notas edicion de papel

ALEJANDRO FABER Y SU TESTIMONIO DE VIDA, EN EL DIA DEL PADRE

Padre por tres

Se construyó a sí mismo como docente, como hombre de fe religiosa y como padre de familia. Hijo único de un padre de otros tiempos, refundó la relación con el hombre que le había dado la vida mientras él mismo traía al mundo, con su inseparable esposa Sandra, a sus propios hijos. Reconocido por sus alumnos en la Escuela Técnica, y por quienes comparten sus reflexiones en la Iglesia Reformada, Alejandro Faber es el elegido por “El Periodista” para homenajear a los padres en su día

Junio 2018
Familia. Alejandro y Sandra y sus hijos Maitén y Joel

Familia. Alejandro y Sandra y sus hijos Maitén y Joel

Alejandro Faber es, según sus propias palabras, un profesor ‘a la antigua’, padre de dos jóvenes, Joel y Maitén; colaborador activo en la Iglesia Reformada, e hijo único que construyó una relación profunda con su propio padre cuando ambos ya eran adultos. Así descripta, la suya puede parecer una historia más en el mosaico de vecinos de Tres Arroyos, incluso de lectores de “El Periodista”. Y lo sería si no fuera porque él mismo admite que le costó siempre hablar en público, que la social no ha sido una de sus grandes habilidades, y que la partida de su primogénito a viajar libremente por Latinoamérica lo sumió, seguramente junto a otras cuestiones de su esfera personal, en una suerte de crisis dominada por temores de los que lleva un tiempo luchando por salir. ¿Por qué convocarlo entonces para celebrar este Día del Padre? Por eso, porque ser padres es, para los hombres que deciden atravesar esa experiencia vital, ser uno y muchos al mismo tiempo, buscar respuestas pero a la vez llenarse de interrogantes, ser capaz de cambiar hasta de forma de vida para darles vida a los hijos.
Alejandro nació en San Francisco de Córdoba. Su padre trabajaba en Molinos Río de la Plata, y cuando él era apenas un chico, cerró la planta de producción. “Le ofrecieron tres opciones: Dique 3, en Buenos Aires; Chacabuco y Tres Arroyos. Estuvo unos meses en cada lugar y se quedó acá. Fue a fines del ’69 cuando llegamos el resto de la familia, mi mamá y yo. Así que soy tresarroyense por adopción. Había hecho algo de jardín y la primaria la hice acá, en la Escuela 5”, cuenta. La secundaria la cursó en la Técnica –“para mí es mi escuela”, dice, de hecho allí da clases-, y estuvo seis años estudiando en Bahía Blanca, donde no llegó a recibirse de ingeniero electricista por ‘unos finales colgados, y cuando uno no está en el lugar, es difícil seguir’.
Corría 1991 cuando se casó con Sandra, y un año más tarde, su padre sufrió un accidente cerebrovascular. Entonces regresó con su esposa a Tres Arroyos, donde por varios años trabajó como instalador electricista domiciliario e industrial, y en empresas, “un oficio que siempre me sacó de apuro”, confiesa.
La docencia apareció en su vida de casualidad, porque según admite, es cierto que los docentes de la Escuela Técnica siempre han sido producto de su propio alumnado, pero a él jamás se le había cruzado por la cabeza esa posibilidad. “En 1989, un compañero de facultad me avisó que había una suplencia en una escuela técnica de allá, de un taller con chicos chiquitos, y como yo seguía estudiando pero trataba de trabajar para alivianar la carga de mis viejos, que me bancaban, empecé. Hice algunas suplencias cortas y me di cuenta que eso en lo que nunca había pensado me gustaba, me sentía cómodo y podía, siempre conservando los roles, establecer buenos vínculos con los chicos. Años después muchos me seguían saludando en la calle, así que pensé que algo bueno les había dejado”, evoca.

El maestro
Ya establecido de nuevo en Tres Arroyos, se mantuvo alerta, con la intención concreta de seguir enseñando, por si aparecía alguna posibilidad en su querida Escuela de Educación Técnica N°1, que hoy todavía lo cuenta entre sus profesores. “Surgieron suplencias, las fui tomando, hice algunas coberturas más largas, siempre acompañando con trabajos de electricidad, hasta que en 1992 entré a trabajar, cargando pólizas de autos –nada que ver con lo mío-, en La Previsión. Después de rendir un examen, en una época en que trabajar ahí era de esos empleos que se consideraban importantes como el Banco Comercial, por ejemplo, resulté seleccionado junto con otras dos personas”, cuenta.
Tiempo después, con un buen sueldo que representó un crecimiento económico para la familia, le ofrecieron algo más vinculado a lo suyo, que consistía en realizar inspecciones de riesgo en equipos de computación, medicina, entre otros, promocionando a su vez un seguro nuevo destinado a cubrir esa tecnología. “Me embalé, me gustaba, pero implicaba viajar mucho. Hice miles de kilómetros en esos años”, remarca.
En medio de esta nueva realidad, en 1994, había nacido su primer hijo, Joel. Y un viaje al sur, en el que se vio obligado a permanecer más de una semana, además de un impactante accidente del que milagrosamente resultó ileso, le hicieron un clic en la cabeza. “Volví y lo vi a Joel tan cambiado que me dije a mí mismo que ese trabajo no lo podía hacer más”, confiesa. Con temor de ser despedido, finalmente fue transferido al Archivo de la aseguradora, hasta que tiempo después le ofrecieron el traslado a Mendoza y allí partió la familia, que ya incluía a un pequeño Faber.
Radicado en Mendoza y de vacaciones en Tres Arroyos, le llegó la noticia de la desaparición de La Previsión, que ya es historia conocida. Por distintas razones decidió pedir el retiro voluntario, se independizó, trabajó un tiempo como productor –“pero los intangibles no eran para mí”, reconoce-, y finalmente, en una situación económica complicada, decidió volver a esta ciudad.
“Volví a algunas horas docentes, y entonces tomé la decisión de estudiar un profesorado técnico, que terminé en 2006. Así que desde ese momento soy profesor con título. En la Técnica pude, y puedo, combinar la pasión por la electricidad, con la pasión que descubrí por la docencia. Y la paso bien. Hay días en que me enojo, no puedo decir que no, pero siempre el balance es positivo. Y sé que los chicos me tienen respeto, no miedo. Juego mucho con ellos, y eso me ha permitido crear vínculos basados siempre en ese respeto. Nunca me van a escuchar decir una palabra fuera de lugar. El año pasado, después de entregarle el diploma a uno de los varios chicos que me eligieron para hacerlo, me dijo ‘nunca me voy a olvidar de lo que usted me dijo’. Insistía en que no iba a aprender ‘porque era negro’. Yo no lo podía entender, entonces empecé a estimularlo, hasta que logró aprobar la materia. Para ese grupo entregué, por elección de ellos, más de la mitad de los diplomas y les di el discurso de despedida. Y eso que soy de los antiguos, de los que retan, de los que no los dejan usar el teléfono. Nunca debemos dejar de fijar límites, porque los límites nos encuadran en nuestro rol. Sin embargo, muchas veces los adultos no podemos poner límites porque nosotros no sabemos dónde estamos parados”, reconoce.

El hijo
Aquellos tiempos en que mamá estaba en casa todo el día, e incluso solía decirnos ‘ahora vas a ver cuando venga papá’, hicieron que durante su niñez y adolescencia, la figura del padre fuera algo lejana, sinónimo de rigor, para Alejandro, una experiencia que en definitiva muchos adultos de hoy habrán atravesado de la misma forma como hijos. “Era propio de aquella época, pero yo tuve la gracia de poder revertir eso que de alguna manera nos pasó a todos, con un hecho puntual que me pasó en Bahía Blanca, se lo conté, y pude reconocer en él a una persona comprensiva, que no era como yo pensaba. Y después de su enfermedad, cuando de alguna manera él pasó a depender de mí, nuestra relación también cambió mucho. Falleció en 2004, por otro ACV, pero durante los 12 años que transcurrieron entre uno y otro, logramos profundizar nuestro vínculo. Y de todo ese proceso me quedó algo grabado: él había sido jefe de planta en la fábrica Vizzolini, había sido muy valorado por sus patrones, pero cuando debía trabajar por sí mismo, para recuperarse, se lo veía como negado. En aquel tiempo, con la orientación del kinesiólogo René Mauro, le fabriqué un adminículo para que pudiera caminar, porque no podía apoyar bien el pie. Y aunque con Mauro trabajábamos muchísimo con papá, no lográbamos que avance. Hasta que un día decidí plantearle por qué, después de haber trabajado toda una vida para otros, no podía hacerlo para él mismo. Desde ese día empezó a hacer todo lo que le indicábamos”, recuerda.

El papá
Joel y Maitén, asegura Alejandro, se criaron en un ambiente vinculado a la educación, y nunca dieron mayor trabajo. Toda la familia ha disfrutado de vacaciones juntos, y tanto él como Sandra comparten activamente los proyectos e iniciativas de sus hijos. “Pero lo que a Joel lo diferencia de mí es que es muy sociable. Yo, a su edad, era una caja de té (risas). Me costaba relacionarme con las chicas, tenía actitud pero no sabía qué hacer. Y si me tocaba hablar delante de un grupo de personas, olvídate”, admite. Esta limitación la superó de alguna manera como colaborador en la Iglesia Reformada, porque la fe es algo que lo acompaña desde siempre. “Trabajar en el aspecto pedagógico, cuando estudiaba, con psicología, filosofía, me permitió hacer y compartir algunas reflexiones. Y hasta ahora siempre había compartido oficios en mi zona de confort, con los conocidos, hasta que el domingo pasado compartí, por primera vez en mi vida, un culto en otra ciudad, por una especie de enroques que estamos haciendo en la Iglesia. La fe la traigo primero por herencia y después por convicción; aprendí a leer que en muchas cosas de la vida estuvo presente Dios, y realmente pasamos, como familia, muchas cosas difíciles, enfermedades, procesos complicados, y siempre me sentí protegido”, sostiene.
Mientras tanto, van creciendo en Alejandro proyectos que también lo acercan a la juventud de sus hijos, y tiene que ver con los viajes. Además de la irrupción de otra de sus pasiones: la moto. “A los 47 años me compré la primera moto. Mi papá había tenido y a mí no me dejaban. Por qué la moto… Podría ser una bicicleta, de hecho también salgo en bici o a trotar, pero me gusta tener mis momentos de soledad en el campo. Y me gusta mucho viajar, claro, de hecho cuando Joel tomó la decisión, después de recibirse de enfermero, de recorrer Latinoamérica con mochila –hoy está en Ecuador, y hace poco la familia lo visitó en Colombia-, me dijo ‘vos, ustedes, son responsables, porque son los que me enseñaron a ser libre. A los dos nos costó, de hecho yo pasé por un período bastante complicado, hasta llegué a cuestionarme para qué me servía la fe. Pensar dónde estaría, el miedo de que le pasara algo… Hoy por suerte estoy saliendo de eso”, admite Alejandro.
Sobre el final, elige volver sobre aquella frase de Joel. “Cuando él dijo eso, me gustó mucho. Es interesante que un hijo te diga que le enseñaste a ser libre”, dice. Y es que quizá no haya legado más importante para dejarles a los hijos que la libertad.

Alejandro Faber en un oficio religioso de la Iglesia Reformada

El profesor Faber, en la entrega de diplomas a egresados de la Escuela Técnica

Una pasión que se vio cristalizada en la adultez de Alejandro: la moto

 
 
Castelli y Pardo
 

mensajes

tresarroyenses por el mundo

"Recurdeando recuerdos"

Recién ayer, ayer nomás, ”ojié” la edición de abril. Y por natura fascinante, comencé x la Galería de Fotos…!!!! La […]

Deje su mensaje Ver Mensajes

tresarroyenses en tres arroyos

Padre Broilo

Hola! Quisiera saber dónde puedo conseguir una nota que ustedes escribieron sobre el padre Broilo. Mis alumnos de 6to año […]

Deje su mensaje Ver Mensajes