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GABRIEL SODE RESCATA, PARA "EL PERIODISTA", EL NOSTALGICO BRILLO DE LOS CARTELES DE NEON QUE ILUMINABAN UN TIEMPO YA IDO DEL CENTRO DE TRES ARROYOS

El regreso de Sebastián

Gabriel Sode se propuso rescatar historias y personajes de Tres Arroyos, en una serie de artículos de los cuáles hoy “El Periodista” publica el primero. “El regreso de Sebastián” se titula esta entrega, que brilla como los cárteles de neón que iluminaban un tiempo ya ido del centro de la ciudad

Por Gabriel Sode (*)

Julio 2018
Nostálgica imagen del centro de Tres Arroyos iluminado por carteles de neón

Nostálgica imagen del centro de Tres Arroyos iluminado por carteles de neón

Detrás de la vidriera de una confitería céntrica Sebastián contemplaba su juventud, rebobinando su vida como antiguamente rebobinaba un cassette de audio. En esa caminata mental, paso a paso, sus recuerdos tropezaban con la realidad. Había pasado treinta años lejos de Tres Arroyos, treinta años soñando con el regreso, un regreso que las obligaciones y las responsabilidades habían postergado demasiado tiempo. Los años se cuentan en nostalgias y por ellas, Sebastián se sentía más viejo de lo que su almanaque le indicaba.
Nos llevó dos cervezas ponernos al día, obviando los pormenores. Una vida por plácida y aburrida que parezca jamás puede resumirse en un par de horas. Con la tercera cerveza llegó la pregunta de rigor: “¿Cómo encontraste Tres Arroyos?”
“Grande… pujante… apagada…”
Permaneció en silencio algunos segundos con su mirada clavada en la ventana y rompió su mudez con una pregunta de la cual no esperaba respuesta: “¿Te acordás de los carteles de neón del centro? Yo si –prosiguió–, me acuerdo el de Casa Orión, era gigantesco y de color naranja y se prendía y apagaba como si un músico avezado estuviese ejecutando un Glisando sobre las teclas de un piano y cuando toda aquella marquesina naranja se apagaba se prendía en color verde las letras con el nombre del negocio. Estaba también el Helado gigante de Lanín rodeado de cucharitas de distintos colores, y acá a la vuelta las flechitas que secuencialmente se prendían para indicarte el camino a la puerta de entrada de Pantalonería Suriá. Acá enfrente otro cartel de neón de “Los Cracks”, dos cuadras más allá el dibujo iluminado de un pantalón que pertenecía precisamente a “La Casa del Pantalón.” Más allá sobre Colón y Maipú un cartel cuadrado y luminoso de la Tienda Blanco y Negro y ahí se terminaba el centro. Me acuerdo de las vidrieras gigantes y siempre iluminadas de Casa Arteta y Casa Aduriz y que en los días de lluvia todos esos colorinches de los carteles de neón se reflejaban en el asfalto mojado iluminando mucho más el centro; eran como cuadros abstractos que se dibujaban en el piso a lo largo de toda la cuadra. El cartel del cine Americano todavía está. Lo vi escondido detrás de unos árboles, es como el ultimo guardián de aquellos años, como el ultimo habitante de un pueblito perdido que no se quiere ir.
Con mis padres y mis hermanos en las tardecitas de verano nos sentábamos en Aristóbulo, pedíamos tostados y Coca Cola con limón y cada tanto cenábamos en Troppo o La Tuerca”
Sebastián suspiró como quien expulsa de su cuerpo la resignación.
“¿Sabías que mi casa ya no está más? La tiraron para hacer departamentos. Me acuerdo que antes de irme enterré en el fondo del patio una bolsita de cuero negra con un montón de bolitas y figuritas; me pregunto si alguien las habrá encontrado… o quizás no, quizás todavía mí tesoro está ahí tapado para siempre por el cemento.”
- Parece que es verdad esa frase que dice que no hay que volver a los lugares donde uno fue feliz –acoté-
- ¡Hay que volver, Gabo, hay que volver!… sobre todo para cerrar etapas, yo tengo mi cuenta pendiente y mañana mismo voy a saldarla. Me traje un puñado de tierra de Cosenza para esparcirla en la tumba de mi abuelo para que tenga consigo un pedacito de su pueblo al que nunca pudo volver y tanto extrañó.
- ¿Y vos que te llevás?
- ¿Qué me llevo? El reencuentro largamente añorado con un montón de gente querida… la amistad con muchos de ustedes que nunca ha cambiado…las hamburguesas de “Sancho” y no mucho más… Prefiero quedarme con mis carteles de neón, porque aunque ya no existan, me recuerdan que ser feliz era fácil en aquellos años.
Con el ultimo sorbo de cerveza brindamos por primera vez en el día, por el reencuentro después de tanto tiempo, por aquellos recuerdos que permanecen impolutos en nuestra memoria y que, ni los años ni las transformaciones de un mundo sometido al cambio permanente podrán nunca borrar.
- ¿Andiamo? No es cuestión de que lleguemos tarde al asado.
- Vamos, pero antes tenemos que comprar el postre… helado de limón de “la Maipú”
Lo vi sonreír y puedo jurar que sus ojos recuperaron el brillo que minutos antes las nostalgias le habían arrebatado: “¿ves? Hay cosas que nunca cambian. Ese es un lindo recuerdo para llevarme”.

(*) Periodista. Autor del libro "Huellas" y de la obra teatral "Observaciones Casi Inútiles" que el actor Ricardo Listorti puso en escena entre septiembre y noviembre de 2011. Responsable de los documentales "Tres Arroyos ayer y hoy" y "Sobre Las Tablas", de pronta difusión.

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