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LA HISTORIA DEL MONTE GUISASOLA, SU CREADOR ALBERTO Y EL LEGADO QUE DEJO A SU FAMILIA

Herencia verde

El Monte Guisasola se extiende, majestuoso, a la vera de la ruta camino a Claromecó. Y lo que hoy es un espeso paisaje verde, nació de la vocación y el amor por la naturaleza de Alberto Guisasola, que plantó miles de especies y cuidó el lugar de manera personal casi hasta su fallecimiento, a los 98 años. Su esposa, Fanny Skou, y sus hijos Ignacio y Gabriel, recibieron el legado de preservar y mantener este excepcional predio y así lo hacen. Pero además, junto a Pablo Uribe, amigo y colaborador, también heredaron de alguna manera el gusto por plantar. “El Periodista” y la historia del Monte, como nunca fue contada. Exclusivo

Abril 2016
Guisasola plantó el Monte que lleva su nombre y les hizo prometer a sus familiares que permanecería así, siempre en pie

Guisasola plantó el Monte que lleva su nombre y les hizo prometer a sus familiares que permanecería así, siempre en pie

Escribir un libro, tener un hijo, plantar un árbol…Estas máximas de vida parecen haber sido, al menos en el segundo y tercer punto, cumplidas con creces por Alberto Guisasola, el hombre que creó de raíz el emblemático monte que lleva su apellido, camino a Claromecó, y que se yergue con la majestuosidad de sus ejemplares en una masa arbórea que ocupa una gran cantidad de hectáreas. Imposible de separar de la historia de la familia, el monte marcó no sólo a quien lo plantó, sino también a su esposa e hijos, que se propusieron no sólo mantener este verde legado sino también hacerlo crecer en calidad.
Fanny Skou, la esposa de Alberto, empezó a visitar aquel espacio verde cuando recién nacía, en la década del '50, y cuando el propietario empezaba a cuidar las incipientes plantitas, de no más de un metro de altura, del ataque de las hormigas. “Yo era enfermera en el Centro Materno Infantil, y con el resto de mis compañeras nos arreglábamos con los francos para poder disfrutar de algo de tiempo libre. Lo había conocido a Alberto cuando vine a trabajar acá, y entonces lo acompañaba, cuando no trabajaba un domingo, a matar las hormigas. De joven había estado en un colegio de nivel medio en Dinamarca, donde nos preparaban para seguir un estudio superior, y luego estudié enfermería en la Cruz Roja. Tenía 24 años cuando conocí a Alberto, que recién había plantado árboles desde el inicio del monte actual hasta la entrada de La Juanita. El resto vino después; lo del otro lado de la ruta, donde está la laguna, se empezó a plantar cuando nació Gabriel, mi hijo, es decir hace 54 años”, relató a “El Periodista”.
El Monte de Guisasola, así, con nombre propio, fue creciendo hasta convertirse en un hito local no sin sinsabores. En 1982, casi 30 años después de que su mentor comenzara a plantar los primeros ejemplares, un temporal tumbó gran cantidad de árboles. “Hubo que contratar entonces a una empresa para que cortara los árboles dañados, en un trabajo que duró casi 8 meses. Entonces hoy en día, el monte es el resultado del crecimiento de los brotes de aquellas plantas que fue necesario tratar en el 82, por alrededor de 5 kilómetros de extensión”, apuntó Ignacio Guisasola, uno de los hijos de Alberto. “El año pasado, incluso, también un fuerte viento del sudoeste volteó varios ejemplares de los ubicados al borde de la ruta, completó Pablo “El Negro” Uribe, colaborador y amigo de la familia que acompañó a Guisasola cada día, al Monte, hasta su fallecimiento.

El origen
“Alberto me contaba siempre cómo empezó el monte. El tenía un empleado de origen turco, le decían justamente ‘el turquito’, una persona muy chiquita que trabajaba únicamente con los árboles y una quinta que hacía en el campo. En aquel momento no era una cuestión fácil, porque solía ser objeto de cargadas por parte de sus compañeros. Hay que entender que en aquella época, para los que estaban todo el día con los animales o hacían trabajos más duros, el que se dedicaba a las plantas hacía un trabajo menor, si se quiere. Pero Alberto lo ayudó mucho, con una casa incluso”, recordó Uribe.
Guisasola había obtenido esta porción de tierras rurales luego de un reparto de alrededor de 7000 hectáreas entre todos los hermanos de la familia, y según recordó Pablo Uribe, alrededor había una gran cantidad de arrendatarios a los que él mismo les compró campos en otras zonas antes incluso de que el ex presidente Onganía derogara aquella decisión de Perón de dar las tierras a quien las trabajara. “El campo original se llamaba La Juanita, nombre que papá mantuvo, siguiendo el pedido del dueño, que era Alzaga Unzué, que lo había bautizado con el nombre de la mujer que lo había criado. El me contó esa historia”, recordó “Nacho”. Su padre falleció a los 98 años, en el año 2014.
Y según consideró su hijo, lo que quizá podría haber surgido como una arboleda para acompañar el casco del campo, se convirtió en esta increíble masa vegetal más que nada por el amor de su padre a los árboles. “Le encantaban. Además, principalmente, lo que se dice de los montes es que protegen mucho de los vientos, en especial de los vientos fríos, y en aquel momento había muchos lanares en el campo, y el lanar se metía dentro del monte también para refugiarse del calor. Se estilaba mucho, entonces, plantar montes de eucaliptus en el campo, lo que ahora se ha revertido, porque de hecho se están sacando estos árboles ya que las raíces ocupan 50 metros de cada lado, extensión en la que se puede sembrar y en la que también absorben mucha humedad. Pero nosotros le hicimos la promesa a mi padre de que no vamos a tocar el monte. Por eso tratamos de mantenerlo, por los años que le costó sembrarlo, hacerlo crecer, cuidarlo”, sostuvo.
La mayoría de las plantas, recordaron los entrevistados, llegaron al campo con apenas 30 centímetros, muchas de ellas provenientes del Vivero de Claromecó, y requirieron entonces de mucho cuidado. “Alberto era amigo del ingeniero Paolucci, y generalmente hablaban mucho sobre las plantas. Y no fue tan difícil el tema de plantarlas como el cuidado que había que tener con las hormigas –apuntaron Fanny y “Nacho”-, porque uno podía ir de un día para el otro y no encontrar nada. Además también hubo que idear la forma de regarlas”.
“Me contó un día Alberto que cuando fue a buscar plantas una vez al Vivero, Paolucci tenía un jeep que estaba roto y él mismo se lo arregló. No estoy seguro, pero creo que fue una atención que Guisasola le dio porque si no me equivoco, en aquel momento esas plantas no se cobraban”, completó Uribe.
Aquellos primeros aprovisionamientos dieron lugar más tarde a la costumbre de comprar una planta que le gustara, cualquiera fuese el lugar donde se encontrara. “Compraba por todos lados. Si veía alguna que le gustaba, ya se imaginaba el lugar donde la plantaría”, recordó Ignacio. “Y nosotros mantenemos esa costumbre, porque aquí en la casa nacieron dos robles, y ya están listos para que los plante Ignacio en el monte. También le compraba al vivero que estaba detrás de la cancha de Boca”, señaló Fanny. “Todas eran siempre plantas sin flor, pinos, tosqueros. No le interesaban las plantas de jardín. El se levantaba incluso temprano a la mañana, teniendo 90, 92 años, y se iba a buscar plantas a lo de Dubovik, en Claromecó”, señaló Uribe.

En crecimiento
La vocación de Guisasola por hacer crecer ese predio nunca se detuvo. Al punto que hace 10 años, con el ingeniero Mario Rodríguez Goizueta, llevaron adelante una nueva forestación de 3000 ejemplares de eucaliptus. “Me pidió permiso y me preguntó si iba a usar un ‘rinconcito’ en la laguna, en el que después se plantaron esos árboles. Esa laguna está completamente rodeada de árboles, frente a La Juanita y alrededor de un kilómetro y medio hacia adentro. Y hay sauces, pinos, palmeras, entre otras especies”, recordó Ignacio.
“Un día le saqué una foto, hace unos seis o siete años, con sus plantas. Ese día, como casi todos los días en que iba al Monte, estaba acompañado por Pablo”, evocó. Esa imagen está en estas páginas, y justamente muestra a Guisasola en medio de su gran obra. Que por cierto no era la única, porque además, en su casa familiar, se conservan las réplicas de aves construidas con sus propias manos, y otros trabajos artesanales de impecable factura.
Tal era su empeño en seguir aportándole nuevos ejemplares a su criatura, que cortaba gajos de sauce de la Laguna de Gil, además de plantar también unos pinos canadienses que alguna vez le regalaron a su esposa Fanny, pero de los cuales sólo uno sobrevivió a las inclemencias del tiempo. “De cien gajos, quizá nacían 50, pero él seguía”, aseguró Uribe. “Se iba siempre con el Negro, en la camioneta, con una pala, y aunque llevara uno o dos árboles nada más, no volvía hasta terminar de plantarlos”, advirtió Fanny. Uribe lo recuerda, justamente, cuando sólo le bastaba pararse a mirar la magnífica extensión de la laguna, que llegó a cubrir 40 hectáreas. “Me pedía que lo llevara y que me fuera a pescar, y se quedaba simplemente a eso, a mirar”, evocó el “Negro”.
Durante su juventud, cuando trabajaba otros campos de la zona, solía recorrerlos en avión. “Me llevaba a mí también, con él, y sobrevolábamos el Monte. Una vez se cayó”, recordó Fanny. El hecho ocurrió por un descuido en la carga de combustible, pero no tuvo consecuencias para Alberto, que de todos modos decidió no volver a incursionar en la aviación.

Aprender a querer
Lo cierto es que más allá de los beneficios prácticos del Monte Guisasola, que por “atraer” las tormentas suele generar lluvias más abundantes en esa zona, además de albergar desde hace un tiempo colmenares de productores locales que aprovechan la floración del eucaliptus, uno de los legados fundamentales de su creador es el amor que fomentó, entre su familia y amigos, por los árboles. “Todos aprendimos a quererlos. Eso era lo que él transmitía, yendo todos los días. A los 94 años quiso aprender a manejar el cuatriciclo solamente para poder ir a mirar las plantas. Probó, pero enseguida le pedimos que desistiera”, recordó Ignacio. Unos años antes, circulando por el lugar anegado en la camioneta, se encajó y caminó casi tres kilómetros desde la laguna hasta volver a la casa en La Juanita. “Llegó a refaccionar una canoa que teníamos en Claromecó para poder cruzar la laguna. Hasta que una vez se le dio vuelta, y como le dio un poco de miedo, no lo volvió a intentar”, relataron.
Cumpliendo con aquella promesa, en la actualidad, los hijos de Alberto Guisasola mantienen el monte de acuerdo a las necesidades que su propia dinámica impone. A los daños que ha sufrido por causas climáticas, han respondido dando a técnicos con conocimientos específicos la tarea de tratar las especies como fuera necesario, pero al mismo tiempo, cuestiones de la propia naturaleza de la producción hacen lo suyo. “Teniendo hacienda, todo lo de adentro del Monte queda muy limpio y eso contribuye mucho. Y cuando corresponde al estado de los árboles, se aprovechan para leña. Ahora mismo nos disponemos, ya nos hemos comprometido con Pablo, a retirar los pinos que se secaron después de la gran inundación del año pasado. En este mismo sector, está claro, no vamos a poder reponer los pinos, porque en otra crecida similar se verían afectados de igual manera que estos. La idea es seguir manteniendo el lugar y sin sacar, salvo en casos extremos como los que comentamos, ninguna planta”, advirtió “Nacho” Guisasola.
Y es que en ningún momento, aunque no se puede soslayar el importante valor comercial de esta cantidad de árboles, se pensó en algún tipo de explotación para el Monte. “A mí me han tratado de comprar ese kilómetro y medio que tengo yo de eucalipto colorado, con el que creo que hacen parquet, pero les dije que no, porque así tiene que quedar todo, como está”, aseguró.
Además, la herencia verde continúa no sólo con el cuidado del espacio creado por papá Alberto, sino también con plantaciones propias de sus hijos. “Yo tengo una hectárea y media en el campo donde estoy plantando, me gusta principalmente lo arbustivo”, aseguró Ignacio.
Finalmente, y como complemento de una tan rica charla sobre los árboles, aparecieron en la mesa de los Guisasola los pájaros de yeso y resina que su padre modelaba, incluso en sus últimos años de vida. “Con las manos ya no tan firmes por la edad, los creaba y luego los pintaba. Y acá los tenemos”, exhibieron Fanny, Nacho y Pablo, como homenaje a un verdadero amante de la naturaleza.

En 2016 Alberto Guisasola hubiera cumplido 100 años

El Monte ha estado sujeto a los caprichos de la naturaleza, razón por la cual lo han afectado temporales e inundaciones que obligaron al tratamiento y a la recuperación de especies

Además de su belleza natural, el Monte trae beneficios como una mayor cantidad de precipitaciones en su zona, y el aprovechamiento de la floración de eucaliptus por parte de apicultores

Uno de los lugares emblemáticos del Monte es la laguna, rodeada de ejemplares de pino, palmeras, sauces, entre otros

En lo suyo. Alberto Guisasola y una de sus últimas fotografías en el Monte que creó

Amante de la naturaleza, Alberto Guisasola creaba y luego pintaba pájaros de yeso y resina, de tamaño natural, que sus familiares exhiben con legítimo orgullo

Fanny Skou, esposa de Alberto Guisasola, conoció el Monte cuando las primeras plantas tenían apenas un metro de altura

Ignacio Guisasola, hijo de Alberto al igual que Gabriel, aseguró a “El Periodista” que “nosotros cumplimos con el deseo de papá, y aunque nos han ofrecido comprar parte del Monte, decidimos que así va a quedar”

Pablo Uribe, a quien todos llaman el “Negro”, acompañó durante años a Alberto Guisasola día tras día a cuidar sus plantas

 
 
Castelli y Pardo
 

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