica, que después de haber podido hablar por primera vez en una de nuestras charlas, en el Ceferino Namuncurá de Oriente, y llorar sin parar, nos aseguró que desde ese momento se siente otra persona. Hoy nos ayuda en el mantenimiento de la sede, corta el pasto, pinta, va con la familia. Con qué poquita cosa se puede ayudar a una persona”, reflexiona. Cuando se le pregunta, entonces, si alguna vez tuvo la necesidad de pedir ayuda, es categórico: “Yo seguí trabajando, para adelante, y aunque tuve tres operaciones grandes de pulmón, acá estoy”, asegura. Con los pies en la tierra.

Blasito es hijo de Blas Fernández, avezado pescador que fue récord mundial al pescar en Dunamar, en 1971, una corvina negra de más de 48 kilos, y heredó la pasión paterna

En el centenario de su querido Copetonas, Blas Fernández recibió homenajes junto a Kuki Andersen, también del pueblo, y piloto de uno de los aviones que explorara la zona del naufragio

El homenaje en vida. La plazoleta que lleva el nombre de Blas Fernández y José Andersen, dos héroes de Malvinas, en su pueblo natal de Copetonas

Tras retirarse de la Marina, Blas Fernández fundó con otros sobrevivientes la Asociación Ultima Tripulación del Crucero General Belgrano, con la que recorre escuelas dando charlas

Fernández donó al Museo de Copetonas un trozo de madera perteneciente a la cubierta del Belgrano

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