Municipalidad Tres Arroyos

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EL MEMORABLE DIA EN QUE LUIS “PACO” WEIMANN PESCO, DESDE LA COSTA, UN TIBURON DE 91,800 KILOS

“El pique de mi vida”

En primera persona, en exclusiva para “El Periodista”, el avezado pescador y ganador de varios concursos, Luis “Paco” Weimann, relata cómo fue el día en que capturó un tiburón de casi 100 kilos de peso. De aquel memorable evento se cumplen 35 años

Por Luis “Paco” Weimann

Enero 2019
Luis “Paco” Weimann es un avezado pescador que, en Marisol, pudo disfrutar de “el pique de su vida” cuando capturó un tiburón sarda de casi 100 kilos de peso

Luis “Paco” Weimann es un avezado pescador que, en Marisol, pudo disfrutar de “el pique de su vida” cuando capturó un tiburón sarda de casi 100 kilos de peso

Hola, ¿cómo están? Mi nombre es Luis Weimann, pero todos me conocen por “Paco”. Para los que no me conocen, soy de la ciudad de Oriente (Buenos Aires), transportista y pescador, dos cosas de la vida que tanto amo. Creo que nací pescador, algunos tal vez se hacen pescadores con el tiempo, pero lo mío es de cuna, se los puedo asegurar, y para colmo nací a solo 22 kilómetros del balneario Marisol, lo que es “el paraíso” y sinónimo de pesca. Cuántos de nosotros tenemos historias de pesca, las cuales en ronda de mate, asados y reuniones de amigos las contamos, y aunque a nosotros los pescadores nos tildan de exagerados, por no decir mentirosos, donde en cada anécdota salta aquel que te dice ¡ey, achicá los brazos! Ustedes saben, siempre es así y es cierto, un poco lo agrandamos, pero para decir la verdad, lo mío fue distinto, yo tuve la suerte de pescar algo tan grande que no preciso mentir.
Mi día de pesca
Les voy a contar mi historia, y cómo olvidarla, ¡si parece que fue ayer! Corría el año 1983, para ser justo el 29 de diciembre, en ese momento tenía 28 jóvenes años, nos juntamos como siempre con Luis Gonard, Alberto Aued y Raúl Pérez para probar unos tiros de pesca y tratar de capturar algunas corvinas en Marisol, con la pesca que más nos gusta: a caña, reel y de costa. En aquel tiempo no teníamos los artículos de pesca que hay ahora, pero nuestros equipos igual eran fieles y preparados para todo. Un reel Escualo y una caña Fishinglas de 3,50 servían para todo. Llegamos después del mediodía, y empezó todo mal, porque llovió toda la tarde, y nosotros sin poder pescar. Lo mejor fue quedarnos en casa del abuelo de Raúl, comer unos bifes, unos tragos de vino y acostarnos para ver qué pasaba al otro día. Amaneció impecable, un día soñado, tal vez preparándose para la sorpresa que me daría… Raúl Pérez se tuvo que volver a dedo a Oriente para trabajar, pero nosotros nos quedamos a pescar. Compramos bifes, el infaltable vino tinto, y nos fuimos a la desembocadura del rio Quequén Salado a sacar unas lisas para carnada. De ahí nos fuimos unos 5 kilómetros por la costa, cerca del campo de Riglos, pasando un lugar llamado “el Molino”, donde hay canaletas hondas.

El pique
La pesca estaba entretenida; pescadillas, algunos gatuzos y corvinas picaban en nuestras cañas. El viento del sector norte daba sensación de paz, de tener la suerte de disfrutar un buen día de pesca. Yo con dos cañas, usaba la mía y la de Raúl que se había ido y nos había dejado debido a que no pudo llevarla. Encarné bien, un filetito de lisa, buscando una buena pieza. Hago un tiro cerca, no más de 70 metros, nylon del 0,50 y un solo anzuelo. Dejé la vara en el haragán, eran justo las 12.30 del mediodía -me acuerdo el horario porque en ese momento me puse a cocinar los bifes-, cuando se oyó el grito de “Paco, te está picando”. Corrí enseguida, agarré la caña y encañé o clavé lo que sería, sin saberlo, el pique más grande de mi vida. Acá empieza lo que más nos gusta, la lucha por sacar el pez del agua, y el pez que lucha por no salir. Por esa razón me gusta tanto el mar, nunca se sabe que saldrá de allí. Cuando tenemos un pique la mayoría de las veces uno se da cuenta de qué pez es, una corvina, un cazón, una pescadilla; pero este era diferente, sacaba nylon como si no se diera cuenta que del otro lado estaba yo, su andar era firme, pesado, se notaba el poderío. La primera llevada fue de 300 metros, se paró y se volvió para la costa, creo que llegó hasta el segundo banco, y allí empezó a nadar hacia la izquierda y nosotros a caminar. Digo nosotros, porque íbamos los tres caminando juntos, hasta que a los quinientos metros uno de los nuestros se volvió a cuidar las cañas que habían quedado en el lugar de pesca. Cuando llegó, grande fue su sorpresa porque los nylons de las demás cañas estaban todos cortados. ¿Habría más ejemplares de lo que yo tenía en mi línea? Yo me daba cuenta de que lo que tenía prendido en el anzuelo de mi caña era un tiburón, lo sabía porque ya había sacado tiburones antes, pero a decir verdad, juraba que este estaba enganchado de costado. La lucha siguió, por segunda vez se va otros 300 metros mar adentro, pero para sorpresa mía y de mis amigos se volvió nuevamente hacia la costa. La tercera fue tremenda, se llevó los 400 metros de nylon que tenía y me tuve que meter en el mar hasta la cabeza para que no me corte. Luché un rato con las olas, y después de tantos rezos para que se detuviera se volvió una vez más para la costa. Siempre me río de lo que me dijo Luisito en medio de la pelea con el pez: “Paco, pescadilla seguro no es”…

La captura
Después de 4 horas y varios minutos, y de caminar con mi caña muchos kilómetros, la cosa se complicó un poco más; los dos estábamos muy cansados (el pez y yo) y la adrenalina ya había bajado bastante desde que me picó, pero el tiempo, haciendo lo que más nos gusta, pasa rapidísimo. Casi sin darnos cuenta llegamos a la zona de baño, imagínense, un 30 de diciembre, día de mucho calor y mucha gente bañándose en el lugar. Pero yo estaba decidido a terminar con esto, y ver lo que tenía del otro lado de la línea. El pez ya venía de costado y las olas lo empujaban aún más hacia la costa. Entre tanta gente había una docena de monjas que se refrescaban en el agua con sus clásicos hábitos, y una me dijo, “¿qué trae joven? ¿Una corvina? Yo le dije lo más tranquilo posible: “no, madre, es un tiburón, y ahí está”. Grande fue la sorpresa y el susto de todos cuando lo vimos en una ola, no era grande, ¡era enorme! Otro amigo de Oriente, Jorgito Moreno, se encontraba bañándose justo en ese momento, sin decir nada y al verme a mí, actuó rápido y eficazmente, lo alcanzó a bicherear desde las agallas, y entre todos lo sacamos. Extenuados y sorprendidos a la vez, teníamos en frente un tremendo tiburón sarda terriblemente grande. Uno de los tantos que se encontraban en el lugar me dijo “este llega a los cien kilos”. Algo de esto seguro conocía. El anzuelo estaba bien clavado en la boca del mismo, y aunque la brazolada era de nylon, nunca tocó la afilada fila de dientes triangulares que poseía. El tiburón pesó 91,800 kilos, medía 2,65 metros de largo y tenía una circunferencia de 1,20 metros. Caminé más de 5 kilómetros, y fueron 4 horas y 50 minutos lo que tardé en sacarlo.
Por llevar la caña tanto tiempo entre mis piernas se me reventó una vena en una de ellas, lo cual me produjo un derrame. Aun así, fue el día de pesca que nunca voy a olvidar. El abrazo de mis amigos fue el gran premio que tuve, la satisfacción de ganarle al pez una pelea de igual a igual no tiene comparación con nada. Hoy me doy cuenta que todo estaba preparado para que sucediera, la lluvia, la caña de mi amigo, el tiburón que cada vez que se iba mar adentro se volvía; tal vez tuve mucha suerte.

El final de esta historia
Después de 35 años, esta historia sigue vigente y la sigo contando cada vez que me lo piden. De todos los que estuvieron ese día, solo falta Jorgito Moreno que lamentablemente falleció, pero qué gratos recuerdos tengo de mis amigos y mi vida como pescador… Hoy disfruto de mi familia, de mi trabajo y la pesca. Aun me siento con ganas de estar frente al mar con una caña, de ver las olas y el viento que acaricie mi cara. Y quién sabe, tal vez todavía el mar me dé otra sorpresa. Espero que mi aventura les haya gustado. No sé si todos los que amamos la pesca tenemos la suerte de sacar tan grande trofeo. Yo estuve en el momento justo y el lugar indicado, aunque los cientos de vueltas de manija que le di al pobre reel Escualo, les aseguro que se las di yo. Recuerden algo: nunca se sabe si será buena o mala la pesca hasta que termina el día. Todo puede suceder. Les mando un gran abrazo de pescador a pescador.

Saber y suerte

Luis “Paco” Weimann, a los 63 años, sigue vigente y activo en la pesca como el primer día. Fue un innovador de la pesca, campeón de Interclubes de la zona y ganador de varios concursos a la pieza de mayor peso. Gran tirador de larga distancia (casting) y unos de los pioneros del tiro péndulo. Transportista, hincha del rojo de Avellaneda y siempre acompañado de su fiel verdulera (acordeón). Un pescador con todas las letras, y lo que es más importante, un gran compañero. Y aunque en la pesca hay que saber, él siempre dice “lo mío fue solo suerte”. ¿Será así?

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