notas edicion de papel

EL DIARIO DE VIAJE DE SANTIAGO RIVERO, QUIEN UNIO TRES ARROYOS CON MENDOZA EN BICICLETA

Ciclo vital

Emprendió el desafío para cerrar su etapa como profesor de Educación Física al que, de un día para el otro, le llegó la jubilación y pasó de trabajar hasta 12 horas diarias con chicos al síndrome de los domingos, donde al día siguiente ya no habría horarios que cumplir. Santiago Rivero se propuso entonces pedalear desde Tres Arroyos a Mendoza, solo con una carpa y un pequeño equipo, y lo hizo. Ante “El Periodista”, con lujo de detalles, recreó su exitosa gesta

Junio 2017
Rivero se propuso pedalear desde Tres Arroyos a Mendoza, solo con una carpa y un pequeño equipo

Rivero se propuso pedalear desde Tres Arroyos a Mendoza, solo con una carpa y un pequeño equipo

Santiago Rivero ejerció 31 años como profesor de Educación Física, hasta que finalizado el mes de julio de 2016, le llegó el momento de jubilarse. Activo al punto de desempeñarse también como guardavidas, decidió cerrar aquel ciclo con un desafío en el que tuviera que poner el cuerpo, pero también el temple para soportar alguna adversidad que podría sobrevenir. Y se fue hasta Mendoza, desde Tres Arroyos, en bicicleta. Solo, con una carpa, una mochila bien equipada y una hoja de ruta a seguir. Cuando se cumple un año del momento en que decidió entrenarse para emprender la travesía, le contó su diario de viaje a “El Periodista”.
“Cuando estudiaba Educación Física en Mar del Plata, con un compañero de Tandil, íbamos a cursar todos los días en bicicleta. Cuando finalizamos la carrera, teníamos una compañera con hotel en Villa Gesell, y nos invitó a los compañeros de cursada. En la bici que cursábamos todos los días, fuimos hasta allá y esa fue mi primera experiencia. Pero no fue muy buena, porque la verdad es que no teníamos idea de lo que nos demandaría, entonces nos deshidratamos, todo lo que llevábamos lo comimos antes de las 2 horas, y después de 7 horas de pedaleo llegamos a Gesell con caramelitos y chupetines. Fueron 110 kilómetros”, recordó.
Había una razón concreta para llevar adelante esta proeza. Y Santiago la explicó, primero, buscando cuidadosamente las palabras, aunque más tarde surgiría con claridad. “Así cerraba un ciclo, y me dije, ahora me jubilo y algo significativo tengo que hacer. Mi hijo Tomás vivía en Mendoza en ese momento, y me propuse entonces prepararme para llegar hasta allá en bicicleta. El recorrido lo conocía porque lo había hecho en auto”, confió.
Aun con una preparación física acorde a su formación y trabajo como “profe”, para Santiago fue fundamental entrenarse previamente para el desafío ciclístico. “No soy ciclista, entonces tenía que prepararme. Lo venía meditando desde el verano, pero recién empecé a pedalear en junio, antes de las vacaciones de invierno, un poco mientras todavía estaba trabajando y los fines de semana, y una vez que dejé de trabajar empecé a hacerlo más intensamente. Siempre con el asesoramiento de Pablo Morcillo, y algunas indicaciones de Ramiro Saltapé, que además me prestó las alforjas y el soporte para llevarlas”.
Entrenar y calcular cómo, cuánto y qué tiempo diario le destinaría a pedalear fueron los primeros pasos de este desafío. “El tema es acostumbrarse al sillín, que duele, por más que uses las calzas específicas, y busques un asiento especial. En la sumatoria de horas, el dolor está. Yo entrenaba muchas veces doble turno, de 3 a 5 horas, a veces fraccionadas en mañana y tarde, otras de manera continua. Y consultaba a Carlos Prieto sobre los circuitos a realizar. Además, acá no pedaleaba en ruta, sino básicamente en camino de tierra que es más pesado. Y en los circuitos que usan los ciclistas acá hay mitad de viento en contra y mitad a favor, y mi temor pasaba por cómo soportar aquellos largos tramos en los que quizá iba a tener el viento continuamente en contra, con un esfuerzo intenso. Estaba también la cuestión de que entrenaba sin carga, entonces me planteaba para qué distancias programarme por día. Así que hacía volúmenes de 60, 70 y hasta 80 kms. por día, pedaleando sólo medio día. De manera que me propuse, para recorrer esos 1200 kms. hasta Mendoza, recorrer 60 kms. diarios y llegar en 20 días”, describió Santiago.
Después de dos meses de training, cargó la bicicleta y arrancó. Pronto supo que el trayecto, al menos en esos primeros tramos y gracias a cierta inercia, sería más llevadero de lo que imaginaba y entonces advirtió que podría hacer más de 60 kms. diarios. La primera variable que apareció fueron las lomas, quizá un poco más pronunciadas que las que había transitado antes. “Pasé de 400 a más de 1000 metros sobre el nivel del mar, así que eso fue un poco la sorpresa para mí. En el entrenamiento, no obstante, como le fui escapando a la rutina, fui buscando las variables acá en la zona, yendo un día hacia a El Carretero, otro a De la Garma, otro hacia Pringles, y así. De todas maneras, las alturas de San Luis, de Mendoza misma, son totalmente distintas”, admitió.
La partida fue el 31 de agosto de 2016. Santiago había pensado hacer el periplo en un clima moderado, que si bien en esa época todavía era frío en esta zona, en el destino sería lo suficientemente templado como para no sufrir bajas temperaturas ni tampoco demasiado elevadas. “Preparé todo, hice unos trámites y salí a las 4 de la tarde. Hice 25 kms, porque había hablado con la familia Sabatini, amigos que tienen campo al lado de la laguna de La Tigra, entonces paré ahí, me fueron a despedir mi señora, una prima y su marido, que me acompañó pedaleando hasta allá. Ellos se volvieron para Tres Arroyos, y al otro día, en la mañana fresca, salí para Pringles”, evocó.
En las alforjas llevaba elementos para cocinar, un jarro de aluminio de un litro, un calentador de montaña, café, mate cocido, leche en polvo, queso, otros alimentos no perecederos y una tarta para los dos primeros días. En el camino tendría que reponer frutas, agua y otros productos frescos, según necesitara. Para dormir llevó una carpa, una bolsa de dormir y su aislante, y se había propuesto parar en el campo, si era necesario, pero había acordado previamente en algunas estaciones de servicio, donde habitualmente paran camioneros, quedarse allí por la noche y además aprovechar la ducha. “No obstante yo me había propuesto hacerlo bien de aventura, y no pensar en nada que no pudiera resolver con lo que llevaba encima. Algunas estaciones de servicio me permitían ducharme sin problemas, en otras tenía que poner las monedas y limitarme al tiempo prefijado, como hay en algunos lugares de Europa, así que eso lo resolví muy bien”, aseguró Rivero.
Por razones de seguridad, se había fijado como meta llegar, a media tarde, a un lugar guarecido, y no quedar nunca en medio de la nada. “Para eso me aprovisioné de un plano, y me aseguré de poder abastecerme de los dos productos que más consumiría: agua y frutas. Me tocó atravesar heladas, como una fuerte en Coronel Suárez, y además, para estar siempre comunicado y poder sacar fotos, siempre iba a necesitar un lugar donde cargar el celular”, relató.
Además de encarar el viaje con lo mínimo indispensable, para que fuera realmente un desafío, Rivero se propuso que haría el recorrido en soledad. “Yo confiaba en que se podía hacer. ¿Y qué me podía pasar…? La gente fue siempre muy amable en todos lados. Llevaba por otra parte una cierta disponibilidad económica por si era necesario refugiarme en algún hotel, y el recurso del celular, con el que estamos siempre comunicados. Y si me hubiera tocado parar más de un día, que no era lo que yo quería, porque mi idea era seguir y seguir hasta llegar, lo habría hecho”, admitió.
En el camino
Rivero eligió una ruta que atravesó hacia el oeste a la provincia de Buenos Aires, luego circuló por La Pampa, Córdoba, San Luis y llegó a Mendoza. “La primera etapa de la ruta fue tranquila. Recién se puede decir que encontré más tráfico en la 188, por donde hay tránsito desde Buenos Aires hacia la 33, y ya en Córdoba me encontré también con más vehículos. El tramo de La Pampa fue quizá el más tranquilo para pedalear, incluso cuando llegué a Catriló, donde pensaba parar a dormir, era la 1 de la tarde y decidí seguir. Paré entonces en Quemú Quemú, 47 kms. más. Al otro día salí para General Pico, y no llegué a Vicuña Mackenna, porque unos 20 kms. antes paré en un lugar que llaman “el club”, donde sólo hay una familia, y ahí armé una carpa, cerca de las ovejas. En Córdoba había aumentado mucho la temperatura, y paré en una maderera para aprovisionarme de agua, porque suponía que iba a tener suficiente para beber pero se me podía complicar a la hora de prepararme fideos o arroz. Ellos fueron los que me recomendaron que parara en ese club, porque si bien me hablaron de un espacio recreativo, me aconsejaron que no me quedara donde no hubiera nadie. Allí fui”, relató.
Ya en Vicuña Mackenna, donde llegó de mañana, se encontró con un motociclista que viajaba en el sentido opuesto, desde Mendoza. Y el paisaje, aseguró, cambió bastante cuando arribó a San Luis, donde hay autopistas con banquinas asfaltadas y mayor seguridad en las vías de circulación. “Es una pena que las rutas no estén preparadas para el cicloturismo”, reflexionó Santiago. Lo que sí es destacable, sin embargo, es la recepción que le dio la gente a su paso por los distintos lugares que recorrió. “Te ofrecen ayuda, lo que precises, y la gente que me cruzaba en la ruta me saludaba de frente, o se me ponía a la par para conversar, preguntarme dónde viajaba. Hasta los camiones, cuando venían uno de frente y otro detrás, me tocaban bocina, pasaban suave. Y eso es importante porque con la bici cargada uno tiene menos equilibrio. Y en ese sentido, mi experiencia fue distinta a la que me han comentado los chicos que entrenan en ciclismo, que suelen no ser tan respetados por los vehículos de mayor porte”, comentó.

Una semana antes
Santiago había previsto su periplo para 20 días, y sin embargo, las buenas condiciones en que se dio toda la travesía, sus ganas de llegar y su buena aptitud física y organizativa hicieron que llegara una semana antes. Completó el trayecto en sólo 13 días. “Yo quería estar el 20 de septiembre en Mendoza capital porque amigos y colegas de Tres Arroyos viajarían a participar del Torneo Nacional de Atletismo de Veteranos, y quería compartir la estadía con ellos. Finalmente, superé los 60 kilómetros por día que pensaba hacer, y el 13 de septiembre ya estaba allá”, contó.
El equipo respondió bien. Solamente tuvo que cambiar una cubierta de la bici en Realicó, La Pampa. “Quedó lisita por el peso. Y si bien estaba dentro de las posibilidades que tuviera que hacer algo en la bicicleta, eso fue lo único a resolver. Usé una mountain bike de mi hija, con las únicas condiciones de que fuera fuerte, no muy compleja en cuanto a tecnología ni tampoco demasiado liviana”, aseguró.
Ya cerca de Mendoza, el paisaje comenzó a exigirle más desde el punto de vista físico, por la altura y la topografía del terreno. “Había cuestas difíciles hasta para los camiones. Yo pedaleaba a unos 17 kms. por hora, y en las cuestas, empezaba a sentir un poco más la fatiga y la velocidad descendía a entre 9 y 11 kms. La temperatura empezaba a ser un poquito más elevada, necesitaba más agua, así que ahí empecé a recorrer menos kilómetros diarios. Ya no llegaba a los 100 como en la primera parte del trayecto”, evocó.
Aun a pesar de lo exitoso que parecía ser el recorrido, siempre se preguntó si lograría llegar al objetivo. Hasta que pasados los 600 kms. empezó a verlo más cerca. “Y ya aparecían los carteles, y eso me daba más confianza. Primero San Luis, luego Mendoza…Es cierto que hasta ahí iba muy bien, pero me sentía lejos de mi lugar, y me ponía a pensar qué podía pasar si se me rompía la bici y quedaba trunco el desafío. Por suerte encontré, sobre todo en San Luis, muy buena orientación de parte de la gente de los peajes, de la Policía, que me invitó a conocer la terminal y me indicó dónde conseguir un cajero automático. Ahí también encontré la primera cuesta brava, en La Cumbre, y quería llegar hasta las Termas de Balde, y me indicaron entonces que hasta allí era casi llano, y llegaría tranquilo, al menos hasta las cuestas del camino a Mendoza. En las Termas de Balde me tomé mis baños termales de recuperación (risas) y cuando iba a pagar el camping, donde pasé la noche, me dijeron ‘tenemos arancel para casilla, motorhome, tráiler, pero bicicleta no. No le cobramos nada’”, contó. Pocos kilómetros más adelante le tocó transitar por unos 30 kms. de cuesta, apretando los dientes y mirando hacia abajo para no ver la pendiente. Y con estas pequeñas dificultades, ya estaba cerca del objetivo final.

Subsistencia
Por el camino, la mayoría de las comidas fue procurándoselas solo, preparando en el campamento, aunque era fundamental la ingesta de bebidas deportivas y frutas. “Por ahí en la partida me compraba algún sándwich, pero la verdad es que no me daba mucho hambre. Y me dormía muy temprano. Muchas veces terminaba de armar la carpa, me tiraba un ratito y me quedaba dormido escuchando, quizá no más allá de las 20, las radios de los lugares por los que pasaba. Me levantaba temprano también. Y después había que desarmar la carpa, que como es de alta montaña y condensa el vapor de tu respiración, había que secarla durante el día, cosa que no era posible por la mañana por las heladas que hacían crujir el material”, puntualizó.
Llevó lo mínimo indispensable de ropa, prendas de secado rápido, y las lavaba casi a diario, en cuanto se lo permitían en alguna estación de servicio. “También era una preocupación para mí, porque no podía llevar demasiado por el peso, así que trataba de ir lavando las remeras todos los días”, aseguró Santiago. Y solamente durmió en una cama en Salliqueló, en Realicó, en un albergue municipal, unos 100 kms. antes de llegar a Mendoza capital, y en San Martín, a unos 47 kms, donde lo esperaba, la familia de una compañera de profesorado, con un cartelito para que los identificara mientras pedaleaba por la ruta. El cóndor del ingreso a la capital mendocina estaba cada vez más cerca.

Objetivo cumplido
No le tocó atravesar ninguna mala experiencia. “Me paró la Policía en el paraje La Virginia, antes de llegar a Pringles, donde me pidieron que me identificara y dijera dónde iba. Y en Coronel Suárez, a las 3 de la mañana, policías temblando de frío que me pidieron el documento y se disculparon cuando les mostré mi carnet de jubilado”, evocó entre risas.
El cuerpo, como era de esperar, mostró las huellas del esfuerzo, porque el viaje se llevó 7 kilos. “En Mendoza, donde estuve unos 20 días, me sentí algo débil por algunos días más, una semana. Y si bien me hice toda una guía teniendo en cuenta todo el equipamiento, mi hijo me retó, porque había optado por un kilo de arroz, uno de fideos, cuando lo ideal es llevar solamente dos porciones y aprovisionarse en el camino”, confió.
Finalmente, la llegada se concretó a las 10.30 de la mañana. Los últimos 47 kilómetros, desde San Martín hasta Mendoza, los hizo cada vez más rápido, acelerando para llegar. “Cuando empecé a ver los primeros carteles y los autos que me pasaban por al lado, dije ‘ya estoy’. Me saqué una foto con el cóndor, esa imagen que es bien emblemática del lugar”, dijo Santiago.
El recorrido estaba completado. Y al final de la charla aparecieron más claras algunas razones que lo llevaron a emprender el desafío. “La jubilación no es un cambio paulatino. Llega un día, y al siguiente ya no trabajás más. Yo trabajaba 10, 12 horas por día. Me pesaba en la cabeza no compartir más ese tiempo con los chicos en la escuela. Todavía, a casi un año, tengo el síndrome de los domingos, de pensar qué tengo que hacer al día siguiente. Para ir dejando atrás todo eso es que hice este viaje. Allá en Mendoza también me subí a una montaña, cuando volví a Tres Arroyos tomé suplencias en la pileta, en diciembre volví a la playa. Quizá hasta hoy no me siento todavía como jubilado, además tengo proyectos para encarar otra actividad, quizá más ‘tranqui’, pero siempre por los chicos”, aseguró. ¿Otro viaje en bicicleta, tal vez? “No lo sé. Me dan algo de miedo las rutas de esta zona. Pero seguramente algo voy a hacer, tal vez no más solo. Esto fue especial. Lo que quise fue un tiempo para pensar, para hacer el recorrido por todo lo que hice desde que me recibí, y así quedó, pasó. Nunca me sentí solo, porque siempre recibí mensajes de aliento, me llevé cosas que me habían regalado, en cada cosa que tocaba, en cada elemento que usé para sobrevivir en el viaje estaban mis compañeros. Esto fue cerrar una puerta despacito, y caminar solo un rato”, concluyó.

Santiago Rivero ejerció 31 años como profesor de Educación Física, hasta que finalizado el mes de julio de 2016, le llegó el momento de jubilarse

La travesía Tres Arroyos-Mendoza iba a demandarle a Rivero unos 20 días, pero la completó en 13

Aun con una preparación física acorde a su formación y trabajo como “profe”, para Santiago fue fundamental entrenarse previamente para el desafío ciclístico

 
 
Castelli y Pardo
 

mensajes

tresarroyenses por el mundo

Francisco Carrozzi en "Abrazo de gol"

Hola gente de “El Periodista”. Me llamo Gonzalo Rossi, y soy periodista del programa radial platense “Abrazo de Gol”, el […]

Deje su mensaje Ver Mensajes

tresarroyenses en tres arroyos

"Una fotografía de 1928 donde aparecen mi padre y tíos"

Buenos días! Acabo de ver una fotografía donde aparece mi padre y tíos, del año 1928:  handball en Costa Sud. […]

Deje su mensaje Ver Mensajes