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AGUSTIN BAREILLE RECORRIO EL MUNDO BUSCANDO SU LUGAR Y LO ENCONTRO CERCA DEL MAR

Surfear la vida

Es imposible contar en pocas líneas el recorrido vital del tresarroyense Agustín Bareille, por tierra, aire y sobre todo mar. En pocos años vivió en distintos países, se transformó en padre y se encontró a sí mismo comprendiendo a sus propios padres y sus temores. Siempre con las olas, el sueño de navegar y el surf como herramientas y horizonte, compartió su experiencia con “El Periodista”. Exclusivo desde Tenerife, España

Mayo 2017
Agustín Bareille, su esposa Esther y Kaylana, la pequeña hija de ambos

Agustín Bareille, su esposa Esther y Kaylana, la pequeña hija de ambos

Agustín Bareille quería viajar. Quería encontrar su lugar en el mundo. Quería vivir. Pero moverse a través de los caminos del deseo tiene sus atajos y sus encrucijadas. Hoy vive en Tenerife, con su mujer holandesa y su pequeña hija Kaylana, de 1 año. Pero hasta llegar allí, donde lo entrevistó “El Periodista”, recorrió varios países y sobrevivió de las maneras más increíbles.
“En 2008 me fui por primera vez a Colombia, por tres meses, y me quedó picando algo por dentro, por así decirlo. Cuando volví estuve viviendo un tiempo en Tres Arroyos, y me iba a Bariloche a hacer temporadas. Buscaba experiencias, encontrarme a mí mismo en diferentes situaciones. En 2011 regresé a Tres Arroyos desde Bariloche para despedirme de mi familia y amigos, y emprendí un viaje por el norte argentino, Bolivia, Perú, un poco de Ecuador, hasta que llegué a Medellín, Colombia. En ese momento no sabía más que trabajar en restaurantes, en servicio, y no estaba seguro de poder hacerlo en otro país. Ese mismo año, lo que pasó con el volcán había afectado la economía relacionada con el turismo en Bariloche, entonces decidí irme con lo que tenía, que creo no eran más de 650 dólares. Había hecho cursos de masaje en Bariloche y mi sueño era dedicarme a eso en el Caribe y aprender a surfear”, contó, sobre el inicio de sus aventuras.
Por entonces volvió a Bolivia a visitar familiares, pasó por el Macchu Picchu en Perú, se reencontró con amigos en Medellín y así llegó hasta un pueblo paradisíaco en Colombia: Taganga. Pero solo le quedaban 50 dólares. “No había vuelta atrás. Ahí empezó la aventura en serio. Cuando llegué a Taganga sin conocer nada de nada, ni siquiera había buscado en Internet –me había recomendado el lugar un amigo de Medellín-, vi a un artesano con un mate y me mandé a preguntarle si sabía dónde podría acampar. Nos presentamos, tomamos unos mates, charlamos un poco y me invito a parar en una casita que alquilaba con su novia, su cuñada (de nacionalidad marroquí) una pareja de franceses y dos chicos de Rosario. Todos hacían algo, artesanías, mini lemon pies, mini pizzas, todo para vender en la playa y los hostels. Pero me di cuenta que no había espacio para mí”, recordó Agustín.
En aquel momento acudieron en su ayuda dos cuestiones: su experiencia gastronómica y las empanadas, un plato que según el tresarroyense, “nunca falla”. “Encontré un hostel donde podía acampar en el patio. Y tenía una cocina chiquita, piola aunque desordenada porque nadie limpiaba durante el día. Así que decidí ponerme a hacer unas empanadas. Hacía la masa, el relleno criollo y las freía. ¡Vendía como loco! Después empecé a preparar otras variedades. Con tres docenas por día me alcanzaba para todo. Vendía cuatro días, descansaba dos y uno lo destinaba a hacer producción de discos de masa para freezar. Me levantaba a las 6:30 a limpiar el desorden de la cena que dejaban los mochileros, cocinaba y a las 10 salía a vender. El clima de la mañana era agradable como para hacerlo”, evocó.
Tras dos meses de ventas exitosas, decidió emprender viaje hacia Palominos, un pueblo de playa en la puerta de la selva a la Sierra Nevada. “Fui con seis amigos, acampando siempre en la playa, frente al mar, debajo de palmeras de cocos, con un río a un kilómetro donde bañarnos y recolectar agua para cocinar, y mucha madera de por medio para el fuego. Hacíamos compras básicas en el pueblo y volvíamos a la playa, arroz, plátanos, huevos, legumbres. Pero me quedé sin plata así que volví a Taganga a dedo. Un policía me detuvo un bus e hizo que viajara gratis, y regresé al hostel donde estaba antes, porque con la dueña ya tenía buena onda. Entonces encontré una cantidad de porrones vacíos desparramados en el patio, los junté y los llevé a revender a unos mercaditos de por ahí. Hice como 3 dólares y compré 500 gramos de harina, 3 huevos, papas y carne molida, aceite y…Volvieron las empanadas. Con esa primera docena y media hice dos más, y luego otras dos a la tarde, y así a la noche ya tenía paga mi hamaca paraguaya y mi cena y el producto para seguir haciendo los días siguientes”, describió Agustín.

Odisea
El producto típico argentino no dio para mucho más, y el tresarroyense decidió volver a Medellín, donde una amiga lo ayudó con el alquiler de una habitación hasta que consiguiera trabajo. Lo halló en un restaurante temático vinculado al fútbol, donde permaneció algunos meses. “Después me fui a Cartagena de Indias, donde había oído que mucha gente solía buscar trabajos en veleros que cruzan a Panamá. Así que me puse a recorrer el puerto buscando capitanes. Encontré un velero, la capitana se llamaba Alice y me ofreció reunirle pasajeros para salir tres días más tarde. No tenía idea de cómo vender el viaje, ni dónde, de manera que al final no conseguí a nadie, la llamé y se lo dije, pero no tuvo problemas ya que tenía los pasajero para al día siguiente. El velero se llamaba Odisea”, recordó.
El acuerdo era navegar en el turno noche y cocinar durante el día para el pasaje, pagando así una parte de su recorrido. Agustín no tenía más que 120 dólares, le cobraron 70 y un pequeño detalle se interponía: nunca había estado en altamar. “Me tocaba timonear y seguir el GPS por la noche, tres horas. Así vi los amaneceres más hermosos hasta entonces. Con tormentas mordiéndonos los tobillos, peces voladores saltando por todos lados dentro del velero, listos para ser fritados como desayuno. Después de dos noches en altamar llegamos al archipiélago de San Blas. Y allí casi me muero: comí mi primer atún crudo con salsa de soja y wasabi, que confundí con palta. ¡Me quemé hasta el cerebro mientras todos se morían de risa! Me serví una galletita entera y nadie me decía nada”, relató.
La capitana Alice se encargaba de llevar a sus pasajeros a Panamá City, y allí fue Agustín, con apenas 50 dólares en la mochila y un contacto con un amigo salteño que había conocido en Taganga. Las empanadas no funcionaban en Panamá, donde era posible conseguirlas más baratas, entonces había que inventar otra forma de sustento. “Pasaron diez días y Marcos, mi amigo salteño, me ofreció ir con él y un grupo de artesanos a Bocas del Toro. Yo nunca había pensado en estar en Panamá, ni había investigado sobre nada, ignorante total…En fin. Marcos, que hacía malabares y collares, me ofreció pagarme el bus. Salimos, nos detuvimos en Boquete, en el valle panameño, donde estuvimos dos meses, y me enseñó a preparar chapatis, una tortilla de harina, aceite y agua rellena con guacamole. Todo súper económico, sencillo, rápido y muy rico, que se vendía mucho y me permitió remontar mi economía. Visitamos el volcán Barú, el punto más alto de Panamá, desde donde pude ver el amanecer y los dos océanos, Atlántico y Pacífico, en un mismo punto. Eramos muchos, caminando 14 km de pendiente constante por seis horas desde las 11 de la noche, con una luna llena impresionante que iluminaba todo el camino. Llegamos a Bocas del Toro, la provincia caribeña al norte de Panamá, y nos instalamos en la Isla Colón, que es la principal –alrededor están Carenero, Bastimento y Solarte-, y un verdadero paraíso en la Tierra. Salíamos a vender chapatis, y allí hice muy buena onda con gente, en los hostels”, contó el aventurero.
Cuando se agotó el tiempo previsto por la visa, Bareille siguió a sus amigos a Puerto Viejo, Costa Rica, donde ellos ya vendían chapatis junto a una pareja que cruzaba Latinoamérica en bicicleta. “Opté por preparar arroz con leche, pero no funcionó mucho. Y como Costa Rica es más caro que Panamá, la plata se iba más rápido. Cuando a los diez días los chicos decidieron seguir viaje volví a los chapatis, hasta que conseguí trabajo como barman en un hostel. No obstante, a pesar de la naturaleza, la selva y la playa de Puerto Viejo, no me sentía del todo cómodo”, admitió.
Una norteamericana llamada Carrie se hospedó en el hostel donde trabajaba y le comentó que era manager de un establecimiento similar, en Bocas del Toro. “Me ofreció ir, me conseguiría un rincón con una hamaca paraguaya para que no gaste dinero y si me gustaba podía obtener también algún empleo. Comencé juntando botellas, reponiendo el stock de cervezas en el bar, y ahí nomás me ofrecieron trabajo fijo para ayudar en el hostel, donde me dieron una cama, desayuno y canilla libre, el sueño del pibe (risas)”, rememoró.

Más cerca del sueño
Ante la oportunidad de quedarse un tiempo en Bocas del Toro, Agustín decidió ir a buscar sus cosas a Puerto Viejo, donde algunos problemas de inseguridad lo alejaban de ser un sitio deseable. “Había algunos ‘malandras’ que no dudaban en buscar la forma de entrarte en la habitación, aunque fuera un ‘sucucho’, y robar lo poco que tuvieras. Me cansé de eso y no se podía pelear por lo de uno porque saltaban con machetes. Ya de regreso a Bocas, en el hostel Aqua Lounge, comencé ayudando en todo lo que podía; iba en lancha a buscar el pedido del ferry, no menos de 150 cajones de cerveza, dos veces por semana. Trabajaba recogiendo los vasos de plástico y botellas de dos fiestas semanales, ordenando todo siempre. Hasta que le pregunté a Carrie si podía hacer masajes en uno de los camastros del deck del hostel y aceptó. Los huéspedes contentos, y yo con mi autoestima para arriba…”, relató.
El dueño del hostel le ofreció una habitación que se usaba como depósito para que la reformara y ofreciera allí sus masajes, pagándole un porcentaje mensual. Mientras trabajaba en la obra del cuarto empezó a atender el bar, y aprendió a surfear. “Y me di cuenta que eso era lo que buscaba desde que había salido de Argentina. Surfeaba cada mañana desde temprano, casi de madrugada, y a las 11 tenía mi primer turno de masajes. Después comencé a trabajar en un spa, aparte, y con dos trabajos todavía me quedaba tiempo para surfear y para las fiestas”, admitió.
Un año más tarde apareció el amor y volvió a cambiar el escenario. “Ella fue por una noche y se quedó más tiempo. Venía de Holanda, y desde que la conocí supe que era para mí. Venía viajando sola desde Cuba. Nunca en la vida había imaginado meterme con una europea que me sacara una cabeza. Pero fue así. Con Esther dimos muchas vueltas hasta que decidimos comenzar algo serio. Me daba un poco de vergüenza que fuera más alta que yo, pero lo único que sabía es que con ella era feliz”, confió Agustín a “El Periodista”.
Esther y Agustín se largaron a vivir su amor, primero en una cabaña detrás de la isla, en Bocas del Toro, y luego visitaron a la familia de ella en Holanda. De regreso a Panamá, decidieron que era tiempo de que la familia Bareille conociera a su nueva integrante; además Agustín llevaba ya tres años fuera de su país. “En Argentina quedamos embarazados, y comenzamos a viajar hacia el sur. Cruzamos a Chile, después fuimos a Bolivia, a Uyuni, a Perú, y fue allí donde, con cuatro meses de gestación de Kaylana, nos picó el dengue. Aunque estuvimos bien, decidimos seguir el embarazo en Holanda, donde está la familia de Esther. Pero yo sólo tenía permiso para permanecer durante 3 meses en períodos de 180 días. Así que una vez que ella se sintió mejor, salimos a viajar nuevamente, esta vez por Rumania y Bulgaria, lo que nos daría más tiempo para estar cuando fuera el parto y tiempo para que la bebé pudiera viajar a Argentina. Parábamos en casas de personas que conocimos por el couch surfing. Una vez de vuelta en Holanda, yo necesitaba estar un mes más fuera, pero Esther ya estaba cansada por el embarazo, así que arreglé un vuelo a Marrueco, donde me instalé por un mes en un pueblito pesquero y surfer. En el hostel donde paraba pagué los primeros diez días y me quedé el resto de mi estadía pintando un mural. Así pude pagar el mes completo, comidas, tablas y transfer”.
Las cosas no iban a ser sencillas para Agustín en ese momento clave de su existencia, porque abordó un vuelo para reencontrarse con su mujer en Holanda, y cuando llegó al aeropuerto, donde ella lo esperaba, lo retuvieron en la oficina de Aduana. “Después de investigarme durante una hora en la que me preguntaron de todo, con Esther esperándome en su último mes de gestación, me dejaron pasar porque no había motivos para negarme la entrada”, contó.

Familia completa
A finales de noviembre de 2015 nació Kaylana, y seis semanas más tarde la familia completa voló a Argentina, donde Agustín y Esther se casaron. “A los tres meses nos volvimos a Holanda y fuimos de luna de miel a Tenerife. Nos gustó tanto que arreglamos el regreso para después de la luna de miel. Comprando un pareo en una tienda de artículos variados se me ocurre preguntarle a la chica si podría traer algunos cuadros para vender, y me cuenta que su pareja estaba montando un local de surf, de alquiler de tablas de SUP (surf de remo). Me contacta con él, me ofrece pintarle un mural en la tienda y traer lo que tenga para vender. Después le ofreció trabajo en la tienda a mi mujer, por media jornada, y a mí hacer tours con las tablas”, relató Bareille.
Así, el tresarroyense y su familia decidieron afincarse en Tenerife, donde en la actualidad Agustín lleva a los turistas en recorridos de dos horas a remar por los acantilados, y mientras su esposa trabaja, cuida de la pequeña hija de ambos. “Esther prefiere pasar más tiempo con Kaylana, porque en realidad, para ella trabajar fue una maniobra para que yo pudiera conseguir más fácil mi residencia. Ahora que eso está en proceso, voy a comenzar a trabajar yo tiempo completo en la tienda, además de los tours y la venta de mis cuadros, y seguramente así nos quedaremos durante los próximos dos o tres años”, admitió.
Porque el sueño no termina acá. Es que con Esther comparten el deseo de aprender a navegar, conseguir un velero y recorrer el mundo con Kaylana, que significa “del mar y del cielo”.
Mientras tanto, aquí en Tres Arroyos, quedó su familia de origen, a la que visitó en las últimas Fiestas. “Lo duro a veces es que una vez que te fuiste de tu ‘lugar’ ya no sos el mismo nunca más, y a veces ese lugar se vuelve desconocido a tu sentir. Pero siempre hay un hogar al que volver de vez en cuando. Hoy nos damos cuenta lo mucho que se necesita estar con la familia cerca y los tuyos. Pero son decisiones que tomamos, haciendo nuestros propios caminos que, quién sabe, quizá nos lleven donde todo comenzó. Los hijos te acercan a tu familia otra vez. Ya no sos más el hijo que se quería ir, sino el padre que comprende a sus propios padres por completo”, concluyó Agustín, surfer de la vida.

“Los hijos te acercan a tu familia otra vez; ya no sos el hijo que se quiere ir, sino el que comprende a sus propios padres”, aseguró Agustín

Acantilados de Los Gigantes, en Tenerife, el paisaje con el que Agustín convive a diario

Agustín Bareille pintando uno de sus murales, otro de sus recursos de supervivencia en una vida llena de aventuras

La tienda de surf en la que trabajan Agustín y su esposa, en Tenerife

 
 
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