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EL MEDICO TRESARROYENSE SEBASTIAN OTERO COMPLETO EL IRONMAN DE FLORIANOPOLIS, BRASIL

Carrera de mente

Compartió el entrenamiento 6/7 con 60 horas de trabajo semanales, guardias y tiempo para la familia. Y cuando estuvo listo, con competencias previas de por medio, se lanzó a disputar el Ironman de Florianópolis, una extenuante competencia de 226 kilómetros que lleva más de 12 horas de nado, ciclismo y pedestrismo. Pero para Sebastián Otero, lo más importante es preparar la cabeza para el desafío que enfrentará el cuerpo. Así vivió ese increíble momento, y lo contó a “El Periodista”

Septiembre 2019
Los tresarroyenses Fernando Rodríguez Forgues, el propio Ramiro Saltapé y su pareja, y Silvia Ojeda acompañaron a Otero, además de su familia, en Florianópolis

Los tresarroyenses Fernando Rodríguez Forgues, el propio Ramiro Saltapé y su pareja, y Silvia Ojeda acompañaron a Otero, además de su familia, en Florianópolis

Sebastián Otero es médico. Comenzó a prepararse desde el punto de vista físico hace unos años, y en mayo de este 2019 alcanzó su mayor logro: el Ironman de Florianópolis, una competencia de triatlón que incluye, como su nombre lo indica, un tramo pedestre, bicicleta y nado. Los números duros dicen que completó los 226 kilómetros (3800 metros nadando, 180 km en bicicleta y 42 km de carrera a pie) en 12 horas, 22 minutos y 8 segundos, y que su desempeño lo ubicó en el puesto 749 de la competencia general, además de ser el 193 de 313 corredores de su categoría, la de 40 a 44 años. Pero su relato es el que confirma que, más allá de la velocidad y la resistencia del cuerpo, la competencia se disputa en la mente.
“Cuando mi hija, que hoy tiene 13, tenía 2 años, Ramiro Saltapé –mi entrenador- me propuso participar de un triatlón, ‘vos que nadás bien’…Pero no andaba en bici y apenas corría, así que casi llegué con la ambulancia. Llevo años en esto, y los entrenadores, algunos más y otros menos, aseguran que uno tiene que llegar a cierto grado de maduración para participar de una competencia como esta de Florianópolis. Porque es algo que va más allá del cuerpo; para llegar a bancarte la exigencia hay que tener la cabeza preparada porque hay situaciones en las que podés claudicar. Tiene mucho de juego mental”, asegura.
Aunque reconoce que entrenaba poco, Sebastián viene de una familia de nadadores. “Todos, mi papá, mi hermano Andrés, mi tío, mi hermano Nicolás. Cada vez que había una pileta o una competencia uno estaba, al menos esporádicamente. En el 2007, en Buenos Aires, me lo crucé a Ramiro, amigo de toda la vida, pero en aquel momento estaba muy pesado y si bien lo completé al triatlón al que me invitó, me costó muchísimo. Fueron 750 metros nadando, 20 km de bici y 5 corriendo, en Claromecó. Al año siguiente nos vinimos a vivir a Tres Arroyos y empecé un poco con la pileta, después a correr, me subí a la bicicleta y empecé con esto. Y así me fui fijando objetivos cada vez más grandes, y se volvió una adicción, o pasión, como lo quieran llamar”, cuenta.
Otero comenzó a formar parte de grupos de entrenamiento, siempre orientados por Saltapé, como el de corredores “Panta Rey” y “Piensa en mí”, en este caso de duatlonistas y triatlonistas. “Lo que nos une son las ganas de hacer actividad física; no hay ninguna condición para entrar, hay de distintas edades, flacos, gordos, altos, bajos, es muy heterogéneo pero en definitiva somos todos iguales. Se entrena en el Parque Cabañas, en el predio de la Fiesta del Trigo y en la pista de atletismo, y en bicicleta, por el Camino de Cintura y por la ruta 85, en general, porque si hay que prepararse para grandes distancias, dar vueltas por la ciudad te puede marear”, admite.
“De a poco fui aumentando los objetivos, y competí en otros triatlones: un corto, dos cortos, diez cortos, entonces viene un olímpico que me encantó, y después vino el primer medio Iron Man, en Concordia, en 2014. Son 1900 metros de natación, 90km de ciclismo y 21km a pie. Luego vendrían otros diez medio Ironman, entonces ya era hora de la competencia mayor. Se empezó a hacer en Mar del Plata hace dos años, pero por una cosa o por otra, pero sobre todo por preparación, no fui, hasta que se dio lo de Brasil, que además venía bien como para tomarlo como parte de las vacaciones de la familia”, cuenta Sebastián.

“Te tiene que gustar”
Con toda la familia, Otero estaba listo para partir a Florianópolis para enfrentar aquel desafío enorme, pero antes había transitado por un durísimo camino. “Lo más pesado fue la preparación. La carrera son 12 horas, parece mucho, pero se te pasan como un puñado de arena entre las manos. Había que entrenar seis días a la semana en doble turno y a veces en triple, pero además trabajar”. Ese tiempo de entrenamiento exhaustivo, Sebastián lo compartió con guardias, Hospital, atención de consultorio y la habitual disposición que tiene para con sus pacientes, que lo reconocen por esa cualidad. Pero también con la familia y con la preparación del viaje, cuestión que siempre tiene, sobre todo con los vaivenes económicos propios de la Argentina sus bemoles.
“Uno decide correr la competencia y hay que inscribirse, porque en Florianópolis el cupo se agotaba en 15 minutos. Hasta que se empezó a hacer el Ironman en Argentina y así se descomprimió un poco Brasil, lo que nos permitió a más argentinos participar. Yo me anoté para participar con un dólar a 20 pesos (cuesta 800 dólares), y cuando fui a competir, el 26 de mayo pasado, el tipo de cambio era el doble. Pero ya estaba inscripto, entonces desde ese momento me empecé a enfocar en que había que estar en las mejores condiciones”, apunta Otero.
Para los entrenadores, advierte, es más fácil trabajar con un deportista de elite que se dedica solamente a eso. Pero el desafío estaba en acondicionar “a un tipo que trabaja 60 horas por semana, para que llegue al Ironman entero. Obviamente es indispensable un tiempo de madurez; e incluso calmar la cabeza participando de otras competencias. En enero corrimos con Jorge Morcillo, Sebastián Gagliardi y Luis Kreff, uno de cada grupo de entrenamiento, en Pucón, Chile, y en marzo corrimos en Miramar. Es importante hacer un medio Ironman un par de meses antes, que fue lo que hicimos, y después nos enfocamos hacia Floripa”, relata.

Antes de la competencia
Antes de llegar a la competencia propiamente dicha, el triatlonista tiene que “preparar” su propia carrera. “Hay que planificar muy bien cómo vas a correr y a cuánto; cómo te vas a hidratar y qué vas a comer, porque si no cubrís bien la hidratación y alimentación no llegás. Hay que recordar que se puede completar como máximo en 17 horas y media. Yo tardé 12; lo que quería era cruzar el arco a como dé lugar y buenas noches, tardara 12, 14 o 17. El objetivo, cuando uno hace el primer Ironman, es llegar”, advierte.
Atrás queda el entrenamiento previo de seis días a la semana con un solo descanso y hasta tres estímulos semanales. “El lunes y miércoles era una hora de trote y una de gimnasio, el martes y jueves una hora de pileta y dos de bici; el viernes entrenaba lo que podía porque tenía guardia, y cuando salía, el sábado, salía a andar en bici otro par de horas. Si uno no tiene una familia que lo acompaña, o no lo hace o termina solo. Mi mujer, en los meses previos, me decía ‘dale, dale que te falta poco’. Y eso es lo que te hace llegar”, dice.

La hora de la verdad
La carrera propiamente dicha se llevó apenas un día de los planes de vacaciones familiares de los Otero en Brasil. Pero fue inolvidable. “El día anterior fui a dejar la bici y retirar el kit, y la competencia empezó cuando salí a las 7 de la mañana y para volver de noche”, cuenta.
Los 1700 competidores comenzaron a largar en varias olas, en el mar de Jureré. “No hay rompientes, no hay mareas, la ondulación del agua es espectacular. He nadado en Claromecó, en los olímpicos de Mar del Plata, y cuando pasás los 500 metros hay que estar con la mente fría y el corazón caliente. Pero allá era la misma ola de la orilla, era algo que no se podía explicar. Largamos con el amanecer, una belleza”, recuerda.
Los tresarroyenses Fernando Rodríguez Forgues, el propio Ramiro Saltapé y su pareja, y Silvia Ojeda estaban allí para acompañarlo desde las 6 de la mañana. “Largamos 7.28, el agua fue algo muy tranquilo, en realidad hay que tomárselo así, y después había que subirse a la bici, de la forma más serena posible porque son 6 horas y no hay que sacarse la cabeza. Había mucho viento, entre 30 y 35 km, por 90 km fue en contra, y con 16 lomas de ida y de vuelta. Fue pesadito para las piernas, porque había que subir esas lomas a 12, 15, con el piñón grande y el plato chico, y todo eso comiendo cada media hora o 45 minutos y tomando líquido. En eso me ayudó Mariana Leguizamón, nutricionista amiga, y José Baruja me preparó la bicicleta”, describe Sebastián. La comida, que está en un rack ubicado en el sector al que el nadador asiste para cambiarse el equipo por el de ciclista, consiste en frutos secos, geles y un sándwich de jamón y queso. Con eso hay que bancarse seis horas.
“Me tomé esas seis horas muy tranquilo, pero una lesión en el pie hizo que cuando me bajé de la bicicleta, sentí que no sabía si iba a poder seguir. Por eso la carrera, que me llevó 4 horas 46 minutos (pensaba hacerlo en 4) me demoró más tiempo. Pero sabía que tenía que seguir, por eso el apoyo familiar, el estar centrado en todo lo que tenía que hacer, fue lo que más me ayudó. Tenía claro que todo el sacrificio que yo había hecho, pero también quienes me acompañaron, no podía quedar de lado en ese momento”, sostiene.
De alguna manera, el fijarse ese objetivo y lograr cumplirlo sirve para ordenar otras cuestiones de la vida, aunque hay que apelar a un grado de locura para conseguirlo. Dice Sebastián que “sin duda hay que estar un poco loco para hacer semejante sacrificio, pero tiene un montón de cosas lindas. Esos dos kilómetros, 20 cuadras de gente que te grita y te alienta aunque no te conoce, los brasileños bailando y la batucada, son inolvidables. En casi todo el camino hay algo. El primer kilómetro de salida de cada vuelta son así: llenos de gente, bullicio, aliento, familiares. La gente de la organización les da esos palos inflables como los que se usan en la NBA, entonces está ese sonido, es increíble todo. Y uno se siente una estrella”, comenta.

El temido muro
Es en los tramos finales cuando uno vuelve a entender la dimensión de desafiarse a sí mismo. Así lo vivió Otero. “Cuando me bajé de la bicicleta y sentí el dolor del pie, me masajee y me tomé un comprimido sublingual que tengo en la calza siempre, y empecé a caminar. Ya al kilómetro ya estaba corriendo; ese trote continuo me duró hasta el 31, y ahí apareció el famoso ‘muro’, que pensé que no me iba a agarrar porque estaba entrenado pero allí estaba. Es un bloqueo mental que aparece fruto del agotamiento, es un ‘no puedo más’. Hay quienes lo vencen, cada uno sabe de qué manera, y otros que se plantan ahí. Pero yo tenía claro que con los codos, iba a llegar. Porque para mí, las carreras se empiezan y se terminan. O viene la ambulancia (risas). En los últimos 8, 9 km combiné correcaminata y así, de a poquito, fui llegando. Por eso tardé casi 5 horas”, puntualiza.
En los últimos kilómetros, un ritual muy personal, que no cuenta, lo llevó a Sebastián Otero al arco final. “Hay un dicho que dice que corrés 30 con las piernas, 10 con la cabeza y los dos últimos con el corazón. Así llegás”. Y así llegó.

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