Municipalidad Tres Arroyos

notas edicion de papel

NIDIA ZOTTARELLI Y DOLORES MENDEZ COMPARTEN SU EXPERIENCIA VITAL EN EL DIA DEL AMIGO

Grandes amigas

Se conocían de antes, pero la amistad las encontró a ambas ensayando teatro leído en un grupo coordinado por la locutora Karina Arias. Hoy son inseparables; salen a caminar y en bicicleta, se graban en la aplicación Tik Tok y se ríen de sus ocurrencias. Son distintas, pero comparten varios códigos en común y sobre todo, dicen, han logrado eludir el dolor y divertirse con lo que les pasa. En el Día del Amigo, Dolores Méndez y Nidia Zottarelli con “El Periodista”

Julio 2020
Dolores y Nidia han logrado algo que, después de algunos vaivenes naturales que suele tener la vida, es impagable: se divierten

Dolores y Nidia han logrado algo que, después de algunos vaivenes naturales que suele tener la vida, es impagable: se divierten

La amistad es un territorio de exploraciones. Y no hay edad, ni condición para transitarla como lo que realmente es: un camino de aventuras compartidas. No hace falta ser un imaginativo niño dispuesto a elucubrar historias de pillaje a la orilla del Mississippi, como Huckleberry Finn y Tom Sawyer en aquellas épicas sobre la amistad que fueron las novelas de Mark Twain. Con estar vivo y dispuesto a descubrir cosas con un amigo como fiel compañero, es suficiente.
Nidia Zottarelli y Dolores del Carmen Méndez arrancaron por el radioteatro. Se conocían de antes, cada una tiene a su vez sus amigas, otros vínculos fuertes, familia aquí y allá, pero las terminó de unir uno de esos grupos que ha conformado la locutora Karina Arias, y que además de ser excepcionales por lo interesante de sus contenidos, siempre apuntados a explorar la creatividad de sus integrantes, han sido fundamentales para sellar relaciones perdurables, para integrar distintas búsquedas y experiencias humanas.
Se engancharon primero con Candilejas, el primer grupo de radioteatro, y luego con una de las propuestas del PEMTA, el programa para adultos mayores del CRESTA. Las dos son viudas, y se reconocen distintas pero complementarias en un montón de aspectos.
Aquí están ahora, con la excusa del Día del Amigo, frente a frente en la mesa de la cocina de la primera, riéndose de sus ocurrencias en la aplicación Tik Tok y charlando sobre sus caminatas y bicicleteadas de cuarentena. Nidia se jubiló como empleada de ANSES un año después del fallecimiento de su marido, en el 2014. Había pasado casi 40 años atendiendo al público y cuando lo revive, se percibe cierto hastío en su voz. Dolores, en cambio, transitó varias décadas en las aulas, como profesora, y le costó despedirse de alumnos, compañeros, rutinas.
“Nos conocíamos de antes pero no teníamos una relación de amistad”, cuenta. “Nos llevamos bien, estamos las dos solas, fallecieron nuestros esposos, ella también se jubiló y yo, por mi parte, me había propuesto que cuando dejara de trabajar haría lo que realmente me gustara, porque mi trabajo no fue fácil. Ella estudió y trabajó en lo que le gustaba, no fue mi caso. Yo quería hacer otra cosa”, apunta Nidia. “No siempre estudiar y trabajar en algo habla de una vocación verdadera –complementa su amiga. Tuve compañeras que a los cinco años querían salir corriendo de las aulas. Para mí, en cambio, fue terrible. Sentí que perdía identidad. Lo hice porque tenía que hacerlo”, confiesa.
Las dos madrugan, costumbre heredada de la rutina laboral. Méndez siempre tiene la casa impecable pero con frecuencia tiene que reconvenir a sus dos perras caniche, que dejan sus “huellas” en algún rincón. Zottarelli se reconoce menos pendiente de ese asunto de la limpieza doméstica pero asegura que cada vez que su amiga la llama para decirle ‘voy para allá’, se apura en acomodar todo, ‘aunque ella no se fija en la casa del resto’. En la casa de Nidia, el celular tiene un simpático soporte. Se ve que mientras hace las tareas suele usarlo en altavoz para charlar con sus amigas. Una forma de acompañarse, mediada por la tecnología con la que ambas parecen vincularse con tanta naturalidad como lo hacen entre ellas mismas.
Después de salir a caminar o en bicicleta, práctica cotidiana, algunos días se reúnen por Zoom -modalidad que impuso la cuarentena y a la que se adaptaron rápidamente- con sus compañeros de los dos grupos que comparten. “Yo había incursionado antes en los talleres de comedia musical”, cuenta Nidia. También canta, y decidió hacerle lugar a una curiosidad que venía por ese lado. No funcionó y decidió ir por otro camino. Cuando apareció el radioteatro, más orientado en realidad a la lectura semimontada de textos dramáticos (en el sentido teatral de la palabra), allí se encontró más a gusto. Desde ese momento, llegaron los ensayos, las presentaciones, spots, entrevistas hasta en la televisión…
Dolores, por su parte, advierte que durante muchos años ella misma enseñó teatro en la escuela –cree incluso haber despertado la vocación por la escena en muchos jóvenes- por lo que colocarse “del otro lado” tuvo, en principio, sus cuestiones. “Sin embargo no tenía ganas de seguir en el lugar de dar clases, había coordinado grupos y conocía perfectamente lo que sucede cuando todos quieren ser protagonistas, no quería fracasos ni frustraciones, quería probar con el otro rol. Pero me costó pensar lo que iba a hacer”, confiesa. Con su natural histrionismo y su conocimiento sobre el tema, no tardó en hacer aportes importantes a las propuestas que fueron consolidando al grupo.
Compañeras
“Ella es más seria, yo soy un despelote”, admite Nidia. “Seria pero me dan siempre los papeles de prostituta, y no tengo nada que vaya para ese lado”, se ríe Dolores. Las anécdotas que cuentan son desopilantes. “A una escena que compartía con Helmuth Petersen, él salió con un papel que no era el del texto que tenía que decir. Yo le di el pie, pero cuando leyó… Era otra cosa. Le saqué el papel de la mano con un grito: ¡esto no es! Y la gente estalló de risa pensando que formaba parte de la obra. Fue de payasa nomás, había que resolver la escena de alguna manera”, cuenta. “A veces pensamos que del ridículo no se vuelve, pero nos sale. La pasamos bien, preparamos los lugares, a fin de año hacemos cenas”, completa su amiga. Han logrado algo que, después de algunos vaivenes naturales que suele tener la vida, es impagable: se divierten.
“Es muy interesante el grupo que tenemos y muy difícil de lograr lo que hemos conseguido. En Candilejas somos 13 o 14, todos muy diferentes, pero con vínculos muy sólidos”, asegura Dolores. Y las dos se entusiasman cuando describen a los compañeros y el recorrido que han podido vivenciar muchos de ellos a través de la pertenencia a esos espacios. “Es totalmente heterogéneo el grupo, pero muy interesante lo que se genera”, sostiene.
Transitar las experiencias que se proponen en la dinámica de los talleres - que incluyen escritura de guiones, poesía, interpretación, personajes de ficción- las interpela a ambas en lo personal y es evidente en el relato de las dos. “Nos reímos tanto…Quizá algunas cosas, contadas ahora, no tienen el mismo sentido. Pero en el momento, la adrenalina, la risa, es algo que nos hace bien. Tenemos una relación sana, no es histérica, con códigos muy parecidos. Somos muy compañeras”, apunta. Las dos se apuran a mostrar sus creaciones por Tik Tok y lloran de la risa.
“Todo el tiempo estamos buscando algo distinto; lo del teatro está bien pero hay otras cosas que también están bien”, dice Dolores, y Nidia asiente y cuenta que, por ejemplo, se graba cuando canta -forma parte de un coro también- y escucha música todo el día. Está claro que no es un comportamiento que se espere de quienes transitan etapas de su vida más vinculadas a la terminalidad, a la clausura de ciertas posibilidades. Nada más lejano a estas amigas.
Contra la formalidad
“Yo me doy cuenta, y hoy le decía a Nidia, que si uno observa a otra gente de nuestra edad encuentra por allí que hacen estas cosas de teatro y demás pero de una manera más ‘formalota’, como siguiendo un ‘hay que hacer’…Nosotros somos como más ‘aceitadas’ (risas), por ahí más inconscientes”, asegura Dolores. Para Nidia no hay duda de que encaran estas propuestas con cierta inconsciencia, pero aun así, tomándoselas muy en serio. Siempre, en la medida de lo posible, eludiendo el sufrimiento pero sin negarlo.
“Yo soy avasallante quizá para tapar otra cosa con el ‘no, no quiero, no lo hago’”, apunta Nidia. Dolores completa la frase con una anécdota reciente que la movilizó en torno a una consigna con la que no terminó de engancharse, relacionada con el maltrato al adulto mayor. “Tenemos algo de base que es que queremos reírnos, pero no de cualquier bol… Queremos estar bien. Tenemos esa característica común”, coinciden.
Más tarde revisan fotos y vuelven las risas. Y es el momento de dimensionar, en definitiva, a la amistad como una de las más profundas experiencias humanas, también en sus gestos más simples. Y no hay mandato ni tiempo preciso para resignificarla.
Clarice Lispector le escribió a quien luego sería su secretaria y amiga, Olga Borelli, sin intención alguna de esconder las emociones que encontrar en alguien, de pronto, a un amigo, puede generar: “¿Tú me quieres como amiga aún así? Si lo quieres no digas que no te he avisado. No tengo cualidades, sólo fragilidades. Pero a veces (no pongas atención en los acentos, quien los pone por mí es el tipógrafo), pero a veces tengo esperanza. El paso de la vida a la muerte me asusta: es igual como pasar del odio, que tiene un objetivo y es limitado, al amor que es ilimitado. Cuando me muera (modo de decir) espero que tú estés cerca. Tú me has parecido una persona de enorme sensibilidad, pero fuerte”.

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