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notas edicion de papel

LAS CENIZAS DE ALBERTO BORELLI YA FORMAN PARTE DEL “AGUA GRANDE”

Entre el cielo y el mar

Actor de cine, formador de guardavidas, figura emblemática de la playa de Claromecó, Alberto Borelli falleció en octubre pasado y sus cenizas fueron arrojadas al mar, en el Dunamar que tanto amaba, el 9 de enero. La ceremonia fue organizada por sus discípulos, amigos y compañeros, que a nado llevaron sus restos a las olas acompañados por las luces de las antorchas desde la arena y el sonido de los silbatos y los aplausos. “El Periodista” y una semblanza de este personaje inolvidable

Febrero 2020
Actor de cine, formador de guardavidas, figura emblemática de la playa de Claromecó, Alberto Borelli falleció en octubre pasado y sus cenizas fueron arrojadas al mar

Actor de cine, formador de guardavidas, figura emblemática de la playa de Claromecó, Alberto Borelli falleció en octubre pasado y sus cenizas fueron arrojadas al mar

Terminó por no resultar extraño, por la magia que emparenta al cine con la vida, que el director Eduardo Calcagno pensara en él para un rol que había desechado Ulises Dumont, por décadas el “actor nacional”. Es que Alberto Borelli era un personaje, en el sentido amplio de la palabra: alguien que llamaba la atención por su versatilidad -pasó, como alguna vez contó a “El Periodista”, del refinamiento de un centro de estética femenina en Buenos Aires a la rusticidad de un Dunamar en el que a inicios de los 70 no había nada-, y que, multifacético, tanto tocaba la guitarra y cantaba como grababa él mismo, con una voz profunda que hubiera merecido más repercusión, los spots con los que publicitaba su balneario.
De barba por mucho tiempo entrecana y por otro tanto nívea, con gorra de capitán impecable y un chaleco algo desgastado por el tiempo y la sal, su presencia era justamente lo que necesitaba la pantalla grande. El decía no creerlo pero tal vez sí lo creía, porque de algún modo era consciente de que sus brazadas gigantes en el mar, su postura sobre el caballo Goliat con el que recorría la playa, su charla y su carisma tenían espectadores. No sentados en butacas sino debajo de las sombrillas, en las carpas, en la orilla.
La película se estrenó en 2007. Borelli todavía se encontraba en plena forma, nadaba, atendía las mesas del balneario Nahuel Epú, “el decano” –aunque él había sido pionero en la apertura del primer ‘parador’ que hubo del otro lado del arroyo, el Nahuel Coy o ‘Nahuelito’- y despuntaba el vicio de desafiar las olas.
Y es que antes que cualquier otra cosa, Alberto era un hombre de mar. Había nacido en el Conurbano bonaerense, y acostumbraba bracear en una pileta de Avellaneda donde empezó a revistar como guardavidas. Las competencias lo pusieron frente a frente con otros nadadores de la época que llegaron a las letras de molde; él, mientras tanto, ya pensaba en Claromecó como podio y destino.

Cuando aún se llamaban bañeros
Acostumbrado a llamar hijachos y nietachos a los sobrinos y sobrinos nietos que compartía con su esposa Lucrecia, la “tía Lu”, Borelli tenía una faceta solidaria menos conocida, que era la de ocuparse del sustento y la educación de chicos provenientes, como él, del Conurbano. Para dos de ellos había pensado el proyecto del Nahuel Epú cuando se hizo cargo de la concesión, pero finalmente resultó el protagonista de un emprendimiento que dejó su impronta en turistas y residentes. Lo más importante, no obstante, es que allí recalaban los jóvenes guardavidas, que hasta hace algunas décadas aún eran llamados ‘bañeros’, en busca de su vocación formadora, su pasión por desplegar en la playa un rol más destinado a prevenir que a socorrer, su conocimiento profundo del mar. Y nadaban con él, y compartían con él platos de mar y brindis, charlas larguísimas y canciones en la guitarra.
Con el correr de los años en el almanaque y en el cuerpo, Borelli dejó de nadar –hay quienes todavía recuerdan una mágica tarde en que se internó en el mar en 2014, cuando tenía 70 años y su salud ya flaqueaba – y volvió a Buenos Aires, para regresar a su amado Claromecó prácticamente de visita. Hasta el pasado 9 de enero, porque desde ese día, el “Capitán” vive para siempre entre el cielo y el mar.

La ceremonia
La noticia del fallecimiento del guardavidas eterno trascendió el 29 de octubre del 2019. Ya ese día se anunció que sus cenizas serían arrojadas al “agua grande”, como él llamaba al Atlántico. Y el pasado 9 de enero, un nutrido grupo de trabajadores de las playas, de Claromecó pero también de Orense y Reta, ex guardavidas, vecinos y turistas participaron de una emotiva ceremonia en la que sus restos fueron llevados y esparcidos entre las olas, por más de una decena de personas, a nado y con una moto de agua. Previamente, familiares suyos entregaron las cenizas a quienes se internarían en las aguas para, conmovidos, darle el último adiós a un hombre que también en esos gestos de sus discípulos, amigos y compañeros demostró ser inolvidable.
Antorchas en las manos, el sonido de los silbatos de alerta que usan los queridos “bañeros”, aplausos y el sonido del mar constituyeron la música de su despedida. Fue en ese momento, cuando cayó la noche sobre Dunamar, que Alberto Borelli regresó finalmente a su casa.

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Un nutrido grupo de trabajadores de las playas, de Claromecó pero también de Orense y Reta, ex guardavidas, vecinos y turistas participaron de la emotiva ceremonia de adiós a Borelli

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