notas edicion de papel

“EL PERIODISTA” Y LA INCREIBLE EXPERIENCIA DE CASI DOS HORAS COMIENDO TOTALMENTE A OSCURAS

Cita a ciegas

Durante casi dos horas, “El Periodista” vivió la experiencia de una persona ciega. Cenó totalmente a oscuras, en una suerte de restaurante laboratorio, donde incluso cocineros y mozos son personas no videntes. Un increíble momento de intimidad, de conocimiento. Para tener una mirada que, después de “El Gallito Ciego”, será distinta para siempre. Imperdible crónica exclusiva

Noviembre 2016
Una cámara infrarroja permitió tomar imágenes, en la más absoluta oscuridad, de la experiencia en “El Gallito Ciego”

Una cámara infrarroja permitió tomar imágenes, en la más absoluta oscuridad, de la experiencia en “El Gallito Ciego”

“Tené una experiencia única. Comé a oscuras y dale otro sentido a tus sentidos”, invitaba la promoción de la Biblioteca Parlante “Ilusiones”, de Tres Arroyos.
El desafío, ser partícipe de una comida totalmente a oscuras y sentir, en carne propia y por un breve lapso, la experiencia cotidiana de una persona ciega.
El lugar, “El Gallito Ciego”, un autobús inaugurado a fines de 2012, acondicionado con cocina y comedor al estilo “food truck”, donde personas no videntes preparan y sirven el menú.
“El Gallito Ciego” es un emprendimiento de Audela, una ONG que nació en el año 2000 en San Isidro con el propósito de concientizar sobre la situación de personas con discapacidad, con miras a la integración. Una integración que no se promueve desde el asistencialismo, sino proveyendo al otro la posibilidad de salir adelante a través de su propio trabajo. Y de paso poner a muchos videntes en situación de empatía.
A las 9 de la noche del sábado 22 de octubre, en la previa de la cena, nos encontramos con otra veintena de comensales (la capacidad máxima es de 25 personas), la referente de la Biblioteca Ilusiones e impulsora de la llegada de “El Gallito Ciego” a Tres Arroyos, Patricia Berrutti y la fundadora de Audela, Mónica Spina, en la vereda de la plaza San Martín, donde el micro se había instalado.
Mónica dio las indicaciones del caso. Apagar los celulares, quitarse los objetos brillantes o que emitan luz y advirtió sobre el particular cuidado a tener con las copas de vino, que al ser de vidrio se convierten en un riesgo importante. Presentó a los mozos, Nicolás y Gustavo, ambos ciegos. Nicolás es muy joven, ciego de nacimiento y sus ojos están cerrados. Gustavo, en cambio, es un hombre mayor. Está quedando ciego de a poco, pero sus ojos grandes y de color celeste cielo, están abiertos y parece que nos mira sin vernos.
Luego de las instrucciones de acceso, en fila nos encolumnamos. Todos con la mano en el hombro del de adelante, con Nicolás encabezando la fila. Una vez atravesada la puerta, el mundo tal como lo conocemos desaparece en las tinieblas. Resultamos torpes en los desplazamientos. Por un angosto pasillo al costado de una mesa que sabemos de antemano está dispuesta en forma de “T”, con cabecera y extensión central, caminamos con pasos cortos, dubitativos. Largos bancos para sentarse, en lugar de sillas.
Los ojos destapados intentan ver. Se esfuerzan en la más absoluta oscuridad, en la espesa negrura. Duelen intentando ver lo invisible.
Sentados a la mesa, el reconocimiento es al tacto, identificando los elementos dispuestos sobre el mantel. Al frente y a la derecha, tenedor y servilleta. Vaso de acrílico para la gaseosa. Y de vidrio para el vino. Jarra de vidrio para la gaseosa común. Y de plástico para la light. El vino, en botella.
El grupo de comensales, que en la previa atendió las indicaciones en expectante silencio, exhibe su incertidumbre en el tono de la voz. La mayoría habla fuerte, ríe estruendosamente. Hay nervios, se nota, es palpable. Temor a lo nuevo, a lo desconocido.
No es lo mismo permanecer con los ojos abiertos que cerrados. Abiertos se desesperan por ver, lo que resulta imposible, provocando en algunos sensación de claustrofobia. Uno o dos de los comensales, incómodos con la situación, se retiraron del comedor y aguardaron afuera a sus compañeros.
La experiencia del cronista de este periódico indica que, cerrando los ojos, el corazón se serena. Y los nervios ceden. Parece que la mente se siente más segura si no ver es una decisión propia y no un destino impuesto.
Servirse bebida fue la primera gran experiencia. Descubrir los vasos al tacto. La jarra. Apoyar el pico de la jarra sobre el vaso. Incorporar un dedo para sentir que el líquido se introduce en el recipiente y no se derrama. Se pierde la noción de la medida. Es apenas un sorbo lo que se ha servido, y sin embargo la reacción es a detenerse por temor a llegar al tope y no darse cuenta. Luego se aprenderá a escuchar: el ruido del líquido va cambiando conforme el vaso se llena.
Guiados por los movimientos que se escuchan, es posible darse cuenta que los mozos circulan con comodidad y sin temor por los pasillos de los costados. Siempre atentos y solícitos, preguntan a los comensales cómo están y qué desean para hacerlos sentir más confortables en esa cancha donde juegan de locales.
En espera de la comida, se producen diálogos entre los compañeros de mesa. Mientras se habla se gesticula, sin darse cuenta todos mueven las manos al compás de las palabras que pronuncian. El cuerpo que se mece no es visto por el otro. Las palabras que se dicen están desnudas, ningún gesto las acompaña. Y por lo tanto empieza a volverse necesario ser preciso en lo que se dice, porque el peso de lo dicho es específico, neto.
Llega la comida, servida en cazuelas individuales. Nadie sabe de qué se trata el menú, pero una vez más la sabiduría de la naturaleza cuando se la deja actuar acude en ayuda del cuerpo. Otros sentidos se agudizan para equilibrar la falta. El olfato y el gusto hacen su trabajo sin interferencias. Esta vez la comida no entra por los ojos: son tallarines con pollo y verduras.
Nuevamente el uso de las manos, para tomar la dimensión de la comida, el cuenco que la contiene. El tenedor se introduce en busca del alimento pero, a su salida, no logra encontrar la boca. El primer destino del bocado es la comisura superior de los labios, rozando casi la mejilla. Nadie ve la torpeza, que despierta una picara sonrisa en el comensal. No obstante, a juzgar por las risas y comentarios, mal de males consuelo de tontos.
Cuesta encontrarle la vuelta a la situación. Se resuelve invirtiendo el camino. Ahora es la boca la que se acerca al plato. Y el tenedor recorre un mínimo camino. Entonces se logra disfrutar de los gustosos tallarines, sin volcar, sin manchar. O al menos, eso se piensa.
Todo sucede en medio de un alboroto casi generalizado. El grupo comenta en voz alta la experiencia, hace bromas, ríe a carcajadas. Los desconocidos se vuelven cómplices de una aventura en la que todos están en desventaja y surge la cooperación: “ayudame” y “yo te ayudo”.
Todos colaboran en el retiro del primer plato. Haciendo pasamanos hacia la izquierda, donde los esperan los mozos.
Vendrá luego el postre. Está presentado en un vaso grande y profundo. Muchos no advierten la cuchara y usan el vaso como tal. El resultado es crema en la nariz y hasta en el pelo. Las peras al vino resultan deliciosas.
Tras una hora y media, que pasa volando, el cuerpo, seguramente comandado por ese jefe supremo llamado mente, ha hecho uno de los trabajos para los que ha sido entrenado desde tiempos inmemoriales. Se llama adaptación. El negro se vuelve el color de la nueva realidad. Y hay que seguir adelante. Sin embargo, en este caso hay trampa: todos saben que la circunstancia es transitoria.
De pronto aparece una luz. Aunque tenue, parece fuerte. Todos se alegran. Qué verdad en esa trillada frase que sólo nos damos cuenta de la importancia de algo cuando nos falta.
Es la hora de la verdad. Y las voces toman forma y dimensión humana. Algunos rostros no coinciden con la imagen mental elaborada según su voz. Todos miran a su alrededor y se miran a si mismos como si se descubrieran. También aparecen algunas tristes verdades sobre las supuestas destrezas alcanzadas: fideos en curiosos lugares, vino tinto sobre la manga de la camisa blanca y crema con canela dentro de la cartera.
Mónica, la coordinadora, se hace presente y trae consigo a Nicolás y Gustavo, a los que ahora se suma Teresa, autora de nuestra cena. Todos fueron capacitados profesionalmente en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG). Todos tienen en este proyecto no solo una salida laboral, sino también una tarea de alto valor pedagógico. Ponerse en el lugar del otro deja de ser una frase hecha, y se convierte en una realidad.
Se puede preguntar. Y todos quieren saber. Cómo es ser ciego, los obstáculos cotidianos a los que se enfrentan, la legislación, las barreras urbanísticas y humanas, las posibilidades o las ausencias de ellas, las maneras de relacionarse y los impedimentos para hacerlo.
La charla, que al principio es estructurada, pronto se distiende. Aparecen algunas dificultades de su vida cotidiana, que serían fácilmente salvables con más voluntad que recursos. Y al rato nos encuentra escuchando sobre amores, temores y sueños. Tan diferentes y tan iguales a los nuestros.

“El Gallito Ciego” es un autobús inaugurado a fines de 2012, acondicionado con cocina y comedor al estilo “food truck”, donde personas no videntes preparan y sirven el menú. La experiencia se desarrolla en la más absoluta oscuridad

Un número de 25 comensales por turno vivió la increíble experiencia de una cena de casi dos horas totalmente a ciegas

Teresa, Gustavo y Nicolás son ciegos. Fueron instruidos como ayudantes de cocina y mozos en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG)

Mónica Spina, fundadora de Audela, una ONG que nació en el año 2000 en San Isidro con el propósito de concientizar sobre la situación de personas con discapacidad, con miras a la integración. “El Gallito Ciego” es su emprendimiento

El chef vidente de “El Gallito Ciego”, que tiene un staff de personas no videntes como colaboradores directos, tanto en la asistencia en la cocina como en la atención del comedor

Unos pocos tresarroyenses sintieron claustrofobia y debieron desertar del experimento

Nicolás y Gustavo, mozos no videntes, en plena tarea de atención a los comensales

 
 
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