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EL CIENTIFICO TRESARROYENSE ELIAN WOLFRAM DISEÑO UN “SOLMAFORO” QUE DETECTA Y ALERTA SOBRE LA RADIACION ULTRAVIOLETA

Algo nuevo bajo el sol

Con un grupo de científicos argentinos, chilenos y japoneses, el tresarroyense Elian Wolfram desarrolló la novedosa idea del solmáforo, un dispositivo destinado a censar en tiempo real el nivel de radiaciones ultravioleta. En función de la medición que realiza, advierte mediante señales lumínicas de cinco colores (de verde a violeta) el nivel de riesgo de la exposición solar. Con la idea de que alguna vez se use masivamente como las banderas de seguridad en el mar, ahora buscarán instalarlo en parques nacionales y otros espacios públicos. Exclusivo de “El Periodista”

Octubre 2017
“Hemos exhibido un par de solmáforos a modo de prueba piloto o demostración en Pinamar y también lo mostramos en Tecnópolis, en el stand del CONICET. Recientemente uno de ellos fue inaugurado en el Jardín Japonés, de Buenos Aires. Este último es el único instalado de manera permanente en todo el país”, contó Wolfram

“Hemos exhibido un par de solmáforos a modo de prueba piloto o demostración en Pinamar y también lo mostramos en Tecnópolis, en el stand del CONICET. Recientemente uno de ellos fue inaugurado en el Jardín Japonés, de Buenos Aires. Este último es el único instalado de manera permanente en todo el país”, contó Wolfram

A fines del siglo pasado, se instaló fuertemente en la opinión pública la preocupación que la comunidad científica internacional transmitía respecto a la ampliación evidente y constante del agujero de ozono. Esta capa estratosférica resulta un filtro indispensable para evitar el efecto nocivo de la radiación ultravioleta proveniente del sol, que provoca en los seres humanos severos daños en la piel.
En función de esta problemática, protocolos mundiales como el de Montreal (1987) apuntaron a reducir la emisión de gases a la atmósfera, para no profundizar aún más el problema. En los últimos años, gracias a la disminución de la presencia de los denominados CFC (clorofluorocarbonos), se advierte una luz de esperanza que podría desembocar, a mediados del siglo XXI, en una resolución favorable de la situación.
Sin dejar de poner el ojo sobre el tema, algunos miembros de la ciencia que se ocupan de estudiar e investigar el comportamiento atmosférico, han tomado como prioritaria la cuestión de mensurar y monitorear la incidencia de los tan temidos rayos UV, con instrumentos identificables a simple vista para el público.
Partiendo de esta premisa, el científico tresarroyense Elián Wolfram desarrolló, junto a un equipo de trabajo compuesto por argentinos, chilenos y japoneses, la novedosa idea del solmáforo, un dispositivo destinado a censar en tiempo real el nivel de radiaciones ultravioleta.
En exclusiva, “El Periodista” mantuvo con el destacado vecino un mano a mano pleno de interés, en el que se ahonda en detalle acerca de este proyecto, puesto en valor y contexto.

Qué es un solmáforo
Para enmarcar adecuadamente el génesis de la iniciativa, Wolfram (que trabaja en un laboratorio de investigaciones en láseres y aplicaciones con sede en Buenos Aires, dependiente del Ministerio de Defensa de la Nación y del CONICET), comentó a “El Periodista” que “desde hace muchos años venimos realizando trabajos e investigaciones con Japón, y a partir del 2013 empezamos a avanzar en un proyecto orientado a gestionar y evaluar riesgos en materia medioambiental. A la hora de analizar posibles líneas de acción, el equipo consideró que existían dos grandes temas para desarrollar, en función de nuestra capacidad de observación de la atmósfera: la problemática de las cenizas volcánicas y la radiación ultravioleta”.
El científico tresarroyense explicó que “a partir de allí se dividió la tarea en dos grandes ramas. A mí me interesó específicamente la del ozono estratosférico, que es el filtro natural de la radiación UV. Teniendo en cuenta el riesgo medioambiental que producen estos rayos ante la sobre exposición a la luz solar, se propuso la idea de desarrollar un elemento como el solmáforo, que consiste básicamente en un indicador en tiempo real del nivel de radiación ultravioleta que daña la piel”.
El armado e instalación de este dispositivo se realizó en conjunto con la Universidad Tecnológica Nacional (donde también trabaja Wolfram, aparte de su desempeño en el laboratorio de investigaciones láseres). Aclaró que “lo tomamos como una especie de contribución a la sociedad. No es un elemento de alta tecnología, pero tiene gran impacto social, porque se trata de la conexión entre una medición y una indicación útil para las personas”.
En términos sencillos, el solmáforo traduce el nivel de radiación ultravioleta desde un sensor que lo puede medir, y lo codifica a través de colores. “Esta palabra no es una creación nuestra -refirió-, porque ya se la utilizaba en países como Chile o Brasil. El antecedente de este proyecto que ahora desarrollamos no utilizaba dispositivos electrónicos, sino que medía el riesgo de peligrosidad ultravioleta con un cartel, similar al que se ve en distintos lugares para alertar acerca del riesgo de incendio. De hecho, en muchos puntos del planeta los solmáforos siguen funcionando así”.
El entrevistado agregó que “los avances tecnológicos permitieron experimentar con dispositivos que simulan el daño que la radiación UV solar genera sobre la piel. La primera consecuencia visible que se advierte con la sobre exposición al sol sin protección tiene que ver con el característico enrojecimiento de la piel, que no es más que un mecanismo de defensa. Partiendo de este comportamiento del organismo humano, el solmáforo (a través de un sensor que posee un filtro) reproduce esa sensibilidad dérmica ante la presencia de radiación solar. También posee una inteligencia interna que decide, de acuerdo al nivel de rayos UV que recibe, cuál de las luces debe encender”.
Hay cinco luces codificadas internacionalmente, que van desde el color verde, que representa el nivel más bajo, luego se ubica el amarillo (moderado), naranja (alto), rojo (muy alto) y violeta (extremo). La información recogida se va actualizando en tiempo real, y cuando alguien ve una luz encendida, a los costados de ella se coloca una leyenda que menciona el grado de radiación y a su vez entrega un mensaje de fotoprotección, de acuerdo a cada nivel.
En el más bajo (luz verde) se indica que la persona puede realizar actividades al aire libre sin protección, y del moderado en adelante se informa cuál es la requerida en cada caso. El código de colores que se emplea en los solmáforos surge de un acuerdo, de una convención internacional estandarizada, a partir de una serie de estudios realizados en el 2000.

De usos y costumbres
Wolfram se esperanza con la posibilidad de su empleo masivo, a futuro. “La finalidad última sería que, con el tiempo, este tipo de dispositivos se vayan incorporando y sumando al grupo de aquellas señales reconocibles por el público, similares a las que usan los guardavidas en la playa para informar acerca del estado del mar a través de las banderas”, consideró.
Comentó que “estos aparatos hasta el momento se han producido en un número limitado, pero la idea a partir de ahora será compartirlos con organismos públicos (municipalidades, parques nacionales) para que se vaya instalando la conciencia de la necesidad de la protección ante las radiaciones solares y del riesgo silencioso que implican. Hemos exhibido un par de solmáforos a modo de prueba piloto o demostración en Pinamar y también lo mostramos en Tecnópolis, en el stand del CONICET. Recientemente uno de ellos fue inaugurado en el Jardín Japonés, de Buenos Aires. Este último es el único instalado de manera permanente en todo el país”.
Vale citar que uno de estos aparatos fue cedido a colegas de la comunidad científica que trabajan en la zona sur de Chile, “porque en realidad este proyecto es compartido por tres naciones (Japón, Argentina y el país trasandino). Suponemos que, en la medida en que este instrumento se popularice, podrá ser empleado en algunos puntos focales, como por ejemplo la costa de la provincia de Buenos Aires”.
La decisión de construir más cantidad de estos equipamientos dependerá de un factor político y del consecuente apoyo desde el financiamiento, según reconoce Elián. “Seguramente habrá que lograr una combinación de ambas cosas -refirió-. Tiene que haber primeramente un interés de generar conciencia medioambiental. En algunas administraciones públicas está más arraigado este concepto y en otras no tanto. Por lo demás, también existe un requerimiento mínimo de mantenimiento que implica un costo. Como no cuentan con un estado de producción en serie, los solmáforos no son baratos, sobre todo porque el sensor (parte vital de este instrumento) es importado desde Alemania. Si en algún momento se puede transitar el camino de la fabricación que va desde el nivel prototipo al de producto, seguramente podrían llegar a bajarse los costos y mejorar la competitividad”.

Se achica el agujero
Con ribetes optimistas, pero sin desmesura, Elián analizó la actual situación de la capa de ozono, íntimamente relacionada con la incidencia de las radiaciones UV.
Recordó que “en 2004 o 2005, todo el mundo hablaba y mostraba preocupación por este tema. Luego parece que hubiera pasado de moda, ahora la opinión pública se ocupa de saber qué sucede con el cambio climático. Quizás algunos se hayan olvidado de que el proceso de la recuperación de la capa de ozono sigue allí, y de que todavía van a pasar muchos años para que el problema se solucione definitivamente”.
Señaló que existen indicios positivos que hablan de una reducción del famoso agujero: “Creo que en buena medida esto se dio a raíz de los esfuerzos que se han hecho a nivel internacional para reducir la emisión de los gases que la afectan, aunque reitero que la evolución favorable se está registrando de manera paulatina, no inmediata, a punto tal de que todavía no se regresó a los niveles de normalidad en la Antártida. Ese parámetro recién se verá reflejado a mediados de este siglo. Quiere decir que los efectos que genera la disminución de la capa de ozono (entre ellos, la radiación ultravioleta en superficie) convivirán con el medio ambiente por varias décadas más”.
También es dable suponer que la reducción del agujero y la disminución de la presencia en la estratósfera de los clorofluorocarbonos (CFC) probablemente modificarán cuestiones climáticas, pero la comunidad científica a esta altura no está en condiciones de valorar si esos cambios serán negativos o positivos. “Quizás podamos retomar ciertos parámetros climatológicos que existían previamente a la aparición de este problema, pero nadie puede asegurar que volveremos al mismo lugar. No necesariamente, en todos los casos, la corrección implica retornar al punto de partida. Por eso el tema despierta tanto interés, y obliga a monitorearlo constantemente, para hacer un intento de entender”, opinó el científico tresarroyense.
Desde su punto de vista “debemos seguir alertando sobre estos riesgos, para que no caigan en el olvido, y continuar haciendo docencia sobre el uso responsable del sol. En el mundo de hoy la información es seguridad; mientras más se hable de este tema mejores decisiones se podrán tomar para cuidar la salud, como por ejemplo propiciar la existencia de ambientes más seguros. Lo que en un momento atraviesa una etapa de enseñanza, luego de 30 o 40 años puede incorporarse como un hábito, también en cuestiones relacionadas con el medio en que vivimos. Y eso se logra a través de un cambio de paradigma”.

Avances y más novedades
Además de la instalación de solmáforos, desde el equipo de investigación que integra y encabeza Wolfram están a punto de lanzar una plataforma informática que permitirá, mediante la utilización de datos enviados por un satélite, acumular pronósticos de riesgo ultravioleta en un determinado lugar.
“La ventaja del solmáforo es que provoca un impacto visual inmediato y genera otro tipo de relación, pero la misma información que entrega este aparato se podría llegar a obtener (no en tiempo real) conectándose a una aplicación desde un celular”, aclaró el entrevistado.
Por otra parte, mencionó que aquel solitario instrumento de medición que en 2005 se llevó a Río Gallegos para medir valores de radiación ultravioleta y del nivel de la capa de ozono (a través de tecnología láser conocida como LIDAR) se convirtió con el tiempo en el Observatorio Atmosférico de la Patagonia Austral, un centro que cuenta actualmente con importante apoyo y colaboración internacional (japonesa, francesa y estadounidense). “Allí hay más de quince instrumentos que manejan diversos parámetros, y ayudan para el censado remoto de la atmósfera. Se trata un proyecto muy esforzado, que año tras año fue creciendo. Fuimos por solo una campaña científica, pero afortunadamente ahora es un sitio de monitoreo que llegó para quedarse”, concluyó.

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