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DANIEL STASEVICH Y SU PASO POR EL COLEGIO ARGENTINO DANES SE CONVIRTIERON EN LIBRO

Bajo el mismo cielo

Tenía poco más de 7 años cuando su madre lo dejó, junto a su hermana, en el Colegio Argentino Danés de Micaela Cascallares. Hasta esa mañana, Daniel Stasevich había vivido en su Buenos Aires natal, y aquel drástico cambio lo marcó para siempre. “Soy un ejemplo de niño salvado por la educación”, asegura, ante “El Periodista”, con el relato de aquellas vivencias en la mano, transformado en libro. “Bajo el mismo cielo” cuenta la historia de aquel niño y este hombre. Imperdible

Marzo 2015
“Soy un ejemplo de niño salvado por la educación”, aseguró Stasevich a “El Periodista”, con el relato de aquellas vivencias transformado en el libro “Bajo el mismo cielo”

“Soy un ejemplo de niño salvado por la educación”, aseguró Stasevich a “El Periodista”, con el relato de aquellas vivencias transformado en el libro “Bajo el mismo cielo”

“Nunca estuvo previsto. Aún en el clima enfermo de una vivienda familiar, pensábamos que podíamos resistir cualquier situación, pero jamás pensamos en la posibilidad del abandono. ¿Cómo se explica que una madre saque a sus hijos de siete y ocho años de su casa, una tarde imprevista y los deposite en un colegio, a 500 kilómetros de su hogar y que su marido se entere de la situación al volver del trabajo? En realidad, uno comienza a entender que nunca tuvo padres, sino un padre y una madre. Siempre dije que tuve una infancia horrible, con una educación excelente, ¿es esto posible?, tal vez sea el reflejo de lo que comencé a ver en el espejo, con el correr de los años, cuando logré construir mi vida”, dice Daniel Stasevich a propósito del libro que acaba de publicar, en noviembre pasado, y que lleva por título “Bajo el mismo cielo”. Ese colegio, ubicado tan lejos de casa, es el Colegio Argentino Danés de Micaela Cascallares. Ese cielo es el que compartió, durante cinco años, como pupilo del establecimiento con otros chicos de la zona, muchos de los cuales hablaban un idioma que Daniel no entendía, aunque lograron comunicarse con él con un lenguaje universal: el del juego, el del afecto, el de la contención que entonces necesitaba.
Stasevich se abraza, hoy desde sus 60 años, con aquellas maestras que le dieron clases en el Danés, y se emociona. Es la presentación del libro en el Museo Mulazzi, el autor está recién llegado de Buenos Aires, donde vive, y por la sala mayor revolotean ex compañeros, casi como si fuera el patio infinito del Colegio de Cascallares. “Esta presentación es un poco el cierre, el final del libro -dice a “El Periodista”- . Hoy está la última maestra con la que me faltaba encontrarme, Rosa Zóccaro. A Sonia Hoffman, a Teresa Zijlstra, ya las he visto e incluso he cenado con ellas. Y a la primera, Olga Fernández, nunca la volví a ver. Ella había sido alumna de mi madre; precisamente por eso vine yo al Colegio Argentino Danés, porque mi madre había sido maestra allí, cuando tenía 17, 18 años. Más tarde, en una situación familiar bastante caótica, en Buenos Aires, ella entiende que lo mejor para mi hermana y para mí era ese colegio. Teníamos 7 años y medio y 8 años y medio, incluso éramos muy chicos para el resto de los que estaban ahí. Y con el tiempo, una vez vuelto a Buenos Aires, me fui encontrando con muchos de esos compañeros”, relata. No cesan los abrazos.

La niñez sin fin
Daniel, hoy abogado, licenciado en Sistemas, director técnico de fútbol y dirigente del Club San Lorenzo de Almagro, llegó al CAD en junio de 1962. Sus compañeros de entonces ya habían transitado la mitad del año lectivo, y como recuerda, hoy con serenidad, aquello fue intempestivo. “Me fui en diciembre de 1967, exactamente cuando el Colegio cumplía 50 años. En aquellos años, mis padres se habían separado; mi madre venía cada dos o tres meses, más adelante incluso con menos frecuencia, y la relación era compleja. Yo me quedaba mucho con la familia Hoffman, de Cascallares. Y tengo un lindo recuerdo tanto de esa familia como de su campo, de mi infancia allí, y también de las casas de otros compañeros, como Enrique Pedersen, y otros cuyos nombres no recuerdo y que no volví a ver”, admite.
A su vuelta a Buenos Aires, Stasevich logró recomponer en cierta forma su vida familiar, estudió, creó sus propios vínculos, pero el recuerdo estaba siempre presente. “Trabajé durante años en Sistemas y luego me dediqué al Derecho. Pero esas vivencias que uno tiene de muy chico, y que después se apartan -porque yo me fui de Tres Arroyos cuando tenía 13 años-, parece que son situaciones que vuelven y vuelven permanentemente en la vida, aún cuando a uno le vaya bien, o mal, o como sea, en otros aspectos. Y entonces me di cuenta, a pesar de que estoy cumpliendo 60 años y ya tengo una casa, dos hijos, un perro, y todo, de que la infancia seguía siendo una cuestión recurrente. Entonces me propuse contar qué había pasado durante esos años de mi vida, de los cuales creí que recordaba poco hasta que empecé a escribir. La memoria fue jugando sola, no es que uno recuerda lo que quiere. Son esos momentos raros, y surgieron muchas cosas. Se dio una situación muy linda que me llevó a comprender muchas cosas, porque yo fui, de alguna manera, un niño salvado por la educación, algo que es muy interesante analizar hoy”, confía.
El Colegio había quedado, como dice Daniel, entre los hilos sueltos que empezaron a revelarse ante la muerte de un familiar cercano, primero, y luego cuando finalmente decidió empezar a convertir aquellos retazos de memoria en un relato ordenado que tomara la forma de libro. “Empecé a escribirlo en enero de 2013; durante el 2014 se llevó adelante, por mi cuenta, la edición, y lo puse a consideración en noviembre pasado”, describe.

Historias de uno y de todos
Ahora, mientras se prepara para presentarlo en público, encuentra no sólo a aquellos otrora chicos que pasaron por las aulas del Argentino Danés, sino también a gente que, a pesar de no conocerlo, le expresa la emoción que suscita su historia. “Me parece que lo que impacta es la descripción de lo que les sucede a un chico de 5 años y a una nena de 8, que son dejados a 500 kilómetros de su casa, en un lugar donde no conocen a nadie, donde se habla un idioma que no conocen, y donde empiezan a aparecer esas rebeldías pasivas, como las enfermedades, el asma, la resistencia a hablar ese idioma. Esa cosa de cómo adaptarse, de observar demasiado, tratando de adivinar qué hacían los demás; pasar tiempo sólo en eso, en mirar, sin saber qué hacer. Quizá por eso soy analista en Sistemas, por observar tanto…Quizá sea eso lo que llama la atención. Además está siempre presente el afecto. No es un libro rosa, pero no está escrito desde el rencor, sino quizá desde el dolor. Pero es muy esperanzador sobre todo para la educación”, sostiene.
Es que Daniel Stasevich llegó a trabajar, en el marco de su profesión, en el Ministerio de Educación de la Nación, y hablando con expertos en educación, les contaba acerca de su paso por aquel establecimiento emblemático y la influencia decisiva que ejerció sobre su formación. “Les decía que tuve una infancia horrible, pero mi educación fue excelente. Y ellos me decían que si uno tiene una infancia mala y, encima, la educación no ayuda, el crecimiento es muy complicado. Para mí, si bien mi crecimiento no fue una cosa floreciente, la educación me salvó en muchos pasos. La capacidad de aprender, todo lo que allí tuve la oportunidad de conocer, desde conocimientos a nivel pedagógico hasta deportes, atletismo, baile, coro, cosas que en Buenos Aires era muy raro encontrar, entonces, en el colegio”, asegura.
“Yo no pretendí hacer una descripción del colegio porque no me sentía capaz de eso, ni siquiera participaba de la vida social posterior…Lo que quise describir era aquello que sucedía y que marcó mi educación. Y resulta asombroso que nadie lo haya hecho, o quizá sí, pero no de esta manera. El Colegio Argentino Danés ha tenido un peso enorme para Tres Arroyos y sus alrededores. Tengo un amigo que viene desde siempre a veranear a Reta, y cuando le conté que yo había ido a ese colegio, no lo podía creer. Lo conocía simplemente de venir de vacaciones a esta zona. Es que yo creo que el CAD significa una forma de educar que ya no tenemos más. Quizá porque no deba existir, no lo sé. Pero ahora se discute si doble escolaridad sí o no, y nosotros la teníamos. ¡Y se dictaban clases los sábados!”, evoca.

El regalo del afecto
Lo fascinante, sin embargo, después de aquel paso con claroscuros por aquellas aulas, de la paciente recopilación de recuerdos, de la escritura y finalmente nacimiento de “Bajo el mismo cielo”, es la recuperación de los afectos, un tramo medular de la historia de Daniel y, en definitiva, de cualquier niño. “Ese es el regalo. Que se acuerden de uno, recordar a aquellos que ya no están. Y volver a esta zona, a reencontrarme con la familia Hoffman, que es casi como la mía; mis hijos, mi mujer, los conocen, he tratado de unirlos con los años, y siempre necesito volver a estar con ellos. Por eso siempre, aunque sea un viernes, me hago una escapada hasta acá para cenar con ellos, para seguir compartiendo cosas. Lo mismo hago con ex compañeros, cuando los encuentro, claro, porque a pesar de que todos tenemos de 60 años para arriba, siempre están ocupados. Pero siempre vuelvo. Y regreso a Buenos Aires reconfortado. No sé, quizá a todo el mundo le pasa lo mismo, pero para mí esto es muy importante. Y también lo es para mis hijos, porque si bien ellos conocían mi historia, leerla les ha servido, de alguna manera, para ‘humanizar’ al padre…”, admite Stasevich.
Las repercusiones de la publicación, que en Tres Arroyos puede comprarse en la librería Lumi, ya empezaron a llegar para Daniel cuando lo conocieron sus amigos y conocidos de otros ámbitos. “Yo he trabajado profesionalmente y trabajo desde hace muchos años, he actuado en política, como dirigente deportivo, en fin, y he dado otra imagen, de seriedad, de dureza, que no es lo que muestra el libro. Pero yo he cambiado mucho en estos últimos años de mi vida, sobre todo para tratar de ser más permeable a los sentimientos que me ofrecen, y el hecho de conocer, a través del libro, mi niñez, ha contribuido a eso. Uno tiene color de pelo, de ojos, profesión, familia, pero también una niñez que va siempre con uno. La mía está allí, en el libro, y conmigo, por supuesto. Pero ahora cualquiera puede, leyéndolo, conocerla”, concluye.

Reencuentro de amigos

Para la presentación de “Bajo el mismo cielo” en Tres Arroyos tuvieron mucho que ver Ana Gundesen y Graciela Montalivet, que son integrantes de un grupo de ex alumnos del CAD formado en Facebook, y del que Daniel Stasevich es administrador. “Después de que me convencieran para editarlo, y del trabajo que hicieron para que lo lograra dos personas muy particulares, la escritora Guadalupe Wernicke y la editora Marianna Rossi, mis ex compañeras me impulsaron a mostrarlo en Tres Arroyos, lo que me hace sentir muy halagado”, confiesa.
“Además de presentar el libro, esta es una forma de encontrarnos. Yo estoy volviendo, desde hace un par de años, con mucha frecuencia a Tres Arroyos. Y me hace muy bien. Mi libro es parte de mis sentimientos, y me siento halagado de poder compartirlo con la gente”, concluye Daniel.
De hecho, tras la actividad prevista en el Museo Mulazzi, se realizó una cena en el Centro Danés en la que el ex alumno del CAD se reencontró con amigos y compañeros.

Tapa del libro "Bajo el mismo cielo", de Daniel Stasevich

Daniel Stasevich, hoy abogado, licenciado en Sistemas, director técnico de fútbol y dirigente del Club San Lorenzo de Almagro, llegó al CAD en junio de 1962

Una foto de aquella época. Compañeros del Colegio Argentino Danés de Micaela Cascallares, durante la estancia de Daniel Stasevich como pupilo en el establecimiento

A su vuelta a Buenos Aires, Stasevich logró recomponer en cierta forma su vida familiar, estudió, creó sus propios vínculos –en esta foto lo acompaña su familia- pero el recuerdo de la infancia en Cascallares estaba siempre presente

“Uno tiene color de pelo, de ojos, profesión, familia, pero también una niñez que va siempre con uno”, asegura Daniel Stasevich. En la foto, con otra de sus pasiones: San Lorenzo

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