Municipalidad Tres Arroyos

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PASAPORTE

Gaucho en Nueva York

El copetonense Jorge González compartió con “El Periodista” el relato de varios de sus viajes, entre los que sobresale el que pudo hacer con su esposa y su amigo “Kuki” Andersen a Estados Unidos. Se llevó las pilchas criollas de su abuelo y hasta se dejó tomar fotos, vestido de gaucho, cuando se embarcaba hacia la emblemática Estatua de la Libertad. Y también hubo algunas pequeñas peripecias, sobre todo por el inglés “esquivo”, pero todo salió “de película”

Octubre 2020
Jorge González se dio el gusto de usar pilchas criollas de su abuelo a poco de embarcar hacia la Estatua de la Libertad

Jorge González se dio el gusto de usar pilchas criollas de su abuelo a poco de embarcar hacia la Estatua de la Libertad

La entrevista tiene algunos tramos que podrían aparecer en un guión cinematográfico. Y si se esbozara un título para la película, entre otros aparecería “Un gaucho en Nueva York”. La lectura completa revelará el porqué de esta digresión.
Jorge González y su esposa se criaron en Copetonas, como él menciona en hogares donde no abundaba el dinero y en una situación que no daba para imaginar por entonces momentos de bonanza.
Cuando llegó la etapa de saber qué había más allá de las fronteras del terruño local, comenzaron a andar por el país y conocieron, algunas veces viajando con la carpa, Cataratas del Iguazú y el Norte, Río Hondo, Santiago del Estero, San Juan y Mendoza. A través del apoyo de un amigo de Tartagal, llegaron a Salta y luego pasaron a Bolivia.
“Recuerdo que en ese tiempo con un peso argentino comprábamos 5 bolivianos, situación que nos permitía traer ropa para los nietos y otros familiares. En Cataratas nos alojamos en un hotel del lado brasileño. Fueron las dos únicas veces que salimos del país”.
Tenía un amigo de su infancia y compañero de la escuela primaria, también copetonense, llamado José Andersen que se había radicado en Ushuaia y llegó a ocupar la gerencia de un hotel de los más destacados en la isla. Es interesante señalar que Andersen fue protagonista de una linda historia, ya que como retirado de la Armada Argentina participó del rescate de los náufragos del Crucero “Belgrano” en una de cuyas balsas venía otro copetonense, Blas Fernández, que había participado en el episodio bélico. Entre ellos no se vieron más, hasta que nuestro entrevistado logró reunirlos 30 años después, en 2012 en el Centenario de Copetonas, aunque en forma sorpresiva ya que llegaron al pueblo sin saber ninguno de los dos de la presencia del otro y el abrazo del reencuentro fue muy emotivo.
“’Kuki’” Andersen, como lo llamábamos era muy de viajar con su esposa por diversos países del mundo y siempre nos comentaban de sus anécdotas. Sin embargo sufrió un golpe muy duro con el fallecimiento de su mujer y por esa circunstancia comenzamos a tener una comunicación más fluida, tratando nosotros de acompañarlo en su soledad y a la distancia. La tecnología colaboró mucho para esas charlas frecuentes. Al jubilarse y dejar el hotel comenzó a venir con más frecuencia a visitar a su madre a Tres Arroyos. Fue entonces cuando aceptamos su invitación y fuimos a conocer Ushuaia. Allí con mi esposa estuvimos varios días y él nos llevó a recorrer toda la isla, a través de su experiencia turística adquirida con el hotel. Posteriormente, en una de sus visitas a Tres Arroyos, compartiendo unos mates nos contó el detalle de una enfermedad terminal que había padecido su esposa durante un largo tiempo y nos dijo que había logrado cumplir con un deseo de ella tras su desaparición física. Andersen y su compañera estuvieron varias oportunidades en St. Pete Beach, en el estado de la Florida, una pequeña ciudad de playas de arenas blancas y mar verde turquesa, que cautivó tanto a la mujer que, sabiendo de su problema de salud le solicitó a su esposo que si se iba de la vida antes, “Kuki” depositara en un lugar de la playa parte de sus cenizas y un pequeño crucifijo que la acompañaba siempre”, contó Jorge.

Una oportunidad para no perder
Tras su desaparición física, Andersen cumplió con ese pedido y además encargó en la iglesia del lugar, una misa anual en memoria de su esposa. En esa charla de amigos le contó que estaba por volver a Estados Unidos e invitó al matrimonio González a acompañarlo, para conocer el lugar y participar de la misa de recordación.
“Nosotros habíamos realizado sólo un viaje en avión, cuando fuimos a visitarlo a Ushuaia, por lo que se nos abría un panorama por demás incierto, con un vuelo de algo más de 10 horas y nuestro absoluto desconocimiento del idioma inglés. No podíamos creer que estuviéramos ante esa oportunidad porque veníamos de una infancia muy humilde y nunca había pasado por nuestra cabeza ese viaje. Incluso yo había recibido una invitación de una editorial para públicos latinos para presentar mi libro ‘S.O.S. Adolescente en Peligro’ en Miami, con el envío de 2 pasajes sin cargo incluidos. Pero deseché esa posibilidad por no conocer el idioma. Ante la insistencia de mi amigo, que se encargaría de todos los trámites, incluyendo el asesoramiento para obtener los pasaportes en Mar del Plata y la visa en Buenos Aires, aceptamos. Antes habíamos estructurado los pagos para poder hacerlo”, recordó González.
Y un día partieron los tres amigos en un vuelo por Aerolíneas Argentinas que los depositó en Miami. Comenzaba un viaje inolvidable para Carmen y Jorge.
“Sin embargo, cuando llegamos al aeropuerto y ya en la zona de Migraciones para ingresar al país, cuando avanzamos en los trámites, llegado el momento del sello de los pasaportes nos apartan a mí y a mi señora. Nos trasladan a una oficina y caímos en un estado de nerviosismo e incertidumbre. Nuestro amigo no podía entrar y nosotros no sabíamos cómo hacernos entender para saber qué pasaba. Siempre recuerdo el momento en que ingresó una mujer morena hablando con otra señora en español, portando una carpeta porque trabajaba en el lugar. Fue nuestra salvación porque le pude contar lo que nos pasaba y que no teníamos idea del por qué nos habían retenido. Nos dijo que era portorriqueña y suponía que podría ser por la documentación o algún tema de inseguridad. Al momento entró un hombre morocho y corpulento como para poner más inquietud a nuestro estado. Por suerte hablaba español y comenzó a hacernos preguntas, entre ellas cuántos días íbamos a estar y cuál sería la dirección de nuestro alojamiento. Lo único que sabíamos era que íbamos a St. Pete Beach, pero ni idea de cuál sería el hotel, porque esos datos los tenía en su poder nuestro amigo Andersen. El hombre entró a fruncir el rostro y con lógica nos preguntó cómo veníamos de vacaciones y no sabíamos dónde íbamos a parar. Ahí me acordé de algo y le pedí permiso para encender el celular, porque recordé que mi amigo me había pasado los datos por un mensaje. Le mostré todo el programa y cuando lo leyó inmediatamente nos selló el pasaporte”.
Fue un comienzo inesperado que no importunó el resto del viaje, ya que a partir de allí todo estaba organizado por su amigo, que había alquilado un vehículo en el aeropuerto, para trasladarse al destino.

En la Gran Manzana
“Estuvimos 12 días en el Hotel Sirata, a metros de una playa de arenas blancas y mar cálido. Pasamos unos días inolvidables e incluso acompañamos a Kike al lugar donde había dejado la ofrenda a su esposa y luego a la misa realizada en una pequeña iglesia del lugar a la que siempre acudían en su condición de creyentes. Era un momento conveniente para los argentinos por el tipo de cambio, de manera que salíamos a comer a distintos lugares. Yo soy devoto de la playa, por lo que pasábamos horas al lado del mar, que no tenía olas y en el cual advertíamos algunos peces de colores. En la estadía en ese hotel y aprovechando la cercanía nos fuimos dos días a Orlando, pero en jornadas separadas porque si bien la experiencia es fantástica, es cansadora. Para nosotros fue mágico, porque no tuvimos una infancia con juguetes y parecía que Dios nos tuvo preparado ese regalo. Visitamos en otro momento un parque con mucha forestación en el que caminábamos y por ahí nos encontrábamos con dinosaurios o grandes animales construidos con materiales, pero en tamaño y apariencia real”, evocó González.
Y luego vino el viaje que relaciona a Jorge con el gaucho argentino. Terminando la estada en la playa, dejaron una parte del equipaje en el hotel y se fueron en el vehículo alquilado al Aeropuerto de Tampa. Tomaron un avión y volaron a Nueva York con una escala en Charlotte, pero no llegaron a tiempo por cuestiones climáticas y perdieron la combinación prevista. De todos modos se resolvió por parte de la compañía que los puso en el horario más próximo, otra vez gracias al manejo del idioma de su amigo. Refiere Jorge con una sonrisa amplia que su esposa disfrutó esa escala en Charlotte porque fue el único aeropuerto en el que encontró un sector vidriado para fumadores. Su placer por los cigarrillos le impidió ese disfrute en el resto de las estaciones aéreas.
“Con la modificación de esos horarios llegamos a Nueva York de noche y con lloviznas. Además veníamos con altas temperaturas de la playa, por lo cual se sintió el contraste. Por esa situación climática había mucha gente en la fila de los taxis así que también allí se acentuó la demora. Finalmente llegamos al hotel, cenamos y como estábamos muy cerca de la Quinta Avenida nos fuimos caminando para tomar el primer contacto con el centro de la ciudad. Luego compramos un abono para los ómnibus de excursiones con doble piso. Lo bueno de esos vehículos es que van con guía y un auricular que cuando uno lo enchufa transmite en el idioma preferido. Eso nos salvó totalmente para interpretar en español los lugares por donde nos llevaban. El primer lugar donde quise bajar fue en el Madison Square Garden, el estadio donde se hacían los combates de box de “Ringo” Bonavena, que escuchaba por radio con mi abuelo en los relatos de Osvaldo Caffarelli por Radio Rivadavia y me saqué allí varias fotos, además de ver murales de boxeadores de la época. Otros espacios que me interesaban ver eran el sector donde fue el atentado de las Torres Gemelas y me impactó tanto el estar allí como el respetuoso silencio que se advierte en todos los visitantes. También subimos al mirador del Empire State, cruzamos el Puente de Brooklyn que había visto en tantas películas; recorrimos el Barrio Chino y llegamos a la sede de las Naciones Unidas. Yo había decidido cuando salimos de Tres Arroyos llevarme las pilchas criollas que utilizó mi abuelo durante toda su vida. Nunca me vestí de gaucho, pero durante un día me puse esa ropa en homenaje a él. Estábamos por embarcarnos para ir hasta la Estatua de la Libertad y mi amigo que hablaba inglés los invitaba a los turistas a tomarse una foto con un gaucho argentino. Fue una anécdota muy graciosa y recordaba en esos momentos que si mi abuelo hubiera estado allí no se habría vestido con pantalón y zapatos. Jamás lo vi con otra ropa que no fuera la del paisano”, describió el copetonense.
Y ese día, con el atuendo gaucho estuvo nada menos que en Times Square, en medio de una gran masa de visitantes, admirando los carteles luminosos gigantes y subiendo a la escalera roja que permite dominar toda esa zona.
“Por mi pasado en la policía y mi afición a conocer siempre aspectos de la seguridad pública me llamó la atención de no ver mucho personal uniformado en un lugar con una multitud de gente. De todos modos advertí que los agentes son muy amables y sin dejar de lado sus obligaciones de custodia, no tienen inconvenientes en tomarse fotografías con los turistas que se lo piden. Pero están asistidos por numerosas cámaras que previenen o resuelven el delito y son observadas permanentemente. También nos pasó que en un lugar de Nueva York empezó a fallar nuestro vehículo en una autovía muy transitada. Kike se comunicó con la compañía de alquiler y en 20 minutos llegaron a resolverlo. Pero al momento teníamos un patrullero adelante y otro atrás mediante la detección de la anormalidad por el amplio sistema de cámaras que les permite tener todo monitoreado. Es otro mundo y con otra tecnología, como por ejemplo ver una mujer que manejaba desde un escritorio la carga y cobro del consumo de 12 surtidores de combustible con autoservicio; o que cuando uno quiere atravesar caminando una avenida con mucho tránsito, con apretar simplemente un botón el semáforo pone la luz roja y facilita inmediatamente el cruce de los peatones. Tratan de simplificar todo. Si bien tienen buenos restaurantes, el neoyorquino usa mucho las comidas rápidas para no perder tiempo y son buenas. Se los ve en las pausas de las oficinas almorzando en los parques céntricos de la ciudad”, describió.
Terminada la visita a la Isla de Manhattan volvieron en avión a Tampa, pasaron a buscar el equipaje que habían dejado y siguieron a Miami para alojarse en un hotel al lado de la playa.
“Estuvimos un par de días disfrutando las aguas cálidas y cuando llegamos al aeropuerto ya para devolver el auto y regresar a la Argentina compartimos la última anécdota. Mi amigo había comprado una patineta con motor para una ahijada y no se la dejaban traer en el avión porque tenía una batería que no se podía extraer, a pesar de los intentos que se hicieron. Como resultado, se la terminó regalando a la gente de la empresa de alquiler del vehículo, que nos había atendido muy bien”.

Caribe en español
En 2019 Carmen y Jorge volvieron a viajar, esta vez a México de manera más cómoda porque el idioma español facilitó todo. Playa del Carmen los recibió con su bello paisaje, el calor del Caribe y su Quinta Avenida. No les agradó la comida con condimentos picantes, pero por lo demás disfrutaron de Isla Mujeres, Cozumel, los Xenotes, los parques, las ruinas históricas y los mariachis. En 2020 iban a ir al Norte para cumplir con un cierto compromiso moral que tiene nuestro entrevistado con las comunidades Wichis, pero la pandemia no lo permitió.
“Si Dios nos permite, seguiremos ahorrando para próximos viajes. Nuestros hijos están bien e independizados. Cumplimos el sueño de tener nuestro lugar en Reta, mediante el sacrificio de trabajar varios veranos yo atendiendo parques y mi señora limpiando, hasta que concretamos primero la compra de un terrenito y luego la construcción de una casita para disfrutar de la playa y ese aire puro junto al Atlántico. Mi señora tiene el viejo anhelo de conocer el Puerto Montt de la canción de Los Iracundos. Ojalá podamos concretarlo”, finalizó.

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