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INFORME ESPECIAL - EN CLAROMECO HAY MAS DE 30 ESPECIES VEGETALES MEDICINALES

Plantas que curan

Crecen sobre los alambrados o en los médanos, en la orilla del arroyo o frente a los embates del viento y la arena. Para mucha gente son sólo yuyos, hasta que conocen sus múltiples usos y efectos. Según la bióloga Matilde Zúcaro, tresarroyense que volvió a radicarse en esta zona después de décadas, Claromecó encierra un tesoro en estas plantas que es necesario cuidar y proteger. Además, compartió una breve guía de nombres, colores y aplicaciones para empezar a andar el camino de la salud natural. Exclusivo de “El Periodista”

Febrero 2018
Según la bióloga Matilde Zúcaro, tresarroyense que volvió a radicarse en esta zona después de décadas, Claromecó encierra un tesoro en estas plantas que es necesario cuidar y proteger

Según la bióloga Matilde Zúcaro, tresarroyense que volvió a radicarse en esta zona después de décadas, Claromecó encierra un tesoro en estas plantas que es necesario cuidar y proteger

“Las diversidades de formas, colores, texturas, aromas y sabores también son medicina”, asegura Matilde Zúcaro, tresarroyense, bióloga vuelta al pago después de tres décadas y abocada al trabajo de reconocer, recuperar y difundir plantas nativas de la costa local, al tiempo que se ha involucrado en el proyecto de la Escuela Agrícola Claromecó. Allí, dice, “nos proponemos encontrar otros modos de vivir y de producir nuestros alimentos. En esa búsqueda también buscamos nuestra soberanía en salud”.
En Claromecó, donde ahora vive, hay al menos 30 plantas de uso medicinal que, creciendo en distintos lugares como la duna, el arroyo o el campo, o son poco conocidas o no se las tiene en cuenta y resisten a la amenaza de distintas formas de “progreso”. “Estas plantas nativas medicinales aportan a mejorar nuestra calidad de vida y embellecen el paisaje”, sostiene Matilde.
“Tampoco es necesario conocer una gran cantidad, porque teniendo cerca un par de plantas que resuelvan lo más frecuente, como un dolor de panza o una gripe, es suficiente para un buen botiquín. Pero abrir el abanico es interesante. Un lugar donde por lo menos hay 30 plantas medicinales, ofrece un montón de posibilidades”, asegura. Este informe especial de “El Periodista” es una guía para atisbar, al menos, algunas…
La vuelta
Matilde Zúcaro estudió la Licenciatura en Ciencias Naturales en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, con orientación en Botánica. Después de recibirse se fue a vivir a Punta Lara, donde desarrolló un trabajo de investigación independiente con otro biólogo, acerca de las plantas nativas de la costa del Río de la Plata. “Allí hay una reserva natural muy importante, es un lugar bastante particular, así que nos pusimos a investigar para darnos cuenta, como le ocurre a la mayoría de los profesionales, que nos habíamos recibido y no conocíamos prácticamente nada. Después empezamos a reproducir esas plantas y llevamos adelante un vivero de plantas nativas, “El Albardón”, durante unos 25 años. La idea, al ver un ambiente degradado como es la costa del río, era reforestarlo, teniendo en cuenta que es un lugar sumamente turístico y un pulmón verde entre Buenos Aires y La Plata de los que ya no quedan. Así, salí un poco de la línea de lo que habitualmente hace un biólogo, que normalmente hace un trabajo de investigación dentro de una institución, como el CONICET o la CIC”, cuenta.
Interesada desde siempre en temas vinculados a la salud, sopesó la posibilidad de Medicina pero entendió que no se lo iba a “bancar”. Mientras estudiaba comenzó entonces a trabajar con plantas medicinales, que curiosamente no resultaron ser un tema de importancia para investigar en el CONICET. “Por esa razón yo no seguí en el ámbito académico, para hacer un doctorado y lo que habitualmente se hace, y me decidí por un proyecto de investigación y producción independiente”, confía.
Durante los casi 30 años que estuvo en la zona de La Plata, Matilde siguió viniendo a Claromecó, naturalmente atraída por el hecho de haber nacido en Tres Arroyos y por las características propias del lugar, que finalmente sellaron su vuelta. “Lo miraba con ojos de biólogo, veía todo lo que hay por hacer, incluso no hay trabajos escritos sobre flora de Claromecó –sí apareció hace poco uno sobre Tres Arroyos-, y es un lugar muy particular, porque incluye costa, duna, toda la transformación que ha sufrido ese ambiente con la expansión de los balnearios y el campo, con todo lo que pasa además en esa intersección. Es mucho lo que hay para ver”, se entusiasma.
Con el inicio del proyecto de la Escuela Agrícola empezó a viajar con más frecuencia, y advirtió que también en Punta Lara su recorrido ya estaba hecho y era hora de explorar lo nuevo. “Además siempre había querido vivir al lado del mar así que dije: es ahora. Por eso estoy haciendo lo que habitualmente he hecho cuando llego a trabajar a un lugar, recorrer, hacer un herbario, ver las plantas que hay, qué uso tienen, qué cuestiones las pueden afectar como el glifosato, o la cercanía de los cultivos las corre, si la gente las considera plagas o las cultiva pero no sabe que son del lugar o para qué se usan”, comenta Matilde.
Además de investigarlas y reproducirlas, desde hace tiempo prepara cremas, ungüentos, tinturas madre de plantas, y se ha incorporado recientemente con su emprendimiento, Amaranta, a la Feria de Productores de Claromecó. “Trabajo con las plantas de la zona. La gente suele ver algunas y me dice ‘qué rara’, cuando en realidad son del lugar. Se tiene mucho más conocimiento de las especies medicinales europeas que de las de acá, y eso pasa en todo el país, salvo algunos lugares donde hay pueblos originarios muy arraigados que conservan sus conocimientos y el uso medicinal de sus plantas. De lo contrario, eso se va perdiendo con la desaparición de las personas más viejas, que son las que saben cómo utilizarlas”, explica.

En busca de lo natural
Todos los ambientes presentes en la zona de Claromecó tienen sus especies de uso medicinal, y son muchas. Sólo hace falta conocerlas, difundirlas, para que la gente las aprecie en su verdadero valor. “Se ven algunas cosas en la duna, otras en el arroyo, otras en el campo. En el arroyo - asegura Matilde-, se encuentra mucho llantén, lucera, hinojo silvestre. Se ha cultivado en su momento cardo mariano, porque las semillas se exportaban a Alemania como medicamento, y si bien se dejó de cultivar las plantas se hicieron silvestres y crecen por distintos lugares. Y todavía me quedan espacios por recorrer, pero por decirlo rápidamente son alrededor de 30 plantas medicinales las que crecen en esa zona”.
“Hay muchos grupos trabajando en la Argentina para rescatar el uso de las plantas medicinales, que fue perdiéndose por los avances de la industria farmacéutica, que a veces infunde miedo. Los médicos tampoco se forman en esa cultura, es algo totalmente desvalorizado y que incluso se desprecia porque se piensa que la gente que usa plantas no tiene dinero para comprar medicamentos, o se considera algo antiguo, cuando todo el mundo quiere el progreso…Mientras tanto, las directrices de la Organización Mundial de la Salud 2015/2023 apuntan a la recuperación del conocimiento tradicional, no sólo de plantas sino de distintas terapias que se fueron perdiendo”, considera Matilde.
También es cierto que hay especies venenosas, o con las que hay que tener ciertos resguardos. Y es fundamental conocer qué partes de las plantas usar para obtener los resultados que se buscan. Por eso es necesario formarse, aprender. “Hago capacitaciones en este tema hace muchos años. Todo lo que aprendí lo comparto, porque mucho de lo que conozco lo aprendí así, en ronda, del conocimiento de quienes lo compartieron en su momento, y de esa manera se sabe y se difunde qué parte de cada planta se usa para cada necesidad, la flor, la hoja, la semilla, la raíz…En qué momento es mejor cortarla, cómo se prepara, en té, en tintura con alcohol; es de uso externo o se puede ingerir, si tengo que poner los pies en remojo”, advierte la profesional.
En este tema, además, también hay modas, por lo que en determinados momentos una especie se convierte en furor y todo el mundo quiere usarla porque es mágica, mientras que en otros cae en el olvido o se desdeña porque no resultó como se esperaba, sin comprender que, como cualquier terapia, no funcionará de igual manera para todos. “No se tiene en cuenta que cada persona es diferente, entonces lo que quizá me hizo bárbaro a mí no es igual para vos, y seguramente no te hace mal pero a lo mejor no es lo indicado para vos. Otro inconveniente tiene que ver con la falta de controles de calidad de las hierbas medicinales que se comercializan; te duele la panza, te compras un té de manzanilla y en realidad te encontrás con un yuyo de muy mala calidad que no te hace nada. La conclusión enseguida apunta a que los yuyos no sirven, cuando lo que necesitabas es la flor y lo que se vende son hojas viejas. Tampoco está la cultura de tener en el jardín un par de plantas que se puedan usar siempre, o saber reconocerlas en otro lugar. Veo en la feria, cuando llevo los yuyos, que hay gente a la que le encantan porque le recuerdan que su tía, abuela o madre los usaban, o que estaban en el campo en su infancia”, sostiene.
En esos caminos anda Matilde ahora, recorriendo, nutriéndose de los conocimientos de la gente del lugar y diferenciando en los ambientes qué cosas son autóctonas y cuáles son las huellas indelebles de la cultura europea. “La gente conoce la lavanda y el romero perfectamente, pero vos les hablás de la marcela, que está presente en la duna, por donde andan los cuatriciclos, y no la conocen…Y sin ser catastrófica, ese pisoteo, la construcción, las va haciendo desaparecer. Donde otros ven unos yuyos de m… hay muchas cosas, de las que quizá nos demos cuenta cuando las necesitemos y nos preguntemos dónde las vamos a ir a buscar. Hemos podido hacer marcela de semillas en la Escuela Agrícola, donde tenemos un vivero, con cierto trabajo porque los ambientes donde se desarrolla son bastante estrictos. Es una planta muy buena como digestivo, y al mismo tiempo yo preparo un ungüento que aprendí en Uruguay, y se usa mucho en tratamientos para la psoriasis, para dermatitis, para pieles extremadamente sensibles. De hecho mientras vivía en Punta Lara me llevaba marcela desde acá, para prepararlo”, recuerda Matilde.
En esta zona también está presente el suico, un buen antiparasitario, que además tiñe de amarillo, es útil para usar en el nidal para ahuyentar las pulgas en las gallinas. “Yo lo juntaba hace 20 años en los alambrados, pero el uso de glifosato lo fue haciendo desaparecer, así que hubo que buscar otros lugares. Ahora la empecé a cultivar. Y lo curioso es que en una reunión de productores de la que participé, los hombres de campo, que recorren todo el día, no lo conocían, cuando en el campo tener un buen antiparasitario para los animales es muy importante. Por eso es importante difundir”, destaca.
Como la marcela, hay otras plantas presentes en la duna costera, que están relevadas en el libro de un botánico escrito a principios de los años 40, y la idea de la entrevistada es hacer nuevamente ese recorrido para ver qué y cómo cambió desde entonces en la flora de esa amplia zona. “Pero es un trabajo de investigación extenso, con costos importantes, de manera que todavía estoy evaluando cómo hacerlo, si voy a recorrer la playa en moto, o a caballo, o caminando (risas). Es uno de mis proyectos y me interesa mucho; mientras tanto sigo haciendo capacitaciones, trabajo en la Escuela, voy a Mar del Plata, estuve en Monte Hermoso, en Reta, siempre compartiendo conocimientos, recorriendo y viendo qué hay, qué pasa con los suelos, por qué aparecen en determinados lugares plantas que no hay en otros”, describe.

Proteger
Toda esta diversidad, hay que decirlo, también debería formar parte del debate que desde hace un tiempo llevan a cabo algunos sectores respecto de la necesidad de proteger la zona costera tresarroyense. Respecto de esta cuestión, Matilde Zúcaro advierte que uno puede ser tildado de fundamentalista de la ecología, pero en los 30 años en que Claromecó se ha desplegado como lugar de observación de la naturaleza ante su mirada profesional, la degradación del ambiente es evidente. “Uno no sabe mucho qué hacer, porque me pasó también en Punta Lara, donde a pesar de tantos años de trabajo, nunca tuvimos una llegada concreta a las autoridades, para al menos sentarnos, ver qué pasa y que después se tomen las decisiones políticas. También nosotros hacemos un trabajo político en ese sentido, o al menos esa es mi intención”, reflexiona.
“Hace pocos días estaba caminando por Dunamar, donde estaba fresquito, y cuando crucé el puente colgante, el calor era tremendo. Claromecó es un desierto, no hay plantas, no se fomenta…Me pregunto si en Tres Arroyos hay un vivero municipal, porque sería interesante tenerlo. Y pienso en todo esto sobre todo ahora que estoy trabajando en la Escuela Agrícola, donde se produjeron las plantas que forestaron el Vivero, Claromecó e incluso Tres Arroyos. Y no logro entender qué pasó con ese vivero”, señala.
“Ahora me entusiasma el proyecto de Reserva. De hecho, el año pasado, cuando estábamos escribiendo el proyecto de la Escuela Agrícola, planeamos crear una reserva municipal en un tramo del arroyo Claromecó, que tiene tanta historia, características tan particulares…Fuimos al Parque Provincial de Tornquist para interiorizarnos acerca de cómo generar una reserva, gestionarla, manejarla. El tramo que nos interesaba es el que es lindero a parte de la Escuela, y lo que nos sugirieron fue darle un perfil educativo, buscar alguna especie que estuviera allí y no en otros lugares, en fin…Lo que me surgió entonces fue apuntar a la recuperación del pastizal natural de la zona, porque aquí se han ido adulterando con la llegada de los cultivos al punto de que ignoramos cómo era el pastizal de la zona antes de la llegada de los españoles. Si ese ambiente no existe más, ¿por qué no reconstruirlo? Siempre se tiene la idea de que se necesita mucha plata, sin embargo yo he hecho estos trabajos siempre con dos con cincuenta. A veces es sólo una cuestión de manejo y de tiempo, de coordinación entre diferentes ámbitos, que de plata. Y no hay que dejar de hacerlo porque lo que nos rodea tiene que ver con nosotros; lo veo en la gente que va caminando por la playa y tira el papel de caramelo y se desentiende, en los que tiran cantidades de veneno diciendo que mejoran los cultivos. Sin crear pánico ni ser apocalípticos, es mucho lo que se puede ir viendo y haciendo. Y lo más importante es ver, mirar y prestar atención a todo lo que tenemos a nuestro alrededor, que es un montón”, sostiene.

BREVE GUIA

El botiquín natural de Claromecó

Llantén: Una planta que se ve en varios lugares diferentes de la zona, cerca del mar, en el campo. Es muy buen cicatrizante, antibacteriano y antiinflamatorio. Crece en todo el mundo, pero en esta zona la variedad es la patagónica.
Lucera: Es muy buen digestivo, además de darle nombre a un conocido aperitivo. Es útil para curar el empacho y crece sobre el arroyo Claromecó, en buena cantidad.
Suico: Es muy perfumada y contiene mucha cantidad de aceites esenciales. Puede usarse como regulador gastrointestinal, como sudorífico y para la cura de resfríos.
Marcela: Las flores tienen un agradable aroma y la infusión de sus hojas es usada para aliviar los dolores de cabeza, calambres y problemas de estómago. Suele formar parte de la preparación de bebidas tónicas.
Mburucuyá o pasionaria: Es una enredadera con una flor muy linda. Se usa como sedante, es fuerte, un hipnótico. Se usa mucho justamente para el tratamiento del insomnio.
Altamisa: Util en problemas digestivos, hepáticos y menstruales. Para reducir la fiebre, dolores de cabeza, migraña y artritis. Humectante y suavizante de la piel.
Marrubio, malva y cardo mariano: Son de origen europeo, pero crecen silvestres y en buena cantidad en esta zona. La gente suele considerarlas plagas, hasta que conoce sus posibles usos. El marrubio es un buen digestivo; la malva es emoliente, cura llagas y heridas, alivia hemorroides y es antiinflamatoria de la mucosa gástrica. El cardo mariano es protector hepático, entre muchas otras propiedades.
Romero, lavanda y geranio: Son de origen europeo y también aparecen por cultivo.
Carqueja: Recomendada para trastornos digestivos y hepáticos, es también un eficiente diurético.
Gordolobo: Se usa para afecciones respiratorias y se puede fumar, con funciones medicinales como la expectoración, aunque parezca contradictorio. No tiene contraindicaciones, no es alucinatoria
Hinojo: Las semillas son útiles para el dolor de estómago; para las mujeres que están amamantando, suele ayudar a producir más leche y disminuir los gases del bebé.
Sombrilla de sapo: Sus usos son similares a los de la centella asiática. Crece sobre la duna, también se la conoce como redondita de agua. Es un muy buen desintoxicante y desinflamatorio.
Tasi: Es una enredadera productora de látex. Se utiliza la infusión de hojas y frutos para aumentar la secreción de leche de las madres. Es eficaz en el tratamiento de dolores dentales.
Tutiá o espina colorada: Se usa como tintura o cocimiento aliviando cólicos y afecciones hepáticas, ictericia, cirrosis, piedras en la vesícula. En cocimiento, útil para malestar gastrointestinal, reuma. Es antiinflamatorio, aplicado en compresas.

Todos los ambientes presentes en la zona de Claromecó tienen sus especies de uso medicinal, y son muchas. Sólo hace falta conocerlas, difundirlas, para que la gente las aprecie en su verdadero valor

Matilde ofrece capacitaciones y charlas sobre plantas medicinales, y además prepara y vende productos elaborados con especies nativas

“Las diversidades de formas, colores, texturas, aromas y sabores también son medicina”, asegura Matilde Zúcaro, tresarroyense, bióloga vuelta al pago después de tres décadas y abocada al trabajo de reconocer, recuperar y difundir plantas nativas de la costa local

Carqueja

Llantén

Marcela

Mburucuyá

Sombrilla de sapo

Tutia o espina colorada

 
 
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